El hielo que desafía al fuego: cometa MAPS

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Un cometa de dos mil años cae hacia el Sol

Hay una bola de hielo y polvo que lleva casi dos milenios viajando por el vacío. Se formó, o más bien se desprendió, cuando Roma todavía estaba en pie y nadie imaginaba telescopios ni satélites. Ahora, en abril de 2026, esa reliquia congelada va a rozar la superficie del Sol a una distancia ridícula: apenas 120.000 kilómetros. Para que nos hagamos una idea, eso es menos de un tercio de lo que separa la Tierra de la Luna. El cometa C/2026 A1, bautizado con las siglas MAPS por sus descubridores, pertenece a la familia Kreutz, un linaje de cometas suicidas cuya historia se remonta al menos al siglo IV antes de Cristo. Su destino, si sobrevive, podría regalarnos uno de los espectáculos celestes más memorables de las últimas décadas. Si no lo hace, la ciencia ganará igualmente.

Lo descubrieron cuatro astrónomos aficionados —Alain Maury, Georges Attard, Daniel Parrott y Florian Signoret— desde un observatorio remoto en el desierto de Atacama, Chile, la noche del 13 de enero de 2026. Usaban un telescopio Schmidt de apenas 28 centímetros de apertura, pero optimizado para barrer las zonas del cielo más cercanas al resplandor solar, donde la caza de cometas se vuelve casi un arte de paciencia extrema. El objeto apareció como un puntito tenue de magnitud 18, envuelto en un halo difuso que delataba actividad cometaria. Nadie había detectado un cometa Kreutz tan lejos del Sol desde tierra firme: 2,056 unidades astronómicas, más de trescientos millones de kilómetros. Era un récord que dejaba en segundo plano al legendario Ikeya-Seki, descubierto apenas 33 días antes de su perihelio en 1965. El MAPS concedía 81 días de margen, una ventana preciosa para preparar observaciones, calcular órbitas y debatir pronósticos.

La estirpe de un cometa ancestral

Los Kreutz no son cometas cualesquiera. Conforman una familia dinámica cuyos miembros comparten órbitas excéntricas y un perihelio que los lleva prácticamente a acariciar el Sol. Todos proceden de la fragmentación sucesiva de un cuerpo descomunal que, según las reconstrucciones orbitales más aceptadas, pudo ser el cometa descrito por Aristóteles en el invierno del 372-371 a.C.. Aquel objeto, extraordinariamente brillante y con una cola visible durante semanas, se habría ido desmenuzando a lo largo de los siglos por efecto de las fuerzas de marea solares cada vez que regresaba al perihelio.

De esa desintegración progresiva surgieron los grandes cometas rasantes que jalonaron la historia de la astronomía. El Gran Cometa de 1106, registrado en crónicas europeas y asiáticas, se considera el eslabón clave de la genealogía moderna. De él derivaron los espectaculares rasantes de 1843 y 1882, ambos visibles a plena luz del día, y el célebre Ikeya-Seki de 1965, que alcanzó el brillo de la Luna llena y se convirtió en el cometa más luminoso del siglo XX. Más recientemente, el cometa Lovejoy sorprendió en diciembre de 2011 al atravesar la corona solar y salir del otro lado todavía intacto, algo que muy pocos esperaban. El satélite SOHO, operado conjuntamente por la NASA y la ESA, lleva desde 1995 cazando Kreutz diminutos con sus coronógrafos, y ya ha descubierto más de cuatro mil.

El MAPS encaja en un subgrupo vinculado al cometa Pereyra de 1963, un linaje que los modelos de Zdeněk Sekanina conectan con fragmentaciones ocurridas en los años 363 y 1041 de nuestra era. Si esa genealogía es correcta, el objeto que ahora se precipita hacia el Sol es un trozo de un trozo de un trozo de aquel gigante aristotélico. Una muñeca rusa cósmica congelada durante milenios que, por fin, regresa al fuego.

Cuatro horas de vida o muerte junto al Sol

El 4 de abril de 2026, hacia las 14:20 hora universal, el cometa MAPS alcanzará su perihelio. Pasará a unas 0,0057 unidades astronómicas del centro del Sol, lo que equivale a sobrevolar la fotosfera —la superficie visible de la estrella— a solo 120.000 kilómetros de altitud. A esa distancia, la temperatura rondará valores extremos y las fuerzas gravitatorias de marea serán brutales. El cometa rodeará el Sol en menos de cuatro horas, sometido a una prueba que pocos cuerpos de hielo pueden superar.

Existen tres escenarios plausibles. El primero, y más frecuente entre los Kreutz pequeños, es la desintegración total antes o durante el perihelio: el núcleo se fragmenta, el material se sublima y solo queda una nube difusa de polvo que el viento solar se lleva. El segundo escenario contempla una supervivencia parcial, semejante a la del cometa Lovejoy en 2011: el objeto pierde masa, pero emerge activo y con una cola brillante. El tercero es el más espectacular y el menos probable: que el MAPS salga del perihelio como un núcleo coherente, desarrolle una cola de millones de kilómetros y se convierta en un gran cometa visible a simple vista, quizá incluso a plena luz del día.

Las estimaciones más prudentes, basadas en los parámetros estándar del Minor Planet Center, sitúan el máximo brillo entre magnitudes –5 y –7, comparable a Venus o algo más. Eso sería impresionante, pero conviene matizar: han circulado proyecciones absurdas que llegan a magnitud –40, cifras que carecen de sentido físico. Como advierten los especialistas de Cometografía, extrapolar una curva de luz de pocas semanas hasta el perihelio produce resultados llamativos y completamente irreales. Lo que sí parece seguro es que el núcleo del MAPS es apreciable, con un diámetro estimado en torno a 2,4 kilómetros, lo suficiente para mantener la esperanza de supervivencia.

Sondas de hielo en la corona solar

Más allá del espectáculo visual, el paso del cometa MAPS junto al Sol constituye un experimento científico natural de primer orden. La corona solar, esa atmósfera exterior de la estrella donde las temperaturas superan el millón de grados, sigue siendo una de las regiones más enigmáticas del sistema solar. Ninguna nave construida hasta la fecha ha logrado adentrarse tanto en ella, y la Sonda Solar Parker, pese a sus acercamientos récord, todavía orbita a distancias muy superiores a las que alcanzará este cometa.

Cuando un rasante penetra en la corona, su material helado se sublima violentamente y libera iones que interactúan con el plasma y el campo magnético solar. La cola del cometa se convierte en un trazador involuntario de las líneas de campo coronal, algo que los astrofísicos observaron con fascinación cuando Lovejoy atravesó esa zona en diciembre de 2011. Las imágenes del Observatorio de Dinámica Solar revelaron que la cola del cometa se retorcía, ondulaba y cambiaba de dirección a medida que cruzaba estructuras magnéticas diferentes. Aquel bamboleo permitió cartografiar la densidad y la velocidad de Alfvén del plasma coronal con un detalle sin precedentes, según el estudio publicado en «The Astrophysical Journal» por Raymond y colaboradores en 2014. Se descubrieron contrastes de densidad de un factor de seis entre tubos de flujo magnético vecinos, separados por apenas unos miles de kilómetros.

Si el MAPS repite algo parecido, y las condiciones de máximo solar en 2026 lo permiten, los datos serán extraordinarios. Cada ion arrancado al cometa actuará como una partícula trazadora dentro de un laboratorio de plasma que no podemos replicar en la Tierra. Observatorios solares como SOHO, STEREO y el propio SDO estarán apuntando sus instrumentos al encuentro, y la comunidad científica confía en registrar la interacción con una resolución que mejore la obtenida hace quince años.

El cielo de abril para los impacientes

¿Podremos verlo? Depende de varios factores, empezando por si el cometa llega entero al perihelio. Desde el hemisferio norte la geometría no acompaña demasiado: a principios de abril, el MAPS estará muy bajo sobre el horizonte suroeste al atardecer, prácticamente sumergido en el resplandor solar. En el hemisferio sur las condiciones serán bastante mejores, con el cometa visible a mayor altura tanto antes como después del perihelio.

Si sobrevive, el escenario más atractivo se daría entre el 5 y el 10 de abril: el cometa reaparecería en el cielo del anochecer o del amanecer con una cola espectacular extendiéndose sobre el horizonte, una geometría que recuerda a la del Gran Cometa de 1843, cuya estela luminosa fue dibujada en grabados de la época. Incluso cabe la posibilidad de que la cola del MAPS sea visible a simple vista aunque su cabeza quede oculta bajo la línea del horizonte, algo que sucede cuando la cola es lo bastante larga y el ángulo de elongación solar lo permite.

Las próximas semanas de marzo serán decisivas. Los astrónomos vigilarán la curva de luz buscando señales de fragmentación prematura, estallidos de actividad o, con suerte, un aumento sostenido y gradual del brillo que indique un núcleo resistente. Ya a mediados de marzo el cometa debería rondar la magnitud 10-12, al alcance de telescopios pequeños y buenos prismáticos desde cielos oscuros. A partir de finales de mes, el resplandor crepuscular complicará las observaciones terrestres y el relevo lo tomarán los instrumentos espaciales. Sea cual sea el desenlace, este cometa nos recuerda algo elemental: el cielo sigue ofreciendo sorpresas a quien tenga la paciencia —y el telescopio— de buscarlas.

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