La “streamingflacción”: pagamos más, nos quejamos poco

Tiempo de lec­tu­ra:
±8 minu­tos

Para escu­char mien­tras lees:

La “strea­ming­flac­ción” es ese fenó­meno raro en el que cada pocos meses te lle­ga un mail de subi­da de cuo­ta, reso­plas, y al final pul­sas “acep­tar” por­que no quie­res que­dar­te sin tu serie del momen­to. Los pre­cios de las gran­des pla­ta­for­mas han cre­ci­do por enci­ma de la infla­ción gene­ral, has­ta el pun­to de que, en España, el cos­te del strea­ming ha subi­do alre­de­dor de un 81,7% en una déca­da, mien­tras la infla­ción se que­da­ba en un 18,5%. Traducido a len­gua­je de sofá: ver pelis y series onli­ne se ha enca­re­ci­do muchí­si­mo más que lle­nar la neve­ra.

Además, no habla­mos de una úni­ca pla­ta­for­ma miman­do tu tiem­po libre, sino de un eco­sis­te­ma de cuo­tas enca­de­na­das que se acu­mu­lan en la cuen­ta corrien­te. Los hoga­res con acce­so a inter­net cada vez con­tra­tan más ser­vi­cios, y ya es habi­tual tener dos, tres o inclu­so cua­tro pla­ta­for­mas de vídeo de pago acti­vas a la vez. Pese a esta esca­la­da en la fac­tu­ra del ocio digi­tal, el con­su­mo se man­tie­ne esta­ble, y la audien­cia com­bi­na la tele­vi­sión lineal con el strea­ming casi sin pes­ta­ñear. Parece que hemos nor­ma­li­za­do pagar cada vez más por un entre­te­ni­mien­to que sen­ti­mos casi tan bási­co como la luz o el agua, aun­que no lo sea.

En este con­tex­to, la “strea­ming­flac­ción” fun­cio­na como una espe­cie de impues­to emo­cio­nal: si quie­res seguir las con­ver­sa­cio­nes del día siguien­te en la ofi­ci­na o en el gru­po de WhatsApp, sien­tes que no te pue­des per­mi­tir per­der­te la serie de moda. Las pla­ta­for­mas lo saben y jue­gan con esa sen­sa­ción de FOMO per­ma­nen­te, espa­cian­do estre­nos y lan­zan­do tem­po­ra­das como migui­tas de pan que man­ten­gan acti­va la sus­crip­ción inclu­so cuan­do ape­nas encuen­tras algo que te ape­tez­ca ver.

Cómo hemos llegado hasta aquí

El camino has­ta este pun­to no fue de gol­pe, sino a base de peque­ñas subi­das que pare­cían casi ino­fen­si­vas. Netflix, por ejem­plo, ha ido ajus­tan­do sus pla­nes en tra­mos de uno o dos euros, movien­do el están­dar sin anun­cios de 12,99 a 13,99 euros al mes, mien­tras el plan pre­mium ha esca­la­do has­ta rozar los 20 euros. Spotify ha hecho algo simi­lar con sus tari­fas de músi­ca, y Disney+ ha cerra­do el círcu­lo aumen­tan­do pre­cios en todas sus moda­li­da­des, des­de la tari­fa con anun­cios has­ta los paque­tes más com­ple­tos. Ninguna subi­da ais­la­da pare­ce dra­má­ti­ca, pero el efec­to com­pues­to sobre el pre­su­pues­to anual es una bofe­ta­da sua­ve, cons­tan­te y bas­tan­te tozu­da.

A la vez, las pla­ta­for­mas han deja­do atrás la gue­rra de pre­cios de los pri­me­ros años, cuan­do todo era bara­to, apa­ren­te­men­te infi­ni­to y la pro­me­sa era “mucho más que la tele, por menos dine­ro”. Con el catá­lo­go satu­ra­do y la com­pe­ten­cia feroz, los ser­vi­cios han des­cu­bier­to que su mar­gen de manio­bra ya no está tan­to en ganar nue­vos usua­rios como en expri­mir un poco más a los que ya tie­nen, enca­re­cien­do la sus­crip­ción y recor­tan­do opcio­nes como las cuen­tas com­par­ti­das. Se suma otra capa de pre­sión: el cos­te de pro­du­cir series y pelí­cu­las ori­gi­na­les se ha dis­pa­ra­do, y man­te­ner la maqui­na­ria crea­ti­va en mar­cha exi­ge ingre­sos recu­rren­tes cada vez mayo­res. El resul­ta­do es una tor­men­ta per­fec­ta don­de la infla­ción gene­ral, los sala­rios estan­ca­dos y la vora­ci­dad de con­te­ni­do se cru­zan en nues­tro extrac­to ban­ca­rio.

También influ­ye la for­ma en que se ha ins­ta­la­do el mode­lo de sus­crip­ción en casi todos los rin­co­nes de la vida digi­tal: soft­wa­re, músi­ca, alma­ce­na­mien­to en la nube, medios, video­jue­gos, inclu­so apli­ca­cio­nes de pro­duc­ti­vi­dad míni­mas que antes eran com­pras úni­cas. De pron­to, las cuo­tas men­sua­les ya no son una excep­ción, sino la nor­ma, y eso dilu­ye la per­cep­ción del gas­to por­que se repar­te en múl­ti­ples car­gos peque­ños, des­per­di­ga­dos por el calen­da­rio. Cuando que­re­mos dar­nos cuen­ta, la suma de todos esos “solo unos euros al mes” com­pi­te de fren­te con gas­tos mucho más tan­gi­bles, como la com­pra del super­mer­ca­do o la fac­tu­ra del móvil.

El impacto en los hogares (y en tu cabeza)

En muchos hoga­res, man­te­ner acti­vas varias pla­ta­for­mas de vídeo y músi­ca ya supera fácil­men­te los 50 o 60 euros al mes, lo que en un año se tra­du­ce en una fac­tu­ra de 250 a 300 euros, fren­te a los algo más de 150 de la pri­me­ra ola del strea­ming. El pro­ble­ma no es solo la cifra total, sino que esta par­ti­da com­pi­te con otras nece­si­da­des que no son tan opcio­na­les, espe­cial­men­te en un con­tex­to en el que ali­men­tos y vivien­da tam­bién se enca­re­cen. Aun así, muchas per­so­nas prio­ri­zan con­ser­var al menos un par de ser­vi­cios acti­vos, como si renun­ciar a ellos fue­ra una espe­cie de regre­sión tec­no­ló­gi­ca o social.

Psicológicamente, el efec­to es curio­so: racio­nal­men­te sabes que estás pagan­do más, pero la subi­da lle­ga acom­pa­ña­da de nue­vas series, fun­cio­nes o cam­pa­ñas de mar­ke­ting que inten­tan jus­ti­fi­car cada cén­ti­mo aña­di­do. El bom­bar­deo de estre­nos, reco­men­da­cio­nes per­so­na­li­za­das y lis­tas infi­ni­tas de con­te­ni­do hace que la sus­crip­ción parez­ca más valio­sa de lo que real­men­te apro­ve­chas en tu día a día. Al mis­mo tiem­po, la faci­li­dad para can­ce­lar y reac­ti­var, al menos en teo­ría, gene­ra una sen­sa­ción fal­sa de con­trol, que se con­tra­di­ce con el núme­ro real de per­so­nas que toman la deci­sión de cor­tar sus sus­crip­cio­nes.

Otro deta­lle es la for­ma en que el con­su­mo se ha indi­vi­dua­li­za­do: las pla­ta­for­mas se ven, sobre todo, en soli­ta­rio, cada per­so­na con su dis­po­si­ti­vo, su lis­ta y su algo­rit­mo, lo que refuer­za la idea de que “mi” sus­crip­ción es casi un espa­cio per­so­nal, no un gas­to domés­ti­co suje­to a revi­sión. Esto se mez­cla con la nece­si­dad de des­co­ne­xión rápi­da des­pués del tra­ba­jo o de los estu­dios, y con la idea de que unas cuan­tas horas de serie a la sema­na son un refu­gio bara­to com­pa­ra­do con salir a cenar o de copas. En ese cálcu­lo emo­cio­nal, la subi­da de uno o dos euros adi­cio­na­les que­da camu­fla­da detrás de la pro­me­sa de un rato de eva­sión garan­ti­za­da.

Estrategias para sobrevivir sin volverte loco

Ante la “strea­ming­flac­ción”, mucha gen­te empie­za a hacer algo que hace unos años sona­ba casi sacrí­le­go: rotar sus­crip­cio­nes. En lugar de pagar todas las pla­ta­for­mas a la vez, se eli­ge una o dos duran­te un par de meses, se expri­men sus catá­lo­gos favo­ri­tos y lue­go se can­ce­lan para dar paso a otra tan­da. Este méto­do exi­ge un míni­mo de pla­ni­fi­ca­ción y cier­ta frial­dad para igno­rar spoi­lers, pero per­mi­te redu­cir la fac­tu­ra anual sin renun­ciar a las series cla­ve del momen­to.

Otra reac­ción fre­cuen­te es com­par­tir gas­tos, bien a tra­vés de cuen­tas fami­lia­res ofi­cia­les, bien median­te sis­te­mas de repar­to del cos­te que han gene­ra­do inclu­so pla­ta­for­mas espe­cia­li­za­das para coor­di­nar sus­crip­cio­nes entre usua­rios. A pesar de que los ser­vi­cios inten­tan limi­tar las cuen­tas com­par­ti­das, la crea­ti­vi­dad de los usua­rios sue­le ir un paso por delan­te, reor­ga­ni­zan­do quién paga qué y cómo se dis­tri­bu­yen los per­fi­les para que cada euro rin­da un poco más. También apa­re­cen solu­cio­nes más drás­ti­cas, como vol­ver par­cial­men­te a la tele­vi­sión en abier­to, com­bi­nán­do­la con una úni­ca pla­ta­for­ma prin­ci­pal y rele­gan­do el res­to a perio­dos muy con­cre­tos.

Por últi­mo, y aun­que muchas empre­sas lo men­cio­nan solo de pasa­da, la vuel­ta de la pira­te­ría pla­nea como una som­bra sobre esta his­to­ria: cuan­do el cos­te com­bi­na­do de todos los ser­vi­cios supera al vie­jo paque­te de tele­vi­sión por cable, mucha gen­te comien­za a pre­gun­tar­se si la lega­li­dad mere­ce tan­to la pena. Estudios recien­tes rela­cio­nan edad y con­su­mo pira­ta pasa­do, dejan­do cla­ro que una par­te de los usua­rios no con­si­de­ra des­ca­be­lla­do recu­pe­rar vie­jos hábi­tos si la bre­cha entre lo que se ofre­ce y lo que se cobra sigue amplián­do­se. No es casua­li­dad que algu­nos aná­li­sis com­pa­ren ya el cos­te men­sual de man­te­ner los gran­des ser­vi­cios de strea­ming, esti­ma­do en torno a 87 dóla­res, con el de los paque­tes de cable tra­di­cio­na­les, que ron­dan los 83 dóla­res.

¿Y a partir de ahora qué?

La sen­sa­ción gene­ral es que el mode­lo actual no es sos­te­ni­ble tal y como está, ni para los bol­si­llos ni para las pro­pias pla­ta­for­mas. Se habla de con­so­li­da­ción del sec­tor, fusio­nes, paque­tes con­jun­tos y ofer­tas híbri­das con publi­ci­dad que recor­ten el cos­te, a cam­bio de acep­tar anun­cios den­tro de la expe­rien­cia de visio­na­do. Muchas empre­sas ya están expe­ri­men­tan­do con pla­nes más bara­tos sub­ven­cio­na­dos por publi­ci­dad, inten­tan­do encon­trar un equi­li­brio entre ingre­sos, audien­cia y satu­ra­ción de con­te­ni­do comer­cial.

Para los usua­rios, la cla­ve esta­rá en recu­pe­rar cier­ta con­cien­cia de con­su­mo: deci­dir qué pla­ta­for­mas se ali­nean real­men­te con sus gus­tos, qué con­te­ni­dos jus­ti­fi­can pagar cada mes y cuán­do es mejor dar­se de baja y vol­ver más ade­lan­te. También será impor­tan­te nor­ma­li­zar que no pasa nada por lle­gar tar­de a una serie, o por no tener la con­ver­sa­ción de la sema­na en tiem­po real, algo que pue­de pare­cer menor pero que pesa sor­pren­den­te­men­te en las deci­sio­nes de gas­to. Si la “strea­ming­flac­ción” tie­ne algún lado posi­ti­vo, qui­zá sea pre­ci­sa­men­te que nos obli­gue a pen­sar qué tipo de ocio digi­tal que­re­mos apo­yar y cuán­to esta­mos dis­pues­tos a inver­tir en ello de for­ma cons­cien­te, sin dejar­lo todo en manos de la iner­cia y del algo­rit­mo.

Deja una respuesta