"Paradise" un paraiso bajo tierra y una promesa a medias

Un comienzo brillante en el fin del mundo

Hay series que arran­can como un puñe­ta­zo en la mesa, y «Paradise» es una de ellas. Desde el pri­mer epi­so­dio, su pro­pues­ta de thri­ller polí­ti­co den­tro de un refu­gio sub­te­rrá­neo postapo­ca­líp­ti­co resul­ta hip­nó­ti­ca, ele­gan­te y muy bien medi­da, con una pues­ta en esce­na que alter­na lo coti­diano y lo claus­tro­fó­bi­co para que el espec­ta­dor sien­ta que vive den­tro de la cúpu­la jun­to a los per­so­na­jes. La pre­mi­sa es poten­te: un gru­po selec­to de super­vi­vien­tes, una ciu­dad arti­fi­cial que simu­la la nor­ma­li­dad y, en medio de esa cal­ma tan bien ilu­mi­na­da como sos­pe­cho­sa, el ase­si­na­to del pre­si­den­te de Estados Unidos des­en­ca­de­na una inves­ti­ga­ción que ame­na­za con rom­per el deli­ca­do equi­li­brio de ese paraí­so de cemen­to. Durante varios capí­tu­los, la serie jue­ga con pre­ci­sión al gato y al ratón, dosi­fi­can­do infor­ma­ción, sem­bran­do dudas sobre casi todos y usan­do el mis­te­rio del mun­do exte­rior como rui­do de fon­do que nun­ca des­apa­re­ce del todo. Sientes que cada ges­to tie­ne doble fon­do, que cada mira­da escon­de una leal­tad ocul­ta y que el pro­pio deco­ra­do es un per­so­na­je más, dise­ña­do para recor­dar­te que, por muy per­fec­ta que parez­ca la urba­ni­za­ción, fue­ra de esas pare­des sólo hay rui­nas y silen­cio.

Esa pri­me­ra mitad, ade­más, bri­lla por la mane­ra en que mez­cla géne­ros sin hacer dema­sia­do rui­do al res­pec­to. No es sólo un who­du­nit clá­si­co sobre quién ha mata­do al pre­si­den­te, sino tam­bién un dra­ma sobre el poder, la cul­pa y la memo­ria, con per­so­na­jes que se per­mi­ten momen­tos de vul­ne­ra­bi­li­dad bas­tan­te poco habi­tua­les en el típi­co pro­duc­to de pla­ta­for­ma. Las con­ver­sa­cio­nes no giran úni­ca­men­te alre­de­dor del mis­te­rio, sino de cómo se sos­tie­ne una comu­ni­dad pri­vi­le­gia­da mien­tras el res­to del pla­ne­ta, en teo­ría, se ha ido al gare­te, lo que aña­de una incó­mo­da capa éti­ca al entre­te­ni­mien­to. El crea­dor, Dan Fogelman, empu­ja la his­to­ria hacia un terreno don­de la intri­ga polí­ti­ca y la refle­xión sobre el cam­bio cli­má­ti­co, los desas­tres natu­ra­les y la ges­tión del mie­do se mez­clan, con­vir­tien­do cada deci­sión en algo que afec­ta tan­to al peque­ño círcu­lo del bún­ker como al con­cep­to mis­mo de huma­ni­dad. Todo ello hace que el arran­que resul­te sor­pren­den­te­men­te actual, como si el espec­ta­dor estu­vie­ra miran­do un espe­jo defor­ma­do del 2025 más que una fan­ta­sía leja­na, y en esos pri­me­ros epi­so­dios «Paradise» pare­ce tener­lo abso­lu­ta­men­te todo bajo con­trol.

Tecnología de cartón piedra en un búnker de lujo

El pro­ble­ma apa­re­ce cuan­do el envol­to­rio tec­no­ló­gi­co que antes pare­cía suge­ren­te empie­za a res­que­bra­jar­se, no tan­to por­que se expli­que dema­sia­do, sino por­que lo poco que se mues­tra resul­ta difí­cil de creer den­tro de las pro­pias reglas de la serie. El refu­gio sub­te­rrá­neo, con su gigan­tes­ca cúpu­la, su cie­lo arti­fi­cial pro­gra­ma­ble y su apa­ren­te auto­no­mía, fun­cio­na muy bien como metá­fo­ra visual, pero cuan­do la tra­ma exi­ge que te creas su logís­ti­ca y sus pro­to­co­los de segu­ri­dad, el deco­ra­do comien­za a pare­cer más un par­que temá­ti­co que un pro­yec­to de super­vi­ven­cia dise­ña­do por men­tes bri­llan­tes. Hay deci­sio­nes de guion rela­cio­na­das con la ener­gía, el con­trol del cli­ma o la vigi­lan­cia que se sien­ten impro­vi­sa­das, como si cada nue­va esce­na pidie­ra un gad­get dis­tin­to y la cohe­ren­cia del sis­te­ma fue­ra algo secun­da­rio, y eso cho­ca espe­cial­men­te en una fic­ción que se pre­sen­ta como seria, polí­ti­ca y ancla­da en la reali­dad con­tem­po­rá­nea. No es que uno nece­si­te un manual de inge­nie­ría con cada epi­so­dio, pero sí cier­ta con­sis­ten­cia bási­ca: si se insis­te tan­to en la excep­cio­na­li­dad del lugar, cues­ta acep­tar que el mis­mo bún­ker que pro­te­ge a las éli­tes del colap­so mun­dial fun­cio­ne, por momen­tos, como una urba­ni­za­ción de lujo con pro­ble­mas muy mun­da­nos de soft­wa­re.

Esa sen­sa­ción de tec­no­lo­gía de car­tón pie­dra se acen­túa cuan­do la narra­ti­va uti­li­za deter­mi­na­dos ele­men­tos téc­ni­cos como excu­sa con­ve­nien­te para resol­ver situa­cio­nes sin dema­sia­do esfuer­zo. Determinadas reve­la­cio­nes sobre el exte­rior, el con­trol de la infor­ma­ción o el mane­jo de sis­te­mas cla­ve del refu­gio lle­gan más como tru­cos de guion que como con­se­cuen­cias lógi­cas de cómo está cons­trui­do ese mun­do. En lugar de sen­tir que el uni­ver­so de «Paradise» se va abrien­do poco a poco y las reglas se van hilan­do con pacien­cia, da la impre­sión de que la serie va colo­can­do pie­zas sobre la mar­cha, sacri­fi­can­do vero­si­mi­li­tud a cam­bio de un impac­to inme­dia­to que dura lo que un cliffhan­ger. El espec­ta­dor, que había acep­ta­do de buen gra­do la pre­mi­sa dis­tó­pi­ca, empie­za a notar las cos­tu­ras y a pre­gun­tar­se si el refu­gio es real­men­te un esce­na­rio pen­sa­do has­ta el últi­mo deta­lle o un deco­ra­do vis­to­so que nadie revi­só con cal­ma. Y cuan­do una his­to­ria te saca de la fic­ción para hacer­te pen­sar en el excel de pro­duc­ción, es que algo en la inmer­sión ha deja­do de fun­cio­nar como debe­ría.

Cuando los hilos se ven venir desde lejos

Lo más frus­tran­te es que, a medi­da que avan­za la tem­po­ra­da, lo que al prin­ci­pio eran giros auda­ces y mis­te­rios bien dosi­fi­ca­dos se trans­for­ma en una coreo­gra­fía don­de casi pue­des anti­ci­par cada paso. Varias crí­ti­cas han detec­ta­do esa pér­di­da de pul­so: la ten­sión ini­cial se disuel­ve en sub­tra­mas que dis­traen, el rit­mo se rela­ja y la narra­ción deja de avan­zar con la mis­ma ener­gía, como si la serie, en lugar de pro­fun­di­zar en sus mejo­res ideas, eli­gie­ra repe­tir fór­mu­las que fun­cio­na­ron bien al prin­ci­pio. Los per­so­na­jes, que habían empe­za­do con arcos suge­ren­tes y con­tra­dic­cio­nes intere­san­tes, aca­ban atra­pa­dos en con­flic­tos algo pre­vi­si­bles, con anta­go­nis­tas dise­ña­dos a veces con manual en mano y dile­mas mora­les que se ver­ba­li­zan dema­sia­do, res­tan­do espa­cio a la ambi­güe­dad que tan bien le sen­ta­ba a la pro­pues­ta. Las sor­pre­sas, en lugar de explo­tar, lle­gan con la sua­ve resig­na­ción de algo que ya intuías des­de la mitad de la tem­po­ra­da, y el cie­rre de la pri­me­ra tan­da de epi­so­dios, por muy impac­tan­te que pre­ten­da ser, se per­ci­be ace­le­ra­do y atro­pe­lla­do res­pec­to al esme­ro del arran­que.

Esa pre­vi­si­bi­li­dad se extien­de tam­bién al gran movi­mien­to que la serie reser­va de cara al futu­ro: la con­fir­ma­ción de una segun­da tem­po­ra­da y la expan­sión hacia el mun­do exte­rior, anun­cia­da en entre­vis­tas y avan­ces con tan­ta cla­ri­dad que casi pare­cía obvio des­de el ecua­dor de la pri­me­ra. Que la his­to­ria salie­ra del bún­ker esta­ba prác­ti­ca­men­te escri­to en el ADN del pro­yec­to, pero la mane­ra en que la pri­me­ra tem­po­ra­da enca­mi­na­ba todas las pie­zas hacia esa sali­da res­tó sor­pre­sa al anun­cio, con­vir­tien­do lo que podría haber sido un giro de para­dig­ma en un trá­mi­te que el espec­ta­dor lle­va­ba rato fichan­do. No ayu­da que algu­nos arcos se que­den a medias o se resuel­van a una velo­ci­dad poco cohe­ren­te con la cons­truc­ción pacien­te de los pri­me­ros capí­tu­los, como si el calen­da­rio de pro­duc­ción hubie­ra teni­do más peso que la res­pi­ra­ción natu­ral de la narra­ción. Aun así, en medio de ese des­in­fla­do, la serie con­ser­va sufi­cien­te per­so­na­li­dad, bue­nas inter­pre­ta­cio­nes y cier­to encan­to oscu­ro como para que muchos estén dis­pues­tos a seguir a Xavier y com­pa­ñía más allá de la cúpu­la, aun­que sea con expec­ta­ti­vas algo más mode­ra­das.

Segunda temporada: promesa, riesgo y cansancio

La segun­da tem­po­ra­da lle­ga con la pro­me­sa cla­ra de abrir el mapa y mos­trar, por fin, qué hay fue­ra de Paradise, algo que el pro­pio repar­to y el crea­dor han des­cri­to como par­te de un plan a lar­go pla­zo con prin­ci­pio, medio y final bien defi­ni­dos. La idea es atrac­ti­va: si la pri­me­ra entre­ga se cen­tra­ba en la vida encap­su­la­da bajo la mon­ta­ña, la siguien­te quie­re explo­rar las zonas des­co­no­ci­das del mun­do exte­rior y pre­pa­rar el cho­que entre esos dos uni­ver­sos, lo que debe­ría ampli­fi­car tan­to la esca­la del con­flic­to como la dimen­sión polí­ti­ca y moral del rela­to. Sin embar­go, esa expan­sión tam­bién impli­ca un ries­go con­si­de­ra­ble, por­que la serie ten­drá que demos­trar que su ima­gi­na­rio postapo­ca­líp­ti­co aguan­ta el pri­mer plano y no se des­ha­ce cuan­do deja de ser un sim­ple telón de fon­do esti­li­za­do para con­ver­tir­se en esce­na­rio prin­ci­pal. Si la tec­no­lo­gía del refu­gio ya se sen­tía frá­gil en tér­mi­nos de vero­si­mi­li­tud, el retra­to del exte­rior ten­drá que ser mucho más sóli­do para evi­tar la sen­sa­ción de video­jue­go gené­ri­co con cha­ta­rra, llu­via áci­da y figu­ran­tes en modo super­vi­ven­cia auto­má­ti­ca.

Al mis­mo tiem­po, la tra­ma arran­ca prác­ti­ca­men­te don­de se detu­vo, con Xavier embar­ca­do en la bús­que­da de su espo­sa y la comu­ni­dad del bún­ker enfren­tán­do­se a las con­se­cuen­cias direc­tas del final de tem­po­ra­da, lo que, bien lle­va­do, pue­de devol­ver par­te de la ten­sión per­di­da. Las fechas de estreno, con­fi­gu­ra­das casi como even­to anual, sub­ra­yan la inten­ción de con­ver­tir «Paradise» en una cita regu­lar con el públi­co, algo que fun­cio­na mejor cuan­do la narra­ti­va sabe sor­pren­der sin trai­cio­nar su pro­pio tono, un equi­li­brio deli­ca­do para una serie que ya ha escu­cha­do crí­ti­cas sobre su irre­gu­la­ri­dad. Queda por ver si los nue­vos epi­so­dios logran corre­gir el rum­bo, apre­tan­do de nue­vo los tor­ni­llos del thri­ller y apro­ve­chan­do mejor el poten­cial éti­co y polí­ti­co que late bajo la super­fi­cie, o si se con­for­man con repe­tir el tru­co con deco­ra­do más gran­de y más explo­sio­nes emo­cio­na­les. En todo caso, la curio­si­dad per­ma­ne­ce: la serie qui­zá no haya cum­pli­do todas las pro­me­sas que lan­zó des­de su espec­ta­cu­lar pilo­to, pero la puer­ta ya está entre­abier­ta y, una vez lle­ga­dos a este pun­to, cues­ta no aso­mar­se a ver en qué aca­ba este paraí­so tan imper­fec­to.

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