Cuando la nube se muda al barrio

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En Ashburn, Virginia, hay barrios donde mirar por la ventana significa ver una casa, unos árboles y, al fondo, una mole rectangular repleta de servidores. En otros puntos del condado de Loudoun, el paisaje añade subestaciones y líneas eléctricas de alta tensión. La «nube» resulta bastante menos vaporosa cuando aparece detrás de la valla del jardín.

Durante años, aquello fue un buen negocio. Loudoun convirtió la infraestructura que había dejado la primera gran expansión de Internet en una formidable concentración de centros de datos. El dinero entró, los impuestos residenciales bajaron y el condado pudo financiar escuelas, carreteras y servicios. Ahora, con la inteligencia artificial disparando las necesidades de cómputo y electricidad, una parte de sus vecinos empieza a preguntarse cuánto centro de datos cabe realmente en un lugar antes de que deje de parecer el lugar donde vivían.

La historia de Loudoun resulta especialmente útil porque no permite una respuesta cómoda. Los centros de datos han aportado beneficios económicos claros. También han generado problemas de planificación, ruido, consumo energético y nuevas infraestructuras eléctricas que llegan hasta zonas residenciales. Es lo que ocurre cuando algo que durante años se trató casi como un edificio de oficinas termina comportándose como una instalación industrial de enorme intensidad energética.

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Un condado hecho para Internet

Loudoun no se convirtió por casualidad en «Data Center Alley». Está junto a Washington D. C., dispone de una densa red de fibra óptica y heredó infraestructura de la época en la que AOL y otras compañías convirtieron Ashburn en uno de los grandes nodos físicos de Internet. Cuando la burbuja puntocom se desinfló y después llegó la crisis inmobiliaria, el condado tenía edificios, fibra, suelo y necesidad de diversificar unos ingresos demasiado dependientes de la vivienda.

La apuesta funcionó. Lo que comenzó con instalaciones relativamente discretas acabó convirtiéndose en una especialización territorial. A 1 de enero de 2026, el propio condado contabilizaba 209 centros de datos terminados y otros 43 en construcción, con más de 44 millones de pies cuadrados ya edificados. Northern Virginia, además, concentraba en el estudio de la JLARC de 2024 alrededor del 13 % de la capacidad mundial de centros de datos declarada.

Había, sin embargo, una pequeña bomba urbanística escondida en el contrato. En 2000, Loudoun empezó a tratar los centros de datos de manera parecida a los parques de oficinas. Eso facilitó que muchos pudieran construirse by right, es decir, sin el tipo de revisión especial que habría acompañado a una actividad industrial más evidente. Sobre el plano eran edificios. Dentro había miles de máquinas funcionando día y noche.

Durante bastante tiempo la diferencia no importó demasiado. Luego crecieron el tamaño, la densidad de servidores y, sobre todo, la cantidad de electricidad necesaria para mantenerlos trabajando.

El negocio que sí deja dinero

Sería fácil contar esta historia como otra batalla entre vecinos y grandes tecnológicas, pero perderíamos lo más interesante: Loudoun tiene buenos motivos para apreciar sus centros de datos.

El condado afirma que estas instalaciones generan casi la mitad de sus ingresos por impuestos sobre la propiedad. En 2024 añadieron unos 16.000 millones de dólares de valor a la base inmobiliaria vinculada al sector, hasta alcanzar aproximadamente 41.000 millones. El tipo del impuesto sobre bienes inmuebles pasó de 1,145 dólares por cada 100 dólares de valoración en 2016 a 0,805 en 2026. Los servidores no son especialmente bonitos, pero fiscalmente tienen un encanto difícil de discutir.

Hay además actividad económica asociada a su construcción. El estudio de la Joint Legislative Audit and Review Commission de Virginia calculó que el sector aporta anualmente unos 9.100 millones de dólares al PIB del estado. Conviene mirar la letra pequeña: gran parte de ese efecto procede de construir los complejos, no de operarlos. Un centro de unas 250.000 pies cuadrados puede mantener alrededor de 50 empleos a tiempo completo, mientras que durante su obra puede reunir en los momentos de máxima actividad a unos 1.500 trabajadores.

Es decir, un centro de datos puede ser una magnífica máquina de inversión y recaudación sin convertirse por ello en una fábrica con miles de empleados permanentes. Esa distinción ayuda a entender por qué el entusiasmo municipal puede convivir con una sensación vecinal bastante menos jubilosa.

La nube pesa, zumba y pide electricidad

El principal cambio de escala viene de la energía. La nube siempre necesitó electricidad, pero la expansión de la IA generativa ha añadido servidores acelerados con GPU y cargas de trabajo mucho más intensivas. No es la única causa del crecimiento, aunque sí una de las que más deprisa está empujando la demanda.

Lawrence Berkeley National Laboratory estimó en su actualización de 2026 que los centros de datos podrían representar alrededor del 11,8 % de todo el consumo eléctrico estadounidense en 2030, con un intervalo de escenarios entre el 9,5 y el 15,3 %. PJM, la organización que coordina la red eléctrica de buena parte del este de Estados Unidos, calcula que la demanda atribuible al crecimiento de centros de datos podría aumentar hasta unos 30 GW entre 2025 y 2030.

Eso ya no se resuelve escondiendo otro cable bajo la acera. Hace falta generación, líneas de alta tensión, subestaciones y contratos capaces de sostener consumos enormes durante años.

En Loudoun, esa infraestructura secundaria se ha convertido en parte del conflicto. Hay proyectos de nuevas líneas de 500 y 230 kV en el entorno de Ashburn y algunos trazados han provocado enfrentamientos con comunidades residenciales. En un reportaje de The Verge recoge además quejas por el zumbido continuo de los sistemas de refrigeración y por instalaciones que han recurrido temporalmente a generación propia cuando la capacidad de conexión a la red no llegaba a tiempo.

El problema del ruido es especialmente curioso porque puede ser legal y molesto a la vez. La JLARC concluyó que el sonido de baja frecuencia de los centros de datos rara vez alcanza niveles capaces de dañar la audición o vulnerar las ordenanzas convencionales, pero su carácter constante sí puede afectar al bienestar de quienes viven cerca. Un avión pasa. Un sistema de refrigeración puede quedarse ahí las veinticuatro horas.

Con el agua ocurre algo parecido: el informe estatal consideró sostenible el consumo actual en términos generales, aunque señaló que está creciendo y que depende mucho del sistema de refrigeración utilizado. No todos los centros consumen lo mismo. Meterlos en una única categoría ambiental sirve más para discutir en redes sociales que para planificar un territorio.

Cuando el urbanismo llega veinte años tarde

Loudoun ha empezado a corregir aquella vieja idea de que un centro de datos podía tratarse casi como un edificio de oficinas. En marzo de 2025, el Board of Supervisors aprobó cambios que convierten estos proyectos en usos condicionados y exigen una autorización especial en varias zonas industriales donde antes podían instalarse directamente. La segunda fase de la reforma estudia cuestiones como ruido, altura, subestaciones, generación energética en el propio recinto y almacenamiento de energía.

Es una forma administrativa de reconocer algo bastante evidente: un edificio puede ocupar una parcela, pero sus consecuencias ocupan mucho más. El consumo eléctrico puede requerir una línea a kilómetros de distancia. El ruido no termina en la valla. Una subestación modifica el paisaje. Y una demanda energética gigantesca puede obligar a construir infraestructura cuyo coste preocupa también a personas que jamás han pisado un centro de datos.

Virginia ya ha reaccionado a esa última cuestión. La State Corporation Commission creó la clase tarifaria GS-5 para grandes consumidores de 25 MW o más, que empezará a aplicarse el 1 de enero de 2027. Entre otras condiciones, impone compromisos contractuales largos y pagos mínimos destinados a reducir el riesgo de que las infraestructuras construidas para un gran cliente terminen siendo sufragadas por el resto de usuarios si el proyecto consume menos de lo previsto o no se desarrolla como esperaba.

Es una regla bastante razonable para una época en la que pedir varios centenares de megavatios sobre un plano empieza a tener consecuencias muy físicas.

Una advertencia bastante menos simple

Loudoun no demuestra que los centros de datos sean malos vecinos por definición. El propio estudio de Virginia señala que la mayoría no genera quejas por ruido y que una buena ubicación y un buen diseño reducen mucho los problemas. Tampoco demuestra que la IA vaya a dejar sin electricidad a medio país mañana por la mañana.

Demuestra algo menos espectacular y bastante más útil: las decisiones fáciles de hace veinte años pueden convertirse en restricciones difíciles cuando cambia la escala tecnológica.

Para otros municipios que ahora reciben propuestas de grandes centros de datos, la lección no debería ser rechazarlos automáticamente. Debería ser preguntar antes de aprobar: cuánta electricidad necesitarán, de dónde saldrá, qué líneas y subestaciones harán falta, quién las pagará, qué sistema de refrigeración utilizarán, qué ruido producirán, qué distancia habrá hasta las viviendas y qué ocurrirá si dentro de cinco años la demanda prevista no se materializa.

Loudoun hizo primero la parte agradable: atraer inversiones, cobrar impuestos y disfrutar de una infraestructura digital que parecía relativamente discreta. Ahora está haciendo la parte que suele llegar después: decidir dónde poner los límites.

La nube, al final, tiene tejado, generadores, ventiladores, tuberías, transformadores y vecinos. Quizá habría sido más sencillo llamarla desde el principio «polígono industrial con muy buen marketing».

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