La venganza tranquila de una espía danesa

Una jubi­la­da con pasa­do oscu­ro lle­ga a Reikiavik, Ditte Jensen se pre­sen­ta como la veci­na ideal, una seño­ra dane­sa que se muda a un blo­que de pisos en Reikiavik bus­can­do paz, jar­di­ne­ría y ano­ni­ma­to tras años en los ser­vi­cios secre­tos. Sin embar­go, a los pocos minu­tos de meter­nos en «La mujer dane­sa» que­da cla­ro que la cos­tum­bre de detec­tar ame­na­zas y “corre­gir injus­ti­cias” no se jubi­la tan fácil­men­te. La mini­se­rie, de solo seis epi­so­dios, con­vier­te ese edi­fi­cio de apar­ta­men­tos en un table­ro don­de esta exsol­da­do de éli­te apli­ca tác­ti­cas de gue­rra fría a pro­ble­mas de comu­ni­dad: rui­do, malos tra­tos, pre­ca­rie­dad, abu­sos de poder. Lo fas­ci­nan­te es que el rela­to no se sitúa en un thri­ller clá­si­co, sino en una come­dia negra islan­de­sa que jue­ga a que te rías mien­tras te sien­tes raro por reír­te de según qué cosas.

Benedikt Erlingsson, direc­tor de «La mujer de la mon­ta­ña», vuel­ve a su obse­sión favo­ri­ta: muje­res que deci­den incen­diar meta­fó­ri­ca­men­te el sis­te­ma cuan­do nadie mira. Si allí seguía­mos a una acti­vis­ta eco­lo­gis­ta que sabo­tea­ba infra­es­truc­tu­ras indus­tria­les, aquí el com­ba­te se tras­la­da al patio tra­se­ro, al por­tal, al buzón de la comu­ni­dad. El con­flic­to ya no es solo medioam­bien­tal o polí­ti­co, sino ínti­mo: cuán­to esta­mos dis­pues­tos a tor­cer la ley por lo que con­si­de­ra­mos “jus­ti­cia”, y has­ta qué pun­to la vida en socie­dad se aguan­ta con un bar­niz de hipo­cre­sía com­par­ti­da. El resul­ta­do tie­ne algo de cuen­to moral retor­ci­do, de espe­jo defor­man­te don­de la pro­ta­go­nis­ta se cree sal­va­do­ra mien­tras los demás empie­zan a ver­la como una mez­cla incó­mo­da de ángel ven­ga­dor y veci­na intru­si­va.

Humor negro nórdico y mala conciencia europea

«La mujer dane­sa» se ven­de como come­dia nór­di­ca del año y no es solo una fra­se de trái­ler: el humor es seco, incó­mo­do, más de risa que se te que­da atra­ve­sa­da que de car­ca­ja­da lige­ra. La serie se nutre de peque­ñas mise­rias coti­dia­nas, des­de el vecino fies­te­ro que revien­ta la con­vi­ven­cia con su músi­ca, has­ta el gato que inva­de el jar­dín per­fec­to de Ditte y des­ata reac­cio­nes des­pro­por­cio­na­das. El gag nun­ca es puro chis­te, por­que detrás siem­pre hay un sub­tex­to de cla­se, géne­ro o poder; la son­ri­sa apa­re­ce jus­to cuan­do vemos que Ditte cru­za una línea que noso­tros qui­zá tam­bién fan­ta­sea­ría­mos con cru­zar, pero jamás admi­ti­ría­mos. Esa mez­cla de sáti­ra social, dra­ma y vio­len­cia sutil hace que cada esce­na ten­ga un lige­ro sabor a cul­pa com­par­ti­da, como si la serie susu­rra­se: “no eres tan dife­ren­te de ella, solo tie­nes menos entre­na­mien­to mili­tar”.

Erlingsson uti­li­za a Ditte como metá­fo­ra de un Occidente que se cree moral­men­te supe­rior mien­tras impo­ne su orden con méto­dos dis­cu­ti­bles. El pro­pio direc­tor ha expli­ca­do que la pro­ta­go­nis­ta fun­cio­na como un peque­ño impe­rio que “difun­de su ideo­lo­gía inclu­so por la fuer­za bru­ta si es nece­sa­rio”, una lec­tu­ra que enca­ja dema­sia­do bien con la reali­dad euro­pea como para pasar­la por alto. Cuando la exes­pía deci­de inter­ve­nir en los con­flic­tos del edi­fi­cio, actúa como juez, jura­do y a veces ver­du­go, con­ven­ci­da de que el fin jus­ti­fi­ca los medios, una máxi­ma que la serie lan­za direc­ta­men­te con­tra nues­tra cul­tu­ra cómo­da. Lo diver­ti­do, y a la vez per­tur­ba­dor, es que muchas de sus solu­cio­nes fun­cio­nan a cor­to pla­zo, lo que obli­ga a pre­gun­tar­se si pre­fe­ri­mos una con­vi­ven­cia basa­da en nor­mas cla­ras o en peque­ñas dic­ta­du­ras bien­in­ten­cio­na­das.

Trine Dyrholm: una heroína incómoda

Una de las gran­des armas de «La mujer dane­sa» es Trine Dyrholm, figu­ra míti­ca del cine escan­di­na­vo, a quien hemos vis­to en «Celebración», «En un mun­do mejor» o «Un asun­to real». Aquí com­po­ne a Ditte Jensen como un cuer­po extra­ño den­tro de Islandia: una dane­sa con tics de mili­tar, inca­paz de acep­tar que la gen­te no hable su idio­ma y con una mane­ra muy par­ti­cu­lar de leer las nor­mas socia­les. La actriz alter­na mira­das frías, silen­cios lar­guí­si­mos y momen­tos casi ado­les­cen­tes, como si la pro­ta­go­nis­ta estu­vie­se apren­dien­do por pri­me­ra vez qué sig­ni­fi­ca ser una civil corrien­te. Esa ambi­güe­dad fun­cio­na como motor de la serie: por momen­tos quie­res abra­zar­la y por momen­tos te plan­teas si no habría que poner­le una orden de ale­ja­mien­to de toda comu­ni­dad de veci­nos.

Dyrholm con­si­gue que cada ges­to con­ten­ga una his­to­ria de bata­llas pasa­das sin nece­si­dad de car­gar el guion de flash­backs. Cuando Ditte cui­da el jar­dín del edi­fi­cio, por ejem­plo, no solo rie­ga plan­tas: des­plie­ga un mini cam­po de ope­ra­cio­nes don­de cual­quier intru­sión se per­ci­be como inva­sión a neu­tra­li­zar. La pues­ta en esce­na refuer­za esa sen­sa­ción, con encua­dres que enfa­ti­zan su ais­la­mien­to den­tro del edi­fi­cio y una foto­gra­fía que va modu­lan­do los tonos fríos para sub­ra­yar las grie­tas que se abren en su rígi­da moral. No esta­mos ante una heroí­na clá­si­ca ni ante una villa­na pura, sino ante un per­so­na­je pro­fun­da­men­te incó­mo­do que obli­ga a replan­tear­se la sim­pli­fi­ca­ción habi­tual de “los bue­nos” fren­te a “los malos”.

Espías, vecinos y política de rellano

La serie con­vier­te el micro­cos­mos del edi­fi­cio en un labo­ra­to­rio social don­de se cru­zan temas que nor­mal­men­te verías en ensa­yos de cien­cia polí­ti­ca, pero aquí bajan por las esca­le­ras con bol­sa de basu­ra en mano. El rui­do, la des­igual­dad eco­nó­mi­ca, la vio­len­cia más o menos visi­ble y el cho­que cul­tu­ral se con­den­san en ese blo­que de pisos de Reikiavik, don­de cada puer­ta es un peque­ño esta­do sobe­rano con sus pro­pias nor­mas. Ditte entra en esas “fron­te­ras” con la natu­ra­li­dad de alguien que ha pasa­do media vida cru­zan­do líneas rojas por encar­go, y esa faci­li­dad para tras­pa­sar lími­tes mar­ca el tono moral del rela­to. Ver cómo sim­pli­fi­ca con­flic­tos com­ple­jos en tér­mi­nos de obje­ti­vo a neu­tra­li­zar o misión a com­ple­tar pro­vo­ca tan­to ali­vio como vér­ti­go.

Más allá del gag, «La mujer dane­sa» dia­lo­ga con las ten­sio­nes habi­tua­les de la vida comu­ni­ta­ria con­tem­po­rá­nea: la sen­sa­ción de que la ley va dema­sia­do len­ta, la ten­ta­ción de tomar ata­jos, el mie­do a denun­ciar, la ero­sión del teji­do veci­nal. La fic­ción plan­tea, sin ser­mo­nes, qué pasa cuan­do alguien deci­de asu­mir el rol de guar­dián abso­lu­to del bien común sin con­tar con el con­sen­ti­mien­to explí­ci­to de los demás. Cada inter­ven­ción de Ditte rom­pe una capa de cor­dia­li­dad super­fi­cial, y a medi­da que el edi­fi­cio se pola­ri­za se hace evi­den­te que nin­gu­na comu­ni­dad sobre­vi­ve mucho tiem­po basa­da úni­ca­men­te en la obe­dien­cia o en el mie­do. Ahí es don­de la serie se ali­nea con cier­ta tra­di­ción escan­di­na­va de rela­tos que des­nu­dan lo que se escon­de tras la facha­da del bien­es­tar nór­di­co: la sole­dad, la des­con­fian­za y el deseo sub­ur­bano de ver­lo todo arder un poco.

Seis episodios, Filmin y ganas de conversación

«La mujer dane­sa» es una mini­se­rie de seis epi­so­dios que se estre­na en exclu­si­va en Filmin, con los tres pri­me­ros dis­po­ni­bles des­de el 17 de mar­zo y la segun­da tan­da a par­tir del 24, algo que favo­re­ce el atra­cón con­tro­la­do. La bre­ve­dad no impi­de que el pro­yec­to se sien­ta ambi­cio­so: la estruc­tu­ra com­pac­ta con­cen­tra ideas y situa­cio­nes sin relleno, lo que se agra­de­ce en tiem­pos de tem­po­ra­das eter­nas. Además, la selec­ción en fes­ti­va­les como Séries Mania y Serielizados Fest con­fir­ma que la apues­ta por una come­dia negra, estra­fa­la­ria y polí­ti­ca­men­te afi­la­da tie­ne reco­rri­do más allá del nicho serié­fi­lo nór­di­co de siem­pre. No es una fic­ción para ver de fon­do mien­tras miras el móvil, sino una de esas his­to­rias que una vez ter­mi­nan piden café, sofá y deba­te encen­di­do con quien ten­gas al lado.

Para quie­nes dis­fru­tan con rela­tos de espio­na­je, pero están can­sa­dos de gad­gets impo­si­bles y cons­pi­ra­cio­nes glo­ba­les, esta pro­pues­ta ofre­ce una varian­te domés­ti­ca ines­pe­ra­da­men­te punk. Si lo tuyo son las come­dias que pin­chan zonas sen­si­bles, el via­je con Ditte por ese edi­fi­cio islan­dés resul­ta tan incó­mo­do como adic­ti­vo. Y si sim­ple­men­te bus­cas algo dis­tin­to que no tra­te al espec­ta­dor como un algo­rit­mo de repro­duc­ción auto­má­ti­ca, «La mujer dane­sa» demues­tra que toda­vía se pue­den rodar his­to­rias peque­ñas capa­ces de abrir con­ver­sa­cio­nes gran­des sobre poder, moral y con­vi­ven­cia. Filmin refuer­za así su catá­lo­go de joyas nór­di­cas con una serie que, más allá del hype del momen­to, tie­ne todas las pape­le­tas para que­dar­se en la memo­ria como ese títu­lo raro que reco­mien­das con una son­ri­sa tra­vie­sa.

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