La adaptación de 2013 convierte a Walter Mitty en una figura contemporánea, más luminosa y expansiva, mientras que la versión de 1947 lo empuja hacia la comedia clásica con un tono más enredado y menos íntimo. La base de ambas sigue siendo el cuento de James Thurber, publicado en 1939 en The New Yorker, donde ya estaban el desajuste entre vida real y fantasía, la ironía y esa melancolía tan seca que luego casi nadie ha sabido copiar del todo.
La herida original
El relato de Thurber no necesita grandes despliegues para dejar huella. Su fuerza está en la precisión: un hombre corriente, una esposa dominante, unos recados absurdos y una imaginación que se dispara como una máquina vieja con demasiada ambición. Thurber no convierte a Walter en un héroe convencional; más bien lo sitúa en una zona incómoda, entre la ternura y la ridícula grandeza de quien sueña demasiado para aguantar la rutina. Ahí está su modernidad. Porque el cuento no celebra la evasión como un triunfo limpio, sino como una estrategia humana, pequeña y algo triste, para no desmoronarse. La frase mental con la que se suele resumir al personaje, esa vida alterna de hazañas imaginarias, nace precisamente de esa tensión entre lo gris y lo épico. Y por eso sigue funcionando: cualquiera reconoce la sensación de estar físicamente en un sitio y mentalmente muy lejos.
Danny Kaye y el desvío
La película de 1947 toma esa semilla y la lleva hacia otro terreno. Dirigida por Norman Z. McLeod y protagonizada por Danny Kaye, se presenta como una comedia Technicolor de gran aparato, pero se aparta bastante del espíritu conciso de Thurber. Aquí el relato se expande, incorpora enredos de espionaje, romance y una energía de vodevil que convierte a Walter en una figura más externa, más performativa y menos silenciosa. Eso no la hace fallida; la hace distinta. Kaye impone su estilo, rápido, elástico, casi acrobático, y la película acaba respirando como un vehículo diseñado para su talento. Sin embargo, esa misma abundancia diluye la ironía original. Thurber escribía desde el minimalismo y la punzada; McLeod y los guionistas prefieren el exceso amable, el gag, el color y la peripecia. El resultado entretiene, aunque a veces parezca que Walter ha salido del cuento por una puerta lateral.
Ben Stiller y el viaje
La versión de 2013 apuesta por otra clase de amplitud. Ben Stiller dirige y protagoniza una película que transforma a Walter en un empleado de Life atrapado entre la rutina laboral, la pérdida y una búsqueda visualmente deslumbrante. El punto de partida sigue siendo el mismo impulso: un hombre que imagina más de lo que vive. Pero aquí la fantasía no solo sirve para escapar; también empuja a actuar, a moverse, a cruzar el mapa. La película ganó mucha fuerza por su fotografía y por una banda sonora muy asociada a José González, especialmente «Stay Alive», que refuerza su tono de fábula serena. Stiller encuentra un equilibrio bastante elegante entre humor contenido, aventura y cierta emoción sin chirridos. A veces roza el anuncio de espíritu libre, sí, pero también sabe mirar con cariño a un personaje que no quiere ser un ganador de manual. En esa mezcla está su encanto.
Tres Walters, tres tonos
Las tres versiones hablan del mismo impulso, aunque cada una lo viste con otro traje. Thurber ofrece el latido original: breve, cruel en su exactitud y sorprendentemente compasivo. La cinta de 1947 convierte esa pulsión en una comedia de estudio, más aparatosa y dependiente del carisma de Kaye. La de 2013, en cambio, usa el relato como trampolín para una reflexión sobre el trabajo, la identidad y la necesidad de salir del piloto automático. Si el cuento es una aguja, la película de Kaye es una orquesta y la de Stiller, una carretera abierta. Ninguna sustituye a la otra porque ninguna persigue exactamente lo mismo. La primera mira hacia dentro; la segunda, hacia el espectáculo; la tercera, hacia una reconexión emocional con el mundo. Y aun así comparten una misma pregunta: qué hacemos con la vida que no vivimos mientras seguimos cumpliendo tareas.
Por qué sigue viva
Walter Mitty sobrevive porque es un personaje profundamente reconocible. No hace falta ser un soñador patológico para entenderlo; basta con haber deseado, alguna vez, que la realidad tuviera mejor guion. Esa universalidad explica por qué el cuento se convirtió en un clásico escolar y cultural, y por qué sus adaptaciones siguen reapareciendo con formas distintas. En 2013, Stiller consigue que Walter deje de ser solo un chiste sobre la evasión y pase a encarnar una pequeña épica de la vida cotidiana. En 1947, Kaye lo traduce a su propio idioma escénico, brillante aunque menos fiel. Thurber, por su parte, continúa por encima de ambos porque inventó una grieta inolvidable entre el hombre que somos y el que imaginamos ser.
Una jubilada con pasado oscuro llega a Reikiavik, Ditte Jensen se presenta como la vecina ideal, una señora danesa que se muda a un bloque de pisos en Reikiavik buscando paz, jardinería y anonimato tras años en los servicios secretos. Sin embargo, a los pocos minutos de meternos en «La mujer danesa» queda claro que la costumbre de detectar amenazas y “corregir injusticias” no se jubila tan fácilmente. La miniserie, de solo seis episodios, convierte ese edificio de apartamentos en un tablero donde esta exsoldado de élite aplica tácticas de guerra fría a problemas de comunidad: ruido, malos tratos, precariedad, abusos de poder. Lo fascinante es que el relato no se sitúa en un thriller clásico, sino en una comedia negra islandesa que juega a que te rías mientras te sientes raro por reírte de según qué cosas.
Benedikt Erlingsson, director de «La mujer de la montaña», vuelve a su obsesión favorita: mujeres que deciden incendiar metafóricamente el sistema cuando nadie mira. Si allí seguíamos a una activista ecologista que saboteaba infraestructuras industriales, aquí el combate se traslada al patio trasero, al portal, al buzón de la comunidad. El conflicto ya no es solo medioambiental o político, sino íntimo: cuánto estamos dispuestos a torcer la ley por lo que consideramos “justicia”, y hasta qué punto la vida en sociedad se aguanta con un barniz de hipocresía compartida. El resultado tiene algo de cuento moral retorcido, de espejo deformante donde la protagonista se cree salvadora mientras los demás empiezan a verla como una mezcla incómoda de ángel vengador y vecina intrusiva.
Humor negro nórdico y mala conciencia europea
«La mujer danesa» se vende como comedia nórdica del año y no es solo una frase de tráiler: el humor es seco, incómodo, más de risa que se te queda atravesada que de carcajada ligera. La serie se nutre de pequeñas miserias cotidianas, desde el vecino fiestero que revienta la convivencia con su música, hasta el gato que invade el jardín perfecto de Ditte y desata reacciones desproporcionadas. El gag nunca es puro chiste, porque detrás siempre hay un subtexto de clase, género o poder; la sonrisa aparece justo cuando vemos que Ditte cruza una línea que nosotros quizá también fantasearíamos con cruzar, pero jamás admitiríamos. Esa mezcla de sátira social, drama y violencia sutil hace que cada escena tenga un ligero sabor a culpa compartida, como si la serie susurrase: “no eres tan diferente de ella, solo tienes menos entrenamiento militar”.
Erlingsson utiliza a Ditte como metáfora de un Occidente que se cree moralmente superior mientras impone su orden con métodos discutibles. El propio director ha explicado que la protagonista funciona como un pequeño imperio que “difunde su ideología incluso por la fuerza bruta si es necesario”, una lectura que encaja demasiado bien con la realidad europea como para pasarla por alto. Cuando la exespía decide intervenir en los conflictos del edificio, actúa como juez, jurado y a veces verdugo, convencida de que el fin justifica los medios, una máxima que la serie lanza directamente contra nuestra cultura cómoda. Lo divertido, y a la vez perturbador, es que muchas de sus soluciones funcionan a corto plazo, lo que obliga a preguntarse si preferimos una convivencia basada en normas claras o en pequeñas dictaduras bienintencionadas.
Trine Dyrholm: una heroína incómoda
Una de las grandes armas de «La mujer danesa» es Trine Dyrholm, figura mítica del cine escandinavo, a quien hemos visto en «Celebración», «En un mundo mejor» o «Un asunto real». Aquí compone a Ditte Jensen como un cuerpo extraño dentro de Islandia: una danesa con tics de militar, incapaz de aceptar que la gente no hable su idioma y con una manera muy particular de leer las normas sociales. La actriz alterna miradas frías, silencios larguísimos y momentos casi adolescentes, como si la protagonista estuviese aprendiendo por primera vez qué significa ser una civil corriente. Esa ambigüedad funciona como motor de la serie: por momentos quieres abrazarla y por momentos te planteas si no habría que ponerle una orden de alejamiento de toda comunidad de vecinos.
Dyrholm consigue que cada gesto contenga una historia de batallas pasadas sin necesidad de cargar el guion de flashbacks. Cuando Ditte cuida el jardín del edificio, por ejemplo, no solo riega plantas: despliega un mini campo de operaciones donde cualquier intrusión se percibe como invasión a neutralizar. La puesta en escena refuerza esa sensación, con encuadres que enfatizan su aislamiento dentro del edificio y una fotografía que va modulando los tonos fríos para subrayar las grietas que se abren en su rígida moral. No estamos ante una heroína clásica ni ante una villana pura, sino ante un personaje profundamente incómodo que obliga a replantearse la simplificación habitual de “los buenos” frente a “los malos”.
Espías, vecinos y política de rellano
La serie convierte el microcosmos del edificio en un laboratorio social donde se cruzan temas que normalmente verías en ensayos de ciencia política, pero aquí bajan por las escaleras con bolsa de basura en mano. El ruido, la desigualdad económica, la violencia más o menos visible y el choque cultural se condensan en ese bloque de pisos de Reikiavik, donde cada puerta es un pequeño estado soberano con sus propias normas. Ditte entra en esas “fronteras” con la naturalidad de alguien que ha pasado media vida cruzando líneas rojas por encargo, y esa facilidad para traspasar límites marca el tono moral del relato. Ver cómo simplifica conflictos complejos en términos de objetivo a neutralizar o misión a completar provoca tanto alivio como vértigo.
Más allá del gag, «La mujer danesa» dialoga con las tensiones habituales de la vida comunitaria contemporánea: la sensación de que la ley va demasiado lenta, la tentación de tomar atajos, el miedo a denunciar, la erosión del tejido vecinal. La ficción plantea, sin sermones, qué pasa cuando alguien decide asumir el rol de guardián absoluto del bien común sin contar con el consentimiento explícito de los demás. Cada intervención de Ditte rompe una capa de cordialidad superficial, y a medida que el edificio se polariza se hace evidente que ninguna comunidad sobrevive mucho tiempo basada únicamente en la obediencia o en el miedo. Ahí es donde la serie se alinea con cierta tradición escandinava de relatos que desnudan lo que se esconde tras la fachada del bienestar nórdico: la soledad, la desconfianza y el deseo suburbano de verlo todo arder un poco.
Seis episodios, Filmin y ganas de conversación
«La mujer danesa» es una miniserie de seis episodios que se estrena en exclusiva en Filmin, con los tres primeros disponibles desde el 17 de marzo y la segunda tanda a partir del 24, algo que favorece el atracón controlado. La brevedad no impide que el proyecto se sienta ambicioso: la estructura compacta concentra ideas y situaciones sin relleno, lo que se agradece en tiempos de temporadas eternas. Además, la selección en festivales como Séries Mania y Serielizados Fest confirma que la apuesta por una comedia negra, estrafalaria y políticamente afilada tiene recorrido más allá del nicho seriéfilo nórdico de siempre. No es una ficción para ver de fondo mientras miras el móvil, sino una de esas historias que una vez terminan piden café, sofá y debate encendido con quien tengas al lado.
Para quienes disfrutan con relatos de espionaje, pero están cansados de gadgets imposibles y conspiraciones globales, esta propuesta ofrece una variante doméstica inesperadamente punk. Si lo tuyo son las comedias que pinchan zonas sensibles, el viaje con Ditte por ese edificio islandés resulta tan incómodo como adictivo. Y si simplemente buscas algo distinto que no trate al espectador como un algoritmo de reproducción automática, «La mujer danesa» demuestra que todavía se pueden rodar historias pequeñas capaces de abrir conversaciones grandes sobre poder, moral y convivencia. Filmin refuerza así su catálogo de joyas nórdicas con una serie que, más allá del hype del momento, tiene todas las papeletas para quedarse en la memoria como ese título raro que recomiendas con una sonrisa traviesa.
«Un hombre infiltrado» es de esas series que parecen pequeñas y acaban colándose en tu cabeza sin pedir permiso. La premisa es sencilla, casi de chiste de sobremesa: un profesor de ingeniería jubilado, viudo y bastante perdido, responde a un anuncio raro y termina infiltrado en una residencia de mayores para investigar un supuesto robo de un collar de rubíes. Ese jubilado es Charles Nieuwendyk, al que da vida Ted Danson con esa mezcla de torpeza encantadora y melancolía que ya le conocíamos, pero aquí con arrugas más visibles y una vulnerabilidad nada disimulada. El punto de partida recuerda enseguida al documental chileno «El agente topo» de Maite Alberdi, del que la serie toma la idea de mandar a un señor mayor a espiar en una residencia, pero la desarrolla en clave de comedia televisiva y le añade un toque de misterio ligero y comentario social muy reconocible. Lo interesante es que «Un hombre infiltrado» no se limita al gag fácil de “abuelos haciendo cosas de espías”, sino que aprovecha el disfraz detectivesco para hablar del duelo, de la soledad, de cómo se nos encoge la vida cuando dejamos de sentirnos útiles y de la invisibilidad de la vejez en sociedades obsesionadas con la juventud y la productividad. Que todo eso te lo cuenten entre chistes, miradas cómplices en los pasillos del geriátrico y diálogos que podrían haber salido de una reunión de vecinos, hace que la serie entre muy bien, pero deje un regusto inesperadamente tierno y algo incómodo.
Ted Danson, Michael Schur y una fórmula afinada
Una de las claves de «Un hombre infiltrado» está detrás de las cámaras: la crea Michael Schur, responsable de series como «Parks and Recreation» o «The Good Place», y se nota en cada esquina. Schur tiene una habilidad especial para construir mundos en espacios limitados, convertir a personajes secundarios en pequeñas joyas y mezclar humor con ética cotidiana sin ponerse pesado, y aquí lleva ese estilo al ecosistema muy concreto de una residencia de jubilados, con sus normas invisibles, sus alianzas silenciosas y su diplomacia de pasillo. Ted Danson, que ya había trabajado con Schur en «The Good Place», encuentra en Charles un personaje perfecto para su edad y su trayectoria: un hombre brillante pero algo oxidado, que se cree más listo de lo que está y que, de repente, descubre que sus habilidades sirven para algo más que corregir exámenes antiguos o dar la brasa a su hija. La serie explota muy bien esa contradicción: Charles entra como “topo” convencido de que va a resolver un caso sencillo y ganarse de paso un extra de autoestima, y lo que termina encontrando es un ecosistema complejo donde cada residente arrastra su propia trama, sus secretos diminutos y sus pequeñas guerras internas. La estructura de episodios de media hora, típica de la comedia, ayuda a que el tono no se vuelva solemne, pero al mismo tiempo permite que, capítulo a capítulo, la lista de sospechosos se convierta en un catálogo de vidas en la recta final, con momentos que pasan de la risa al pellizco en cuestión de dos frases bien colocadas. No es casual que la crítica haya señalado lo “cálida” y “humana” que resulta la serie, ni que muchos la vean como la confirmación de que todavía hay terreno por explorar para las comedias que se toman en serio a los personajes mayores sin tratarlos como chistes vivientes.
De «El agente topo» a la ficción de Netflix
La conexión con «El agente topo» no es solo un apunte de trivia cinéfila: es la base emocional sobre la que respira «Un hombre infiltrado». En el documental de Alberdi, un anciano se infiltra en una residencia para investigar posibles malos tratos, pero lo que encuentra es un paisaje de soledades y carencias afectivas más que un thriller de abusos institucionales, y esa mirada empática se cuela en la adaptación televisiva aunque se disfrace con chistes y giros de guion más clásicos. La serie toma la premisa —viejo infiltrado, encargos de investigación, un cliente inquieto al otro lado del teléfono— y la estiliza: aquí hay agencia de detectives, anuncios en prensa pensando en jubilados y misiones que empiezan con un collar robado y se complican en una red de pequeñas intrigas domésticas. Netflix empaqueta esta mezcla de comedia, feel‑good y misterio suave en una temporada de ocho episodios que caben muy bien en un fin de semana largo, lo justo para enganchar al espectador sin exigirle el compromiso casi matrimonial de otras series mastodónticas. El resultado es un producto que respeta el espíritu del material original, pero que lo acerca a un público más amplio, especialmente a quienes quizá nunca se habrían acercado a un documental chileno sobre un anciano detective, pero sí están dispuestos a darle una oportunidad a Ted Danson con cara de “no sé muy bien qué hago aquí, pero allá voy”. Para un bloguero que disfruta del diseño editorial y la ciencia ficción, la serie ofrece además un campo de juego visual interesante: carteles de estilo clásico, interiores de residencia llenos de detalles de producción y una paleta de colores que huye del hospitalario blanco para inclinarse hacia maderas cálidas, tonos pastel y rincones llenos de recuerdos, algo que la acerca a un tipo de estética casi literaria. Y, por debajo de la trama, late la idea de que la jubilación no tiene por qué ser un apagón, sino una etapa en la que todavía se pueden estrenar roles nuevos, por muy absurdo que suene infiltrarse en un comedor de ancianos buscando pistas entre bandejas de puré.
Charles Nieuwendyk: duelo, propósito y segundas oportunidades
Para que «Un hombre infiltrado» funcione, Charles no puede ser solo un señor gracioso con gabardina, y la serie lo sabe: lo construye como un viudo que aún no ha terminado de deshacer las maletas del duelo. Un año después de la muerte de su mujer, su rutina se ha convertido en una especie de bucle sin salida, con una distancia creciente respecto a su hija Emily y una sensación de que su vida se ha ido apagando por partes, como esas bombillas que parpadean antes de fundirse del todo. Cuando responde al anuncio de la detective Julie, no solo está buscando un trabajo, sino una excusa para sentirse de nuevo imprescindible, aunque sea para comprobar horarios de medicación, chismes de pasillo y joyas desaparecidas en una residencia con vistas al Pacífico. La investigación se convierte en una terapia encubierta: cada interrogatorio disfrazado de charla de pasillo le obliga a escuchar a otros ancianos que lidian con sus propios duelos, miedos y ajustes de cuentas pendientes, y eso funciona como un espejo incómodo donde reconoce su propia parálisis, sus culpas y sus excusas cuidadas. Hay algo muy contemporáneo en la forma en que la serie presenta esa búsqueda de propósito tardío: lejos del tópico del “abuelo héroe de acción”, Charles es más bien un tipo que se equivoca, se pasa de listo y se deja llevar por su curiosidad hasta meterse en líos, pero que, precisamente por eso, resulta creíble para cualquiera que haya sentido que su vida se ha descarrilado un poco sin un gran drama que lo justifique.
La residencia como microcosmos social
La residencia Pacific View, donde transcurre buena parte de la serie, funciona casi como un personaje más, y ahí es donde «Un hombre infiltrado» se escapa de la comedia de chiste fácil para acercarse a algo un poco más incisivo. En ese espacio aparentemente cerrado, se cruzan residentes acomodados con otros que llegan con lo justo, personal que entra y sale en turnos imposibles, familiares que visitan por obligación, médicos que no tienen tiempo para escuchar y un largo etcétera de figuras que cualquier espectador reconocerá aunque no haya pisado una residencia en su vida. El robo del collar de rubíes parece en principio una simple anécdota de guion, pero pronto se convierte en el hilo del que tirar para descubrir tensiones de clase, resentimientos antiguos, complicidades tácitas y, por supuesto, la eterna sospecha sobre quién cuida de verdad de quién dentro de un sistema pensado para gestionar cuerpos envejecidos más que biografías completas. La cámara se detiene en detalles que cuentan más que algunos diálogos: fotografías enmarcadas, objetos que cambian de habitación, pasillos silenciosos después de la cena, mesas donde alguien ya no se sienta y nadie se atreve a mencionarlo, todo ello envuelto en una iluminación que evita el dramatismo gratuito pero tampoco disimula las grietas. En el fondo, la residencia es un laboratorio donde se comprueba hasta qué punto seguimos necesitando sentirnos vistos incluso cuando el mundo exterior parece habernos dado por amortizados, y donde la figura de Charles, mitad espía torpe mitad confesor improvisado, sirve como catalizador para desatar conversaciones que normalmente se quedarían flotando en la superficie cortés del “¿qué tal ha dormido hoy?”. Para quienes sienten curiosidad por cómo la ficción contemporánea representa el envejecimiento y el cuidado, la serie ofrece un material jugoso que invita a seguirle la pista más allá del simple entretenimiento de sofá.
Humor, misterio y ritmo de episodio corto
«Un hombre infiltrado» se sostiene sobre un equilibrio delicado entre humor y misterio, un equilibrio que podría desmoronarse con facilidad si el tono se inclinara demasiado hacia uno u otro lado. El humor no surge solo de chistes escritos, sino de situaciones ligeramente absurdas, como entrevistas clandestinas que se confunden con partidas de cartas, escapadas nocturnas al estilo “misión imposible con andador” y malentendidos con el personal de la residencia que parecen sacados de una comedia clásica, pero siempre con un pie en lo cotidiano reconocible. El misterio, por su parte, se despliega a través de pistas discretas, testimonios contradictorios y pequeños giros de guion que no buscan volverte loco con teorías conspiranoicas, sino mantener una curiosidad constante episodio tras episodio, casi como una novela de detectives amable que te lees en trayectos de tren. La duración de alrededor de media hora por capítulo funciona como una herramienta de diseño narrativa muy eficaz: obliga a condensar información, acelerar ciertos momentos y dejar otros en elipsis, lo que genera un ritmo ligero que se agradece en tiempos de series que parecen agotadoras antes de empezar. El resultado es una experiencia que se presta tanto al maratón voraz como al consumo pausado, ese de “un episodio antes de dormir”, algo que encaja muy bien con el tipo de espectador que combina trabajo, paseos al aire libre, videojuegos y lecturas pendientes mientras decide qué ver sin que se le haga bola.
La segunda temporada y la evolución del “topo”
El éxito de la primera temporada llevó a Netflix a renovar «Un hombre infiltrado» para una segunda tanda de episodios, que lleva a Charles fuera del entorno familiar de la residencia y lo lanza a una nueva misión, con otro escenario y nuevas complicaciones morales. En esta continuación, la serie mantiene la mezcla de humor y reflexión, pero se permite jugar con la idea de que el protagonista ya no es un novato torpe, sino alguien que ha descubierto que, contra todo pronóstico, es razonablemente bueno en eso de infiltrar su vida en la de otros. Las críticas señalan que la temporada dos explora más a fondo el arte de mentir, no solo en el sentido literal del engaño detectivesco, sino como habilidad social de supervivencia: las pequeñas mentiras piadosas, las omisiones calculadas, los personajes que se disfrazan de lo que creen que el resto necesita ver para seguir adelante con sus rutinas sin desmoronarse. Ted Danson tiene aquí la oportunidad de matizar aún más a Charles, que empieza a debatirse entre la emoción de la aventura y el peso de las consecuencias de su trabajo, especialmente cuando las investigaciones se acercan a terrenos más delicados que un simple collar perdido o una sospecha de hurto entre vecinos. Este crecimiento del personaje entronca con una idea muy contemporánea: la posibilidad de reconvertirse profesionalmente incluso en edades en las que el mercado laboral te da por amortizado, aunque sea en un oficio tan peculiar como el de topo de bajo perfil para agencias con pocas luces pero mucha insistencia.
Por qué ver «Un hombre infiltrado» hoy
En un catálogo saturado de true crime, distopías tecnológicas y dramas de prestigio que exigen tiempo, energía y un pequeño máster en lore interno, «Un hombre infiltrado» funciona como un respiro raro: ligero en apariencia, pero con una columna vertebral más firme de lo que parece. Para quienes disfrutan de las historias con personajes mayores que no se limitan a ser “el abuelo entrañable”, la serie ofrece una alternativa donde la edad no se maquilla ni se convierte en un gag constante, sino que se trata como una dimensión más de la identidad, tan compleja como cualquier otra. Si te gustan las comedias con corazón, el humor que no necesita humillar a nadie para hacer gracia y los misterios que se resuelven más por observación y empatía que por persecuciones a cámara lenta, es una candidata fuerte para colarse en tu lista de “series de confort”, esas que abrazan más que gritan. Además, la presencia de Ted Danson y el sello de Michael Schur son casi una garantía de cierto tono: diálogos cuidados, secundarios memorables, un equilibrio entre el cinismo inevitable y la fe testaruda en que la gente, incluso al borde de la jubilación definitiva, puede sorprender y sorprenderse. Y para quienes viven en ciudades del norte, acostumbrados a cielos nublados, paseos entre edificios y escapadas al campo para resetear la cabeza, la serie ofrece una compañía perfecta para esas noches en las que uno quiere ver algo que le haga sonreír, pero también le recuerde que, mientras sigamos haciéndonos preguntas, todavía queda trama por delante.