La fórmula que aplasta a Godzilla sin tocarle

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Un viejo preso que miraba huesos

Corría el año 1638 y Galileo Galilei llevaba ya varios años confinado en su villa de Arcetri, cerca de Florencia. La Inquisición le había prohibido publicar cualquier obra, presente o futura, tras el escándalo del «Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo». Tenía setenta y cuatro años, la vista casi perdida y la salud hecha trizas. Pero el astrónomo pisano guardaba aún mucho en la recámara. Logró hacer llegar un manuscrito a los Países Bajos, donde el editor Lodewijk Elzevir lo imprimió lejos del brazo eclesiástico. Aquel libro se tituló «Discorsi e Dimostrazioni Matematiche, intorno a due nuove scienze», conocido en español como «Dos nuevas ciencias». Cuando las primeras copias llegaron a las librerías romanas a principios de 1639, las cincuenta unidades disponibles se agotaron en pocos días.

En aquella obra, Galileo no habló de estrellas ni de planetas. Se centró en algo mucho más terrenal: la resistencia de los materiales y el movimiento de los cuerpos. Entre sus páginas, formuló un principio que hoy parece elemental pero que entonces nadie había expresado con tanta nitidez. Explicó que al aumentar el tamaño de un objeto manteniendo sus proporciones, la superficie crece al cuadrado del factor de escala mientras que el volumen lo hace al cubo. En otras palabras, el peso de las cosas gana la carrera frente a su capacidad de sostenerse. Galileo ilustró la idea con huesos de animales: los de una criatura grande no pueden ser simples ampliaciones de los de una pequeña. Necesitan cambiar de forma, ensancharse, volverse más toscos. Y llegado cierto punto, ni siquiera eso basta.

Cubos, cuadrados y el peso de crecer

La ley cuadrático-cúbica se entiende mejor con un ejemplo sencillo. Tomemos un cubo de un metro de lado. Su superficie total mide seis metros cuadrados y su volumen ocupa un metro cúbico. Si duplicamos cada arista, la superficie pasa a veinticuatro metros cuadrados —se multiplica por cuatro— mientras que el volumen salta a ocho metros cúbicos —se multiplica por ocho—. El volumen ha crecido el doble de rápido que la superficie. Esa diferencia, que parece inocente a pequeña escala, se vuelve demoledora cuando las dimensiones se disparan.

Pensemos ahora en un animal que crece diez veces en todas sus dimensiones. Su superficie se multiplicará por cien, pero su masa lo hará por mil. Los huesos y músculos que lo sostienen dependen de su sección transversal, que es una medida de superficie. Así que la estructura de soporte crece cien veces mientras que la carga que debe aguantar se dispara mil veces. Cada centímetro cuadrado de hueso pasa a soportar diez veces más presión que antes. No hace falta ser ingeniero para intuir el desenlace: colapso. Los huesos se quiebran, los músculos se desgarran, el animal se desploma bajo su propio peso como un castillo de arena demasiado ambicioso. Una hormiga puede levantar cincuenta veces su peso corporal; un humano apenas levanta el suyo; un elefante asiático, solo un veinticinco por ciento. Eso no convierte a la hormiga en más fuerte: simplemente la hace más pequeña.

Además, la relación superficie-volumen afecta a la disipación de calor, al intercambio gaseoso y a la circulación sanguínea. Un organismo gigantesco tendría proporcionalmente menos piel para enfriarse, menos alvéolos para oxigenar su sangre y un corazón incapaz de bombear fluido hasta una cabeza situada a decenas de metros de altura.

Lo que el cine no quiere que sepas

Godzilla ha ido creciendo película tras película, casi como si los guionistas compitieran por ver quién le añade más metros. En la cinta original de Toho de 1954 medía unos comedidos cincuenta metros. Para los años noventa ya rozaba los cien. Y en las producciones recientes del MonsterVerse alcanza los ciento veinte o ciento treinta metros, con un peso estimado que ronda las cien mil toneladas. Cifras que harían palidecer a cualquier ingeniero estructural y que, desde el punto de vista de la física, resultan un absoluto disparate.​

Si aplicamos la ley del cubo-cuadrado a semejante criatura bípeda, el resultado es categórico. El estrés mecánico sobre sus huesos sería aproximadamente noventa veces superior al de un reptil de tamaño convencional. Sus piernas necesitarían un grosor tan descomunal que le resultaría imposible moverse con un mínimo de agilidad. King Kong sufriría un destino parecido: un primate de esas dimensiones no podría trepar al Empire State porque sus brazos se romperían mucho antes de llegar al primer piso.

A todo ello se suma el problema cardiovascular. Bombear sangre hasta una cabeza situada a más de cien metros del suelo requeriría presiones arteriales que destrozarían cualquier vaso sanguíneo conocido por la biología. El sistema nervioso tampoco colaboraría: las señales eléctricas tardarían un tiempo apreciable en recorrer ese cuerpo descomunal, convirtiendo a la bestia en un coloso torpe e incapaz de reaccionar ante cualquier amenaza. Paradójicamente, esa lentitud haría de Godzilla una presa fácil, no un depredador temible. Un lagarto gigante al que cualquier ratón podría esquivar sin despeinarse.

Los gigantes que sí existieron

La naturaleza ha producido animales enormes, desde luego. Pero ninguno se ha acercado remotamente a las proporciones de un kaiju cinematográfico. El Patagotitan mayorum, descubierto en la Patagonia argentina y bautizado oficialmente en 2017, ostenta el récord de animal terrestre más grande conocido: unos treinta y siete metros de longitud y cerca de setenta toneladas de peso. Era cuadrúpedo, herbívoro y lento. Su cuerpo estaba diseñado para repartir la carga entre cuatro extremidades columnares, y aun así se desplazaba a velocidades que un humano en buen estado de forma podría superar sin demasiado esfuerzo. Un estudio reciente de la Universidad de Granada y la Complutense de Madrid ha confirmado que estos gigantes prehistóricos se movían incluso más despacio de lo que se pensaba hasta ahora.

En el agua la historia cambia radicalmente. La ballena azul antártica puede superar las ciento setenta toneladas y los treinta metros de largo, lo que la convierte en el animal más masivo que ha existido jamás. El agua le hace un favor enorme al sostener buena parte de su peso, y eso le permite alcanzar dimensiones impensables en tierra firme. Fuera del océano, ese cuerpo se aplastaría contra el suelo en cuestión de minutos.

El biólogo J. B. S. Haldane lo resumió con elegancia en su célebre ensayo de 1926, «On Being the Right Size». Describió cómo un ratón puede caer desde gran altura sin sufrir daño, un hombre se rompe y un caballo «salpica». Cada especie tiene un tamaño óptimo, y cualquier desviación radical exige una transformación completa de la forma corporal. Una gacela que quisiera alcanzar el tamaño de un rinoceronte tendría que renunciar a sus patas esbeltas y adoptar extremidades gruesas y robustas. No hay atajos.

La ficción necesita sus trampas

Nada de esto debería arruinar la experiencia de ver a Godzilla arrasando Tokio. Al contrario, conocer las reglas que el monstruo rompe añade una capa de fascinación extra. El cine de ciencia ficción funciona precisamente porque nos pide un pacto: acepta esto como posible durante dos horas y te regalaré emociones que la realidad no puede ofrecer. Los creadores del MonsterVerse, conscientes del problema, han inventado justificaciones ingeniosas como huesos reforzados con estructuras similares al grafeno o reactores biológicos internos. Soluciones imposibles, cierto, pero lo bastante creativas como para sostenerse dentro de su propio universo narrativo.​

Lo verdaderamente asombroso es que un hombre medio ciego, encerrado por la Inquisición en una villa toscana hace casi cuatro siglos, descubrió el principio que convierte a estos monstruos en pura fantasía. Galileo no pensaba en películas ni en lagartos radiactivos cuando escribió sobre la proporción entre superficie y volumen. Pensaba en vigas, columnas y huesos de animales. Pero su hallazgo traspasó las fronteras de la ingeniería y la biología para convertirse en una de esas leyes que, sin hacer ruido, gobiernan casi todo lo que nos rodea. Desde el tamaño máximo de un insecto hasta la altura límite de un rascacielos, pasando por la razón de que los elefantes no pueden saltar.

Así que la próxima vez que Godzilla emerja del mar en la pantalla, sonríe con la tranquilidad que da saber que la física está de tu lado. Ese gigante de ciento treinta metros tiene los días contados antes de dar su primer paso en tierra firme. Galileo se lo habría advertido, seguramente con una sonrisa, desde su silla de Arcetri.


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