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Una piel de naranja no se deja convertir en un rectángulo sin protestar. Si intentamos aplanarla, hay que romperla, estirarla o aceptar huecos. Con la Tierra ocurre lo mismo, solo que la geometría ha tenido siglos para disimular las costuras. Cada mapamundi que colgamos en una pared es una negociación: conserva unas cosas y deforma otras.
Ese detalle técnico acaba de salir de los departamentos de cartografía. El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de la ONU respaldó una resolución impulsada por Togo y apoyada por la Unión Africana para promover mapas que representen mejor las superficies relativas de los continentes. La protagonista es Equal Earth, una proyección creada en 2018. No viene a descubrir que África es grande; viene a recordarnos que llevamos demasiado tiempo mirándola en mapas que la encogen visualmente.
En este artículo
- La Tierra se deja dibujar, pero no aplanar
- Mercator no diseñó un villano
- África no es tan pequeña
- Equal Earth arregla el área, no el planeta
- Mercator sigue viviendo en el móvil
La Tierra se deja dibujar, pero no aplanar
El problema no está en que los cartógrafos hayan hecho mal su trabajo. Está en que una superficie curva no puede desplegarse sobre un plano conservando a la vez forma, área, distancia y dirección. El Servicio Geológico de Estados Unidos lo resume de manera bastante poco romántica: todo mapa plano representa mal la superficie terrestre de alguna forma.
De ahí salen las proyecciones cartográficas. Son métodos matemáticos para convertir latitudes y longitudes en coordenadas sobre un plano. Algunas priorizan las áreas, otras los ángulos, otras ciertas distancias o direcciones. Las hay cilíndricas, cónicas, azimutales y de compromiso. Lo importante no es encontrar «la correcta», porque no existe, sino elegir la menos incorrecta para lo que queremos contar.
Un mapa meteorológico, uno de navegación y otro que compare la población de los continentes no tienen por qué usar la misma proyección. De hecho, probablemente no deberían. El problema empieza cuando una solución diseñada para una tarea concreta termina convertida en el aspecto «normal» del planeta.

Mercator no diseñó un villano
Gerardus Mercator publicó su célebre proyección en 1569. Su gran ventaja era extraordinariamente práctica: las líneas de rumbo constante podían dibujarse como líneas rectas. Para un navegante que trabajaba con brújula, carta y regla, aquello era una herramienta magnífica.
Mercator es una proyección conforme. Conserva los ángulos y representa razonablemente bien las formas a escala local, pero paga la factura agrandando las superficies conforme nos alejamos del ecuador. Los polos, de hecho, se van matemáticamente al infinito y no pueden aparecer en el mapa. Groenlandia crece hasta parecer comparable con África; Rusia, Canadá y el norte de Europa adquieren una presencia que sus kilómetros cuadrados reales no justifican.
Eso no convierte a Mercator en una estafa cartográfica ni demuestra que su autor quisiera empequeñecer África. Sería una acusación bastante cómoda cuatro siglos y medio después. La proyección resolvía un problema real de navegación y lo resolvía bien. El abuso llegó después, cuando un mapa pensado para mantener direcciones acabó en aulas, atlas, periódicos y paredes como representación general del mundo.
Ahí está la clave. Una deformación matemática puede ser inocente en su origen y aun así producir una percepción engañosa cuando se utiliza fuera de contexto.

África no es tan pequeña
La comparación más eficaz es casi grosera de lo evidente: África tiene alrededor de catorce veces la superficie de Groenlandia. En muchos mapamundis de Mercator, sin embargo, ambas parecen de un tamaño parecido. Basta esa pareja para entender qué está en discusión.
La Unión Africana convirtió el asunto en una iniciativa política y educativa. En febrero de 2026 adoptó Equal Earth como referencia para representar con mayor precisión el continente y pidió revisar los currículos nacionales. Meses después, Togo llevó la propuesta a Naciones Unidas. El 4 de septiembre la Asamblea General la respaldó por 164 votos a favor, uno en contra —Estados Unidos— y seis abstenciones.
Conviene afinar el titular: la ONU no ha prohibido Mercator ni ha ordenado borrar de internet todos los mapas rectangulares. La resolución es no vinculante y anima a gobiernos, centros educativos, organizaciones internacionales y empresas tecnológicas a utilizar Equal Earth u otras proyecciones de áreas equivalentes cuando el tamaño relativo sea relevante. Mercator conserva usos perfectamente válidos, entre ellos los relacionados con la navegación.
El debate tiene además una dimensión política. La Unión Africana habla de «justicia cognitiva» y vincula la persistencia de esas representaciones con una visión históricamente reducida del continente. La idea puede sonar abstracta hasta que se coloca un mapa delante. Lo que ocupa más espacio parece más grande, y lo que parece más grande recibe también más peso mental. Un mapa no decide la geopolítica, pero tampoco es un cristal neutro.
Hay, eso sí, que separar dos discusiones que a veces se mezclan alegremente. Una cosa es comprobar matemáticamente que Mercator deforma las superficies; otra, atribuir a su creador una intención colonial que la historia de la proyección no demuestra. La cuestión política contemporánea está sobre todo en haber mantenido durante siglos esa representación como mapamundi de propósito general, mucho después de que dejara de ser la única opción disponible.

Equal Earth arregla el área, no el planeta
Equal Earth nació en 2018 de la colaboración entre Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny. Es una proyección pseudocilíndrica de áreas equivalentes: mantiene correctamente la proporción entre superficies. Si África tiene unas catorce veces la superficie de Groenlandia en el planeta, conserva esa relación en el mapa.
Sus autores buscaron además que los continentes siguieran siendo reconocibles. La inspiración visual procede de la proyección Robinson, muy utilizada por su aspecto equilibrado, pero que no conserva exactamente las áreas. Equal Earth intenta combinar esa apariencia relativamente familiar con una propiedad matemática clara.
Naturalmente, el arreglo desplaza la deformación a otro sitio. Las formas se estiran, las distancias no son uniformemente correctas y las direcciones tampoco pueden leerse como en Mercator. Es el viejo problema de la piel de naranja, solo que resuelto con ecuaciones bastante más elegantes que unas tijeras.
Por eso tampoco conviene convertir Equal Earth en el nuevo mapa «verdadero». Es más fiel cuando queremos comparar superficies, y eso la hace especialmente adecuada para educación, mapas estadísticos, clima, población, agricultura, recursos o biodiversidad. Para otros trabajos habrá proyecciones mejores. La cartografía sensata empieza admitiendo que cada mapa tiene un propósito.

Mercator sigue viviendo en el móvil
Hay una ironía interesante: mientras instituciones y escuelas discuten qué mapamundi debería representar mejor el planeta, buena parte de la cartografía digital sigue apoyándose en una descendiente de Mercator.
Google Maps utiliza una variante de Mercator para organizar las coordenadas y teselas de sus mapas. La representación se corta aproximadamente en los 85 grados norte y sur porque la proyección se dispara al aproximarse a los polos. Mapbox también mantiene Web Mercator para numerosos usos y para navegación, aunque sus herramientas actuales permiten representar el mundo como globo y emplear proyecciones como Equal Earth, Albers o Winkel Tripel.
Eso no significa que el GPS «crea» que Groenlandia mide como África. El posicionamiento y la representación visual son asuntos distintos. Web Mercator triunfó porque encaja muy bien con mapas interactivos divididos en cuadrados, permite gestionar el zoom con facilidad y se convirtió en un estándar práctico para combinar capas de diferentes proveedores. A escala de una ciudad, además, aquellas espectaculares deformaciones que vemos en un mapamundi tienen bastante menos importancia. Esa relación entre territorio y pantalla aparece también en «Asturias a golpe de pantalla, en tiempo real», donde el mapa deja de ser una lámina y se convierte en una capa de información que cambia constantemente.
La resolución de la ONU, por tanto, se parece menos a una jubilación completa de Mercator que a una corrección de hábitos. Durante mucho tiempo hemos utilizado el mismo martillo para clavar cualquier cosa que se pareciera vagamente a un clavo. Ahora se recuerda algo que los cartógrafos saben desde hace siglos: antes de dibujar el mundo conviene preguntarse para qué queremos ese dibujo.
Quizá esa sea la parte más útil de toda la discusión. No existe un mapa fiel en términos absolutos. Existen mapas fieles a una propiedad, a una escala y a una finalidad. Equal Earth muestra mejor cuánto territorio ocupa cada continente; Mercator sigue siendo excelente para determinadas direcciones; un globo evita buena parte del problema a costa de no caber en una hoja. Incluso nuestras infraestructuras pueden cambiar cómo percibimos esas distancias, como ocurre en «Túneles gigantes que doblan el mapa».
Y hay cierta justicia poética en que una decisión internacional sobre mapas nos obligue a mirar el mapa con un poco más de desconfianza. No porque mienta, sino porque siempre está eligiendo qué verdad conservar y cuál deformar.