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Nines no se despierta un día pensando en empoderarse ni en deconstruir la sexualidad femenina, Nines se despierta como siempre: tarde, cansada y con la sensación de que su vida se ha quedado atascada en el mismo pasillo del supermercado donde lleva años colocando yogures en promoción. La serie arranca desde ese cansancio, desde esa especie de resaca vital que ni siquiera viene de una fiesta, sino de la repetición infinita del mismo gesto, de la misma frase, del mismo “ya veremos” que nunca ve nada. Cuando abre el videoclub Dorothy frente a su casa, con sus neones descarados y ese aire de local que no sabes si va a durar dos semanas o convertirse en leyenda del barrio, la primera reacción de Nines es la que nos han enseñado: mirar al suelo, cambiar de acera, fingir que ese escaparate con cuerpos desnudos no existe. Sin embargo, poco a poco, ese lugar que socialmente se considera sucio empieza a funcionar como un espejo limpio. Cada vez que cruza la puerta, o simplemente alarga la mirada desde su ventana, se asoma a una versión de sí misma que hasta entonces solo había vivido en la zona borrosa de su cabeza, esa parte donde archivas fantasías, rabias, ganas de mandar a la mierda la lista de la compra y las normas del barrio.
Lo interesante es cómo la serie utiliza esa evolución de Nines sin maquillarla, sin convertirla en heroína inspiracional de taza de Mr. Wonderful. La vemos hacer el ridículo, equivocarse, intentar controlar algo que no entiende del todo. La vemos mentir, esconder, improvisar discursos sobre el deseo que le salen a trompicones, como quien usa por primera vez un idioma que ha escuchado toda la vida pero nunca ha hablado en público. El propio título, «Cochinas», funciona como broma interna y revancha histórica al mismo tiempo: ese insulto con el que se ha intentado disciplinar el cuerpo femenino se convierte aquí en una especie de condecoración cutre pero muy real. Nines no se libera convirtiéndose en una mujer perfecta que domina su sexualidad como si llevara años leyéndose todos los ensayos de feminismo; se libera aceptando que su despertar llega tarde, mal y arrastrando décadas de culpa católica, ruido de vecinas y silencio matrimonial. Eso es precisamente lo que hace que su viaje sea tan incómodo y, a la vez, tan jodidamente cercano.
Porno, culpa y carcajadas: el guion como campo de batalla
El guion de «Cochinas» tiene una mala leche muy específica: no es la provocación adolescente del “mira, enseñamos porno en una serie de plataformas” sino una voluntad constante de señalar de dónde viene la vergüenza y quién se ha beneficiado de que determinadas palabras no se pronunciaran nunca en voz alta. La serie sitúa el videoclub Dorothy como epicentro de un conflicto que va mucho más allá del sexo explícito. Allí se cruzan clientes que fingen normalidad mientras sudan, curiosos que entran “por error”, adolescentes que creen saberlo todo porque han crecido con Internet, y una protagonista que ni siquiera tenía un vocabulario mínimo para hablar de lo que siente. En lugar de hacer humor a costa de los cuerpos, el guion apunta hacia el pudor colectivo, hacia esa educación sentimental tramposa que ha construido un imaginario lleno de culpas para ellas y pillería para ellos. Cada chiste viene con una carga de contexto que estalla después, cuando se apaga el capítulo y te descubres revisando tus propias reacciones.
Las escenas que mejor resumen esa tensión son aquellas en las que Nines intenta compatibilizar la vida oficial con la vida “cochina”. La vemos inventando excusas cutres para justificar qué hace en el videoclub, escuchando las opiniones de quienes ni se atreven a pisarlo pero tienen mucho que decir sobre lo que allí ocurre. El guion no se priva de mostrar la hipocresía del entorno: los que más condenan el local son, con bastante frecuencia, los que más fantasean con lo que esconde. La serie, además, se permite ser muy concreta en los detalles del porno que ronda por las estanterías, no para excitar, sino para ubicarnos en un ecosistema con códigos propios, portadas ridículas, títulos estrafalarios y una estética que mezcla lo grotesco con lo cómico. En ese sentido, lo verdaderamente escandaloso no es lo que enseñan las cintas, sino lo que nunca se enseñó a personas como Nines: que su cuerpo también era suyo, y que el deseo no caduca a los cuarenta ni se apaga por decreto.
Dorothy, el templo cutre del despertar tardío
Dorothy es, probablemente, uno de los mejores personajes de la serie sin ser una persona. Como local, es un chiste visual permanente: neones rosas, paredes que rezuman humedad estética, estanterías abarrotadas de VHS que parecen recogidos de un vertedero emocional de los noventa. Todo huele a plástico caliente y a negocio que podría fracasar en cualquier momento, pero también a refugio, a espacio protegido donde lo que en la calle es tabú se vuelve mercancía ordenada por secciones. Para Nines, Dorothy es una mezcla de parque de atracciones y confesionario anónimo. Cada visita, voluntaria o accidental, se convierte en un pequeño acto de traición a la versión de sí misma que ha sostenido durante años para encajar en el molde de madre, trabajadora y esposa medio funcional. Que su despertar suceda precisamente en un entorno que la sociedad ha etiquetado como marginal y vergonzoso no es un detalle menor, es el núcleo del comentario social de la serie.
La puesta en escena se divierte subrayando ese contraste. Fuera de Dorothy, la ciudad es gris, ocre, mojada, llena de portales tristes que cualquiera podría ubicar en cualquier provincia española. Dentro, la iluminación se vuelve exagerada, casi hortera, como si alguien hubiese llevado un club nocturno a un bajo de barrio. La cámara se recrea en los pasillos del videoclub, en los carteles de pared, en los cuerpos idealizados y falsos de las carátulas, mientras Nines camina entre ellos con su ropa de siempre, descolocada, fuera de tono. Ese choque entre lo que se supone que debe excitar y lo que realmente la atraviesa a ella es una de las claves del humor de la serie: la protagonista no se convierte en consumidora voraz de porno de repente, sino en alguien que se da cuenta de que el simple hecho de entrar allí, de permitir que su mirada exista, ya es un gesto político. No hay fuegos artificiales de liberación inmediata, hay pequeños pasos ridículos, hay vergüenza, hay ganas de salir corriendo, y aun así vuelve.

Malena Alterio, reina del bochorno emocional
El trabajo de Malena Alterio en «Cochinas» es un festival de matices incómodos que la serie explota hasta el límite. Su Nines es la campeona olímpica del “no sé dónde meterme”, y precisamente ahí reside su poder. Alterio consigue que cada decisión del personaje —desde el primer cruce de mirada con el neón de Dorothy hasta las conversaciones más serias sobre qué desea realmente— tenga algo de pequeñísima revolución doméstica. No hay glamour en su despertar, no hay plano perfecto de empoderamiento con ventilador y luz dorada; lo que hay son cuerpos reales, culos que no han pisado un gimnasio de Instagram, camisetas viejas y una forma de mirar el propio reflejo que se puede descodificar en tiempo real en cada gesto de la actriz. A nivel cómico, la serie saca oro de su talento para el bochorno, para la pausa incómoda, para esa risa nerviosa que tapa una verdad gigantesca.
Lo potente es que, cuando la trama avanza, Alterio se permite ir ensuciando cada vez más a Nines, alejándola de cualquier santificación fácil. La vemos ser egoísta, la vemos herir, la vemos tomar decisiones que no siempre son las “correctas” desde un manual de autoayuda feminista. La serie se niega a convertirla en mártir o en símbolo perfecto y, gracias a eso, su evolución se siente auténtica. El espectador puede no estar de acuerdo con todo lo que hace, pero entiende de dónde viene cada paso torcido, cada metedura de pata. En un panorama donde muchas ficciones parecen obsesionadas con demostrar que sus protagonistas femeninas son impecables para evitar críticas, «Cochinas» hace justo lo contrario: reivindica la posibilidad de ser contradictoria, de meter la pata en el terreno del deseo, de aprender torpemente y aun así merecer ternura.

Un reparto que pone cara a la hipocresía colectiva
El resto del elenco funciona como un coro griego de barrio, encargado de recordarnos que la liberación individual nunca sucede en un vacío. El dueño de Dorothy, que podría haber sido un cliché ambulante de “tipo turbio”, se construye como una figura extraña, mezcla de empresario de saldo y confesor accidental. No es un héroe ni un villano, es alguien que intenta sobrevivir en un negocio que vive de lo que casi nadie reconoce en público. Sus interacciones con Nines están llenas de incomodidades, de bromas que se cortan a mitad, de momentos en los que se nota que ambos están negociando fronteras invisibles entre cliente, amiga, cómplice y posible objeto de juicio mutuo. Otros personajes orbitan alrededor del videoclub con esa actitud tan española de “yo no, pero”: no entro, pero opino; no miro, pero sé; no consumo, pero condeno.
La familia y las amistades de Nines representan distintos grados de tolerancia, ignorancia y miedo. Hay quien prefiere no saber absolutamente nada, como si la información pudiera contaminar la paz aparente del hogar. Hay quien intuye que algo se mueve y responde con chistes malos o con moralismos reciclados. Hay quien se siente directamente amenazado por la posibilidad de que Nines se convierta en alguien que desborda el rol que llevaba años interpretando. El reparto sostiene muy bien esa gradación, evitando que nadie quede reducido a caricatura, incluso cuando la serie se permite momentos de sátira bastante afilada. En esa red de miradas y silencios se entiende que la verdadera trama no va sobre un videoclub porno, sino sobre la negociación constante entre el deseo propio y el miedo a perder la pertenencia al grupo.

Provincia, VHS y el fantasma de la España que fingimos superar
Uno de los grandes aciertos de «Cochinas» es ubicar la historia en una ciudad de provincias muy reconocible, de esas donde las noticias se propagan más rápido que la fibra óptica. El paisaje urbano no es solo decorado, es un personaje con memoria. Las fachadas desconchadas, las persianas medio bajadas, las calles donde todos se cruzan con todos son recordatorios constantes de que la intimidad es una ilusión frágil cuando vives en un entorno donde cualquiera puede ser testigo. Que el epicentro del deseo sea un videoclub de estética VHS, en una época dominada por el porno online, tampoco es casual: la serie reivindica el carácter físico, casi ritual, de escoger una cinta, de devolverla, de tocar carátulas. El cuerpo no solo existe dentro de las historias, también en el gesto material de acercarse, de entrar, de sostener algo en las manos.
Ese choque entre la tecnología vieja del videoclub y el presente digital subraya una idea incómoda: hemos avanzado en accesibilidad al contenido, pero no tanto en honestidad emocional. Puedes ver de todo desde el móvil, pero sigue siendo escandaloso que una mujer de la edad de Nines diga en voz alta qué desea. La estética de la serie, con sus luces de neón y sus pasillos oscuros, crea una especie de burbuja temporal donde conviven la España que colgaba crucifijos en las paredes del salón con la España que lleva el porno en el bolsillo del vaquero. En medio de ese choque, Nines actúa como una especie de puente generacional involuntario: alguien que, sin discurso teórico, encarna el salto entre la vergüenza heredada y una posible forma de libertad chapucera pero real.

Ser “cochina” como acto político, aunque nadie lo diga así
Aunque la serie no se pase el rato lanzando consignas explícitas, el subtexto político está por todas partes. Convertir en protagonista a una ama de casa de mediana edad, de cuerpo normativo solo desde la vida real, no desde Instagram, que descubre su deseo en un espacio marginalizado, es un gesto que va mucho más allá de la premisa de comedia gamberra. Cada vez que Nines entra en Dorothy, está atravesando una frontera simbólica. Cada vez que decide no bajar la mirada, está hackeando décadas de educación sentimental y religiosa que le enseñaron que una “mujer decente” no mira, no pregunta, no desea en voz alta. La palabra “cochina”, tirada encima de las mujeres como piedra, vuelve a ellas reconvertida en algo parecido a un escudo, un recordatorio de que el insulto dice más de quien lo pronuncia que de quien lo recibe.
Lo genial es que la serie nunca convierte esa reivindicación en discurso solemne. Todo ocurre entre chistes, malentendidos y escenas que pueden verse con una cerveza en la mano. Ahí reside su trampa más política: te hace reír de algo que, si te paras a pensarlo, ha sido una fuente de control brutal sobre los cuerpos femeninos durante generaciones. Cuando Nines empieza a ocupar su propio cuerpo con otra actitud, cuando sus decisiones se vuelven menos complacientes, no está recitando un manifiesto, está simplemente permitiéndose existir con más ruido. Y eso, en un contexto donde lo respetable siempre ha sido discreto, resignado y silencioso, se siente casi revolucionario, aunque entre medias haya tropiezos, cagadas y momentos de vergüenza ajena gloriosa.