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Un piloto estadounidense cae en territorio soviético en 1987 y despierta en manos de un antiguo agente de la KGB. Con esa premisa, «Mayday» podría haberse convertido en otro thriller de espionaje con tipos serios mirando mapas bajo una bombilla. John Francis Daley y Jonathan Goldstein eligen el camino contrario: convierten la Guerra Fría en el terreno de juego de una comedia de acción donde el elemento decisivo no son los secretos militares, sino la extraña convivencia entre Ryan Reynolds y Kenneth Branagh.
La película, estrenada en Apple TV el 4 de septiembre de 2026 y con una duración de 1 hora y 50 minutos, parte de una misión ultrasecreta que deja al teniente Troy «Assassin» Kelly atrapado tras las líneas enemigas. Allí aparece Nikolai Ustinov, exagente soviético con una fascinación bastante poco discreta por la cultura estadounidense. A partir de ese encuentro, la historia se mueve entre el cine de espías, la buddy movie, la persecución y la comedia física sin exigir al espectador que haga demasiadas horas extra.

La Guerra Fría, pero sin congelarse
«Mayday» está ambientada en 1987, cuando la Unión Soviética seguía existiendo pero la Guerra Fría ya empezaba a mostrar grietas. La película utiliza ese contexto más como combustible narrativo que como clase de historia. Hay desconfianza, burocracia, militares, controles y dos hombres que, en teoría, deberían considerarse enemigos. Daley y Goldstein prefieren preguntarse qué pasa cuando se obliga a esos dos tipos a compartir espacio, objetivos y unas cuantas situaciones bastante incómodas.
El mecanismo es conocido y tampoco intenta esconderlo. Los propios directores han explicado que la idea inicial tenía algo de «Misery» —alguien atrapado junto a una persona cuyas intenciones no termina de comprender— y que después la ampliaron hacia una aventura de compañeros en la tradición de «Midnight Run». A eso se suma una relación muy consciente con «Top Gun», estrenada precisamente en 1986 y convertida aquí en parte del imaginario de los personajes.
La combinación funciona porque «Mayday» no pretende desmontar el género desde una superioridad irónica. Le gustan demasiado los aviones, las persecuciones, los golpes y los héroes improbables como para burlarse de ellos. El humor aparece dentro de esa maquinaria, no encima. Hay escenas que rozan deliberadamente el disparate, pero la película conserva suficiente seriedad visual para que la acción tenga peso.
No todo resulta igual de fresco. La estructura de pareja incompatible obligada a colaborar tiene más kilómetros que muchos de los vehículos que aparecen en pantalla, y algunos giros pueden intuirse con bastante antelación. Pero el guion avanza deprisa, dura menos de dos horas y entiende una regla elemental que algunas producciones de plataforma parecen haber olvidado: una comedia de acción no necesita justificar su existencia durante cuarenta minutos antes de empezar a divertirse.


Reynolds y Branagh: el desequilibrio funciona
Ryan Reynolds interpreta a Troy Kelly en un registro reconocible. Es competente, impulsivo, rápido con la respuesta y bastante consciente de su propio encanto. Quien tenga alergia al «modo Reynolds» difícilmente encontrará aquí el antihistamínico definitivo. Pero la película controla mejor esa tendencia de lo que cabría esperar porque no convierte cada diálogo en una competición por colocar la siguiente ocurrencia.
La elección verdaderamente buena es Kenneth Branagh. Nikolai podría haber quedado reducido al ruso excéntrico que sirve de contrapunto al americano listo, pero Branagh lo interpreta con una mezcla de gravedad, candidez y absoluta falta de vergüenza que acaba robando buena parte de la película. Su humor funciona precisamente porque rara vez parece estar intentando ser gracioso.
También hay algo agradable en ver a Branagh metido físicamente en una película de acción. El contraste entre ambos no se limita al guion: Reynolds trabaja desde la velocidad y el comentario; Branagh, desde la pausa, la mirada y una solemnidad que puede desinflarse de forma muy divertida en el momento adecuado.
El reparto secundario tiene menos espacio. Maria Bakalova interpreta a Anna Ustinov, Marcin Dorociński a Alexander Volkov y David Morse a Harold Kelly. Cumplen funciones importantes alrededor de la pareja central, pero «Mayday» sabe perfectamente dónde está su principal activo y vuelve una y otra vez a Reynolds y Branagh. Es una de esas películas en las que la química entre dos actores termina siendo más importante que la originalidad de la trama.

Una comedia que quiere parecer película
Daley y Goldstein ya habían demostrado en «Game Night» y «Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves» que no entienden la comedia como una excusa para colocar dos cámaras, iluminarlo todo de manera uniforme y esperar a que los actores salven el día. Aquí vuelven a trabajar con el director de fotografía Barry Peterson y el resultado tiene textura, escala y una puesta en escena bastante más cuidada de lo habitual en una comedia destinada directamente al streaming.
Los directores rodaron aviones reales sobre el Mediterráneo, en el sur de Francia, y después adaptaron digitalmente esas aeronaves para que encajaran con la época. Para los planos de cabina utilizaron en Montreal un F-18 real integrado en un escenario de volumen. También consultaron a antiguos pilotos militares para reproducir movimientos y procedimientos con una cierta lógica, aunque nadie debería utilizar «Mayday» para preparar un examen de aviación naval.
El rodaje pasó además por Montreal y Budapest. La fotografía aprovecha muy bien la nieve, los interiores soviéticos, los vehículos y la arquitectura monumental sin convertir 1987 en un parque temático de objetos vintage. Hay efectos visuales, naturalmente, pero la película intenta que la base física de las escenas siga siendo visible. Ese esfuerzo se nota especialmente porque el género de la comedia de acción lleva años acostumbrándonos a imágenes que parecen haber sido aprobadas por un comité de fondos de pantalla.
El montaje de Jamie Gross y John Lee mantiene un ritmo rápido sin triturar las escenas de los actores. Eso permite que los chistes respiren y que las secuencias de acción se entiendan. Parece una observación modesta, pero ver quién golpea a quién y por qué continúa siendo una cortesía bastante apreciable.
Detrás de la película están Apple Original Films, Skydance Media y Maximum Effort. Daley y Goldstein firman dirección, guion y producción; David Ellison, Dana Goldberg, Don Granger, Ashley Fox y Johnny Pariseau figuran entre los productores, mientras Reynolds participa como productor ejecutivo. Es una producción grande para una historia que, en el fondo, depende de algo bastante pequeño: que dos actores funcionen cuando los encierras juntos.
La banda sonora también toma partido
La música original es de Colin Stetson, compositor y saxofonista cuyo trabajo anterior incluye «Hereditary» y «The Menu». Su partitura para «Mayday» cuenta con 21 cortes y acompaña la acción sin intentar convertir cada movimiento en un desfile militar. Hay tensión, percusión, impulsos mecánicos y momentos más ligeros, pero el elemento musical que más personalidad aporta a la película procede de las canciones licenciadas.
Bruce Springsteen ocupa un lugar especial porque la fascinación de Nikolai por Estados Unidos también pasa por la música. Varias canciones del álbum «Born in the U.S.A.» aparecen a lo largo del filme, entre ellas «Downbound Train» e «I’m on Fire». No funcionan únicamente como decoración ochentera: ayudan a explicar qué clase de Estados Unidos ha construido el personaje en su cabeza, una mezcla de discos, películas y cultura popular recibida desde el otro lado del telón de acero.
También aparecen nombres como Van Halen y Animotion, mientras «Top Gun» entra directamente en el juego cultural de la película. La selección musical y esos fragmentos de cultura popular forman parte del personaje de Nikolai y ayudan a construir el choque entre dos culturas que oficialmente se observaban con recelo mientras consumían, clandestina o abiertamente, imágenes del contrario.



Más historias donde importa la pareja
Buena parte de «Mayday» funciona porque, por debajo de los aviones, los espías y la Guerra Fría, hay una historia basada en dos personajes obligados a entenderse. Algo parecido ocurre, aunque desde lugares muy distintos, en «Sunny», donde la relación entre una mujer y un robot sostiene una mezcla bastante peculiar de duelo, misterio y humor. También en «El día de la revelación», de Steven Spielberg, el espectáculo termina dependiendo de cómo reaccionan los personajes ante algo que los supera. Y en «Proyecto Hail Mary», ciencia, aislamiento y una amistad inesperada vuelven a demostrar que incluso las producciones más grandes necesitan algo más que efectos especiales para funcionar.
Una misión bastante sencilla: entretener
«Mayday» no reinventa la comedia de acción y tampoco parece sufrir por ello. Sabe que su mejor idea consiste en poner a Ryan Reynolds y Kenneth Branagh en el mismo encuadre, darles motivos para desconfiar el uno del otro y después dejar que la relación haga el trabajo.
Reynolds está en terreno conocido, Branagh disfruta como si alguien le hubiera dado permiso para escapar durante unas horas de Shakespeare, Poirot y los dramas de prestigio, y Daley y Goldstein filman todo con un cuidado visual que evita el aspecto de producto de plataforma fabricado para desaparecer del menú en tres semanas.
Hay películas que llegan acompañadas de la obligación de explicar por qué son importantes. «Mayday» se conforma con algo más práctico: dos estrellas con química, acción que se entiende, humor que casi siempre entra bien y una banda sonora con suficiente Springsteen como para que hasta un antiguo agente de la KGB empiece a parecer un vecino de Nueva Jersey.
No es poco. Y, durante 110 minutos, tampoco hace falta mucho más.