Secretos y farsa: la revolución Slow Horses

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De la derrota al mito

A lo lar­go de sus cin­co tem­po­ra­das, «Slow Horses» ha des­po­ja­do al espio­na­je tele­vi­si­vo de sus ves­ti­du­ras gla­mu­ro­sas para ves­tir­lo de pate­tis­mo y humor negro. Desde la pri­me­ra apa­ri­ción de los agen­tes fra­ca­sa­dos de «La Cienaga» y el inigua­la­ble Jackson Lamb (Gary Oldman), la serie ha gira­do en torno al fra­ca­so como pun­to de par­ti­da, no como des­tino. La narra­ti­va ini­cial era una bofe­ta­da a la mís­ti­ca Bond; aquí los espías se equi­vo­can, se arras­tran por ofi­ci­nas mugrien­tas y sobre­vi­ven por­que no hay alter­na­ti­va, y sin embar­go siem­pre son nece­sa­rios. Cada tem­po­ra­da pre­sen­ta una tra­ma auto­con­clu­si­va —adap­ta­da fiel­men­te de las nove­las de Mick Herron— pero es en los arras­tres emo­cio­na­les, los secre­tos que no se disi­pan de un capí­tu­lo a otro y los trau­mas per­sis­ten­tes, don­de cre­ce el mito de Slough House. Así, el pate­tis­mo ori­gi­nal se tor­na leyen­da; los fra­ca­sa­dos son nues­tra últi­ma línea de defen­sa sin que nadie lo sepa, ni siquie­ra ellos mis­mos.

El arte de cruzar límites

A medi­da que la serie avan­za, sus guio­nis­tas y show­run­ner Will Smith han ras­ga­do los lími­tes impues­tos por la pre­mi­sa ini­cial has­ta con­ver­tir «Slow Horses» en un ejer­ci­cio de expan­sión narra­ti­va. De las ofi­ci­nas som­brías pasa­mos al caos de Londres, a las cons­pi­ra­cio­nes nacio­na­les, a la polí­ti­ca sucia y des­qui­cia­da. La quin­ta tem­po­ra­da, ins­pi­ra­da en «London Rules», es la prue­ba de fue­go: Roddy Ho, el téc­ni­co genial y social­men­te tor­pe, reve­la una vida per­so­nal tan elec­tri­zan­te que la sos­pe­cha y la ten­sión se dis­pa­ran en todos los rin­co­nes de la ciu­dad. Los inci­den­tes que pare­cen for­tui­tos toman dimen­sio­nes insos­pe­cha­das, los Slow Horses enfren­tan el mie­do al terro­ris­mo y a su pro­pio decli­ve men­tal, el gobierno se tam­ba­lea por den­tro. Lo que empe­zó como come­dia negra se trans­mu­ta en thri­ller exis­ten­cial, sin per­der el filo corro­si­vo de su humor. Los per­so­na­jes se trans­for­man, arras­tran­do cica­tri­ces, depen­den­cias y una intui­ción para meter­se en líos don­de solo unos parias pue­den hur­gar sin pudor.

La revolución silenciosa

La evo­lu­ción de «Slow Horses» se per­ci­be tan­to en sus tra­mas como en su tono visual y sono­ro. Las pri­me­ras tem­po­ra­das eran cru­das: pla­nos estre­chos, ilu­mi­na­ción opa­ca, atmós­fe­ra de mugre y resig­na­ción. Hoy la serie bri­lla en mul­ti­tud de regis­tros: per­se­cu­cio­nes que para­li­zan el pul­so, diá­lo­gos que arden de iro­nía, explo­sio­nes fuga­ces de ter­nu­ra y vio­len­cia. El rit­mo ver­ti­gi­no­so ha obli­ga­do a con­den­sar las his­to­rias; la quin­ta tem­po­ra­da, para algu­nos dema­sia­do fugaz, reto­ma «London Rules» y la adap­ta en seis epi­so­dios ági­les, sin espa­cio para el abu­rri­mien­to. Este cam­bio con­si­gue que la serie nun­ca se estan­que; ni un ins­tan­te. Si la crí­ti­ca recla­ma más tiem­po, los espec­ta­do­res agra­de­cen que no haya relleno. Nuestros «hor­ses» han gana­do caris­ma, y la pro­duc­ción los acom­pa­ña con esce­nas cos­to­sas —como el auto­bús des­tro­za­do— solo por­que suman humor y auten­ti­ci­dad a un retra­to coral don­de todos pier­den… y eso es el ver­da­de­ro triun­fo.

«Slow Horses» es hoy refe­ren­cia y espe­jo de los antí­te­sis de la cul­tu­ra bri­tá­ni­ca y euro­pea, un pul­so áci­do a la solem­ni­dad de los espías, un can­to al error, al fra­ca­so y a la super­vi­ven­cia por cabe­zo­ne­ría. Sus per­so­na­jes, sus diná­mi­cas y sus pro­pios silen­cios han inven­ta­do un nue­vo tipo de héroe: el que nun­ca lo será, pre­ci­sa­men­te por­que fra­ca­sa aun que­rien­do lo mejor.


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