Animal: caos peludo que engancha

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±8 minu­tos

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«Animal» es una come­dia de enre­do que entra fácil, se ve casi del tirón y deja la sen­sa­ción de haber esta­do media hora en bue­na com­pa­ñía, aun­que la tien­da de mas­co­tas parez­ca más cara que tu alqui­ler. El cho­que entre el vete­ri­na­rio rural en cri­sis y el uni­ver­so pet-friendly de pien­so gour­met, colla­res de dise­ña­dor y due­ños inten­si­tos fun­cio­na como motor cómi­co cons­tan­te, con situa­cio­nes que pasan de lo entra­ña­ble al absur­do sin nece­si­dad de gri­tos ni chis­tes for­za­dos. No pre­ten­de rein­ven­tar nada: sim­ple­men­te se toma en serio a sus per­so­na­jes, los deja tro­pe­zar y con­fía en que el humor sal­ga de ver a gen­te nor­mal sobre­vi­vien­do en esce­na­rios un poco pasa­dos de ros­ca.

Luis Zahera es Antón en la serie "Animal"

«Antón», Luis Zahera en modo protagonista

Luis Zahera car­ga con el peso de «Animal» dan­do vida a Antón, un vete­ri­na­rio galle­go que ve cómo el mun­do rural se le des­mo­ro­na entre la pre­ca­rie­dad, las fac­tu­ras impa­ga­das y la sen­sa­ción de haber lle­ga­do tar­de a todo. Su Antón con­du­ce de gran­ja en gran­ja con el coche hecho pol­vo, atien­de par­tos a des­ho­ras y aguan­ta que los clien­tes le paguen cuan­do pue­den, has­ta que la reali­dad le obli­ga a acep­tar el tra­ba­jo más impro­ba­ble: vete­ri­na­rio de bou­ti­que para mas­co­tas en la ciu­dad, rodea­do de cro­que­tas vega­nas y pelu­sas con Instagram.

Lo intere­san­te es que Zahera lle­ga aquí con una tra­yec­to­ria muy mar­ca­da por el dra­ma y el thri­ller: «Celda 211», «El rei­no», «As bes­tas», «Entrevías», «Vivir sin per­mi­so»… pape­les duros don­de casi siem­pre era el tipo que impo­nía res­pe­to o direc­ta­men­te mie­do. En «Animal» usa todo ese baga­je para cons­truir a un hom­bre can­sa­do y cabe­zo­ta que, sin embar­go, tie­ne una ter­nu­ra enor­me hacia los ani­ma­les y una inca­pa­ci­dad abso­lu­ta para adap­tar­se al pos­tu­reo urbano, algo que pro­vo­ca algu­nos de los momen­tos más diver­ti­dos de la serie.

Encima, el roda­je no fue pre­ci­sa­men­te un paseo: Zahera con­tó que sufrió un serio pro­ble­ma de salud duran­te la gra­ba­ción que obli­gó a parar varios días y que le dejó toca­do a nivel físi­co y emo­cio­nal. Sabiendo eso, impac­ta aún más ver la ener­gía que des­pren­de en pan­ta­lla, cómo se enfa­da, dis­cu­te y corre detrás de perros des­bo­ca­dos sin que se note la tras­tien­da com­pli­ca­da, como si Antón y el pro­pio Zahera estu­vie­ran empe­ña­dos en salir ade­lan­te a cabe­zo­ne­ría pura.

«Uxía», Lucía Caraballo y la generación del postureo

Frente al vete­rano cur­ti­do en dra­mas, Lucía Caraballo repre­sen­ta la otra cara del repar­to y de la his­to­ria: la gene­ra­ción que ha cre­ci­do delan­te de las cáma­ras y tam­bién delan­te del móvil, entre his­to­rias de Instagram y cuen­tas de TikTok. En «Animal» inter­pre­ta a Uxía, la sobri­na que diri­ge la bou­ti­que de mas­co­tas y que ve a los ani­ma­les como par­te de una mar­ca per­so­nal colo­ri­da, aspi­ra­cio­nal y per­fec­ta­men­te ins­ta­gramea­ble, aun­que deba­jo del fil­tro haya mucho esfuer­zo y bas­tan­tes ner­vios por man­te­ner el nego­cio a flo­te.​

Caraballo ya lle­va­ba una bue­na lis­ta de series a sus espal­das antes de lle­gar aquí: de sus ini­cios en «Cuéntame cómo pasó» y «Los hom­bres de Paco» a tra­ba­jos más recien­tes como «Estoy vivo», «No me gus­ta con­du­cir», «La rei­na del pue­blo» o «Beguinas», don­de se ha movi­do con sol­tu­ra entre la come­dia cos­tum­bris­ta y el dra­ma fan­tás­ti­co. Todo eso se nota en Uxía, un per­so­na­je que podría haber que­da­do redu­ci­do a “la sobri­na moder­na que no entien­de al tío del pue­blo”, pero que Caraballo dota de inse­gu­ri­da­des, rabia y ter­nu­ra: lo mis­mo te suel­ta una pulla inge­nio­sa que se derrum­ba por­que el Excel de la tien­da no sale, y ahí la serie gana muchas capas.

La quí­mi­ca entre Zahera y Caraballo es el ver­da­de­ro cen­tro de «Animal»: cada esce­na en la que dis­cu­ten sobre dine­ro, tipo de pien­so o redes socia­les es en reali­dad una con­ver­sa­ción sobre gene­ra­cio­nes, expec­ta­ti­vas y mane­ras de enten­der la res­pon­sa­bi­li­dad. Son fami­lia, se nece­si­tan, se sacan de qui­cio y, aun así, van cons­tru­yen­do una alian­za rara pero sóli­da, tan lle­na de repro­ches como de cari­ño, que resul­ta muy reco­no­ci­ble para cual­quie­ra que haya tra­ba­ja­do con alguien de su pro­pia fami­lia sin manual de ins­truc­cio­nes.

Secundarios con pasado en pantalla

La serie se apo­ya tam­bién en un gru­po de secun­da­rios que lle­gan con mucha carre­te­ra tele­vi­si­va y cine­ma­to­grá­fi­ca enci­ma, y se nota en la for­ma en que relle­nan cada rin­cón del pue­blo y de la tien­da. Carmen Ruiz, cono­ci­da por «Amar en tiem­pos revuel­tos», «Gym Tony» o «Con el culo al aire», apor­ta ese tono tan suyo de mujer que lo ha vis­to todo y ya no se impre­sio­na ni por dra­mas rura­les ni por clien­tes que gas­tan más en cham­pú para el perro que en la com­pra del mes.

Antonio Durán “Morris», al que el públi­co vin­cu­la ense­gui­da con «Fariña», «Matalobos» o «Los lunes al sol», trae con­si­go el peso del dra­ma galle­go con­tem­po­rá­neo: per­so­na­jes que arras­tran deu­das, frus­tra­cio­nes y un humor negrí­si­mo. En «Animal» esa mochi­la se tra­du­ce en figu­ras que recuer­dan con­ti­nua­men­te que, más allá de los neo­nes de la bou­ti­que, el cam­po sigue sien­do un lugar duro don­de cada vaca, cada ove­ja y cada fac­tu­ra cuen­tan. También apa­re­cen caras como las de Darío Loureiro, vis­to en «Rapa», o Adrián Viador, liga­do a «Vivir sin per­mi­so», que se mue­ven con como­di­dad entre lo cómi­co y lo amar­go, ayu­dan­do a que la serie no se que­de en pos­tal boni­ta.

Dificultades técnicas, cuando los compañeros de reparto ladran

Lo que pare­ce una come­dia lige­ra tie­ne detrás una pro­duc­ción bas­tan­te más com­pli­ca­da de lo que apa­ren­ta, por­que rodar con ani­ma­les de ver­dad es bási­ca­men­te acep­tar que el plan de roda­je es una suge­ren­cia opti­mis­ta. Cada perro, gato, ove­ja o vaca obli­ga a tra­ba­jar con adies­tra­do­res, vete­ri­na­rios en el set, tiem­pos de des­can­so y pro­to­co­los de bien­es­tar ani­mal muy estric­tos que con­di­cio­nan cuán­tas horas se pue­de gra­bar, qué se pue­de hacer y qué no, y cuán­tas veces se repi­te una acción.

En «Animal», ade­más, se suman dos capas de difi­cul­tad: por un lado, la pro­pia bou­ti­que, lle­na de bichos, estí­mu­los y extras en for­ma de clien­tes, y por otro, el entorno rural galle­go, con exte­rio­res cam­bian­tes, cli­ma capri­cho­so y loca­li­za­cio­nes repar­ti­das que com­pli­can cual­quier logís­ti­ca. El equi­po deci­dió rodar en Galicia pre­ci­sa­men­te para apro­ve­char el pai­sa­je, la luz y el tono local de Zahera, pero eso sig­ni­fi­ca lidiar con des­pla­za­mien­tos, acce­sos com­pli­ca­dos y un cli­ma que pue­de con­ver­tir un día de sol en una sesión de chu­bas­que­ro en cues­tión de minu­tos.

Los res­pon­sa­bles de la serie han expli­ca­do que en el roda­je siem­pre había pre­sen­te un vete­ri­na­rio para super­vi­sar a los ani­ma­les y evi­tar situa­cio­nes de estrés o ries­go, ade­más de un con­trol férreo de las esce­nas más deli­ca­das. Muchas secuen­cias apa­ren­te­men­te impro­vi­sa­das, con perros cru­zán­do­se, ove­jas des­man­da­das o gatos a los que se les da la gana mirar a otro sitio, son en reali­dad resul­ta­do de una mez­cla de coreo­gra­fía míni­ma y capa­ci­dad del equi­po para reac­cio­nar rápi­do y res­ca­tar lo mejor de cada toma. Esa sen­sa­ción de caos con­tro­la­do, de que en cual­quier momen­to se pue­de liar par­da, aca­ba sien­do par­te del encan­to visual de la serie.

Segunda temporada, más ovejas, más lío

El éxi­to de «Animal» fue tan rápi­do que Netflix no espe­ró ni tres sema­nas para con­fir­mar una segun­da tem­po­ra­da, des­pués de lide­rar el mes de octu­bre en la pla­ta­for­ma en España y colar­se en el top de varios paí­ses lati­no­ame­ri­ca­nos. La reno­va­ción se anun­ció con un vídeo muy en la línea de la serie: un cas­ting de ove­jas en ple­na ciu­dad, que ya deja cla­ro por dón­de irán los tiros, entre más gran­jas, más pelu­dos y más due­ños rari­tos dis­pues­tos a pagar por cual­quier capri­cho para su mas­co­ta.

La pro­duc­to­ra ha ade­lan­ta­do que se man­ten­drá el foco en la rela­ción entre Antón y Uxía, en la tien­da Kawanda y en ese mun­do rural que inten­ta sobre­vi­vir mien­tras el nego­cio urbano de lujo ani­mal se con­so­li­da como sím­bo­lo de tiem­pos raros. La pro­me­sa ofi­cial es sen­ci­lla pero muy suge­ren­te: más come­dia, más gran­jas, más pelu­di­tos y más fra­ses de taza, con un vete­ri­na­rio que sigue divi­di­do entre la vida que que­rría lle­var y la que en reali­dad tie­ne. Si afi­nan toda­vía un poco más el desa­rro­llo de algu­nos secun­da­rios y se atre­ven a tocar temas algo más incó­mo­dos sin per­der el tono lige­ro, la segun­da tem­po­ra­da pue­de con­so­li­dar a «Animal» como una de las come­dias espa­ño­las más que­ri­das del catá­lo­go recien­te.

Valoración general, por qué apetece verla

«Animal» fun­cio­na sobre todo por­que equi­li­bra muy bien tres ele­men­tos: per­so­na­jes creí­bles, con­tex­to social reco­no­ci­ble y ani­ma­les que nun­ca son mero adorno. El retra­to del mun­do rural en reti­ra­da, del tra­ba­ja­dor autó­no­mo expri­mi­do y del con­tras­te con una cla­se urba­na que tie­ne más cla­ro cómo cui­dar a su perro que a sus veci­nos está pre­sen­te, pero envuel­to en come­dia ama­ble, mira­das cóm­pli­ces y diá­lo­gos que sue­nan a con­ver­sa­ción de bar, sin nece­si­dad de dis­cur­sos sub­ra­ya­dos.

El resul­ta­do es una serie que se deja ver de fon­do pero tam­bién aguan­ta per­fec­ta­men­te una mara­tón aten­ta, con capí­tu­los de media hora que se pasan volan­do y dejan la sen­sa­ción de haber con­vi­vi­do un rato con gen­te que podrías encon­trar en tu ciu­dad, en tu aldea o en la cola de la pelu­que­ría cani­na del barrio. Luis Zahera y Lucía Caraballo, con sus tra­yec­to­rias pre­vias en thri­llers, dra­mas y come­dias, ponen el cora­zón y el rit­mo; los ani­ma­les y el equi­po téc­ni­co ponen la impre­vi­si­bi­li­dad y el sudor; el espec­ta­dor pone las ganas de reír­se un poco de sí mis­mo mien­tras ve a otros inten­tar domar su pro­pio caos.

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