Spider-Noir: crimen, humo y telarañas

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Un Spider-Man desencajado, con gabardina y pistola, pasea por una Nueva York en blanco y negro mientras la voz de Nicolas Cage resuena como si hubiese fumado demasiadas noches de lluvia seguidas. No es el héroe optimista de siempre, sino un detective cansado, atrapado entre mafiosos, conspiraciones y la sensación permanente de que todo llega tarde.

Una Nueva York en blanco y negro… o en color extremo

«Spider-Noir» sitúa al Hombre Araña en una versión alternativa de los años 30, con rascacielos envueltos en niebla, callejones húmedos y farolas que parecen interrogatorios en sí mismas. La serie, producida por Sony en colaboración con MGM+ y disponible en Prime Video, decide jugar fuerte: cada episodio puede verse tanto en blanco y negro como en una versión a color con un toque deliberadamente retro. No cambia la historia, pero sí el modo en que la ciudad te mira.

El blanco y negro digital está diseñado para abrazar el espíritu del cine negro clásico, con fuertes contrastes, sombras duras y una atmósfera moralmente turbia, más cercana a Chandler que a los blockbusters actuales. La opción a color, bautizada como estilo True-Hue en algunas piezas promocionales, empuja los tonos hasta casi el tecnicolor, creando un look pulp que recuerda tanto a viejos cómics como a carteles de serie B rescatados de un videoclub fantasma. El resultado es una experiencia dual: la misma trama, dos sensibilidades distintas, como si eligieras entre escuchar un vinilo con ruido de aguja o un remaster cristalino.

Visualmente, la serie se recrea en el grano, la lluvia, el humo y los neones que casi crujen. Las calles de Nueva York parecen decorados de un estudio clásico, pero llenos de trucos digitales: planos picados sobre los tejados, sombras de telaraña proyectadas sobre paredes desconchadas y encuadres que se toman su tiempo, más interesados en sugerir que en exhibir. La cámara se mueve como un detective que sospecha de todos, sin prisas, pero sin perder el pulso.

Un Spiderman que fuma Bogart y maldice a lo Cage

Nicolas Cage interpreta a Ben Reilly, aquí un detective privado que también es Spider-Man, y construye el personaje mezclando referentes del noir clásico con su propia excentricidad. Él mismo ha explicado que se inspiró en la cadencia de actores como Humphrey Bogart y en el ritmo de diálogo de las películas de crimen de los años 30 y 40, pero filtrado por su estilo exagerado, casi caricaturesco. El resultado es un héroe áspero, irónico, con frases que suenan a monólogo interior de novela barata, pero que se clavan como un puñetazo en mitad de la madrugada.

La voz de Cage, grave y rota, se convierte en una pieza central de la serie, subrayando el tono crepuscular del relato. Sus monólogos sobre la ciudad, la culpa y la violencia funcionan como una banda sonora paralela, casi un instrumento más. Este Spider-Noir no es un chico de instituto ni un genio despistado: es un adulto que arrastra fracasos, decisiones cuestionables y una telaraña de deudas morales que amenazan con ahogarlo. Hay humor, sí, pero siempre salpicado de cinismo, como si cada chiste fuese una forma de aplazar un desastre inevitable.

El reparto que lo acompaña refuerza este tono híbrido entre pulp, policíaco y cómic retorcido. Li Jun Li interpreta a Cat Hardy, una cantante de club nocturno con vibra de femme fatale que mezcla glamour, vulnerabilidad y secretos peligrosos. Lamorne Morris da vida al periodista Robbie Robertson, que aporta contrapunto moral y también humor a base de diálogos rápidos, mientras Karen Rodriguez y Brendan Gleeson completan el núcleo de personajes recurrentes, cada uno con su propio historial de sombras, favores y balas perdidas.

Sonidos de jazz, golpes secos y telarañas

La banda sonora de «Spider-Noir» se mueve entre el jazz oscuro, el swing de club clandestino y pinceladas contemporáneas que evitan que la experiencia se convierta en simple pastiche. El tema de apertura, «Saving Grace», interpretado por Kirby, marca el tono desde el primer segundo: percusión contenida, arreglos elegantes y una melodía que suena a redención imposible. No es el típico tema heroico, sino una mezcla de deseo y amenaza que encaja como un guante con la silueta de Cage caminando bajo la lluvia.

A lo largo de los episodios aparecen piezas vocales cuidadosamente elegidas, como una versión de «Dream a Little Dream of Me» que suena a caricia peligrosa, o la canción original «The Devils You Know», escrita por Oak Felder y Sebastian Kole e interpretada por Li Jun Li, que aprovecha su rol de cantante dentro de la propia trama. La música diegética —la que suena dentro del universo de la serie— convierte los clubes en pequeños escenarios de confesión y traición, donde cada nota puede estar comprada. Entre medias, la partitura instrumental juega con metales apagados, contrabajos reptantes y silencios que pesan tanto como los disparos.

El diseño sonoro amplifica esa sensación de noir contemporáneo: pasos sobre charcos, sirenas lejanas, el chasquido de una telaraña lanzada en la penumbra, golpes secos y respiraciones contenidas. Cada pelea parece más un choque entre cuerpos cansados que una coreografía perfecta, lo que refuerza el aire de thriller sucio, de lucha desesperada por llegar vivo al siguiente callejón. Si se ve en blanco y negro, la banda sonora domina el espacio; en la versión a color, dialoga con los tonos saturados y crea un contraste casi psicodélico entre el oído y la retina.

Canción recomendada para acompañar el visionado: «Feeling Good» en la versión de Muse, que encaja con el tono oscuro, teatral y ligeramente excesivo que despliega la serie.

Nicolas Cage y sus héroes rotos

«Spider-Noir» no aparece de la nada en la carrera de Nicolas Cage: es casi la culminación lógica de su romance con personajes extremos, antiheroes y tipos que se toman a puñetazos con lo sobrenatural. En el terreno superheroico, Cage ya había interpretado a Big Daddy en «Kick-Ass», una especie de Batman vengativo y obsesivo que entrenaba a su hija como un arma viviente, y al motociclista maldito de «Ghost Rider», condenado a convertirse en un esqueleto llameante con chupa de cuero. Su voz también había dado vida previamente a Spider-Man Noir en «Spider-Man: Into the Spider-Verse», allanando el camino para esta versión expandida y más compleja del personaje.

Pero su relación con la aventura va mucho más allá del spandex: títulos como «The Rock», «Con Air» o «Face/Off» definieron durante los 90 un tipo de héroe de acción excéntrico, capaz de mezclar vulnerabilidad, locura y explosiones en una misma escena. En «National Treasure» abrazó el género de búsqueda de tesoros históricos, mientras que «Season of the Witch» y «The Sorcerer’s Apprentice» lo acercaron a la fantasía oscura y al pulp mágico. Incluso cuando se ha alejado del género, su inclinación por personajes que viven al límite —como en «Mandy» o «Pig»— ha reforzado su imagen de actor dispuesto a jugarse todo por un tono, una mirada o un grito memorable.

Dentro del espectro de superhéroes y aventuras, su filmografía relevante incluiría, al menos, «Kick-Ass», «Kick-Ass 2» (cameos y herencia del personaje), «Ghost Rider», «Ghost Rider: Spirit of Vengeance», «Spider-Man: Into the Spider-Verse», «The Rock», «Con Air», «Face/Off», «National Treasure» y su secuela, «The Sorcerer’s Apprentice» y «Season of the Witch». «Spider-Noir» funciona casi como un resumen de todo eso: un héroe con pasado complicado, rodeado de balas y conspiraciones, pero visto a través de un prisma estilizado que le permite exagerar su propia leyenda sin perder cierta melancolía. Da la sensación de que Cage, por fin, ha encontrado un superhéroe a su medida exacta: raro, excesivo, cansado y, sin embargo, imposible de ignorar.

Cómo ver «Spider-Noir» sin arruinarte la experiencia

La serie llega a Prime Video con todos los episodios disponibles de golpe, algo poco habitual en un panorama cada vez más obsesionado con el estreno semanal. Esa decisión encaja bien con el tono de thriller enrevesado: invita a maratones nocturnos, a encadenar capítulos como quien devora una vieja novela de kiosco que se está deshaciendo en las manos. Lo más interesante, sin embargo, es la posibilidad de elegir cómo verla: puedes optar por el blanco y negro más purista, por el color hipersaturado o incluso alternar versiones para jugar con tu propia percepción de la historia.

Si te gusta el cine negro clásico, probablemente el blanco y negro sea tu puerta de entrada natural: ahí destacan las sombras, la textura de los interiores y la sensación de fatalismo que envuelve a Ben Reilly. Si vienes del cómic, del anime o de los videojuegos, la opción a color te resultará quizá más familiar, con su estética pulp, sus tonos extremos y ese aire de mundo ligeramente irreal, como un póster de los años 40 que alguien ha reimpreso con tinta fluorescente. En cualquier caso, conviene llegar sabiendo poco: la serie juega con giros, traiciones y revelaciones que pierden fuerza si se explican demasiado, y lo mejor es dejar que sea la propia ciudad —y la voz de Cage— quien te vaya contando dónde te has metido.

Alan Turing, la máquina y el secreto

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La película «The Imitation Game» funciona como un potente thriller dramático sobre Alan Turing y el origen remoto de lo que hoy llamamos, con bastante poco tino, “inteligencia artificial”, aunque se toma licencias históricas muy claras que conviene señalar.

Introducción: un genio entre válvulas y secretos

Hay películas que se te quedan pegadas no por los giros de guion, sino por la sensación incómoda de haber conocido a alguien demasiado tarde. «The Imitation Game» pertenece a esa categoría: terminas de verla con la impresión de que Alan Turing debería estar en los libros de texto a la altura de Einstein, y sin embargo la mayor parte de su vida se mantuvo enterrada bajo capas de secreto oficial, homofobia y olvido.

La cinta nos lleva a la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial, a un Bletchley Park convertido en hormiguero de matemáticos, lingüistas y criptoanalistas empeñados en descifrar Enigma, la máquina de cifrado que protegía las comunicaciones del ejército nazi. Entre ellos, un joven Turing que parece moverse por el mundo como si hubiera aterrizado de otro planeta: torpe en lo social, brillante hasta la crueldad en lo intelectual, obsesionado con construir una máquina capaz de hacer en minutos lo que a un equipo humano le llevaría años.

Bajo esa trama de espionaje clásico, la película en realidad está contando otra cosa: la historia de cómo una idea abstracta sobre máquinas que manipulan símbolos acabó convertida, con décadas de retraso, en la semilla de los ordenadores, de los algoritmos y de esa IA que hoy preguntamos por voz como si fuera magia. No, la inteligencia artificial no nació en Silicon Valley ni en un garaje lleno de post-its; nació en pizarras llenas de ecuaciones, en cables que olían a quemado y en mentes como la de Turing, mucho antes de que alguien decidiera venderla en formato app.

Ficción versus realidad: lo que la película acierta (y lo que exagera)

Históricamente, la película hace un trabajo notable al situar al espectador en el contexto de Bletchley Park y la importancia de romper Enigma para acortar la guerra. Es cierto que los guionistas se permiten dramatizar conflictos internos y simplificar procesos técnicos, pero el núcleo es reconocible: Turing y su equipo jugaron un papel decisivo en el descifrado de los mensajes nazis, y ese trabajo tuvo un impacto real en el curso de la guerra.

Donde la cinta se toma más libertades es en la forma en que magnifica la figura de Turing como héroe solitario, casi enfrentado al resto del mundo. En la realidad, Bletchley Park fue un esfuerzo colectivo en el que participaron múltiples especialistas y equipos paralelos, y aunque Turing fue esencial en el diseño de máquinas para romper Enigma, no fue el único cerebro brillante en la sala. La tensión con superiores como el comandante Denniston, por ejemplo, está subrayada para crear antagonistas claros y acelerar el conflicto dramático, mientras que los procesos de aprobación y construcción de las máquinas fueron más tediosos y burocráticos de lo que deja ver la pantalla.

También hay momentos en los que el guion coloca a Turing en situaciones que no encajan bien con la documentación histórica, como ciertos aspectos del espionaje, la relación con el personaje de John Cairncross o la forma en que se decide “sacrificar” barcos para no revelar que Enigma ha sido rota. Estas escenas funcionan narrativamente porque colocan al espectador en un dilema moral muy concreto —¿salvar a unos pocos hoy o a muchos mañana?—, pero simplifican decisiones mucho más complejas, repartidas entre distintos organismos militares y de inteligencia.

Sin embargo, a pesar de estas licencias, la ambientación de época, la sensación de claustrofobia en la sala de máquinas y la presión constante de los plazos transmiten bastante bien la urgencia real que se vivía en Bletchley Park. Lo que quizá se echa de menos es una mirada más profunda a la vida científica de Turing antes y después de la guerra, especialmente su trabajo teórico sobre máquinas computacionales y sus investigaciones posteriores en biología matemática, que apenas aparecen o lo hacen de forma tangencial.

Alan Turing y sus sombras: personaje y biografía

La película ofrece una semblanza potente, aunque algo caricaturizada, de Alan Turing: un genio socialmente torpe, casi incapaz de empatía, que choca con todo el mundo salvo con unas pocas personas que saben leer entre líneas. Benedict Cumberbatch convierte esa descripción en un personaje muy vivo: mezcla rigidez corporal, tartamudeos, pequeñas fugas de humor involuntario y un fondo de vulnerabilidad que se cuela en la mirada cada vez que su pasado aparece en forma de flashback.

Históricamente, Turing fue efectivamente un matemático extraordinario, pionero de la computación teórica gracias a su trabajo de 1936 sobre lo que hoy llamamos “máquina de Turing”, un modelo abstracto de cálculo que definía, casi por primera vez, qué significa que un procedimiento sea computable por una máquina. Fue también un criptoanalista clave en la guerra y, tras ella, trabajó en diseños de ordenadores tempranos y en ideas sobre aprendizaje automático y morfogénesis biológica que hoy se consideran visionarias. Todo eso asoma en la película como a través de una puerta entreabierta, suficiente para despertar curiosidad, aunque quizá insuficiente para quien quiera entender la magnitud real de su legado.

Donde la cinta sí afina es en la parte más amarga de su biografía: la persecución por su homosexualidad en la Inglaterra de los años 50. Tras ser condenado por “indecencia grave”, Turing aceptó someterse a un tratamiento hormonal que hoy solo puede describirse como una forma de violencia de Estado: castración química con graves efectos físicos y psicológicos. Poco después, en 1954, fue hallado muerto por envenenamiento con cianuro, en lo que se consideró oficialmente un suicidio. La película recoge ese desenlace de forma contenida pero devastadora, subrayando la ironía de un país que castigó a uno de los hombres que más contribuyeron a su supervivencia.

La relación con Joan Clarke, interpretada por Keira Knightley, se apoya en hechos reales —Clarke fue efectivamente criptoanalista en Bletchley y estuvo comprometida con Turing—, pero se romanticiza y simplifica para encajar en el molde de drama emocional que Hollywood exige. Aun así, sirve para mostrar algo que suele olvidarse: que la historia de la computación y del descifrado de códigos no fue solo cosa de hombres, y que hubo mujeres que ocuparon puestos cruciales en aquellos equipos, aunque los créditos se los llevaran otros.

Los intérpretes y sus “originales”: carne y hueso de la historia

Uno de los grandes aciertos de la película es su reparto, que consigue dar verosimilitud a personajes que podrían haber quedado reducidos a caricaturas de manual. Benedict Cumberbatch construye un Turing complejo, que se mueve entre la arrogancia y la fragilidad sin perder nunca la sensación de que está viendo el mundo a un nivel de abstracción diferente al resto. No es un retrato documental, pero sí una aproximación emocional: quizá Turing no hablaba exactamente así, pero cuesta no creer que sintiera algo muy parecido a lo que se muestra.

Keira Knightley, como Joan Clarke, aporta calidez y determinación a un personaje que en otras manos podría haberse reducido al “interés romántico” del protagonista. Su Clarke se mueve con soltura en un entorno dominado por hombres y se niega a aceptar que su talento tenga que esconderse detrás de una máquina de escribir. Históricamente, Clarke fue una matemática y criptoanalista de alto nivel, y aunque la película reduce parte de su trabajo a escenas breves, su presencia recuerda que la historia de la computación fue también una historia de mujeres mal acreditadas.

El resto del elenco funciona como un coro de tensiones y apoyos alrededor de Turing: Matthew Goode encarna a Hugh Alexander, jugador de ajedrez y criptoanalista, con una mezcla de encanto y competitividad; Charles Dance representa al comandante Denniston con la autoridad severa del militar que no entiende del todo a sus genios pero los necesita desesperadamente; Mark Strong aporta una ambigüedad inquietante como el responsable del MI6 Stewart Menzies. Muchos de estos personajes están basados en figuras reales, aunque comprimidas, fusionadas o exageradas para que encajen mejor en el metraje de dos horas.

La dirección de Morten Tyldum y la fotografía refuerzan esa sensación de autenticidad: decorados apagados, mucha madera oscura y maquinaria pesada, planos cortos sobre engranajes y contactos eléctricos que convierten a la propia máquina —la precursora de los ordenadores— en un personaje más. La música de Alexandre Desplat, con su mezcla de patrones repetitivos y melodías emotivas, contribuye a esa idea de un cerebro que no puede dejar de procesar información incluso cuando el mundo se derrumba a su alrededor.

El llamado Test de Turing: cuando una máquina “imita” a un humano

Si hay un concepto que la película deja flotando —a veces se menciona, otras simplemente se intuye— es el famoso “Test de Turing”, uno de los hitos fundacionales de la inteligencia artificial. En 1950, en un artículo titulado “Computing Machinery and Intelligence”, Turing propuso una forma muy concreta de abordar la pregunta “¿pueden pensar las máquinas?”. En vez de intentar definir filosóficamente qué es pensar (un terreno pantanoso que puede durar siglos), sugirió un experimento práctico, casi un juego: si una máquina puede imitar a un humano lo bastante bien como para engañar a un juez, quizá no tenga sentido seguir negando que “piensa”.

La idea básica es sencilla: imagina a una persona conversando, a través de un canal de texto, con dos interlocutores que no puede ver. Uno es un ser humano; el otro, una máquina. El interrogador hace preguntas a ambos, los somete a conversación, intenta descubrir pistas de humanidad o de rigidez mecánica en sus respuestas. Si, después de suficientes rondas, esa persona se equivoca muy a menudo al intentar distinguir quién es la máquina y quién el humano, se considera que la máquina ha pasado el test: se ha comportado de forma indistinguiblemente humana, al menos en el juego del lenguaje.

El Test de Turing no pretendía ser una definición definitiva de inteligencia, sino una forma pragmática de evitar discusiones eternas y centrarse en lo observable. Su influencia ha sido enorme: durante décadas, muchos investigadores en IA tomaron como referencia esa idea de imitación conversacional, hasta el punto de organizar concursos donde programas intentaban engañar a jueces humanos. Con el tiempo también se han señalado sus limitaciones: una máquina puede simular conversación sin “comprender” nada en sentido fuerte, y hay muchas formas de inteligencia —sensorial, motora, creativa— que no se reducen a chatear.

Aun así, lo relevante, y lo que conecta con la película, es que Turing estaba pensando en estas cosas en los años 40 y 50, en una época en la que los ordenadores ocupaban habitaciones enteras y se programaban con tarjetas perforadas. Es decir, los debates que hoy tenemos sobre si una IA “sabe” lo que dice, o si solo está imitando patrones, son nietos directos de aquellas preguntas. Cuando la película nos muestra a Turing obsesionado con construir una máquina capaz de “pensar más rápido”, está señalando, aunque sea de forma simplificada, esa transición desde la lógica pura a la idea de máquinas que se comportan de manera inteligente.

Mucho antes de los algoritmos con logo: origen real de la IA

Una de las claves más interesantes que se pueden extraer de la película, si se mira con un poco de mala leche, es que desmonta el mito de que la inteligencia artificial es un invento reciente, casi una moda de la última década. Igual que la leche no nace en el interior de un tetrabrik sino en una vaca que alguien tiene que alimentar, ordeñar y cuidar, los sistemas que hoy llamamos IA se apoyan en una historia larga de ideas, cables y experimentos que arrancan bastante antes de que existiera Internet.

Turing es una de las figuras fundacionales de esa historia: con sus máquinas teóricas, su trabajo en computación, sus reflexiones sobre aprendizaje y su famoso test, puso ladrillos esenciales en el edificio. Después vendrían investigadores como McCarthy, Minsky o Rosenblatt, los primeros programas de juego de ajedrez, los perceptrones, las redes neuronales tempranas, los inviernos de la IA donde el entusiasmo se pinchaba y la financiación desaparecía. Pero el punto de partida estaba ahí, en esa mezcla de lógica matemática, cables y curiosidad casi infantil por saber hasta dónde puede llegar una máquina que manipula símbolos.

La película no hace un repaso exhaustivo de esa genealogía (tampoco es su misión), pero sí ofrece algo importante: una sensación tangible de que, desde el principio, la computación estuvo ligada a problemas muy humanos. No eran solo ecuaciones abstractas; eran mensajes desesperados de submarinos alemanes, decisiones de vida o muerte, amores clandestinos, la angustia de ser distinto en un mundo que castiga la diferencia. Cuando hoy hablamos de “algoritmos” que deciden qué vemos, qué compramos o incluso si nos conceden un crédito, conviene recordar que todo eso se sostiene en una cadena de ideas que arranca en personas como Turing, trabajando en condiciones muy distintas y a menudo pagando un precio personal altísimo.

En ese sentido, «The Imitation Game» consigue algo valioso: traducir una parte compleja de la historia de la tecnología en una narrativa accesible, que engancha y al mismo tiempo despierta ganas de seguir leyendo, investigando, discutiendo. No lo cuenta todo, se permite giros efectistas y dramatizaciones discutibles, pero abre una puerta. Y quizá el mejor homenaje que se le puede hacer a Turing después de los créditos sea cruzar esa puerta, buscar su biografía, leer sus trabajos o, al menos, quedarse con la idea de que las máquinas que hoy nos rodean tienen raíces mucho más profundas de lo que sugiere cualquier campaña de marketing.

Neeson, Anderson y compañía al borde del ridículo (Agárralo como puedas)

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Esta es una de esas películas que te ries antes incluso de que saliera el logo del estudio, como si llevaras ensayando años para ese momento. La pantalla se iluminó y ahí estaba Liam Neeson, con cara de no saber muy bien si iba a repartir hostias o chistes, heredando el apellido Drebin como quien recibe un traje demasiado grande y brillante. A su alrededor, una galería de rostros conocidos prometía convertir el reboot de «Agárralo como puedas» en algo más que un simple gesto nostálgico. Pamela Anderson entraba en escena envuelta en neón y perfume de femme fatale, mientras Paul Walter Hauser se movía por el cuadro con la torpeza precisa del compañero leal. La película arrancaba con ese equilibrio extraño entre parodia reconocible y acción autoconsciente, como si todo el mundo supiera que el chiste ya se contó, pero aun así mereciera una nueva vuelta. Durante buena parte del metraje, esa mezcla es justo lo que sostiene la propuesta, a veces por pura inercia cómica y otras por la energía del reparto, que parece decidido a pasárselo bien incluso cuando el gag llega tarde.

La sensación de estar asistiendo a un relevo generacional se refuerza desde el primer plano en el que se menciona al viejo Frank Drebin, con Leslie Nielsen convertido en fantasma amable que lo observa todo desde el imaginario colectivo. El personaje de Neeson, rebautizado como Frank Drebin Jr., no intenta copiar los gestos de Nielsen, sino que los descoloca mediante su propio registro serio, casi marcial, que de repente se rompe con un gesto torpe o una frase ridículamente solemne. Esa tensión entre la gravedad del actor y el caos del universo ZAZ funciona como motor cómico más eficaz que muchos chistes explícitos. Al mismo tiempo, el resto del elenco entra y sale de escena como satélites que orbitan alrededor de ese centro algo desconcertado, aportando texturas distintas de humor. El resultado es una especie de circo controlado en el que cada payaso lleva décadas entrenando en géneros diferentes.

Ecos del absurdo y guiños a la saga original

Las referencias a la trilogía original y a «Police Squad!» están por todas partes, pero rara vez se presentan como copia directa. Hay planos que replican encuadres míticos solo para desmontarlos con un remate nuevo, más autoconsciente, casi paródico de la propia parodia. En una persecución de manual, el coche de policía atraviesa escenarios cada vez más surrealistas, recordando a las locuras visuales de «The Naked Gun», pero con un acabado visual propio del blockbuster de 2025, mucho más pulido y luminoso. Esa combinación de slapstick y estética moderna convierte algunas secuencias en pequeños híbridos extraños, a medio camino entre el homenaje cariñoso y la burla juguetona del cine de acción reciente. A veces funciona como un reloj, otras amenaza con reventar el tono, aunque incluso en sus tropiezos conserva cierto encanto de juguete que se desmonta.

No faltan los guiños al humor referencial más descarado, incluyendo chistes sobre reboots, universos compartidos y el agotamiento de las franquicias, lanzados con la tranquilidad de quien sabe que forma parte del problema y de la solución. La película salpica el metraje con pequeños huevos de Pascua visuales y sonoros que hablan tanto de la saga original como del cine policíaco de las últimas décadas, desde los thrillers serios hasta las buddy movies más despendoladas. Quien llegue con la lección cinéfila estudiada encontrará un buffet libre de detalles, aunque el guion se asegura de que el espectador ocasional no se quede fuera de la broma. El absurdo ya no es tan salvaje como en los noventa, pero sigue presente en gags que juegan con las expectativas del espectador actual, acostumbrado a la ironía constante. Por momentos, la película parece preguntarse si todavía es posible sorprender con un plátano en el suelo cuando todo el mundo espera un giro meta, y esa duda se convierte, curiosamente, en parte del chiste.

Liam Neeson y un elenco en modo juego

Liam Neeson lleva años viviendo en esa intersección extraña entre el prestigio dramático y la acción vengativa en piloto automático, y aquí la película aprovecha justo ese contraste. Su Frank Drebin Jr. habla como si estuviera en «Taken», pero se mueve en un mundo donde las balas rebotan en carteles absurdos y las puertas nunca se abren en la dirección correcta. Esa seriedad exagerada crea un eco raro de sus papeles intensos en «Venganza» o «Retribution», que aquí se deforman en comedia involuntaria perfectamente calculada. Neeson no imita a Nielsen, sino que monta su propio número: un hombre que se toma demasiado en serio en un universo que no se toma en serio nada. En algunos momentos, se le ve disfrutar del ridículo contenido, como si hubiera esperado años para poder resbalar sin abandonar del todo la pose de tipo duro.

Frente a él, Pamela Anderson recoge un papel que recuerda a las femmes fatales de la saga original, aunque con una biografía mucho más larga a sus espaldas. Su Beth Davenport aparece como figura icónica, consciente de que el público la asocia todavía a «Baywatch» y a su pasado como símbolo sexual de los noventa. Sin embargo, el guion se atreve a jugar con esa imagen, conectándola con la carrera reciente de Anderson, desde su documental «Pamela, a Love Story» hasta su reivindicación como actriz dramática en «The Last Showgirl», donde llegó a rozar la temporada de premios. En este contexto, su presencia funciona como un espejo perfecto del propio reboot: un rostro conocido que decide reescribirse con cierta ironía, sin renegar de lo que fue. Anderson se pasea por la película con una mezcla de autoparodia y vulnerabilidad medida, aportando un contraste interesante al hieratismo de Neeson, y demostrando que sabe reírse tanto de la cultura pop como de sí misma.

Hauser, Durand, Huston y compañía: secundarios con historial

Si Neeson y Anderson sostienen el cartel, Paul Walter Hauser se encarga de robar planos a base de humanidad torpe. Como Ed Hocken Jr., el compañero de Drebin, hereda uno de los roles más queridos de la saga original y lo adapta a su propio registro, mezcla de bonachón despistado y cómico con timing quirúrgico. Su carrera reciente lo avala: pasó de secundarios memorables en «I, Tonya» o «BlacKkKlansman» a un protagonista devastador en «Richard Jewell», y remató con un giro oscuro en la miniserie «Black Bird», que le valió Globo de Oro y Emmy. Aquí, su capacidad para parecer perdido y lúcido al mismo tiempo encaja de maravilla con el tono del reboot, convirtiéndolo en una especie de brújula emocional en medio del caos. Cuando el humor se inclina demasiado hacia el chiste fácil, Hauser lo aterriza con una mirada sincera que evita que todo se convierta en pura caricatura vacía.

En el bando de los villanos, Kevin Durand y Danny Huston juegan un partido que conocen muy bien. Durand aparece como Sig Gustafson, antagonista con mandíbula de tebeo y energía de matón de blockbuster, en línea con su historial de personajes intensos en sagas como «El reino del planeta de los simios» o thrillers de género donde suele aportar presencia física y un punto inquietante. Huston, por su parte, lleva años perfeccionando ese aire de poder elegante y ligeramente siniestro, desde sus apariciones en «Yellowstone» hasta sus villanos en superproducciones y dramas televisivos. Ambos entienden que están dentro de una comedia absurda y se permiten exagerar gestos y miradas, sin perder del todo la credibilidad de amenaza necesaria para que los gags tengan algo contra lo que chocar. No son los antagonistas más memorables de la historia del cine, pero sí funcionan como sparring perfecto para la torpeza heroica de Drebin Jr.

Koshy, Pounder, Rhodes y Busta Rhymes: guiños generacionales

Más allá del núcleo central, el reparto se abre hacia públicos distintos con fichajes muy calculados. Liza Koshy, que arrancó como estrella de YouTube antes de saltar a series como «Liza on Demand» o «Freakish», interpreta a la detective Barnes con una energía hiperactiva que rompe la rigidez de algunas escenas policiales. Su comedia física y su capacidad para pasar del gesto exagerado al comentario rápido en un segundo aportan un ritmo distinto, más cercano al humor de internet que al slapstick clásico. CCH Pounder, con una carrera sólida que abarca desde «The Shield» hasta la saga «Avatar» o «NCIS: New Orleans», presta su autoridad natural al personaje de la jefa Davis. Cada vez que aparece en pantalla, la película gana cierta gravedad, lo cual hace todavía más divertidos los momentos en los que el guion decide torpedear esa solemnidad con algún gag absurdo. Pounder demuestra que se puede mantener la dignidad incluso cuando el decorado alrededor se derrumba de forma cómica.

La presencia de Cody Rhodes y Busta Rhymes funciona casi como guiño directo a la cultura pop contemporánea. Rhodes llega desde el ring como campeón indiscutido de la WWE y se cuela en el reparto como barman con más bíceps que diálogo, aportando una fisicidad desbordante que el director aprovecha en un par de set pieces tan ridículos como vistosos. Busta Rhymes, con historial en «Halloween: Resurrection», «Narc» o series como «Master of None», aparece como atracador de banco con actitud de videoclip, llevando el tono de la película a un terreno casi cartoon durante sus breves pero intensas apariciones. Completan el mosaico nombres como Eddie Yu, en rol de detective Park, y pequeñas intervenciones que van construyendo la sensación de universo coral donde cada actor aporta un pequeño chiste o gesto memorable. Esa acumulación de cameos y perfiles diversos subraya la vocación de espectáculo ligero que abraza sin complejos su condición de entretenimiento veraniego.

Entre nostalgia, reinvención y currículo acumulado

Al juntar tantas trayectorias distintas en una sola película, el reboot de «Agárralo como puedas» se convierte también en una especie de exposición ambulante sobre cómo ha cambiado el star system en las últimas décadas. Tienes a Neeson arrastrando prestigio y venganzas, a Anderson resignificando su propia imagen, a Hauser demostrando que un actor de carácter puede sostener tanto drama como comedia, y a Koshy recordando que las nuevas generaciones llegan del móvil a la pantalla grande sin escalas. Esa mezcla podría haber quedado en simple casting guiado por algoritmos, pero la película consigue, en sus mejores momentos, que cada biografía juegue un papel dentro del chiste colectivo. Cuando Drebin Jr. suelta una frase de héroe cansado, el público recuerda «Taken»; cuando Beth entra en cuadro con vestido imposible, aparecen flashes de «Baywatch» y «Barb Wire»; cuando Ed se derrumba en un gag físico, se intuye la precisión que Hauser demostró en «Richard Jewell».

El resultado final sigue siendo irregular, como suele pasar cuando se intenta bailar con varios géneros a la vez, pero el trabajo del reparto aporta una solidez que el guion, por sí solo, no siempre alcanzaría. No todo chiste entra, no toda referencia se justifica, y hay secuencias que parecen existir solo para encajar a un actor concreto, sin que la historia lo pida con fuerza. Sin embargo, la química entre intérpretes y el peso de sus carreras previas acaba inclinando la balanza hacia el lado amable, ese en el que uno sale del cine pensando que no ha visto una obra maestra, pero sí ha pasado un buen rato en compañía de gente con oficio. La película no pretende jubilar a la trilogía original ni competir con su pirotecnia absurda, sino abrir una nueva etapa en la que el apellido Drebin sea excusa para seguir mezclando disparates y balas de fogueo. Y mientras haya actores dispuestos a reírse de su propio currículum, ese experimento tendrá sentido.