«Brooklyn Nine-Nine»: risas, placas y found family

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Hay series que se ven para matar el tiempo y otras que se convierten en un pequeño refugio mental al final del día; «Brooklyn Nine-Nine» pertenece a ese segundo grupo, con placa policial incluida y chiste en la recámara. Estrenada en 2013 y concluida en 2021, sigue el día a día del grupo de detectives de la comisaría 99 del Departamento de Policía de Nueva York en Brooklyn, liderados por el inmaduro pero brillante Jake Peralta y el imperturbable capitán Raymond Holt. La premisa podría sonar a procedimental típico, pero aquí los interrogatorios acaban en gags, las persecuciones se mezclan con apuestas absurdas y el crimen es casi la excusa para hablar de personas que intentan hacer su trabajo lo mejor posible mientras lidian con sus manías, traumas y pequeñas victorias cotidianas. Si uno llega a la serie buscando sólo chistes, se queda por algo más incómodo de etiquetar: esa sensación rara de que, en medio de la tontería, hay un corazón muy serio latiendo fuerte.

Una comisaría que parece (y no parece) una comisaría

La serie nace de la cabeza de Dan Goor y Michael Schur, responsables también de «Parks and Recreation», y se nota en cuanto aparece el primer plano del lugar de trabajo convertido en ecosistema cómico. La 99ª comisaría no es el típico espacio gris de drama policial, sino una oficina caótica donde conviven montones de expedientes, insultos cariñosos y donuts sospechosamente abandonados en la cocina. Los casos se resuelven en apenas 22 minutos, porque el foco nunca está tanto en el misterio como en la reacción del equipo ante cada situación: desde el entusiasmo casi infantil de Jake por cualquier persecución hasta la manera metódica y neuroticamente organizada de Amy Santiago cuando huele la posibilidad de un ascenso. Esa mezcla de entorno policial con tono de sitcom crea un efecto extraño: te ríes mientras estás viendo arrestos, interrogatorios y armas, y aun así no sientes que la serie se burle del trabajo en sí, sino de las torpezas humanas que lo rodean.

Lo curioso es que, a pesar del colorido y el ritmo ligero, la 99 funciona como un pequeño laboratorio de convivencia donde se cruzan generaciones, culturas y formas de entender la autoridad. El capitán Holt representa la disciplina férrea, pero también décadas de discriminación como hombre negro y gay en un cuerpo policial que no siempre lo vio como uno de los suyos, frente a Jake, que ha crecido con la televisión como referencia y se mueve por la comisaría como si estuviera protagonizando un eterno homenaje a «Jungla de cristal». Todos los personajes arrastran su mochila: Rosa Díaz y su coraza emocional blindada, Terry Jeffords y su miedo a volver a la calle por sus hijas pequeñas, Gina Linetti y su narcisismo performático convertido en arte conceptual, Boyle y su entusiasmo desbordado por cualquier cosa que huela a amistad. Esa coralidad convierte el despacho del capitán, la sala de interrogatorios y hasta el ascensor en escenarios recurrentes de algo más grande que una simple broma; son espacios donde se redefinen lealtades, se negocian límites y, de vez en cuando, se aprenden lecciones que nadie quería oír pero todos necesitaban.

Entre el chiste fácil y la incomodidad necesaria

Lo tentador con una sitcom policial sería quedarse en la caricatura de “poli torpe, caso absurdo, reset al final del episodio”, pero «Brooklyn Nine-Nine» decide jugar una partida algo más arriegada. Durante sus ocho temporadas, la serie mantiene la ligereza que la hizo popular —diálogos rápidos, running gags como las legendarias «heists» de Halloween o el amor incondicional de Jake por la comida basura—, pero poco a poco va abriendo la puerta a conflictos que no caben en una broma de tres líneas. Hay episodios que atraviesan temas como el racismo institucional, el abuso de poder dentro del propio cuerpo policial o la presión que supone ser mujer en un entorno donde las bromas machistas se camuflan de camaradería. Lo interesante es cómo la serie se atreve a incomodar sin traicionar del todo el tono optimista: no se convierte en un drama sermoneador, pero tampoco se limita a hacer chistes autoconscientes para quedar bien.

Esa tensión entre risa y crítica se vuelve especialmente visible a medida que el contexto real se cuela por las rendijas de la ficción, hasta el punto de que la octava temporada se escribió en plena discusión pública sobre la brutalidad policial en Estados Unidos. La propia serie se ve obligada a preguntarse qué significa idealizar a la policía en un momento así, y la respuesta no es simple ni unánime, ni dentro de la ficción ni entre su audiencia. Algunos fans sienten que la comedia pierde ligereza cuando se acerca demasiado a estos temas, mientras otros agradecen el intento de no mirar hacia otro lado, aunque el formato de 22 minutos siempre limite la profundidad. En esa contradicción vive buena parte del interés actual de «Brooklyn Nine-Nine»: es un producto naciddo para ser evasivo, pero que, casi sin darse cuenta, acaba convertido en espejo incómodo de un sistema que ya no se puede representar de la misma forma ingenua que hace treinta años.

De la cancelación al efecto consuelo

La trayectoria industrial de la serie también tiene algo de guion bien hilado: en 2018, la cadena Fox la cancela tras cinco temporadas, y la reacción del público en redes sociales es tan ruidosa que, al día siguiente, NBC decide rescatarla y darle continuidad. Esa resurrección televisiva dice mucho del vínculo emocional que «Brooklyn Nine-Nine» había construido con su audiencia, una mezcla de fans de la comedia clásica de oficina y espectadores que buscaban un espacio seguro donde la diversidad no fuera un discurso, sino una realidad cotidiana. No hablamos sólo de representación racial o LGTBIQ+, sino de la forma en que la serie normaliza la vulnerabilidad emocional masculina, la ansiedad, las rarezas sociales y las familias elegidas que se sostienen más por bromas internas que por genética. De repente, el despacho del capitán Holt y el bullpen se convierten en una especie de salón compartido en el que mucha gente se siente menos rara, menos sola, un poco más comprendida.

Ahí entra en juego lo que podríamos llamar “efecto consuelo”: esa capacidad de acompañar al espectador sin exigirle nada más que dejarse llevar por el ritmo de gags y miradas cómplices. Las comedias de lugar de trabajo siempre han tenido algo de eso —de «Cheers» a «The Office»—, pero en «Brooklyn Nine-Nine» se mezcla con un optimismo que bordea peligrosamente la fantasía, como si el mundo real hubiera sido filtrado por un algoritmo que elimina a los verdaderos monstruos pero mantiene conflictos lo bastante serios como para que el chiste no sea completamente hueco. Es legítimo preguntarse si esa mirada amable al cuerpo policial no contribuye a suavizar una institución que, fuera de la pantalla, genera miedo y desconfianza para muchas personas; la propia serie hace guiños a esa crítica en algunos diálogos. Sin embargo, negar el confort que ofrece sería igualmente tramposo: hay noches en las que uno necesita ver cómo Jake y Amy discuten por quién hace mejor los informes, y el mundo parece algo menos cortante durante veintidós minutos.

Por qué sigue funcionando más allá del último caso

Con ocho temporadas y 153 episodios, «Brooklyn Nine-Nine» podría haberse desinflado como tantas sitcoms alargadas, pero mantiene una estabilidad sorprendente en el tono y en la calidad del reparto, que se lleva un Globo de Oro a mejor serie de comedia en 2014 y varios premios más a lo largo del camino. Más allá de reconocimientos, lo que la mantiene viva en plataformas como Netflix años después de su final es esa mezcla precisa de humor absurdo, personajes profundamente queribles y la sensación de estar visitando una pandilla que ya conoces, como quien vuelve siempre al mismo bar aunque la carta no cambie demasiado. Cada personaje, incluso los teóricamente secundarios como Hitchcock y Scully, termina teniendo su propio momento de dignidad ridícula, su pequeño arco de crecimiento o, al menos, un chiste perfecto que lo justifica todo. El equilibrio entre lo coral y lo íntimo es lo que permite pasar de un cold open delirante con un lineup cantando Backstreet Boys a una escena silenciosa en la que un personaje sale del armario ante su familia de trabajo.

A la hora de revisitarla, lo que sorprende no es tanto lo que cuenta como cómo envejece tu propia relación con la serie; la ves con ojos distintos según la etapa vital en la que estés, y de pronto te descubres empatizando con Holt cuando antes sólo te hacían gracia los gestos de Jake. Puede que la serie no resuelva el debate sobre la representación de la policía en la ficción, ni pretenda ofrecer una radiografía sociológica impecable, pero sí deja algo más tangible: la demostración de que todavía se puede hacer comedia de oficina que no suene a repetición automática, siempre que se recuerde que, detrás de cada chiste, hay personajes que sienten, se equivocan y, a veces, cambian. Tal vez por eso, cuando suena el «Nine-Nine!» a coro en pantalla, uno tenga la extraña impresión de estar respondiendo por dentro, como quien contesta un grito de guerra compartido con desconocidos al otro lado del mundo.

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