«Gripe española» la pandemia de la que no aprendimos

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De dónde salió realmente la “gripe española”

Cuando se habla de la “gripe española” mucha gente imagina un virus nacido en una aldea castellana que luego arrasó el planeta, pero la realidad histórica es bastante distinta y, para qué negarlo, más incómoda. Muchos estudios sitúan los primeros casos identificados en un cuartel estadounidense, la base militar de Fort Riley (Kansas), donde el 4 de marzo de 1918 un soldado acudió enfermo a la enfermería y, en cuestión de horas, centenares de reclutas cayeron con los mismos síntomas. Desde allí, las tropas cruzaron el Atlántico hacia la Primera Guerra Mundial y llevaron consigo un virus que aprovecharía como autopista los trenes militares, los barcos abarrotados y las trincheras húmedas donde los soldados dormían casi unos encima de otros.​

La etiqueta de “española” fue, básicamente, un accidente político y mediático en plena guerra. Las potencias beligerantes censuraban cualquier noticia que pudiera desmoralizar a su población o a sus soldados, así que minimizaron o silenciaron la epidemia en sus periódicos, mientras que España, país neutral, informaba con cierta transparencia sobre los brotes y las muertes. Al ser la prensa española de las pocas que hablaba abiertamente de la enfermedad —que incluso se bautizó popularmente como “El soldado de Nápoles” por una canción de zarzuela de moda— terminó pareciendo que el problema era sobre todo español y el resto del mundo compró, sin mucha reflexión, ese relato simplificado.​

Lo irónico es que España, aun no siendo el origen demostrado, sí fue uno de los países europeos más castigados: se calcula que alrededor de ocho millones de personas enfermaron y las estimaciones más aceptadas sitúan las muertes totales en torno a 200.000–300.000, según cómo se cuenten los fallecimientos directos por gripe y los debidos a complicaciones. No ayuda que los sistemas estadísticos de la época fueran incompletos, que muchas defunciones se registraran como “neumonía” o “infección respiratoria” sin más detalles y que las autoridades tendieran a maquillar las cifras por miedo al pánico social. En realidad, y esto sí que da vértigo, a día de hoy todavía no existe un consenso absoluto ni sobre el lugar exacto de origen ni sobre la cifra final de víctimas: los rangos globales oscilan entre 40 y 100 millones de personas muertas, con unos 500 millones de infectados, casi un tercio de la población mundial de entonces.​

Por qué fue tan letal una “simple gripe”

Resulta tentador imaginar la gripe de 1918 como una versión algo más agresiva de las gripes actuales, pero la realidad es que se trataba de un virus de influenza A subtipo H1N1 con una combinación de características extraordinariamente peligrosa para la humanidad de aquella época. En apenas 18 meses, ese virus infectó a unos 500 millones de personas y mató al menos a 50 millones, superando en cinco veces los fallecidos de la Primera Guerra Mundial; algunas estimaciones amplían ese rango hasta los 100 millones debido a la falta de datos fiables. Para hacerse una idea del impacto, en países como la India se calcula que murieron entre 12 y 17 millones de personas, en Estados Unidos unas 675.000 y en Reino Unido alrededor de 250.000, mientras que en España las muertes se mueven según las fuentes entre unas 180.000 y más de 250.000.​

Una de las peculiaridades más desconcertantes de la “gripe española” fue a quién mataba. A diferencia de la gripe estacional, que suele cebarse con niños pequeños, personas mayores o enfermos crónicos, la mortalidad de 1918 se disparó en adultos jóvenes de entre 20 y 40 años, muchos de ellos aparentemente sanos y fuertes. Los estudios posteriores, tras recuperar tejido pulmonar de víctimas enterradas en Alaska y muestras de soldados, permitieron secuenciar el virus en 2005 y reconstruirlo en laboratorio bajo máxima seguridad; al infectar ratones y primates se observó que se replicaba decenas de miles de veces más que una gripe normal y desencadenaba una “tormenta de citoquinas”, una reacción exagerada del sistema inmune que literalmente ahogaba al enfermo en su propia inflamación.​

Sin embargo, el virus, por sí solo, no explica toda la carnicería. La mayoría de las personas murieron por neumonías bacterianas secundarias que hoy serían tratables con antibióticos, pero en 1918 los antibióticos simplemente no existían. A eso se le suma una lista de factores que, vistos desde 2025, parecen una receta perfecta para el desastre: hospitales saturados o directamente inexistentes en zonas rurales, escasez de médicos por la guerra, hacinamiento en cuarteles, barcos, fábricas y viviendas pobres, malnutrición, falta de agua potable y de saneamiento básico. Por rematar, muchas ciudades reaccionaron tarde y mal: se celebraron fiestas, procesiones y reuniones masivas en pleno pico de contagios y, cuando se implantaron medidas como el cierre de teatros o el uso de mascarillas de tela, la epidemia ya iba varios pasos por delante.​

Ecos de 1918 en la covid‑19

Cuando estalló la pandemia de covid‑19 en 2020, las comparaciones con la “gripe española” aparecieron casi desde el primer día y no fueron un simple recurso periodístico fácil: ambas comparten bastantes rasgos, aunque también diferencias clave. En los dos casos se trata de virus respiratorios nuevos para la población mundial —en 1918 un H1N1 de influenza A, en 2019 un coronavirus llamado SARS‑CoV‑2— que se transmiten principalmente por gotas respiratorias y aerosoles al hablar, toser o simplemente respirar cerca de otras personas. La consecuencia de esa vía de contagio es similar: explosiones de casos en ciudades densas, enorme presión sobre hospitales y la necesidad de recurrir a las mismas herramientas que ya se usaban en 1918, como el aislamiento de enfermos, la cuarentena de contactos, el cierre de escuelas y lugares de ocio, las limitaciones a las reuniones masivas, el lavado de manos y el uso de mascarillas.​

Las diferencias, sin embargo, son igual de importantes y dicen mucho sobre lo que la ciencia y la organización social pueden cambiar en un siglo. En la “gripe española” se calcula que la letalidad (muertes entre los infectados) estuvo en torno al 2‑3%, pero con un 60‑70% de la población contagiada, lo que disparó las cifras absolutas de fallecidos; la covid‑19, en cambio, ha mostrado una letalidad promedio menor, aunque muy variable según edad, acceso sanitario y momento de la pandemia. También cambian los grupos más afectados: mientras en 1918 morían sobre todo adultos jóvenes, en la covid‑19 el golpe se ha concentrado en personas mayores y en quienes ya tenían enfermedades previas, aunque las olas de distintas variantes han ido desplazando ligeramente estos patrones.​

La otra gran diferencia es que en 1918 no había ni antivirales eficaces, ni antibióticos, ni unidades de cuidados intensivos, ni respiradores modernos, ni siquiera un conocimiento claro de lo que era un virus. Con la covid‑19 se desarrollaron varias vacunas en menos de un año gracias a tecnologías como el ARN mensajero y a redes internacionales de colaboración científica; además, la existencia de sistemas de vigilancia genómica ha permitido identificar y seguir de cerca variantes como delta, ómicron y, más recientemente, sublinajes como NB.1.8.1, que la Organización Mundial de la Salud mantiene bajo observación. Esto no ha evitado todos los daños —basta preguntar a cualquier sanitario que viviera la primera ola—, pero sí ha reducido de forma dramática la mortalidad que habría supuesto un virus de este estilo en el mundo de 1918.​

¿Podría una próxima pandemia ser aún peor?

La parte incómoda de todo esto es que, pese a haber sobrevivido a la “gripe española” y a la covid‑19, el mundo sigue expuesto a nuevas pandemias, y no es ciencia ficción pensar en escenarios peores. La Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo sobre el riesgo creciente de enfermedades emergentes, muchas de ellas zoonosis, es decir, infecciones que saltan de animales a humanos: la lista reciente incluye brotes de virus de Marburgo, mpox (conocida como viruela del mono) o nuevas cepas de gripe aviar H5N1, entre otras joyitas víricas. Solo en 2024 se registraron, según la OMS, al menos 17 brotes de enfermedades peligrosas, una especie de lluvia de avisos sobre las grietas en la arquitectura global de preparación frente a pandemias.​

La clave para que una futura pandemia sea “peor” que la de 1918 o que la covid‑19 está en la combinación de tres factores: transmisibilidad, letalidad y capacidad de respuesta humana. Un virus respiratorio tan contagioso como el SARS‑CoV‑2, tan letal como algunos brotes de gripe aviar y con un periodo de incubación largo y silencioso sería un auténtico quebradero de cabeza, sobre todo si aparece en un contexto de conflictos, desinformación masiva y fatiga social respecto a las medidas de salud pública. No hace falta mucha imaginación para visualizar gobiernos que reaccionan tarde, ciudadanos hartos que rechazan cualquier restricción, sistemas sanitarios ya tensionados por el envejecimiento de la población y cadenas de suministro globales que se rompen en cascada, generando un daño económico y social difícil de acotar.​

Sin embargo, sería injusto hablar solo del lado oscuro. La covid‑19 ha impulsado enormes inversiones en vigilancia epidemiológica y genómica, plataformas de vacunas más rápidas de adaptar, mecanismos de coordinación internacional y, al menos sobre el papel, fondos específicos para responder a nuevas emergencias sanitarias. El gran reto está en mantener ese esfuerzo cuando el miedo baja, reforzar la sanidad pública, reducir las desigualdades en acceso a vacunas y tratamientos, y entender que la mejor forma de evitar una pandemia devastadora no es el heroísmo improvisado cuando el fuego ya está descontrolado, sino la prevención aburrida del día a día: vigilancia, investigación, cooperación y, sobre todo, voluntad política de sostenerlas.​

Lo que nos enseñó (y seguimos olvidando)

La historia de la “gripe española” es una mezcla incómoda de fatalidad biológica y errores humanos repetidos, y justo ahí está su valor como espejo del presente. En 1918 se minusvaloró el peligro, se priorizó la guerra y la economía sobre la salud, se ocultaron datos para evitar pánico y se permitió que la gente se amontonara en desfiles, misas y fiestas mientras el virus circulaba desbocado; un siglo después, la covid‑19 mostró reacciones muy similares en distintos países, a menudo con los mismos argumentos de siempre. Es como si la humanidad tuviera una memoria a corto plazo increíblemente selectiva para lo que le incomoda y una tendencia casi suicida a repetir patrones que ya se sabe a dónde llevan.​

A la vez, la comparación entre 1918 y hoy permite ver con claridad lo que sí funciona. Cuando las ciudades cerraron escuelas y lugares de ocio de forma temprana en 1918, redujeron la mortalidad; cuando los países actuaron rápido con la covid‑19, reforzaron sus sistemas sanitarios, impulsaron la vacunación y mantuvieron una comunicación clara, los resultados fueron mucho mejores que en lugares donde se negó el problema o se improvisó sin rumbo. La gran lección de fondo es incómodamente simple: los virus aprovechan los huecos que deja nuestra desorganización, y cada vez que se anteponen intereses cortoplacistas a la salud colectiva se escribe, sin saberlo, el prólogo de la siguiente catástrofe.​

Pensar en una próxima pandemia incontrolada no debería servir para alimentar paranoia, sino para practicar algo que la humanidad no ha terminado de dominar: aprender de sus propios sustos. Entender que poner recursos en ciencia, sanidad, vigilancia y educación no es un lujo sino un seguro de vida colectivo, y que los nombres que damos a las pandemias —“gripe española”, “virus chino”, lo que toque la próxima vez— dicen más sobre nuestras obsesiones políticas que sobre los patógenos en sí. Si la “gripe española” fue la pandemia que no supimos entender a tiempo, la pregunta incómoda es si la próxima gran crisis sanitaria será, de nuevo, la que no supimos evitar pudiendo hacerlo.​


Referencias (formato APA abreviado)

  • Barry, J. M. (2004). The Great Influenza: The Story of the Deadliest Pandemic in History. Nueva York: Penguin. Síntesis muy accesible y narrativa sobre la pandemia de 1918, con foco en la ciencia y la política.​
  • Spinney, L. (2017). Pale Rider: The Spanish Flu of 1918 and How It Changed the World. Londres: Vintage. Analiza el impacto global de la gripe de 1918 en la sociedad, la cultura y la política del siglo XX.​
  • Taubenberger, J. K., & Morens, D. M. (2006). 1918 Influenza: the mother of all pandemics. Emerging Infectious Diseases, 12(1), 15‑22. Artículo clave sobre la biología del virus de 1918 y su reconstrucción genética.​
  • Morens, D. M., Folkers, G. K., & Fauci, A. S. (2009). What is a pandemic? The Journal of Infectious Diseases, 200(7), 1018‑1021. Discute el concepto de pandemia y cómo entenderla en el contexto de gripe y covid‑19.​
  • World Health Organization. (2024). Global Preparedness Monitoring Board report on pandemic preparedness. Ginebra: OMS. Revisión crítica del estado de preparación ante futuras pandemias y de los fallos observados tras la covid‑19.​

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