«El refugio atómico», fracaso apocalíptico

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El pasa­do mes de sep­tiem­bre, Netflix nos pro­me­tió la serie más ambi­cio­sa de la his­to­ria de España. Álex Pina y Esther Martínez Lobato, los cere­bros detrás de «La casa de papel», se metie­ron en un bún­ker de 8.000 metros cua­dra­dos de deco­ra­dos para con­tar­nos una his­to­ria postapo­ca­líp­ti­ca que, sobre el papel, podría haber com­pe­ti­do con las gran­des pro­duc­cio­nes del géne­ro. Tres meses des­pués, la pla­ta­for­ma ha tira­do la toa­lla y can­ce­la­do «El refu­gio ató­mi­co» deján­do­la con un final abier­to que nadie resol­ve­rá jamás. Decir que fue un bata­ca­zo sería que­dar­se cor­to: ape­nas alcan­zó un 33% de crí­ti­cas posi­ti­vas en Rotten Tomatoes y des­apa­re­ció del top de lo más vis­to tras dos sema­nas.

No es que me sor­pren­da dema­sia­do. Ya con «La casa de papel» tuve mis dudas sobre la capa­ci­dad de este equi­po crea­ti­vo para sos­te­ner sus pro­pues­tas más allá del impac­to ini­cial, de ese rui­do mediá­ti­co que gene­ra expec­ta­ti­vas des­pro­por­cio­na­das. Aquella serie tuvo su momen­to, cla­ro, y hay quien la ado­ra con fer­vor casi reli­gio­so, pero siem­pre me pare­ció que su éxi­to resi­día más en el fenó­meno fan y en momen­tos pun­tua­les bri­llan­tes que en una cons­truc­ción narra­ti­va sóli­da. «El refu­gio ató­mi­co» con­fir­ma lo que ya intuía: el pro­ble­ma no es la fal­ta de recur­sos ni de ambi­ción téc­ni­ca, sino la inca­pa­ci­dad para resol­ver un guion de for­ma cohe­ren­te cuan­do inten­tas mez­clar dema­sia­dos ingre­dien­tes en la mis­ma olla.​

El síndrome del culebrón disfrazado de ciencia ficción

La pre­mi­sa ini­cial tenía su gra­cia, hay que reco­no­cer­lo. Un gru­po de millo­na­rios refu­gia­dos en un bún­ker de lujo ante la inmi­nen­cia de un holo­caus­to nuclear, con ese toque retro­fu­tu­ris­ta que tan­to mola visual­men­te y que recuer­da inevi­ta­ble­men­te a «Fallout». El pri­mer epi­so­dio incluía un giro intere­san­te que cam­bia­ba el rum­bo de la his­to­ria, ese tipo de sor­pre­sa que te hace pen­sar que qui­zás estés ante algo dife­ren­te. Pero ahí se aca­bó la magia, por­que ense­gui­da la serie deri­vó hacia terri­to­rios mucho menos esti­mu­lan­tes: el melo­dra­ma fami­liar, las rela­cio­nes tóxi­cas pre­de­ci­bles, los con­flic­tos per­so­na­les vis­tos mil veces en pan­ta­lla.​​

Lo que se ven­dió como cien­cia fic­ción ambi­cio­sa ter­mi­nó sien­do un cule­brón con deco­ra­dos caros. Los ele­men­tos postapo­ca­líp­ti­cos que­da­ron rele­ga­dos a mero esce­na­rio deco­ra­ti­vo mien­tras los per­so­na­jes se dedi­ca­ban a airear sus tra­pos sucios, adul­te­rios y secre­tos de fami­lia en un tono ope­rís­ti­co que roza­ba el ridícu­lo. Había fra­ses memo­ra­bles por lo malas que eran, del tipo «este refu­gio nuclear es la bom­ba» o «nadie vuel­ve del infierno para vivir una vida de mier­da», que te saca­ban de la inmer­sión de un plu­ma­zo. Una cosa es inten­tar mez­clar géne­ros, y otra muy dis­tin­ta es no tener ni idea de hacia dón­de vas y sol­tar diá­lo­gos que pare­cen sali­dos de un gene­ra­dor alea­to­rio de fra­ses moti­va­cio­na­les falli­das.​​

El pro­ble­ma de fon­do es que «El refu­gio ató­mi­co» qui­so repli­car la fór­mu­la de «La casa de papel» sin enten­der que el equi­li­brio entre acción, dra­ma y con­tex­to social que fun­cio­nó en aque­lla serie no se pue­de tras­la­dar mecá­ni­ca­men­te a cual­quier esce­na­rio. Pina y Martínez Lobato apos­ta­ron por esos cliffhan­gers a man­sal­va, por giros de guion cada dos por tres, cre­yen­do que con eso bas­ta­ría para man­te­ner engan­cha­do al espec­ta­dor. Pero cuan­do nada de lo que ocu­rre en pan­ta­lla resul­ta míni­ma­men­te creí­ble, cuan­do te sal­tas las reglas bási­cas de la vero­si­mi­li­tud narra­ti­va una y otra vez, lo úni­co que con­si­gues es que el públi­co des­co­nec­te por com­ple­to. No bas­ta con tener secre­tos y trai­cio­nes si lue­go no hay cohe­ren­cia inter­na, si los per­so­na­jes actúan según lo que dic­ta el capri­cho del guion y no según una lógi­ca de com­por­ta­mien­to esta­ble­ci­da.​

La sombra de las series que sí funcionan

Comparar «El refu­gio ató­mi­co» con «Silo», «Fallout» o «Snowpiercer» es inevi­ta­ble, y el resul­ta­do de la com­pa­ra­ción es demo­le­dor. «Silo», la serie de Apple TV+ basa­da en las nove­las de Hugh Howey, cons­tru­ye un mis­te­rio sóli­do en torno a un bún­ker gigan­tes­co don­de la huma­ni­dad sobre­vi­ve sin saber real­men­te qué pasó fue­ra. Tiene rit­mo pau­sa­do, desa­rro­llo de per­so­na­jes creí­ble, y una Rebecca Ferguson mag­né­ti­ca que te man­tie­ne pega­do a la pan­ta­lla inclu­so cuan­do la tra­ma avan­za con len­ti­tud. No nece­si­ta recu­rrir a fue­gos arti­fi­cia­les narra­ti­vos cons­tan­tes por­que con­fía en la soli­dez de su pro­pues­ta y en la atmós­fe­ra opre­si­va que crea.

«Fallout», por su par­te, logra algo apa­ren­te­men­te impo­si­ble: adap­tar un video­jue­go exi­to­so y con­ver­tir­lo en una serie espec­ta­cu­lar que roza la per­fec­ción. Prime Video acer­tó de lleno mez­clan­do humor cana­lli­ta, gore sin com­ple­jos, per­so­na­jes vul­ne­ra­bles pero caris­má­ti­cos, y un dise­ño de pro­duc­ción que com­bi­na lo retro­fu­tu­ris­ta con lo apo­ca­líp­ti­co de for­ma bri­llan­te. Ella Purnell inter­pre­ta a Lucy, una habi­tan­te del bún­ker que es al mis­mo tiem­po valien­te e inge­nua, empo­de­ra­da y mima­da, crean­do una dua­li­dad que la hace entra­ña­ble y diver­ti­da. La serie sabe que es entre­te­ni­mien­to puro, pero no por ello renun­cia a la cali­dad ni a la com­ple­ji­dad emo­cio­nal de sus pro­ta­go­nis­tas.

Y lue­go está «Snowpiercer», esa dis­to­pía sobre un tren que reco­rre un pla­ne­ta hela­do y que fun­cio­na como metá­fo­ra bru­tal de la des­igual­dad social. Cada vagón repre­sen­ta un estra­to dife­ren­te de la socie­dad, y la rebe­lión de los más des­fa­vo­re­ci­dos es tan­to una aven­tu­ra físi­ca como una denun­cia polí­ti­ca. No nece­si­ta deco­ra­dos millo­na­rios ni efec­tos espe­cia­les abru­ma­do­res para trans­mi­tir su men­sa­je, por­que tie­ne guion, tie­ne ideas, tie­ne per­so­na­jes que impor­tan. Incluso podría­mos men­cio­nar «Los últi­mos días», aque­lla pelí­cu­la espa­ño­la que plan­tea­ba un esce­na­rio apo­ca­líp­ti­co urbano con muy pocos recur­sos pero muchí­si­ma inte­li­gen­cia narra­ti­va. Todas estas pro­duc­cio­nes com­par­ten algo que «El refu­gio ató­mi­co» no tie­ne: res­pe­to por la audien­cia.

Lo que dife­ren­cia a estas series exi­to­sas de la pro­duc­ción espa­ño­la no es solo el pre­su­pues­to o la capa­ci­dad téc­ni­ca, sino la cla­ri­dad de visión. Saber qué his­to­ria quie­res con­tar, a quién te diri­ges, y cómo vas a sos­te­ner el inte­rés del espec­ta­dor más allá del pri­mer epi­so­dio. «El refu­gio ató­mi­co» pare­ce dise­ña­da por un comi­té que deci­dió incluir todos los ele­men­tos que fun­cio­na­ron en otras series sin parar­se a pen­sar si tenían sen­ti­do jun­tos: el mis­te­rio de «Silo», el humor de «Fallout», la crí­ti­ca social de «Snowpiercer», el dra­ma fami­liar de cual­quier tele­no­ve­la al uso, la esté­ti­ca de «Black Mirror», los giros de «La casa de papel». El resul­ta­do es un fran­kens­tein narra­ti­vo que no fun­cio­na en nin­guno de esos regis­tros por­que no ha encon­tra­do su pro­pia voz.​​

El oportunismo disfrazado de innovación

Netflix ven­dió «El refu­gio ató­mi­co» como un pro­yec­to inno­va­dor y rompe­dor cuan­do en reali­dad lo que hizo fue inten­tar subir­se al carro del géne­ro postapo­ca­líp­ti­co que esta­ba fun­cio­nan­do en otras pla­ta­for­mas. El timing era sos­pe­cho­sa­men­te con­ve­nien­te: «Silo» arra­san­do en Apple TV+, «Fallout» con­vir­tién­do­se en fenó­meno en Prime Video, el públi­co cla­ra­men­te intere­sa­do en his­to­rias de super­vi­ven­cia y bún­ke­res. Ahí esta­ba la opor­tu­ni­dad de oro para que la pla­ta­for­ma tuvie­ra su pro­pia ver­sión espa­ño­la del géne­ro, un pro­duc­to que pudie­ra com­pe­tir inter­na­cio­nal­men­te y demos­trar que la indus­tria nacio­nal podía jugar en las gran­des ligas.

Pero cla­ro, para com­pe­tir hace fal­ta más que deco­ra­dos espec­ta­cu­la­res y nom­bres cono­ci­dos detrás de las cáma­ras. Diego Ávalos, vice­pre­si­den­te de Contenidos de Netflix en España, decla­ró antes del estreno que nun­ca había habi­do una serie tan ambi­cio­sa en la his­to­ria de España como «El refu­gio ató­mi­co». Esa afir­ma­ción, ade­más de dis­cu­ti­ble, mues­tra una con­cep­ción equi­vo­ca­da de lo que sig­ni­fi­ca ambi­ción en el audio­vi­sual. Ambición no es solo gas­tar millo­nes en cons­truir pla­tós de 8.000 metros cua­dra­dos, rodar con tec­no­lo­gía pun­ta o con­tra­tar a los crea­do­res de la serie espa­ño­la más vis­ta de la his­to­ria. Ambición es tam­bién tener algo que decir, una visión cla­ra, un guion bien hil­va­na­do, per­so­na­jes tri­di­men­sio­na­les que evo­lu­cio­nen de for­ma orgá­ni­ca.

Lo iró­ni­co es que la serie sí logró apa­re­cer bre­ve­men­te en el ran­king de Nielsen de lo más vis­to en Estados Unidos, algo inusual para una pro­duc­ción espa­ño­la. Fue núme­ro uno en España duran­te dos sema­nas antes de ser supe­ra­da por «Animal», que curio­sa­men­te sí fue reno­va­da. Esos datos demues­tran que había inte­rés ini­cial, que el públi­co esta­ba dis­pues­to a dar­le una opor­tu­ni­dad. Pero cuan­do la cali­dad no acom­pa­ña, cuan­do lo que encuen­tras tras el bom­bo publi­ci­ta­rio es un pro­duc­to medio­cre que no res­pe­ta tu inte­li­gen­cia como espec­ta­dor, la caí­da es inevi­ta­ble y mere­ci­da.

Vancouver Media, la pro­duc­to­ra res­pon­sa­ble, ya está des­mon­tan­do los enor­mes deco­ra­dos que toda­vía per­ma­ne­cían en pie espe­ran­do una reno­va­ción que nun­ca lle­ga­rá. Es el final tris­te y pre­vi­si­ble de un pro­yec­to que nació más del opor­tu­nis­mo que de una nece­si­dad crea­ti­va real. Netflix qui­so su «Silo» espa­ñol y apos­tó fuer­te por con­se­guir­lo, pero no enten­dió que copiar la super­fi­cie de un géne­ro sin com­pren­der su esen­cia es una estra­te­gia con­de­na­da al fra­ca­so. Habrá que ver si apren­den la lec­ción o si siguen pen­san­do que la ambi­ción téc­ni­ca pue­de sus­ti­tuir a la narra­ti­va.

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