He-Man recupera el poder sin complejos

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La espada se alza, el cielo se abre y durante unos segundos vuelve a resultar perfectamente razonable que un hombre rubio, vestido con arnés, invoque el poder de un castillo con forma de calavera. Esa es la primera victoria de «Masters of the Universe»: no pide disculpas por He-Man. Travis Knight entiende que Eternia siempre fue un lugar donde una montura felina, una hechicera alada, robots, bárbaros y armas láser podían compartir viñeta sin presentar documentación.

La película dura dos horas y veinte minutos, más de lo que necesita. Aun así, nos ha gustado bastante. Tiene color, ritmo, personajes reconocibles y una simpatía que sobrevive incluso a los chistes que llegan con el piloto automático puesto. Frente a tantos relanzamientos que parecen avergonzados de su origen, este al menos levanta la espada con convicción.

Una Eternia construida con varias Eternias

Hablar de fidelidad en «Masters of the Universe» es complicado porque no existe una única versión a la que ser fiel. Los primeros minicómics que Mattel incluía con las figuras presentaban a He-Man como un bárbaro errante en una Eternia casi posapocalíptica, llena de selvas, ruinas tecnológicas y restos de una guerra antigua. Prince Adam todavía no era su identidad secreta. Esa mitología se fue modificando en los cómics posteriores y terminó asentándose con la serie de Filmation: Adam, hijo de Randor y Marlena, se transforma al invocar el poder de Grayskull.

La nueva película toma piezas de esas continuidades y las encaja sin demasiado pudor. Recupera al príncipe separado de su mundo, la transformación, la familia real, Teela, Man-At-Arms, la Hechicera y el tono de ciencia ficción fantástica. También conserva algo de la rudeza de los primeros dibujos de Alfredo Alcalá: Eternia vuelve a parecer un planeta antiguo y peligroso. El resultado se acerca más al espíritu general de los cómics que la adaptación de 1987, aunque no reproduzca exactamente ninguna etapa.

La película de Gary Goddard cometía una maniobra bastante más drástica. Tras un comienzo prometedor en Eternia, enviaba a He-Man, Teela, Man-At-Arms y Gwildor a una localidad terrestre mediante la Llave Cósmica. La aventura terminaba ocupada por gimnasios, calles, coches de policía y dos jóvenes humanos interpretados por Courteney Cox y Robert Duncan McNeill. La producción trabajaba con un presupuesto y un calendario muy apretados; el propio McNeill recordaba que pronto resultó evidente que se estaban recortando medios y que ni siquiera estaba claro si lograrían terminar el rodaje.

La versión actual también lleva a Adam a la Tierra, pero cambia el sentido del viaje. Ya no parece una vía de escape para abaratar Eternia, sino una parte de su identidad. Adam ha aprendido a vivir en un mundo sin magia y debe decidir si quiere regresar al lugar al que pertenece. La idea le concede al protagonista algo que Dolph Lundgren apenas tuvo: una vida antes de convertirse en estatua.

Travis Knight incorpora además referencias directas a la película anterior. El vestuario de Teela mezcla elementos de la serie animada con la indumentaria de Chelsea Field, reaparecen personajes creados para la adaptación de 1987 y la interpretación de Frank Langella fue una de las referencias utilizadas para construir al nuevo Skeletor. El cameo de Lundgren completa el homenaje sin convertir la película en una ceremonia nostálgica interminable.

El músculo y lo que ocurre alrededor

Nicholas Galitzine no posee la presencia granítica de Lundgren, y la película tampoco pretende que la tenga. Su Adam es más ágil, vulnerable y expresivo. Se le cree incómodo con el papel que le han reservado y, cuando aparece He-Man, la transformación afecta a algo más que al perímetro de sus brazos. Galitzine interpreta a una persona que adopta una figura mítica; Lundgren, en cambio, parecía una figura mítica intentando aprender a conversar. Aquella rigidez tenía cierto encanto. Cada frase sonaba como si hubiera sido cincelada poco antes del rodaje.

Lundgren hizo buena parte de sus escenas de acción y soportó un traje mínimo durante exteriores invernales. También arrastraba la inseguridad de su acento tras «Rocky IV». Su He-Man era limitado como personaje, aunque físicamente irrepetible. Galitzine es mejor actor y sostiene mejor la película; Lundgren sigue pareciendo más imposible, que es una cualidad útil cuando uno interpreta al hombre más poderoso del universo.

Camila Mendes recibe una Teela mucho más agradecida que Chelsea Field. Tiene iniciativa, ironía y una relación creíble con Adam. Field aportaba una dureza seca muy apropiada, pero el guion de 1987 la trataba sobre todo como acompañante armada.

Algo parecido sucede con Idris Elba. Su Duncan combina autoridad, cansancio y afecto paternal, mientras Jon Cypher debía abrirse paso entre diálogos funcionales y una historia que abandonaba pronto el reino que él defendía. Elba no necesita elevar la voz para transmitir que Man-At-Arms lleva años intentando mantener en pie un mundo roto.

Alison Brie convierte a Evil-Lyn en una conspiradora rápida, divertida y algo contemporánea en sus gestos. Funciona dentro del tono de Knight, aunque pierde parte de la extrañeza de Meg Foster. Los ojos de Foster y su quietud parecían llegar desde una película bastante menos familiar. Brie tiene más escenas para construir el personaje; Foster necesitaba quedarse inmóvil mirando a alguien.

Morena Baccarin aporta serenidad a la Hechicera y James Purefoy evita que el rey Randor quede reducido a un dispensador de frases solemnes. Kristen Wiig, como voz de Roboto, representa mejor el tipo de humor que divide a la película: algunas intervenciones son realmente divertidas y otras parecen escritas por miedo a que una escena permanezca seria durante más de un minuto.

El duelo más difícil es Skeletor. Jared Leto ofrece una interpretación aparatosa, modulada entre la amenaza, el resentimiento y el espectáculo. Hay momentos en los que encuentra una crueldad interesante, pero el diseño digital, la voz procesada y el movimiento constante compiten con él.

Frank Langella disponía de látex, un vestuario enorme y discursos que él mismo ayudó a revisar. Decidió interpretar el material con una seriedad casi shakespeariana, y esa elección sigue siendo formidable. No se burlaba de Skeletor ni parecía esperar que el público lo hiciera. Leto resulta entretenido; Langella dominaba la habitación.

Cuando Grayskull deja de ser un pasillo

La diferencia visual entre ambas películas no se reduce a que ahora haya más dinero y ordenadores más rápidos. En 1987, la escasez concentraba el efecto en el rostro de Skeletor, la Llave Cósmica, los soldados, los trajes y algunos decorados. Muchas ilusiones han envejecido, pero conservan volumen. Los personajes pisan superficies, rozan armaduras y se mueven dentro de espacios que, aunque pequeños, estaban delante de la cámara.

El maquillaje de Langella sigue resultando especialmente eficaz porque permite ver la interpretación bajo la prótesis. Su Skeletor tiene algo de máscara teatral y algo de criatura de pesadilla. Los soldados metálicos, los rayos ópticos y determinados fondos pintados revelan inmediatamente su edad, pero forman parte de una misma textura artesanal. La película actual posee medios mucho mayores, aunque no siempre esa unidad.

La nueva producción contiene 2181 planos ampliados o creados mediante efectos digitales y reunió a estudios como ILM, DNEG, Rodeo FX y Cinesite. También construyó decorados y utilizó intérpretes y referencias físicas para criaturas como Cringer o Roboto, combinándolos después con animación digital. Ese trabajo permite mostrar Eternos, Grayskull, vehículos, ejércitos y paisajes con una amplitud que la película de Cannon ni podía plantearse.

Lo mejor es el color. Knight se resiste al gris industrial que suele acompañar a las fantasías actuales. Eternia tiene verdes venenosos, metales dorados, cielos imposibles y arquitectura desmesurada. La película comprende que un castillo-calavera no gana credibilidad si se ilumina como un aparcamiento. La transformación de Adam está diseñada como un acontecimiento, no como una transición administrativa.

También se agradece que la tecnología de Eternia conserve cierto aspecto de juguete. Los vehículos no parecen diseñados por una empresa militar preocupada por la aerodinámica, sino por alguien que quiere que un niño pueda reconocer su silueta desde el otro extremo de la habitación. Los cómics originales mezclaban objetos medievales y máquinas futuristas sin explicar demasiado la convivencia. La nueva película recupera ese desorden.

El exceso llega durante las grandes batallas. Cuando cada superficie emite luz, cada fondo se mueve y cada personaje digital salta al mismo tiempo, la imagen pierde jerarquía. La película de 1987 ofrecía poco; esta ofrece tanto que a veces cuesta decidir dónde mirar. Los efectos actuales son infinitamente más capaces, pero no siempre más memorables. El maquillaje de Langella sigue teniendo más identidad que varias docenas de soldados impecablemente renderizados.

Dos bandas sonoras levantan la espada

Bill Conti compuso para la película de 1987 una música mucho mayor que la película. Su partitura era plenamente orquestal, construida mediante temas reconocibles para He-Man, Skeletor, Evil-Lyn, Eternia y la Llave Cósmica. El tema principal tiene una claridad inmediata: presenta al héroe antes de que el guion encuentre algo interesante que darle.

La música de Conti no utiliza el tema de la serie animada. Prefiere construir una identidad independiente, muy cercana a las grandes partituras sinfónicas de aventuras espaciales. A ratos resulta evidente la sombra de John Williams, pero hay suficiente energía y oficio para que la comparación no la aplaste. Sus fanfarrias transforman una persecución por una calle californiana en una batalla por el destino de Eternia.

Daniel Pemberton opta en 2026 por una partitura maximalista. Orquesta, coros, sintetizadores, batería y guitarras eléctricas conviven sin guardar demasiado las formas. Brian May participa con su Red Special, una decisión que acerca la música al exceso sincero de «Flash Gordon» y que encaja muy bien con la película. El tema de Eternia avanza con una energía exuberante, mientras el motivo de la Espada del Poder recupera discretamente una forma melódica asociada a la serie animada.

Conti gana en nobleza melódica y en capacidad para sostener por sí solo una escena. Pemberton gana en variedad y en relación con las imágenes concretas de esta nueva Eternia. La banda sonora de 1987 intentaba agrandar la película. La actual ya vive dentro de una superproducción y se dedica a empujarla aún más.

Ese es también el principal defecto de «Masters of the Universe». Quiere incorporar los juguetes, los minicómics, Filmation, la película de 1987, la comedia contemporánea, el relato de regreso al hogar y el comienzo de una franquicia. Durante algunos tramos, dos horas y veinte minutos parecen el precio de meter toda la caja de figuras en una sola aventura.

La recepción crítica ha sido dividida, mientras el público ha respondido con bastante más entusiasmo. La distancia resulta comprensible ante una película que funciona mejor cuando uno acepta su falta de discreción. Sus bromas y su duración pueden irritar, pero debajo de ellas existe un afecto verdadero por esos personajes y por la extraña combinación de fantasía heroica y juguetería que los produjo.

Knight ha hecho algo que la versión anterior apenas podía permitirse: dejar que He-Man viva en su propio mundo. La película de 1987 conserva la textura, la música de Conti, el magnetismo de Langella y esa dignidad peculiar de las obras que fracasan con entusiasmo. La nueva es más completa, está mejor interpretada y se acerca mucho más a la mezcla original de espada, tecnología y fantasía. También es demasiado larga y demasiado consciente de que cada personaje puede regresar en otra entrega.

Al final queda la espada. Un objeto absurdo, enorme, completamente reconocible. Galitzine la levanta sin ironía suficiente para arruinar el momento. Y durante ese instante, que era lo importante, vuelve a tener el poder.

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