Cuando la lluvia avisa antes de caer

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Los orígenes: una moto, un desarrollador y una necesidad

Michael Diener tie­ne un curri­cu­lum de esos que sue­nan a pelí­cu­la de Silicon Valley, pero con la par­ti­cu­la­ri­dad de que suce­dió en Berlín a media­dos de la déca­da de 2000 y, lo más impor­tan­te, sin el final típi­co de star­tup adqui­ri­da por una mega­cor­po­ra­ción. Estudió infor­má­ti­ca has­ta 2003 y tra­ba­ja­ba como desa­rro­lla­dor en Java cuan­do la mayo­ría de noso­tros aún no sabía qué era un smartpho­ne. Pasó años como inge­nie­ro de soft­wa­re prin­ci­pal en ser­vi­do­res de ges­tión de dis­po­si­ti­vos móvi­les, apren­dien­do a cons­truir sis­te­mas que no se colap­sa­ran bajo pre­sión. Pero todo eso fue el pró­lo­go.

El ver­da­de­ro comien­zo de Rain Alarm suce­dió como suce­den muchas gran­des cosas en la tec­no­lo­gía: por pura nece­si­dad per­so­nal. Era 2006 cuan­do Diener esta­ba expe­ri­men­tan­do con imá­ge­nes de radar ale­ma­nas, inten­tan­do ver si podía hacer pre­dic­cio­nes meteo­ro­ló­gi­cas. No fun­cio­nó la pre­dic­ción, pero de ese fra­ca­so nació algo mucho más útil: un peque­ño wid­get de Android, crea­do exclu­si­va­men­te para no mojar­se mien­tras iba en moto por Berlín. Imagina la sim­ple­za genial de esa moti­va­ción. No era un pro­yec­to de ven­tu­re capi­tal, no había un plan de nego­cio de cua­ren­ta dia­po­si­ti­vas, solo un desa­rro­lla­dor que can­sa­ba de lle­gar cala­do a sus com­pro­mi­sos.

Lo fas­ci­nan­te es que tar­dó meses en deci­dir­se a publi­car ese wid­get. El pro­ble­ma legal era real: ¿era legal usar datos del ser­vi­cio meteo­ro­ló­gi­co ale­mán? Después de ase­so­ra­mien­to legal y tras pulir el códi­go has­ta que bri­lla­ra, publi­có Rain Alarm el 14 de diciem­bre de 2009, solo para Alemania. Fue un lan­za­mien­to humil­de, sin rui­do de pren­sa, sin cam­pa­ñas de mar­ke­ting masi­vo. Solo un wid­get que hacía lo que pro­me­tía.

Pero aquí es don­de la his­to­ria da un giro. Las pri­me­ras opi­nio­nes de los usua­rios fue­ron genui­na­men­te posi­ti­vas. No el tipo de rese­ñas gené­ri­cas que ves en apps que gene­ran rui­do tem­po­ral. Fueron per­so­nas reales dicien­do que fun­cio­na­ba. Que era útil. Que resol­vía un pro­ble­ma que no sabían que tenían has­ta que alguien lo solu­cio­nó. Eso moti­vó a Diener a cons­truir una apli­ca­ción com­ple­ta alre­de­dor del wid­get y aña­dir la fun­cio­na­li­dad de alar­ma que es hoy el cora­zón de la app. Poco a poco, con­for­me gana­ba con­fian­za, empe­zó a expan­dir­se a más paí­ses don­de el tema del copy­right no era pro­ble­má­ti­co.

El pun­to de infle­xión lle­gó a media­dos de 2010. Diener había acu­mu­la­do algu­nos aho­rros de sus tra­ba­jos como free­lan­ce. La app ya gene­ra­ba algo de dine­ro. La deci­sión fue todo o nada: dejó todo lo demás y con­vir­tió Rain Alarm en su tra­ba­jo a tiem­po com­ple­to. No fue una deci­sión de mul­ti­mi­llo­na­rio ase­so­ra­do por con­sul­to­res. Fue la deci­sión de alguien que creía en lo que esta­ba cons­tru­yen­do.

El servicio continuo: por qué una app de 16 años sigue siendo «un servicio»

Existe un malen­ten­di­do común sobre las apli­ca­cio­nes. La gen­te pre­gun­ta: «Pero si ya está hecha, ¿en qué tra­ba­jas aho­ra?» Es la pre­gun­ta que pro­ba­ble­men­te ha escu­cha­do Diener mil veces en comi­das de fami­lia. La res­pues­ta es incó­mo­da de enten­der para quien vive fue­ra del mun­do del soft­wa­re, pero es la ver­dad que defi­ne todo su tra­ba­jo: Rain Alarm no es una app. Es un ser­vi­cio.

La dife­ren­cia es cru­cial. Un app es algo que escri­bes una vez, lo publi­cas y lis­to. Un ser­vi­cio es una cosa viva que res­pi­ra, que tie­ne que adap­tar­se, que exi­ge man­te­ni­mien­to cons­tan­te. Cuando los ser­vi­cios meteo­ro­ló­gi­cos cam­bian sus for­ma­tos de datos (y lo hacen regu­lar­men­te), alguien tie­ne que rees­cri­bir los par­sers. Cuando Android lan­za una nue­va ver­sión con cam­bios arqui­tec­tó­ni­cos, alguien tie­ne que ase­gu­rar­se de que Rain Alarm siga fun­cio­nan­do. Cuando des­cu­bres que tu cober­tu­ra de un país no es sufi­cien­te, nece­si­tas nego­ciar acce­so a nue­vos datos meteo­ro­ló­gi­cos. Cuando sur­ge una opor­tu­ni­dad de expan­dir­se a un nue­vo terri­to­rio, hay que hacer el tra­ba­jo de inte­gra­ción.

En el caso de Rain Alarm, ese «alguien» ha sido Michael Diener duran­te die­ci­séis años. No toda la empre­sa es él, pero sí la mayor par­te del tra­ba­jo téc­ni­co crí­ti­co.

A fina­les de 2010, cuan­do ya esta­ba «all-in» con Rain Alarm, lle­gó Carlos Aviles, un anti­guo com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo espa­ñol que vive en Berlín. Became su socio y creó la ver­sión para iPhone usan­do el mis­mo ser­vi­dor de fon­do que Diener desa­rro­llo. Desde enton­ces, la divi­sión del tra­ba­jo es cla­ra: Diener mane­ja Android, la web y el ser­vi­dor. Carlos mane­ja iOS. Dos per­so­nas. Una app que fun­cio­na en millo­nes de dis­po­si­ti­vos.

Esa estruc­tu­ra mini­ma­lis­ta es par­te de por qué Rain Alarm exis­te des­pués de die­ci­séis años en un mun­do don­de miles de apps des­apa­re­cen cada mes. No hay capas de geren­tes. No hay reunio­nes de sin­cro­ni­za­ción inter­mi­na­bles. No hay pro­ce­sos buro­crá­ti­cos ralen­ti­zan­do deci­sio­nes. Cuando Diener iden­ti­fi­ca que nece­si­ta usar un mode­lo de IA para fil­trar fal­sos posi­ti­vos en España, Argentina y Estados Unidos, sim­ple­men­te lo imple­men­ta. Y según comen­ta en su nota bio­grá­fi­ca, pro­ba­ble­men­te fun­cio­na mejor que cual­quier cosa que hayan logra­do sus com­pe­ti­do­res.

El tra­ba­jo es grue­so, sí. A veces, Diener lo hace en momen­tos que no vie­nen bien. No es lo que se lla­ma­ría un «nati­vo digi­tal» capaz de escri­bir códi­go dor­mi­do. Pero pre­ci­sa­men­te por esa exi­gen­cia de tra­ba­jo cons­tan­te, es que sigue sien­do desa­rro­lla­dor inde­pen­dien­te. Eso sig­ni­fi­ca que pue­de tra­ba­jar des­de cual­quier sitio y en cual­quier momen­to, pero tam­bién que tie­ne que hacer­lo a veces cuan­do no quie­re.

Hace año y medio, Diener deci­dió mudar­se a los Alpes ita­lia­nos. Una mudan­za así habría sido caó­ti­ca para cual­quie­ra. Para él fue más fácil por­que Rain Alarm esta­ba ya tan bien esta­ble­ci­da que no depen­de de su ubi­ca­ción geo­grá­fi­ca. El códi­go via­ja don­de vayas. Los datos meteo­ro­ló­gi­cos se actua­li­zan solos. Los ser­vi­do­res siguen fun­cio­nan­do. Ahora, en vez de usar la app para no mojar­se en moto, la usa para nave­gar a vela. Y para correr. Y para mon­tar en bici.

La filosofía detrás: por qué las alertas funcionan mejor que las predicciones

Existe un cli­ché en meteo­ro­lo­gía: decir que hace sol cuan­do es impo­si­ble que no haga. Dicho de otra for­ma, los ser­vi­cios meteo­ro­ló­gi­cos tra­di­cio­na­les se obse­sio­nan con pre­de­cir el futu­ro. Quieren saber si llo­ve­rá maña­na, o en tres días, o en una sema­na. Para ello usan mode­los com­ple­jos, esta­dís­ti­cas, algo­rit­mos sofis­ti­ca­dos que pro­ce­san millo­nes de varia­bles. El pro­ble­ma es que cuan­to más lejano es el hori­zon­te tem­po­ral, menos pre­ci­so es el resul­ta­do.

Rain Alarm eli­gió un camino radi­cal­men­te dife­ren­te. En lugar de inten­tar pre­de­cir, moni­to­rea. En lugar de decir­te «hay un 40% de pro­ba­bi­li­dad de llu­via maña­na», obser­va los datos de radar en tiem­po real y te dice «llu­via está lle­gan­do a tu ubi­ca­ción en los pró­xi­mos trein­ta minu­tos». La dife­ren­cia es peque­ña en las pala­bras pero gigan­tes­ca en la prác­ti­ca.

Diener lo expli­ca así: «Los avi­sos siguen fun­cio­nan­do mejor que cual­quier pre­dic­ción, pero solo es cues­tión de tiem­po has­ta que la IA sea sufi­cien­te­men­te bue­na.» Es una decla­ra­ción fas­ci­nan­te por­que reco­no­ce que inclu­so la solu­ción más ele­gan­te tie­ne lími­tes. Pero tam­bién es hones­ta: por aho­ra, saber exac­ta­men­te cuán­do va a llo­ver don­de estás es más útil que espe­cu­lar sobre pro­ba­bi­li­da­des.

Eso expli­ca por qué Rain Alarm es popu­lar entre per­so­nas que pasan tiem­po afue­ra de mane­ra seria. No es para meteo­ro­lo­gía hobis­tas (aun­que ellos tam­bién la usan). Es para ciclis­tas que no quie­ren que una llu­via sor­pre­si­va arrui­ne trein­ta kiló­me­tros de ruta. Es para gen­te con con­ver­ti­bles que nece­si­ta cerrar la capo­ta antes de que lle­gue la tor­men­ta. Es para jar­di­ne­ros, para gen­te que hace pic­nics, para cual­quie­ra cuya cali­dad de vida depen­da de saber exac­ta­men­te cuán­do van a mojar las nubes.

La app fun­cio­na en más de cin­cuen­ta paí­ses en cin­co con­ti­nen­tes. Estados Unidos, Canadá, toda Europa, par­te de Asia, Australia. En cada región, Rain Alarm se conec­ta con los ser­vi­cios meteo­ro­ló­gi­cos loca­les, obtie­ne datos de radar, los pro­ce­sa y te avi­sa. No todas las per­so­nas que la usan saben exac­ta­men­te cómo fun­cio­na, pero eso es pre­ci­sa­men­te el pun­to. La mejor inter­faz es la que des­apa­re­ce.

Diener comen­ta que algu­na vez inten­tó crear otras apps. Pero nin­gu­na fue tan exi­to­sa como Rain Alarm. Hay algo en esa reali­dad que debe­ría hacer pen­sar a cual­quie­ra que sopor­te nego­cios o desa­rro­lle soft­wa­re. No es que Rain Alarm sea per­fec­ta. Es que resuel­ve un pro­ble­ma tan bien que ni siquie­ra nece­si­ta ser per­fec­ta. Solo pre­ci­sa fun­cio­nar cuan­do impor­ta. Y des­pués de die­ci­séis años, sigue impor­tan­do.


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