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La puerta del avión se abre sobre un bosque que parece inmóvil. Antes de que salte nadie, el observador arroja unas tiras lastradas de papel crepé. Desde arriba resultan ridículamente pequeñas, casi material de una fiesta infantil colocado en la profesión equivocada. Su deriva permite calcular el viento y decidir dónde debe abandonar la aeronave el primer bombero. Solo después aparece el paracaídas.
Esa secuencia explica mejor a los smokejumpers que cualquier fotografía heroica. Son bomberos forestales especializados en llegar por aire a incendios remotos cuando todavía son pequeños y una carretera, un sendero o el radio de acción de un helicóptero no ofrecen una respuesta suficientemente rápida. El salto es espectacular, desde luego, pero funciona como medio de transporte. Nadie extingue un incendio mientras flota entre los pinos.
Estados Unidos mantiene alrededor de 450 smokejumpers repartidos entre nueve bases del Servicio Forestal y la Oficina de Administración de Tierras. Los aviones de ala fija pueden desplegar equipos reducidos, a veces solo dos personas, o grupos mayores con su equipo inicial. Herramientas, comida y agua descienden después como carga, de modo que la brigada pueda trabajar de forma autónoma durante las primeras 48 horas. Su misión habitual es el ataque inicial: llegar pronto, leer el terreno y evitar que un foco manejable se convierta en un gran incendio.

Una idea nacida con la aviación
La ocurrencia empezó a probarse en 1939, cerca de Winthrop, en el estado de Washington. Había que inventarlo casi todo: paracaídas dirigibles, arneses, trajes resistentes, procedimientos para bajar de un árbol y métodos para lanzar herramientas sin convertirlas en proyectiles. El 12 de julio de 1940, Rufus Robinson y Earl Cooley realizaron los primeros saltos operativos sobre un incendio en el bosque nacional de Nez Perce, Idaho.
La cronología coincide con el desarrollo militar de las unidades aerotransportadas, aunque la historia forestal tomó caminos bastante menos conocidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, objetores de conciencia trabajaron como smokejumpers dentro del programa Civilian Public Service. También lo hizo el 555.º Batallón de Infantería Paracaidista, una unidad de paracaidistas afroamericanos del Ejército estadounidense. Los llamados Triple Nickles fueron destinados al noroeste para localizar y combatir incendios relacionados con los globos bomba japoneses. Su misión mezcló vigilancia, extinción y una considerable dosis de silencio histórico.
El programa creció durante las décadas siguientes y construyó una identidad de cuerpo selecto. Esa imagen, útil para el reclutamiento y muy agradecida por las cámaras, tiene una grieta importante. El 5 de agosto de 1949, el incendio de Mann Gulch, en Montana, atrapó a una brigada que había saltado para ocuparse de un fuego aparentemente abordable. Murieron trece hombres, doce de ellos smokejumpers. El incendio aceleró ladera arriba con una violencia que la experiencia disponible entonces apenas sabía interpretar.
Mann Gulch modificó la cultura de seguridad forestal. Impulsó la investigación científica sobre el comportamiento del fuego y contribuyó al desarrollo posterior de reglas, protocolos y formación que hoy parecen evidentes. También dejó una lección incómoda: llegar antes y contar con personal extraordinariamente preparado no vuelve previsible a un incendio. La primera línea de defensa puede convertirse, en pocos minutos, en un lugar del que ya no hay salida.
La institución tardó bastante más en corregir otras inercias. Deanne Shulman se convirtió en 1981 en la primera mujer smokejumper, cuatro décadas después del inicio operativo del programa. No es un detalle ornamental en una cronología. Recuerda que la dureza física de un oficio suele utilizarse para justificar barreras que pertenecen más a la organización que al trabajo.



El paracaídas dura unos minutos
Un puesto de smokejumper no es una entrada pintoresca al mundo de los incendios forestales. Los candidatos llegan con experiencia previa en brigadas terrestres, equipos helitransportados o unidades hotshot. El propio Servicio Forestal advierte que estas plazas no son empleos iniciales. La formación de los novatos dura unas cinco semanas e incluye saltos, seguridad aérea, comportamiento del fuego, motosierras, bombas portátiles, trepa de árboles, aterrizajes en agua, primeros auxilios y lanzamiento de carga.
La selección no busca aficionados al riesgo. Busca personas capaces de seguir trabajando cuando el plan inicial se ha torcido, el terreno no se parece al mapa y el avión ya se ha marchado. El observador que dirige la operación elige la zona de salto, coordina el espacio aéreo y decide la salida de cada miembro. En tierra, la brigada reúne el material, establece comunicaciones y empieza un trabajo mucho menos cinematográfico: cavar líneas hasta suelo mineral, retirar combustible, talar cuando resulta necesario, instalar mangueras y vigilar puntos calientes.
También hay que recogerlo todo. En una descripción del National Interagency Fire Center, un smokejumper puede saltar con unos 41 kilos de equipo y terminar transportando más de 54 por terreno abrupto, porque parte de la carga lanzada debe salir después del monte. La imagen del paracaídas rojo contra el humo dura unos segundos. La caminata con herramientas, restos de comida, material húmedo y un paracaídas embalado no suele aparecer en los documentales.
Cuando no hay incendios, tampoco esperan sentados junto a una sirena. Revisan y pliegan paracaídas, fabrican piezas de su equipo, preparan cajas de carga, entrenan, mantienen instalaciones y participan en quemas prescritas o reducción de combustibles. El oficio combina bombero, paracaidista, técnico de mantenimiento y trabajador forestal. Su eficacia depende de esa mezcla, no de una valentía abstracta.
El precio tampoco termina con un mal aterrizaje. Los bomberos forestales respiran humo durante jornadas largas y con un esfuerzo físico elevado. Un estudio publicado en 2019 modeló la exposición acumulada y estimó incrementos en el riesgo de mortalidad por cáncer de pulmón y enfermedad cardiovascular según los días de incendio y la duración de la carrera. No describe el destino individual de cada trabajador, pero sí corrige la idea cómoda de que el peligro desaparece cuando se apagan las llamas.




No todos los bosques necesitan paracaídas
Los smokejumpers funcionan especialmente bien en territorios inmensos, con pocos accesos y numerosos incendios causados por rayos. Alaska es el caso más claro: allí pueden operar desde aeródromos secundarios, transportar carga a grandes distancias y llegar a zonas donde un desplazamiento terrestre consumiría horas o días. En lugares con carreteras más densas, poblaciones cercanas o abundantes bases de helicópteros, el equilibrio cambia.
España ofrece una comparación útil. Las BRIF también son brigadas forestales de alta especialización y respuesta rápida, pero llegan habitualmente en helicóptero. El aparato puede desembarcar al equipo, mantener comunicación, apoyar con agua y facilitar una evacuación. Son modelos construidos para geografías y organizaciones distintas. Copiar la parte más espectacular del sistema estadounidense sin copiar su red de bases, sus aviones, la formación, la logística de carga y los protocolos sería una forma bastante cara de practicar paracaidismo.
Además, el ataque inicial tiene límites. Es eficaz cuando el fuego conserva una escala abordable y las condiciones permiten trabajar con seguridad. No reemplaza la prevención, la gestión del combustible, las quemas prescritas, la vigilancia ni la planificación del territorio. Tampoco convierte en razonable enviar personas a un lugar donde el comportamiento del incendio ha superado la capacidad de extinción.
Ahí aparece la contradicción más interesante de los smokejumpers. Representan una respuesta extrema diseñada para intervenir antes de que la situación sea extrema. Saltan desde un avión para realizar una tarea basada en principios muy antiguos: llegar pronto, observar el viento, quitar vegetación y separar el fuego de aquello que todavía puede arder.
Desde la puerta abierta del avión, el bosque sigue pareciendo quieto. El observador mira cómo caen las tiras de papel, calcula su desplazamiento y decide si existe un lugar razonable para aterrizar. A veces la decisión profesional consiste en saltar. Otras veces consiste en cerrar la puerta.
Antes de que aparezca el humo
Cada verano, las olas de calor alargan la temporada de incendios y dejan los bosques más secos, más frágiles y más difíciles de defender. Un descuido mínimo, una chispa, una colilla o una quema mal controlada pueden convertirse en pocas horas en un frente capaz de arrasar miles de hectáreas, destruir viviendas, matar animales y poner en peligro a quienes intentan detenerlo.
Los smokejumpers y el resto de brigadas forestales representan la parte más visible y arriesgada de esa lucha, pero su trabajo no debería servirnos para admirar el heroísmo desde lejos y olvidar nuestra responsabilidad. La prevención empieza mucho antes de que aparezca el humo: respetando las restricciones, evitando cualquier fuego en el monte, avisando de inmediato ante una columna sospechosa y comprendiendo que, durante una ola de calor, el paisaje entero puede comportarse como combustible.
Cuando arde un bosque no desaparecen únicamente árboles. Se pierde suelo fértil, biodiversidad, agua, sombra, memoria y una parte del territorio que tardará décadas en recuperarse. A veces, incluso más.





