Lego Smart Bricks

Cuando Lego decidió encender la luz

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La pri­me­ra vez que alguien ve un ladri­llo de Lego con luces, soni­do y sen­so­res, sue­le pre­gun­tar si no se nos ha ido la cabe­za mez­clan­do cables con infan­cia. De repen­te, el icono del jue­go ana­ló­gi­co se pue­bla de chips dimi­nu­tos que detec­tan movi­mien­to, res­pon­den al tac­to y se sin­cro­ni­zan con otros blo­ques para crear efec­tos casi mági­cos den­tro de una cons­truc­ción que sigue sien­do de plás­ti­co reco­no­ci­ble. Estos ladri­llos inte­li­gen­tes, inte­gra­dos en el sis­te­ma Smart Play, pro­me­ten que un sim­ple cas­ti­llo pue­da trans­for­mar­se en una pie­za de tea­tro inter­ac­ti­vo don­de las mura­llas reac­cio­nan al ata­que y las puer­tas vibran antes de abrir­se solas, como si tuvie­ran volun­tad pro­pia. Esa mez­cla entre jugue­te clá­si­co y dis­po­si­ti­vo elec­tró­ni­co abre una grie­ta jugo­sa: invi­ta a ima­gi­nar, pero tam­bién obli­ga a pre­gun­tar­se cuán­to con­trol deja­mos en manos de la tec­no­lo­gía y cuán­to sigue sien­do pura ima­gi­na­ción infan­til.

La gra­cia, sin embar­go, es que Lego no ha sus­ti­tui­do el ladri­llo de siem­pre, sino que lo ha dota­do de una espe­cie de cora­zón elec­tró­ni­co que se inte­gra sin rom­per el sis­te­ma. Eso sig­ni­fi­ca que una cons­truc­ción pue­de ser com­ple­ta­men­te tra­di­cio­nal o pasar a otra dimen­sión con solo cam­biar unas pie­zas con­cre­tas, como si aña­die­ras per­so­na­jes secun­da­rios algo excén­tri­cos a una nove­la que ya cono­ces. Es una deci­sión de dise­ño impor­tan­te, por­que evi­ta que el jugue­te se con­vier­ta en una pan­ta­lla más y man­tie­ne la expe­rien­cia de mon­tar, des­mon­tar y vol­ver a pro­bar sin ins­truc­cio­nes cerra­das. En el fon­do, lo que se pro­po­ne es un pac­to: acep­ta­mos la pre­sen­cia de sen­so­res y peque­ños cere­bros pro­gra­ma­bles a cam­bio de no per­der la sen­sa­ción de estar cons­tru­yen­do algo con las manos, blo­que a blo­que, error a error. Y jus­ta­men­te en esa ten­sión entre lo vie­jo y lo nue­vo se escon­de bue­na par­te del encan­to del inven­to.

Lego Smart Bricks

Sensores, sonidos y pequeñas sorpresas

Detrás del bri­llo de los Lego Smart Bricks hay toda una coreo­gra­fía de sen­so­res, luces LED y peque­ños alta­vo­ces que reac­cio­nan a cómo los niños mani­pu­lan las pie­zas. Un ladri­llo pue­de detec­tar si lo gol­peas, si lo incli­nas, si for­ma par­te de un edi­fi­cio más gran­de o si se ha des­co­nec­ta­do de la estruc­tu­ra, acti­van­do dife­ren­tes res­pues­tas sono­ras o visua­les como si estu­vie­ra aten­to a cada ges­to. Esa reac­ti­vi­dad con­vier­te una torre cual­quie­ra en un orga­nis­mo lige­ra­men­te impre­vi­si­ble, capaz de res­pon­der de for­ma dis­tin­ta según cómo la mon­tes o la com­bi­nes, lo que aña­de capas de sor­pre­sa que resul­tan bas­tan­te adic­ti­vas. De repen­te, no se tra­ta solo de que algo se ilu­mi­ne al colo­car­lo, sino de dise­ñar secuen­cias de accio­nes para des­en­ca­de­nar efec­tos con­cre­tos, casi como si pro­gra­ma­ras sin escri­bir una sola línea de códi­go.

La cla­ve está en que el sis­te­ma no obli­ga a usar una pan­ta­lla como inter­me­dia­ria, lo que lo ale­ja del típi­co jugue­te conec­ta­do que depen­de de una app. En lugar de eso, los ladri­llos se comu­ni­can entre sí y con una pie­za cen­tral que coor­di­na la fies­ta, per­mi­tien­do que las cons­truc­cio­nes cobren vida en el pro­pio espa­cio físi­co del salón o de la mesa de la coci­na. Esto per­mi­te que varios niños se repar­tan el con­trol de dife­ren­tes módu­los, gene­ran­do diná­mi­cas de jue­go cola­bo­ra­ti­vo en las que cada uno se encar­ga de una par­te de la cons­truc­ción viva. A la vez, intro­du­ce un apren­di­za­je casi invi­si­ble sobre cau­sa y efec­to, loops y esta­dos, con­cep­tos muy cer­ca­nos a la lógi­ca de la pro­gra­ma­ción pero dis­fra­za­dos de cas­ti­llo encan­ta­do o nave espa­cial rebel­de. El resul­ta­do pue­de ser caó­ti­co y rui­do­so, sí, pero tam­bién tre­men­da­men­te esti­mu­lan­te para quien dis­fru­te ajus­tan­do cada deta­lle como si edi­ta­ra una pis­ta de músi­ca elec­tró­ni­ca solo que cons­trui­da con plás­ti­co de colo­res.

Niños jugando con los Lego Smart Bricks

Imaginación, pantallas y la eterna sospecha

Cada vez que apa­re­ce un jugue­te con elec­tró­ni­ca inte­gra­da, la con­ver­sa­ción sobre si esta­mos domes­ti­can­do dema­sia­do el jue­go crea­ti­vo vuel­ve a la mesa. Con los ladri­llos inte­li­gen­tes de Lego la sos­pe­cha se agu­di­za, por­que habla­mos de un sím­bo­lo de ima­gi­na­ción abier­ta aho­ra asis­ti­da por res­pues­tas pre­di­se­ña­das des­de un chip. Es fácil pen­sar que, si el jugue­te ya reac­cio­na por sí mis­mo, la cria­tu­ra que jue­ga aca­ba limi­tán­do­se a pul­sar boto­nes dis­fra­za­dos de blo­ques, per­dien­do el pla­cer de inven­tar reglas des­de cero. Sin embar­go, el dise­ño sin pan­ta­lla y la insis­ten­cia en man­te­ner la cons­truc­ción físi­ca como cen­tro per­mi­ten un equi­li­brio curio­so entre con­trol y liber­tad, que depen­de­rá mucho de cómo los adul­tos acom­pa­ñen el jue­go y de cuán­tas pau­tas se den o se reti­ren.

Hay tam­bién un deba­te sote­rra­do sobre la memo­ria y la pacien­cia que requie­ren los sis­te­mas modu­la­res com­ple­jos. Montar algo con Smart Bricks no es solo seguir ins­truc­cio­nes, sino recor­dar qué ladri­llo hace qué, cómo se acti­van cier­tos efec­tos y qué com­bi­na­cio­nes fun­cio­nan mejor para cada his­to­ria. Ese esfuer­zo men­tal pue­de con­ver­tir­se en una espe­cie de entre­na­mien­to lúdi­co para el pen­sa­mien­to sis­té­mi­co que tan nece­sa­rio resul­ta en la vida adul­ta, aun­que sue­ne pre­ten­cio­so decir­lo de un dra­gón que ruge cuan­do mue­ves la cola. Al mis­mo tiem­po, exis­te el ries­go de que el foco se des­pla­ce de la his­to­ria que se cuen­ta al tru­co téc­ni­co que la hace espec­ta­cu­lar, algo que ya se ve en otros ámbi­tos como los video­jue­gos o inclu­so en cier­tas nove­las de cien­cia fic­ción don­de el arti­fi­cio se come al rela­to. Encontrar el equi­li­brio será cues­tión de ensa­yo y error, tan­to por par­te de Lego como de quie­nes jue­gan con estas peque­ñas cria­tu­ras elec­tró­ni­cas.

Star Wars, naves que hablan y nostalgia tuneada

Resulta bas­tan­te sig­ni­fi­ca­ti­vo que algu­nos de los pri­me­ros sets que inte­gran estos ladri­llos inte­li­gen­tes estén liga­dos a «Star Wars», una saga que vive pre­ci­sa­men­te de mez­clar nos­tal­gia con tec­no­lo­gía futu­ris­ta. Construir un X‑Wing que no solo se ve como una nave icó­ni­ca sino que reac­cio­na con luces y soni­dos según se incli­na, des­pe­ga o ate­rri­za, conec­ta de gol­pe a varias gene­ra­cio­nes alre­de­dor de la mis­ma mesa. Para quien cre­ció con las pelí­cu­las ori­gi­na­les, es una espe­cie de repa­ra­ción del pasa­do: aque­llo que se ima­gi­na­ba cuan­do movía una nave de plás­ti­co hacien­do rui­dos con la boca aho­ra se mate­ria­li­za en un jugue­te que res­pon­de de for­ma autó­no­ma. Para los más peque­ños, en cam­bio, pue­de con­ver­tir­se en la puer­ta de entra­da per­fec­ta a un uni­ver­so don­de la tec­no­lo­gía siem­pre ha fun­cio­na­do como magia sofis­ti­ca­da.

Sin embar­go, la alian­za con fran­qui­cias gigan­tes tam­bién sub­ra­ya la ten­sión entre el jue­go abier­to y la narra­ti­va cerra­da que acom­pa­ña a cual­quier uni­ver­so de mar­ca. Un set ofi­cial de «Star Wars» trae per­so­na­jes, esce­nas y con­flic­tos ya defi­ni­dos, de modo que los Smart Bricks tien­den a refor­zar esas his­to­rias con efec­tos pro­gra­ma­dos que enca­jan como ani­llo al dedo. El ries­go es que el niño aca­be repi­tien­do una y otra vez el mis­mo momen­to heroi­co con varia­cio­nes míni­mas, en lugar de des­viar­se hacia rela­tos más extra­ños y per­so­na­les. Aun así, la pro­pia modu­la­ri­dad del sis­te­ma man­tie­ne abier­ta la posi­bi­li­dad de que Darth Vader aca­be com­par­tien­do casa con un dra­gón rosa y un DJ inter­ga­lác­ti­co cons­trui­do con pie­zas suel­tas de otros sets, lo que devol­ve­ría el con­trol al terreno de la mez­cla crea­ti­va. Y ahí, los ladri­llos inte­li­gen­tes pue­den con­ver­tir­se en alia­dos ines­pe­ra­dos de la ima­gi­na­ción más libre si se usan como mate­rial de remix en lugar de como guion cerra­do.

Star Wars con los Lego Smart Bricks

Futuro del juego físico en un mundo enchufado

Los ladri­llos inte­li­gen­tes de Lego se suman a una lar­ga lis­ta de inten­tos por recon­ci­liar el mun­do físi­co con el digi­tal sin caer del todo en las pan­ta­llas. En un con­tex­to don­de bue­na par­te del ocio pasa por inter­fa­ces tác­ti­les y algo­rit­mos de reco­men­da­ción, la idea de un sis­te­ma de blo­ques que reac­cio­na, recuer­da y se coor­di­na con otros ele­men­tos tie­ne un pun­to casi rei­vin­di­ca­ti­vo del jue­go mate­rial. Se refuer­za así la sen­sa­ción de que cons­truir con las manos sigue sien­do rele­van­te, aun­que aho­ra con­vi­va con sen­so­res, soni­dos y peque­ños cere­bros embe­bi­dos en plás­ti­co. La pre­gun­ta de fon­do es si estas pro­pues­tas logra­rán man­te­ner la aten­ción de una gene­ra­ción acos­tum­bra­da al estí­mu­lo cons­tan­te, o si que­da­rán como curio­si­dad cara en la estan­te­ría de las inno­va­cio­nes sim­pá­ti­cas.

Más allá del éxi­to comer­cial, la apues­ta de Lego seña­la una ten­den­cia cla­ra: el futu­ro del jue­go infan­til pasa­rá por sis­te­mas híbri­dos en los que lo digi­tal se escon­da den­tro de lo tan­gi­ble. Esto pue­de deri­var en jugue­tes cada vez más com­ple­jos, dise­ña­dos casi como pla­ta­for­mas, don­de las mar­cas actua­li­cen fun­cio­na­li­da­des y con­te­ni­dos igual que se actua­li­za un soft­wa­re. Para las fami­lias, esto abre el melón de la obso­les­cen­cia y de las com­pa­ti­bi­li­da­des futu­ras, pero tam­bién ofre­ce la posi­bi­li­dad de que un mis­mo con­jun­to de ladri­llos evo­lu­cio­ne con quien jue­ga duran­te años. Mientras tan­to, segui­rá exis­tien­do el pla­cer sen­ci­llo de pisar un ladri­llo des­cal­zo a las tres de la maña­na, recor­da­to­rio dolo­ro­so de que, por muy «smart» que sea, el plás­ti­co sigue sien­do extre­ma­da­men­te real.

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