La televisión llega tarde a su público

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A las once y cuarto de la noche puede ocurrir algo peculiar en la televisión española: termina el programa que supuestamente servía de antesala y empieza, por fin, el plato fuerte. Una serie, un concurso, un reality o cualquier otro contenido que la cadena considere suficientemente importante como para colocarlo en prime time. Queda un pequeño detalle: buena parte del público potencial ya se ha marchado.

No necesariamente a Netflix. Ni a TikTok. Ni siquiera a otra pantalla. Se ha ido a la cama.

Un análisis de GECA sobre las últimas 19 temporadas pone números a esta extraña costumbre. En la temporada 2007-2008, los principales programas nocturnos comenzaban de media a las 22:23. En 2025-2026 lo hicieron a las 23:11. Cuarenta y ocho minutos más tarde. Cuando arranca esa supuesta franja de máxima audiencia quedan delante de la televisión tradicional 10,8 millones de espectadores, frente a los 20,6 millones registrados en el máximo de la serie estudiada.

El problema ya no consiste únicamente en discutir si las once y cuarto es una hora razonable para empezar a ver un programa de dos horas. Mientras la televisión retrasaba su reloj, el espectador cambiaba por completo.

Hoy vivimos rodeados de servicios que empiezan cuando nosotros queremos, vídeos que duran segundos, algoritmos que sustituyen un contenido por otro antes de que terminemos de aburrirnos y catálogos capaces de continuar exactamente donde dejamos una película tres días antes. Ante ese público, la televisión lineal continúa diciendo algo parecido a: «Lo que quieres ver empieza a las 23:11. Mientras tanto, mira esto otro».

Y parece sorprendida porque cada vez haya menos gente esperando.

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Cuando el prime time dejó de ser prime time

La expresión significa literalmente horario de máxima audiencia, pero en España hemos conseguido una curiosa pirueta semántica: llamar prime time a una franja que comienza después de aquella en la que realmente hay más personas mirando el televisor.

Durante la temporada 2025-2026, entre las 22:00 y las 23:00 había alrededor de 12,1 millones de espectadores ante la televisión tradicional. Entre las 23:00 y medianoche la cifra descendía hasta unos 9,5 millones, según los datos recogidos por GECA.

La franja anterior, ese llamado access prime time ocupado por programas como «El hormiguero», «La revuelta», «El intermedio», «First Dates» o «Horizonte», se ha convertido de hecho en la verdadera hora punta.

Tiene cierta lógica. Estos espacios fueron creciendo y retrasando su final porque funcionan, generan audiencia y permiten competir minuto a minuto contra el canal de enfrente. «El hormiguero», por ejemplo, pasó de rondar los 47 minutos de duración en 2007-2008 a unos 76 minutos en la pasada temporada analizada. «El intermedio» termina actualmente casi una hora más tarde que entonces.

El relleno se comió al programa principal.

La trampa del porcentaje

Existe además un incentivo bastante poderoso para hacerlo: la cuota de pantalla.

Un programa puede tener exactamente el mismo número de espectadores y conseguir un share mayor simplemente porque a esa hora queda menos gente viendo televisión.

El ejemplo recogido por el estudio de GECA resulta magnífico. «La Voz Kids» comenzó una emisión a las 22:17 con 1.028.000 espectadores y obtuvo un 12,8 % de cuota. «Supervivientes All Stars» arrancó aproximadamente una hora después con esos mismos 1.028.000 espectadores y alcanzó un 17,5 %.

No apareció mágicamente más público. Desapareció parte del resto.

De ahí nace una de las paradojas de la televisión actual: retrasar un programa puede mejorar el porcentaje que aparece al día siguiente en el titular, aunque reduzca el número de personas disponibles para verlo.

Una estrategia estupenda si el objetivo consiste en ganar la batalla del decimal. Algo menos brillante si lo que se pretende es que alguien vea el programa.

Del mando a distancia al «lo veo cuando quiero»

Mientras las cadenas afinaban esta ingeniería horaria, apareció una competencia que cambió una regla básica del consumo audiovisual: la hora dejó de importar.

Netflix, Prime Video, Disney+, HBO Max y compañía no obligan a esperar al martes a las 22:45. YouTube tampoco. Mucho menos TikTok o Instagram. Pulsamos y empieza.

A finales de 2025, el 65,7 % de los hogares españoles con acceso a Internet utilizaba alguna plataforma audiovisual de pago. Más del 65 % de esos hogares combinaba además dos o más servicios.

La televisión tradicional continúa teniendo un peso enorme. No ha desaparecido ni está a punto de hacerlo: según la CNMC sigue siendo el servicio audiovisual más consumido en varios grupos de edad. Pero el consumo lineal descendió en 2025 hasta los 162 minutos diarios por persona, el valor más bajo registrado hasta entonces.

Y la diferencia generacional resulta difícil de ignorar. Los mayores de 65 años dedican mucho más tiempo a la televisión en abierto. Entre los jóvenes, las plataformas de intercambio de vídeo —YouTube, TikTok y similares— ocupan un espacio considerablemente mayor.

No es simplemente una sustitución de Antena 3 por Netflix. Ha cambiado algo más profundo: la expectativa de control.

Elegimos qué vemos, cuándo empezamos, dónde paramos y si mañana continuamos. Incluso podemos acelerar un vídeo. Después de acostumbrarse a eso, esperar una hora para que termine un programa que no queríamos ver resulta una propuesta comercial bastante pintoresca.

Una atención entrenada para cambiar

A este cambio se suma otro fenómeno más delicado: nuestra relación con la atención.

Resulta tentador resumirlo diciendo que TikTok ha destruido nuestra capacidad de concentración. Sería una frase estupenda para un titular y una simplificación bastante mediocre de la evidencia disponible.

Los estudios recientes sí encuentran asociaciones preocupantes. Una revisión sistemática publicada en 2026 sobre adicción al vídeo corto encontró relaciones con dificultades de atención, control ejecutivo y memoria de trabajo entre adolescentes y adultos jóvenes. Otra revisión y metaanálisis publicada en «Psychological Bulletin», con datos de más de 98.000 participantes, encontró también una asociación entre mayor consumo de vídeo corto y peores resultados cognitivos, especialmente en atención y control inhibitorio.

Asociación no significa necesariamente causalidad. No sabemos hasta qué punto estos formatos deterioran la atención, atraen especialmente a quienes ya presentan más dificultad para mantenerla o combinan ambas cosas.

Pero sí sabemos algo sobre el entorno al que nos hemos acostumbrado: desplazamos el dedo y cambia el vídeo; algo no interesa y aparece otra cosa; una pausa de dos segundos puede bastar para perder al espectador.

La American Psychological Association recogió además varios experimentos en los que saltar constantemente de un vídeo a otro no reducía el aburrimiento, como los participantes esperaban, sino que podía aumentarlo y disminuir el grado de satisfacción y atención hacia el contenido.

Es decir, tenemos herramientas que nos permiten abandonar cualquier cosa instantáneamente y, paradójicamente, semejante libertad tampoco garantiza que quedemos satisfechos.

En ese contexto, la televisión tradicional propone paciencia industrial.

La televisión lineal sigue teniendo reloj

Aquí está probablemente su mayor problema.

El streaming no ganó únicamente porque tuviera buenas series. Ganó porque convirtió el horario en una decisión del espectador.

Las redes llevaron el asunto todavía más lejos. Su producto no es un programa de 90 minutos, sino una corriente infinita de estímulos seleccionados individualmente. Reuters Institute lleva años documentando el desplazamiento del consumo, especialmente entre públicos jóvenes, hacia redes sociales y plataformas de vídeo dominadas cada vez más por algoritmos y creadores.

Frente a esa flexibilidad, la televisión lineal conserva una estructura concebida cuando había unas pocas cadenas, el público compartía horarios parecidos y perderse un episodio significaba probablemente perdérselo de verdad.

Hoy el espectador recibe una respuesta completamente distinta de cada pantalla de su casa.

Netflix: cuando quieras.

YouTube: ahora mismo.

TikTok: antes de que hayas terminado de pensarlo.

La televisión: después de «El hormiguero».

Puede parecer una caricatura, pero describe bastante bien el problema.

Las cadenas suelen responder que sus programas pueden verse posteriormente en sus plataformas digitales. Es cierto, y el diferido recupera una parte de la audiencia, especialmente en ficción. Pero convertir el contenido lineal en contenido bajo demanda después de emitirlo no resuelve la contradicción original. Si una parte creciente de la audiencia prefiere decidir cuándo empieza algo, quizá resulte extraño organizar la emisión principal pensando todavía en arañar unos puntos de cuota a las 23:30.

Quizá el problema no sea el contenido

Es fácil interpretar la caída de la televisión tradicional como una pérdida de interés por sus programas. A veces será exactamente eso. Otras veces puede que estemos midiendo mal el problema.

Una persona puede querer ver un concurso y no estar dispuesta a que termine a la una de la madrugada.

Puede querer seguir una serie, pero no esperar durante hora y media a que comience.

Puede gustarle la televisión y, al mismo tiempo, preferir dormir.

La industria audiovisual está compitiendo por algo bastante más escaso que las películas, las series o los presentadores: nuestro tiempo. Y mientras las demás plataformas llevan años intentando eliminar cualquier obstáculo entre el deseo de ver algo y el momento en que empieza, buena parte de la televisión española ha seguido recorriendo el camino contrario.

Quizá aquella frase incluida en las conclusiones del informe de GECA sea la que mejor resume todo este embrollo: el prime time perdido no se ha ido necesariamente al streaming. Una parte se ha ido al sueño.

Después de todo, Netflix puede esperar hasta mañana. El despertador de las siete suele ser bastante menos negociable.

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