Tiempo de lectura:
±7 minutos
Para escuchar mientras lees:
En una de las primeras escenas, Damien entra en una reunión convencido de que la habitación le pertenece. No necesita levantar la voz ni anunciar su autoridad. Se sienta, interrumpe, reparte tareas y ocupa el aire disponible con la tranquilidad de quien nunca ha tenido que preguntarse si está ocupando demasiado. Al poco tiempo recibe un golpe en la cabeza y despierta en un mundo donde ese comportamiento sigue existiendo, aunque ahora lo ejercen las mujeres.
«Las damas primero» construye toda su sátira sobre un mecanismo tan sencillo que cabe en una servilleta: cambiar de sitio a hombres y mujeres y observar qué gestos empiezan a resultar extraños. La película nos ha gustado bastante precisamente porque no utiliza la inversión como una ocurrencia aislada. La lleva al trabajo, la calle, la familia, el sexo, la ropa y la publicidad. El mundo alternativo acumula pequeños detalles hasta que la broma deja de ser una broma y empieza a parecer un inventario.
Thea Sharrock dirige la historia como una comedia popular de superficie brillante, ritmo rápido y gestos amplios. No pretende construir una distopía minuciosa. Le basta con mantener reconocible el decorado y alterar quién tiene permiso para mandar dentro de él. La película adapta la francesa «No soy un hombre fácil», estrenada en 2018, pero desplaza la acción hacia una agencia de publicidad donde vender una imagen y ejercer poder forman parte del mismo trabajo.

La sátira sin sutileza
La crítica ha reprochado a la película que subraya demasiado sus ideas. Es cierto. «Las damas primero» no confía mucho en que el espectador descubra por sí solo la relación entre una situación invertida y su equivalente cotidiano. El acoso callejero, la condescendencia profesional, la exigencia estética o la distribución desigual de los cuidados aparecen con colores intensos y flechas imaginarias. La película señala cada ejemplo con bastante entusiasmo.
Puede cansar, aunque también conviene preguntarse a quién iba dirigida una versión más sofisticada. La sátira elegante suele resultar muy satisfactoria para quienes ya conocen el problema, dominan su vocabulario y disfrutan detectando matices. Esta película prefiere colocar a un hombre poderoso dentro de una tienda de ropa interior masculina, someter su cuerpo a la mirada ajena y dejar que el chiste haga el trabajo. Es menos fino, pero difícil de esquivar.
La exageración funciona porque el material de partida ya está normalizado. Cuando un hombre es interrumpido en una reunión, juzgado por su ropa o reducido a su atractivo físico, la escena parece escrita para provocar incomodidad. Vista en el sentido habitual, muchas de esas situaciones apenas llaman la atención. Ahí aparece la parte más incisiva de la película: no inventa una opresión sofisticada, sino que modifica el destinatario de conductas conocidas.
Los datos tampoco permiten despachar el asunto como una reliquia. La brecha salarial media no ajustada en la Unión Europea fue del 11,1 % en 2024. La Organización Internacional del Trabajo calcula que 708 millones de mujeres permanecían fuera del mercado laboral en 2023 por responsabilidades de cuidados no remunerados. «Las damas primero» es gruesa en sus formas, pero la estructura que caricaturiza sigue teniendo paredes bastante sólidas.

Un protagonista fuera de lugar
Sacha Baron Cohen interpreta a Damien como un hombre convencido de que su éxito demuestra su superioridad. No es únicamente machista. Es un producto perfectamente adaptado al entorno que lo premia. Su seguridad resulta cómica porque carece de cualquier grieta; incluso sus gestos de amabilidad parecen pequeñas inversiones destinadas a obtener obediencia, sexo o admiración.
Al cambiar de mundo, Damien pierde algo más que su posición profesional. Pierde la capacidad de presentarse como medida universal. Sus opiniones pasan a ser emocionales, su ambición resulta desagradable y su cuerpo queda disponible para la evaluación pública. De pronto tiene que vigilar cómo se sienta, qué se pone y cuánto sonríe. La película entiende bien que el privilegio no consiste solo en poseer ventajas visibles. También permite ignorar una cantidad enorme de cálculos cotidianos.
Cohen tiene la elasticidad necesaria para soportar la humillación física sin convertir a Damien en una víctima adorable. Eso es importante. El personaje aprende, pero la película no borra de inmediato todo lo que sabemos de él. Durante buena parte del metraje continúa intentando recuperar el control con las mismas herramientas que utilizaba antes. Su desconcierto no nace de una conciencia repentina, sino de comprobar que las reglas ya no le favorecen.
La elección del actor añade una capa curiosa. Cohen lleva años utilizando personajes masculinos desmesurados para revelar prejuicios, vanidades y crueldades ajenas. Aquí no se esconde detrás de un disfraz documental ni provoca a personas reales. Se convierte en el objeto de una maquinaria cómica que examina el tipo de masculinidad que tantas veces ha explotado. El resultado es menos feroz que «Borat», pero también más vulnerable.

Más allá del espejo
El mundo invertido solo funciona si las mujeres que lo dominan no parecen estar participando en una representación escolar. Rosamund Pike evita ese peligro. Su Alex Fox posee la serenidad de quien ha crecido sin aprender a disculparse por mandar. No imita de forma aparatosa a un ejecutivo masculino. Ocupa el espacio, decide y espera que los demás se adapten.
Pike ya ha interpretado personajes capaces de convertir la elegancia en una amenaza. Aquí utiliza esa cualidad con una ligereza que beneficia a la comedia. Alex puede ser magnética, egoísta, autoritaria y sentimental sin que la película intente justificar cada contradicción. Durante décadas, el cine ha permitido a muchos protagonistas masculinos reunir esos rasgos sin someterlos a una auditoría moral. Verlos concentrados en una mujer todavía produce un pequeño sobresalto.
La relación entre Damien y Alex introduce una idea menos cómoda que el simple cambio de papeles. El problema no desaparece cuando una mujer ocupa el despacho principal. El abuso de poder sigue siendo abuso, y una sociedad matriarcal construida como copia especular del patriarcado tampoco merece convertirse en destino deseable. La película habla de empatía, aunque su hallazgo más interesante aparece antes: quien disfruta de una jerarquía suele describirla como natural.
El reparto secundario multiplica esa sensación. Fiona Shaw convierte la autoridad depredadora en algo casi administrativo. Emily Mortimer, Richard E. Grant y Charles Dance aparecen dentro de una realidad donde los códigos familiares también han sido reorganizados. Algunos personajes apenas necesitan unas frases o un vestuario concreto para que entendamos la función que ocupan. El diseño de producción y el vestuario hacen una parte considerable de la sátira sin pedir atención.
La inversión tiene límites claros. «Las damas primero» trabaja con dos categorías de género muy cerradas y con relaciones heterosexuales como centro de casi todo. El método exige una simetría que la vida real no posee. La clase social, la raza, la orientación sexual y otras formas de desigualdad quedan en segundo plano o aparecen de manera superficial. El patriarcado de la película se parece sobre todo al que circula por oficinas elegantes, restaurantes caros y hogares acomodados.
También existe un riesgo en convertir el feminismo en una lección que un hombre solo comprende después de sufrir. Las mujeres vuelven a quedar encargadas de educarlo, acompañarlo y esperar su transformación. La película es consciente de algunas trampas, aunque no siempre consigue salir de ellas. Su estructura romántica necesita que Damien sea recuperable, y esa necesidad suaviza zonas que podrían haber resultado mucho más ásperas.
Aun así, la comedia logra algo que muchas obras más refinadas no consiguen: hace visible la coreografía. Una mano que interrumpe, una mirada que evalúa, una frase que infantiliza, una decisión tomada sin consultar. Son movimientos pequeños, repetidos tantas veces que parecen parte del mobiliario. Al intercambiar los cuerpos que los ejecutan y los reciben, la película obliga a mirarlos de nuevo.
Tal vez por eso ha generado una distancia tan llamativa entre parte de la crítica y algunos espectadores. Se le puede reprochar que llega tarde, que simplifica y que repite una premisa utilizada antes por la película francesa «No soy un hombre fácil». Todo eso es razonable. También lo es reconocer que una comedia popular, protagonizada por Sacha Baron Cohen y Rosamund Pike, puede introducir estas conversaciones en salones donde un ensayo feminista no entraría nunca.
«Las damas primero» no descubre la sociedad heteropatriarcal. La coloca bajo una luz distinta y deja que algunos de sus hábitos parezcan, por fin, ridículos. Cuando Damien regresa a una habitación donde cree conocer las reglas, ya no puede sentarse exactamente igual. El espectador tampoco debería hacerlo.