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Suzie vive en Kioto, ha perdido a su marido y a su hijo en un misterioso accidente aéreo y, como si alguien hubiera confundido el departamento de atención al cliente con una película de ciencia ficción, recibe un robot doméstico como consuelo. El aparato se llama Sunny, es redondeado, simpático, habla demasiado y procede precisamente de la empresa donde trabajaba su marido. Justo lo que uno necesita cuando está atravesando un duelo: un electrodoméstico parlanchín con posibles secretos familiares incorporados.
Así empieza «Sunny», una serie estrenada en Apple TV en julio de 2024, creada por Katie Robbins, protagonizada y producida por Rashida Jones y basada libremente en la novela «The Dark Manual», del escritor irlandés Colin O’Sullivan. Son diez episodios de alrededor de media hora que mezclan ciencia ficción, misterio, comedia negra y drama sin instalarse cómodamente en ninguno de esos géneros.
Y esa indefinición es, dependiendo del momento, una de sus virtudes y uno de sus problemas.

Una protagonista bastante poco encantadora
Suzie Sakamoto no está diseñada para caer bien. Rashida Jones interpreta a una estadounidense instalada en Japón que atraviesa el duelo con sarcasmo, alcohol, enfado y una notable capacidad para mantener a los demás a una distancia prudencial. Tampoco siente precisamente entusiasmo por los robots.
Jones podría haber convertido el personaje en una viuda triste de manual, pero hace algo bastante más interesante. Suzie resulta áspera, divertida, egoísta, vulnerable y en ocasiones agotadora. Su humor seco evita que «Sunny» se hunda bajo el peso de su punto de partida y permite que las escenas más dramáticas convivan con otras directamente absurdas.
El misterio comienza cuando aparecen indicios de que Masa, el marido de Suzie, quizá no era exactamente el hombre que ella creía conocer. Hidetoshi Nishijima —protagonista de «Drive My Car»— interpreta a Masa mediante recuerdos y fragmentos de una vida que progresivamente adquiere nuevos significados.
Alrededor de ellos aparecen Noriko, la formidable suegra interpretada por Judy Ongg; Mixxy, encarnada por la música y actriz annie the clumsy; Hime, interpretada por YOU; y Yuki Tanaka, al que da vida Jun Kunimura. El reparto japonés no funciona como simple decoración alrededor de la estrella estadounidense. Tiene personalidad propia y, sobre todo, evita que Japón quede reducido a una colección de neones, templos y máquinas expendedoras convenientemente colocadas.
La serie fue rodada en Japón y Rashida Jones vivió en Kioto durante el rodaje de 2022. La ciudad que aparece en pantalla tiene por eso algo especialmente agradable: reconocemos Japón, pero estamos ante un futuro próximo que nunca necesita colocar un gigantesco cartel luminoso diciendo FUTURO.
Un futuro que no necesita explicarse
Uno de los mayores aciertos de «Sunny» está en su diseño.
La tecnología aparece por todas partes, pero rara vez reclama atención. Hay proyectores, pequeños dispositivos de traducción, interfaces discretas y robots integrados en actividades cotidianas. Katie Robbins quiso imaginar un futuro donde las pantallas hubieran dejado de ocupar permanentemente el centro de nuestras vidas. La tecnología continúa ahí, solo que ha aprendido un poco de educación.
Resulta bastante refrescante.
La ciencia ficción televisiva suele representar el futuro añadiendo pantallas transparentes a cualquier superficie disponible. «Sunny» hace casi lo contrario. Su Kioto mezcla arquitectura tradicional, objetos retro, colores intensos y tecnología avanzada hasta conseguir algo difícil: un futuro que parece utilizado en lugar de diseñado para una feria de electrónica.
Incluso los títulos de crédito merecen no pulsar el botón de saltar introducción. Elastic creó una secuencia animada que combina información en japonés e inglés, movimientos a distintas velocidades de fotogramas y una estética que recuerda a la animación y al diseño gráfico de mediados del siglo XX. El trabajo recibió un Merit en The One Show de 2025.
Pero el mejor objeto de toda la serie mide poco más que una mesilla, se desplaza sobre ruedas y tiene una cara que parece pedir constantemente que le demos otra oportunidad.
Sunny es estupenda.
El robot que estaba realmente allí
Buena parte del encanto del personaje procede de una decisión bastante sencilla: construirlo.
Wētā Workshop diseñó y fabricó un robot físico teleoperado para el rodaje. Joanna Sotomura, la actriz que interpreta a Sunny, actuaba durante las escenas mediante un sistema que capturaba en directo sus expresiones faciales. Otros tres operadores controlaban los brazos, la base móvil y diferentes movimientos del robot.
Sotomura estaba además presente durante el rodaje y podía ver a Rashida Jones mediante una cámara instalada en Sunny. Su voz salía por un altavoz del propio robot. Las expresiones de su rostro se trasladaban en tiempo real a la pantalla que forma la cara del personaje. Jones, por tanto, no tenía delante una pelota de tenis verde esperando que meses después alguien colocara allí un robot digital. Tenía a Sunny.
Y se nota.
Hay contacto físico, pausas, miradas y pequeñas reacciones que convierten al robot en otro intérprete. Sunny puede resultar adorable sin transformarse en una mascota infantil y extraña sin entrar en el incómodo territorio de los androides que parecen personas fabricadas por alguien que solo ha visto seres humanos en fotografías.
La elección estética también resulta coherente. Wētā buscó formas suaves y redondeadas, referencias japonesas y cierto aspecto de juguete retro, ocultando la complejidad mecánica dentro de una carcasa deliberadamente sencilla.
El resultado consigue algo fundamental para la historia: al cabo de un rato dejamos de mirar el mecanismo.
Sunny es Sunny.
Y eso permite que la serie hable de inteligencia artificial sin dedicar interminables conversaciones a explicar qué es la inteligencia artificial.

Una historia sobre máquinas bastante humana
El misterio de la desaparición de Masa y Zen proporciona el motor narrativo, pero «Sunny» funciona mejor cuando reduce la velocidad y observa la relación entre Suzie y el robot.
Sunny ha sido diseñada para ayudar. Suzie no quiere ayuda.
A partir de esa incompatibilidad elemental aparece una relación que oscila entre propietaria y electrodoméstico, compañeras de investigación, amigas y una extraña pareja obligada a aprender mutuamente sus códigos.
La serie plantea además una cuestión bastante actual sin necesidad de pronunciar constantemente las palabras «inteligencia artificial». Sunny aprende de las personas con las que convive. Observa comportamientos, reproduce expresiones, adquiere costumbres y desarrolla respuestas que aparentemente van más allá de aquello para lo que fue programada.
La pregunta interesante no consiste tanto en determinar si Sunny tiene conciencia como en observar nuestra facilidad para atribuírsela.
Nos ocurre ya con máquinas muchísimo más rudimentarias. Damos las gracias a un asistente de voz, ponemos nombre al robot aspirador y podemos sentir cierta pena cuando vemos a una máquina intentando superar inútilmente un obstáculo. Sunny aprovecha esa tendencia humana y la convierte en parte de la historia.
La serie tampoco presenta la tecnología como inevitablemente malvada. Las máquinas pueden utilizarse para cuidar, acompañar, manipular, vigilar o hacer daño porque detrás de ellas continúan existiendo personas. El problema, como tantas veces, sigue estando aproximadamente a medio metro del teclado.
El misterio empieza mejor de lo que termina
«Sunny» tiene, sin embargo, problemas.
El comienzo propone un misterio excelente. ¿Qué hacía realmente Masa? ¿Por qué Sunny llega precisamente a casa de Suzie? ¿Qué sabe el robot? ¿Qué relación existe entre determinadas actividades clandestinas y la empresa tecnológica?
La investigación permite desplazarse por un Japón que alterna espacios cotidianos con ambientes cada vez más extraños y una presencia creciente de la yakuza. Durante buena parte de la temporada esa mezcla funciona porque nunca sabemos exactamente qué clase de serie estamos viendo.
Pero llega un momento en que esa misma libertad comienza a jugar en su contra.
Algunas desviaciones narrativas son estupendas y ayudan a comprender a los personajes. Otras interrumpen el ritmo justo cuando el misterio parecía haber encontrado velocidad. «Sunny» puede pasar de thriller tecnológico a comedia absurda, drama familiar o relato criminal en muy poco tiempo. Resulta estimulante, aunque también algo irregular.
Los diez episodios duran aproximadamente entre 29 y 36 minutos, una decisión muy acertada porque evita inflar una historia que ya tiene suficientes desvíos por sí misma.
El problema mayor llegó después.
La serie terminó su primera temporada el 4 de septiembre de 2024 dejando deliberadamente cuestiones pendientes. Poco después se supo que no continuaría. Fuentes próximas a la producción confirmaron a Screen Daily la cancelación tras una única temporada.
No habrá segunda temporada.
Y conviene saberlo antes de empezar porque «Sunny» no fue concebida como una miniserie perfectamente cerrada. No contaré dónde deja exactamente a sus personajes, pero tampoco esperes colocar la última pieza del puzle y contemplarlo satisfecho desde el sofá.
Una pena, porque había bastante más que explorar.

Merece la pena conocer a Sunny
A pesar de ese final involuntariamente definitivo, «Sunny» merece una oportunidad.
Rashida Jones sostiene la serie con un personaje que podría resultar antipático y consigue que queramos acompañarlo. Hidetoshi Nishijima aporta a Masa una ambigüedad estupenda. Joanna Sotomura logra la hazaña todavía más peculiar de convertir una máquina redonda sobre ruedas en uno de los personajes con mayor presencia de la historia.
Pero quizá lo mejor sea su mundo.
El Kioto de «Sunny» está ligeramente desplazado respecto al nuestro. Los robots domésticos existen, la traducción automática prácticamente ha eliminado algunas barreras lingüísticas y la tecnología se ha vuelto más discreta. Sin embargo, seguimos discutiendo con nuestras suegras, ocultando cosas a nuestra pareja, desconfiando de los desconocidos y necesitando compañía cuando todo se tuerce.
Muy avanzado tecnológicamente, sí.
Pero seguimos siendo nosotros.
Y quizá por eso, después de diez episodios, resulta bastante más fácil echar de menos al pequeño robot que preguntarse dónde demonios está el último modelo de teléfono.