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Grogu inclina la cabeza, abre mucho los ojos y la película vuelve a tenernos donde quería. Puede estar rodeado de explosiones, monstruos o una cantidad poco razonable de chatarra espacial: basta un gesto del muñeco verde para que todo parezca más simpático. Jon Favreau conoce perfectamente ese poder y lo utiliza sin disimulo. «The Mandalorian and Grogu» sabe que su protagonista más eficaz mide poco, habla todavía menos y lleva años convertido en una máquina de fabricar ternura y productos derivados.
No es una gran aventura de «Star Wars». Aun así, entretiene. Nos ha gustado bastante, aunque ese «bastante» necesita una explicación: funciona como una sesión de cine ligera, con acción continua, criaturas extrañas y una generosa ración de palomitas. Deja poco detrás cuando termina. Entretenida, sí; imprescindible, no.
La película con forma de episodio
La llegada de Din Djarin y Grogu al cine podía haber servido para contar una historia más grande y distinta de lo visto en Disney+. La película dura dos horas y doce minutos, fue rodada pensando en las pantallas IMAX y marca el regreso de «Star Wars» a los cines después de varios años. Sobre el papel, había escala suficiente. En la práctica, muchas veces parece que estamos viendo tres episodios de la serie unidos con habilidad y un presupuesto mayor.
El guion, escrito por Jon Favreau, Dave Filoni y Noah Kloor, parte de una misión sencilla. La Nueva República contrata al mandaloriano y a su aprendiz para enfrentarse a los restos imperiales, y el encargo termina llevándolos hasta Rotta, el hijo de Jabba el Hutt. Hay persecuciones, rescates, naves y monstruos. Casi todo llega a tiempo, cumple su función y deja paso a lo siguiente. Pocas cosas pesan de verdad.
La estructura tiene más de encargo semanal que de gran relato cinematográfico. Din recibe una tarea, visita un lugar, encuentra un obstáculo y continúa. Esa forma de contar historias le sentaba bien a la serie, sobre todo cuando permitía detenerse en un planeta raro o en un personaje secundario. Aquí el ritmo apenas deja reposar nada. Favreau mantiene la máquina en movimiento porque, cuando se detiene, el argumento parece bastante más pequeño que la pantalla.
La película funciona mejor cuando acepta esa modestia. No intenta rehacer la trilogía original ni explicar el destino de la Fuerza. Es una aventura lateral, una excursión por los márgenes de la galaxia. El conflicto existe, aunque nunca sentimos que el universo vaya a venirse abajo. Después de tantas profecías, linajes y amenazas definitivas, esa falta de solemnidad se agradece. La dificultad está en presentar una aventura pequeña con el envoltorio de un acontecimiento enorme.

El casco y las caras conocidas
Pedro Pascal aparece algo más de lo habitual, aunque el casco sigue haciendo buena parte del trabajo. Cuando Din Djarin lleva la armadura, el personaje es una creación compartida: Pascal pone la voz y parte de la interpretación, mientras Brendan Wayne y Lateef Crowder llevan el traje en distintas escenas y se ocupan de buena parte del movimiento y las acrobacias. Así que sí, debajo podría estar durante unos segundos el vecino del quinto, pero ese modo de caminar, girarse o desenfundar no surge solo del metal.
Pascal tiene una voz capaz de dar calidez a un personaje que parece una cafetera blindada. Esa sigue siendo una de las mejores ideas de «The Mandalorian»: el padre más protector de la galaxia casi nunca puede usar la cara. La película aprovecha bien la relación con Grogu, aunque apenas la hace avanzar. Ya sabemos que se quieren y que el pequeño empieza a ser algo más que un paquete adorable que debe ser rescatado. Nada cambia de forma decisiva, pero la pareja mantiene su encanto.
Sigourney Weaver interpreta a la coronel Ward, una responsable de la Nueva República con la autoridad tranquila de quien ya ha visto suficientes guerras. Su presencia provoca una reacción inevitable: durante unos minutos parece razonable esperar que alguna criatura reviente una compuerta y empiece a comerse a la tripulación. No ocurre. Weaver ocupa un papel contenido, casi simbólico, y da la impresión de estar allí porque una actriz con su historia tenía derecho a pasearse alguna vez por «Star Wars». No necesita mucho tiempo para hacer creíble el uniforme, aunque el guion tampoco le ofrece demasiado más.
Jeremy Allen White está todavía más escondido. Presta la voz a Rotta el Hutt y llegó a aprender algo de huttés para el papel, pero entre el diseño digital, la masa corporal y el tratamiento sonoro queda poco del cocinero nervioso de «The Bear». Decir que aparece desmejorado sería injusto: aparece convertido en una babosa gigantesca, musculada y con serios problemas familiares. Es difícil competir con ese maquillaje.

La extraña agilidad de los Hutt
Rotta ya había aparecido como cría en la película animada de «The Clone Wars» de 2008. Ahora ha crecido y se ha convertido en un luchador. La idea permite darle algo de personalidad y separarlo de Jabba, pero exige aceptar una nueva física para la especie. Los Hutt siempre han parecido criaturas diseñadas para gobernar desde un diván, comer de forma desagradable y ordenar que otro haga el trabajo. Aquí se desplazan con una velocidad sorprendente, embisten y hasta saltan sobre otros monstruos.
La escena puede resultar divertida. También obliga a activar un campo de distorsión de la realidad de dimensiones galácticas. «Star Wars» no tiene que obedecer las normas de un documental de naturaleza, pero el movimiento tiene algo extrañamente ingrávido. Una babosa de varias toneladas puede ser rápida si la película establece cómo; aquí parece animada por el mismo principio que permite a un personaje de dibujos atravesar una pared y dejar su silueta marcada.
Esa sensación se extiende a buena parte de la película. Hay decorados físicos, marionetas, animación digital y maquetas. Grogu sigue siendo un muñeco físico reforzado con efectos digitales, y esa mezcla conserva una textura agradable. Sin embargo, la acción está planteada con tanta libertad que por momentos todo parece una producción de animación: los cuerpos rebotan, los monstruos aparecen en el instante preciso y las naves maniobran como juguetes en manos de alguien con mucho entusiasmo.
Eso no tiene por qué ser un defecto. «Star Wars» siempre ha tenido algo de serial y de parque de atracciones. La película abraza esa parte con alegría y ofrece secuencias vistosas, claras y fáciles de seguir. Quiere que Grogu haga algo adorable, que Mando dispare y que una criatura enorme atraviese el plano antes de que se terminen las palomitas. En eso resulta bastante honesta.

Una música para una aventura mayor
Ludwig Göransson recupera el tema del mandaloriano, con esa flauta grave que parece caminar sola por un desierto, y lo amplía con percusión, electrónica y un tratamiento orquestal más grande. La banda sonora entiende mejor que el guion el salto a la gran pantalla. Incluso en escenas que podrían pertenecer sin problemas a la serie, la música añade amplitud y una sensación de viaje que las imágenes no siempre consiguen por sí solas.
Göransson evita limitarse a imitar a John Williams. Conserva el lenguaje musical que creó para «The Mandalorian» y lo hace crecer sin perder su rareza. Hay momentos en los que la partitura empuja demasiado una emoción bastante sencilla, pero también es uno de los pocos elementos que da unidad a una historia construida como una sucesión de misiones. Cuando el argumento parece pequeño, la música abre las ventanas y deja entrar un poco de galaxia.
La película ha recibido críticas divididas por esa contradicción. Es ágil, vistosa y amable, pero también ligera y muy cercana a la televisión. Disney ha reconocido después que no alcanzó sus expectativas de taquilla, aunque Grogu sí ayudó a mover mercancía, visitas a los parques y otros negocios relacionados con la franquicia. La criatura adorable sigue siendo un éxito; la película se ha quedado en una zona más modesta.
Eso encaja bastante bien con lo que ofrece. «The Mandalorian and Grogu» no abre una nueva etapa ni encuentra una forma inesperada de expandir «Star Wars». Añade otra habitación a una casa que lleva décadas ampliándose y en la que ya cuesta recordar dónde estaba la puerta principal. La habitación es cómoda: tiene monstruos, naves, una actriz legendaria y un Hutt que se mueve como si hubiera entrenado para los Juegos Olímpicos.
Y tiene a Grogu. A veces basta con eso durante dos horas. El pequeño mira, come, pulsa el botón que no debe y vuelve a salvar una escena que empezaba a quedarse sin aire. Salimos entretenidos y sin necesidad de discutir durante días sobre el destino de la galaxia. No es poco, aunque tampoco sea mucho. Es una película para pasar el rato, sonreír varias veces y vaciar un cubo de palomitas. Este es el camino, pero no hace falta recorrerlo dos veces.