Deadloch: el crimen aprende a reír

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Un cadáver desnudo aparece en una playa de Tasmania. Antes de que llegue la policía, la escena ya ha pasado por el fuego accidental de un cigarrillo, el vómito de una adolescente y una conversación que parece empeñada en impedir cualquier solemnidad. La primera reacción ante «Deadloch» puede ser bastante simple: esto es muy raro. La segunda, unos episodios después, también: cuándo se ha vuelto tan difícil dejar de verla.

La primera temporada, estrenada en 2023 y formada por ocho episodios, fue creada por Kate McCartney y Kate McLennan como una comedia criminal de tono feminista y negro. La descripción es correcta, aunque se queda corta. «Deadloch» es también una investigación policial bastante seria, una sátira sobre la transformación de un pueblo y una historia de compañeras incompatibles que acaban encontrando un método común. Todo eso convive sin guardar turno. A veces se atropella. Casi siempre sale bien.

El primer episodio como prueba de resistencia

Dulcie Collins, interpretada por Kate Box, es la policía local competente, metódica y demasiado implicada en la vida del pueblo. Eddie Redcliffe, a quien Madeleine Sami convierte en una fuerza atmosférica, llega desde fuera con camisas estridentes, modales inexistentes y una capacidad casi industrial para insultar a cualquiera. La pareja pertenece a una tradición muy conocida: la investigadora rigurosa obligada a colaborar con una agente imprevisible. La serie toma esa fórmula y la empuja hasta hacerla incómoda.

Eddie es el principal motivo por el que el comienzo puede desconcertar. Entra demasiado alta de volumen, demasiado segura de sus intuiciones y demasiado dispuesta a convertir una investigación en una pelea de bar. Durante buena parte del primer capítulo parece un personaje procedente de otra serie, quizá de una comedia más ruidosa que ha irrumpido por error en un policial gris. Dulcie, mientras tanto, sostiene la gravedad de la muerte, el procedimiento y las relaciones de una comunidad donde todo el mundo sabe algo de los demás.

Ese desequilibrio no desaparece de golpe. La serie necesita tiempo para encontrar la proporción entre la caricatura y la persona. Cuando lo hace, Eddie deja de ser únicamente una máquina de exabruptos y Dulcie pierde parte de su aparente sensatez. Empiezan a verse las grietas de ambas. La irritación inicial se convierte entonces en química, y la química en una forma de confianza que nunca llega a ser cómoda.

Resulta curioso que ese episodio que puede funcionar como barrera de entrada recibiera varios de los principales reconocimientos de la serie. En los premios AACTA de 2024, McCartney y McLennan ganaron por su guion, Kate Box por su interpretación, y el capítulo también fue premiado por su montaje y su música original; el reparto obtuvo además el galardón de casting. La rareza, por tanto, no era una avería. Estaba diseñada con bastante precisión.

Un crimen que no acepta quedarse de fondo

Muchas comedias policiales utilizan el asesinato como una percha. Importa menos descubrir al culpable que pasar un rato con los personajes. «Deadloch» hace algo más arriesgado: se burla del género mientras construye un misterio que exige atención. Hay pistas, sospechosos, contradicciones y cambios de dirección. La temporada no pide al espectador que elija entre reírse y seguir la investigación; espera que haga ambas cosas, a veces dentro de la misma escena.

Las creadoras llegaron a manejar «Funny Broadchurch» como título de trabajo, una referencia que explica parte del paisaje mental de la serie: costa fría, comunidad cerrada, planos aéreos, secretos antiguos y policías cargadas con problemas personales. También se perciben ecos de «The Bridge» y «Top of the Lake», pero «Deadloch» no se limita a colocar chistes sobre una estructura prestada. Conoce bien las convenciones del noir televisivo y sabe cuándo respetarlas. El cadáver sigue siendo un cadáver. El miedo no se disuelve porque alguien diga una barbaridad cinco segundos después.

Ahí está uno de sus mayores méritos. La serie no trata la trama criminal como una excusa vergonzante para hacer comedia. El misterio gana densidad a medida que avanza y obliga a revisar personajes que parecían simples adornos. Incluso quienes entran como un chiste local pueden adquirir peso, y algunos de los personajes más razonables empiezan a resultar menos transparentes. El pueblo funciona como esos cajones donde se han guardado demasiadas cosas: al abrir uno, los demás también comienzan a atascarse.

La duración ayuda. Ocho episodios permiten que la investigación se complique sin convertirse en una sucesión interminable de falsas pistas. Hay algún rodeo y ciertas insistencias, pero la temporada mantiene el impulso. Sobre todo, entiende que una buena revelación necesita haber estado delante del espectador sin llamar demasiado la atención.

Deadloch no es un pueblo pintoresco

La localidad ficticia de Deadloch parece preparada para una postal de invierno: agua oscura, casas dispersas, vegetación húmeda y un festival que intenta vender cultura, gastronomía y renovación. Debajo hay una comunidad dividida. Los habitantes de siempre contemplan con recelo la llegada de nuevos vecinos, negocios sofisticados y una población lesbiana visible que ha alterado la identidad pública del lugar. La palabra gentrificación aparece pronto, aunque la serie evita convertirla en una explicación universal para todo lo que ocurre.

La sátira reparte golpes en varias direcciones. Se ríe del machismo local y de la nostalgia por una autoridad masculina que nunca fue tan digna como algunos recuerdan. También se ríe de la burguesía progresista, de sus festivales cuidadosamente inclusivos, de la comida convertida en declaración moral y de cierta forma de activismo que puede acabar más pendiente de la representación que de las personas. No siempre acierta con la misma finura. Hay personajes secundarios escritos con rotulador grueso, y algún chiste insiste después de haber llegado a su destino.

Aun así, la serie ofrece algo poco habitual: un mundo donde las mujeres lesbianas no aparecen como una excepción narrativa ni como una lección. Son policías, alcaldesas, empresarias, esposas, amigas, sospechosas y vecinas difíciles. Pueden ser generosas, mezquinas, competentes o agotadoras. Esa normalidad llena de fricciones resulta más interesante que una representación impecable.

También importa que las víctimas iniciales sean hombres. El policial televisivo ha usado durante décadas cuerpos femeninos como decoración trágica, a menudo presentados con una belleza casi publicitaria. «Deadloch» invierte esa costumbre y examina la violencia, el poder y la masculinidad desde un ángulo menos transitado. No por ello se vuelve un tratado. Sigue habiendo persecuciones torpes, interrogatorios absurdos y funcionarios incapaces de escuchar a quien tienen delante.

El reparto que termina cerrando la trampa

Kate Box trabaja desde la contención. Su Dulcie observa, calcula y trata de mantener una cortesía que va perdiendo capas conforme el caso invade su vida. Madeleine Sami hace el recorrido opuesto: comienza ocupándolo todo y poco a poco permite que aparezcan el cansancio, la intuición y una historia personal que explica parte del ruido. La serie funciona cuando ambas dejan de representar orden y caos de forma tan limpia.

Nina Oyama, como la agente Abby Matsuda, completa el núcleo policial con una mezcla de entusiasmo, inseguridad y verdadera capacidad investigadora. Es uno de esos personajes que al principio parecen destinados a recibir bromas y terminan modificando el equilibrio del grupo. Alicia Gardiner interpreta a Cath, la esposa de Dulcie, cuya necesidad de comunicación y cercanía puede ser afectuosa y exasperante en la misma escena. El mérito del reparto consiste en no pedir permiso para resultar antipático.

Alrededor de ellas se acumula una población enorme: políticos preocupados por el festival, hombres convencidos de que el mundo les debe una reparación, adolescentes que entienden mejor el pueblo que los adultos, profesionales con delirios de prestigio y vecinos que han aprendido a convertir cualquier conversación en una disputa histórica. El casting fue uno de los aspectos reconocidos por la Academia Australiana, y se entiende por qué. La serie necesita que cada rostro parezca llevar años cruzándose con los demás en la misma tienda, el mismo bar y la misma discusión.

Cuando termina la primera temporada, «Deadloch» ha conseguido algo más difícil que resolver un caso: ha transformado una pareja irritante en una compañía a la que apetece seguir. Su éxito internacional y los premios posteriores confirmaron que aquella mezcla local, llena de acento australiano y humor poco domesticado, podía viajar bastante más lejos de lo previsto.

La segunda temporada ya está disponible en Prime Video desde el 20 de marzo de 2026. No la hemos visto todavía y preferimos llegar sin saber qué clase de terreno pisa ahora la serie. Solo queda una duda razonable: si la primera temporada necesitó un cadáver en la playa para enseñarnos a mirar Deadloch, quizá la siguiente tenga preparada otra forma de hacernos sentir que hemos entrado en el lugar equivocado. Y ya sabemos que esa impresión puede ser una excelente noticia.

Internet desde el cielo: Starlink, Amazon Leo y la apuesta china

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Hay algo casi poético en la idea de conectarse a internet mirando hacia arriba. Durante años, la promesa de la “red global desde el espacio” sonaba a fondo de novela de ciencia ficción barata, de esas que hojeas en el tren y olvidas al llegar a casa. Pero de repente, sin mucho ruido —o con demasiado, según a quién preguntes— tenemos tres gigantes montando autopistas de datos en órbita baja: Starlink, Amazon Leo y la constelación china SpaceSail. Y ahí estamos, con el router en una mano y el cielo nocturno en la otra, preguntándonos si todo esto es un salto de progreso o simplemente otra forma de repetir los mismos vicios de siempre, pero más arriba.

Starlink: el pionero que ya juega en primera

Starlink es el veterano de este triángulo, aunque “veterano” suene raro para algo que todavía huele a beta eterna. Lleva años llenando la órbita baja de pequeños satélites y ha pasado de ser un experimento de nicho para frikis rurales a convertirse en solución real para quien vive lejos de la fibra. En la práctica, es el único de los tres que hoy puedes contratar de forma relativamente sencilla, enchufar la antena en el patio o en la azotea y ponerte a ver vídeos en 4K mientras el resto de la humanidad discute si eso es una maravilla o una irresponsabilidad.

Como producto, tiene un encanto extraño: la antena es casi un personaje más en casa, ese “platillo” blanco que apunta al cielo y que parece sacado de una portada de «Amazing Stories». Funciona bien la mayor parte del tiempo, la latencia es lo bastante baja como para que te olvides de que los datos están rebotando en el espacio, y las velocidades compiten con conexiones fijas mediocres. Pero todo viene con letra pequeña: políticas de uso que cambian, priorización de tráfico según cuánto pagues, saturación en zonas densas… El futuro, al final, también tiene cuellos de botella.

Amazon Leo: la nube que se extiende hasta la órbita

Amazon Leo llega tarde, pero no precisamente pequeño. Es la típica jugada de gigante que observa, toma notas y entra cuando ya sabe dónde están los errores de los demás. Lo que antes se llamaba Project Kuiper ha mutado en una constelación con vocación integradora: no se trata solo de dar internet, sino de enganchar esa red directamente a la nube de Amazon, a sus servidores, sus servicios, sus negocios paralelos y todos esos procesos invisibles que sostienen la mitad de lo que usamos cada día.

Su discurso es menos épico que el de enviar cohetes propios, pero tiene una frialdad casi quirúrgica: latencias similares a Starlink, velocidades en el rango de los cientos de megas, terminales más o menos asequibles y, sobre todo, una promesa de continuidad perfecta entre el suelo y la órbita. Como usuario doméstico, puede que eso te importe poco; lo que quieres es que el vídeo no se corte. Pero para empresas, aviones, barcos, redes móviles remotas o proyectos de infraestructura, la idea de tener tu tráfico pasando del satélite al centro de datos de AWS casi sin fricción es un caramelo. El problema es que, a día de hoy, sigue más cerca del “prometemos que llegará” que del “lo tengo instalado en la terraza”. Y esa distancia entre el PowerPoint y la antena atornillada al muro es justo lo que lo hace todavía una incógnita.

SpaceSail: la constelación que trae Pekín en el bolsillo

Luego está SpaceSail, la apuesta china para que el cielo no sea un feudo exclusivo de Estados Unidos. Aquí desaparece cualquier pudor: el proyecto nace con apoyo estatal, con una idea clarísima de que la infraestructura no es solo negocio sino herramienta geopolítica. Su estrategia parece diseñada en una sala de guerra económica: entrar fuerte en mercados emergentes, competir a golpe de precios más bajos y ofrecer a gobiernos y operadores una alternativa “no occidental” para conectar zonas rurales, regiones aisladas o países con infraestructuras frágiles.

Desde el punto de vista técnico, entra en la misma liga: órbita baja, latencias razonables, velocidades suficientes para que una familia se conecte sin sufrir. Pero el detalle que la vuelve especialmente interesante —y también inquietante— es cómo se integra con el control del tráfico: la red no solo lleva datos, los pasea por rutas muy alineadas con la lógica de Pekín. Para algunos países eso son buenas noticias, para otros es una bandera roja. Y para el usuario final, que solo quiere subir fotos y trabajar en remoto, el riesgo es convertirse en daño colateral de un pulso político que ni entiende ni ha elegido.

La factura real: euros, cielo y basura orbital

Si miramos solo el bolsillo, la película parece sencilla: Starlink ya está, Amazon Leo promete ser competitivo y SpaceSail se presenta como el más barato de los tres. El hardware ronda esos precios que duelen una vez pero luego se amortizan: unos cientos de euros por el kit, otro puñado al mes por la cuota. No es precisamente una revolución social, pero sí abre puertas donde antes la única alternativa era un ADSL moribundo o nada. Para cualquiera que viva en un pueblo sin fibra, estas constelaciones cambian de verdad el paisaje digital.

Pero el precio económico es solo la primera capa. Detenerse ahí es como juzgar un rascacielos únicamente por el alquiler y no por la sombra que proyecta. Llenar la órbita baja de miles de satélites implica asumir una basura espacial creciente, riesgo de colisiones en cadena y un cielo nocturno cada vez más contaminado por trazos artificiales. Los astrónomos llevan años avisando de que estamos perforando a ciegas una capa crítica del entorno terrestre, y la respuesta de la industria se mueve entre las promesas de desorbitados controlados y los ajustes cosméticos para reflejar menos luz. Mientras tanto, seguimos lanzando hardware como si el espacio fuera un trastero infinito.

¿Conectados a qué y bajo las reglas de quién?

Más allá de la épica tecnológica, la pregunta incómoda es otra: ¿quién controla el grifo? Starlink responde a una empresa privada con una figura mediática hipertrofiada, capaz de influir en conflictos armados y decisiones de gobiernos simplemente decidiendo dónde se enciende o apaga el servicio. Amazon Leo extiende el alcance de una de las compañías que más datos concentra sobre nuestras vidas, ahora añadiendo también el canal físico que los transporta. SpaceSail, por su parte, inscribe la conectividad en la lógica de un Estado que no tiene precisamente fama de fan de la transparencia.

Desde el punto de vista de un usuario cualquiera, todo esto puede parecer ruido lejano. Sin embargo, cada vez que elegimos una de estas redes estamos, en realidad, eligiendo también a quién le damos la llave de nuestra dependencia digital más básica. La conectividad ya no es un lujo; es infraestructura. Y dejar esa infraestructura en manos de tres actores con agendas tan cargadas es, como mínimo, un pacto que deberíamos mirar de frente.

Quizá el futuro pase por un equilibrio incómodo: constelaciones múltiples, regulaciones más serias, acuerdos internacionales que limiten el desmadre orbital y usuarios un poco más conscientes de qué hay detrás de ese icono de “red disponible”. O quizá, fieles a nuestra naturaleza, sigamos adelante mientras funcione, hasta que un día miremos al cielo, contemos los satélites a simple vista y nos preguntemos en qué momento dejamos de ver las estrellas para ver solo barras de cobertura.

«Brooklyn Nine-Nine»: risas, placas y found family

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Hay series que se ven para matar el tiempo y otras que se convierten en un pequeño refugio mental al final del día; «Brooklyn Nine-Nine» pertenece a ese segundo grupo, con placa policial incluida y chiste en la recámara. Estrenada en 2013 y concluida en 2021, sigue el día a día del grupo de detectives de la comisaría 99 del Departamento de Policía de Nueva York en Brooklyn, liderados por el inmaduro pero brillante Jake Peralta y el imperturbable capitán Raymond Holt. La premisa podría sonar a procedimental típico, pero aquí los interrogatorios acaban en gags, las persecuciones se mezclan con apuestas absurdas y el crimen es casi la excusa para hablar de personas que intentan hacer su trabajo lo mejor posible mientras lidian con sus manías, traumas y pequeñas victorias cotidianas. Si uno llega a la serie buscando sólo chistes, se queda por algo más incómodo de etiquetar: esa sensación rara de que, en medio de la tontería, hay un corazón muy serio latiendo fuerte.

Una comisaría que parece (y no parece) una comisaría

La serie nace de la cabeza de Dan Goor y Michael Schur, responsables también de «Parks and Recreation», y se nota en cuanto aparece el primer plano del lugar de trabajo convertido en ecosistema cómico. La 99ª comisaría no es el típico espacio gris de drama policial, sino una oficina caótica donde conviven montones de expedientes, insultos cariñosos y donuts sospechosamente abandonados en la cocina. Los casos se resuelven en apenas 22 minutos, porque el foco nunca está tanto en el misterio como en la reacción del equipo ante cada situación: desde el entusiasmo casi infantil de Jake por cualquier persecución hasta la manera metódica y neuroticamente organizada de Amy Santiago cuando huele la posibilidad de un ascenso. Esa mezcla de entorno policial con tono de sitcom crea un efecto extraño: te ríes mientras estás viendo arrestos, interrogatorios y armas, y aun así no sientes que la serie se burle del trabajo en sí, sino de las torpezas humanas que lo rodean.

Lo curioso es que, a pesar del colorido y el ritmo ligero, la 99 funciona como un pequeño laboratorio de convivencia donde se cruzan generaciones, culturas y formas de entender la autoridad. El capitán Holt representa la disciplina férrea, pero también décadas de discriminación como hombre negro y gay en un cuerpo policial que no siempre lo vio como uno de los suyos, frente a Jake, que ha crecido con la televisión como referencia y se mueve por la comisaría como si estuviera protagonizando un eterno homenaje a «Jungla de cristal». Todos los personajes arrastran su mochila: Rosa Díaz y su coraza emocional blindada, Terry Jeffords y su miedo a volver a la calle por sus hijas pequeñas, Gina Linetti y su narcisismo performático convertido en arte conceptual, Boyle y su entusiasmo desbordado por cualquier cosa que huela a amistad. Esa coralidad convierte el despacho del capitán, la sala de interrogatorios y hasta el ascensor en escenarios recurrentes de algo más grande que una simple broma; son espacios donde se redefinen lealtades, se negocian límites y, de vez en cuando, se aprenden lecciones que nadie quería oír pero todos necesitaban.

Entre el chiste fácil y la incomodidad necesaria

Lo tentador con una sitcom policial sería quedarse en la caricatura de “poli torpe, caso absurdo, reset al final del episodio”, pero «Brooklyn Nine-Nine» decide jugar una partida algo más arriegada. Durante sus ocho temporadas, la serie mantiene la ligereza que la hizo popular —diálogos rápidos, running gags como las legendarias «heists» de Halloween o el amor incondicional de Jake por la comida basura—, pero poco a poco va abriendo la puerta a conflictos que no caben en una broma de tres líneas. Hay episodios que atraviesan temas como el racismo institucional, el abuso de poder dentro del propio cuerpo policial o la presión que supone ser mujer en un entorno donde las bromas machistas se camuflan de camaradería. Lo interesante es cómo la serie se atreve a incomodar sin traicionar del todo el tono optimista: no se convierte en un drama sermoneador, pero tampoco se limita a hacer chistes autoconscientes para quedar bien.

Esa tensión entre risa y crítica se vuelve especialmente visible a medida que el contexto real se cuela por las rendijas de la ficción, hasta el punto de que la octava temporada se escribió en plena discusión pública sobre la brutalidad policial en Estados Unidos. La propia serie se ve obligada a preguntarse qué significa idealizar a la policía en un momento así, y la respuesta no es simple ni unánime, ni dentro de la ficción ni entre su audiencia. Algunos fans sienten que la comedia pierde ligereza cuando se acerca demasiado a estos temas, mientras otros agradecen el intento de no mirar hacia otro lado, aunque el formato de 22 minutos siempre limite la profundidad. En esa contradicción vive buena parte del interés actual de «Brooklyn Nine-Nine»: es un producto naciddo para ser evasivo, pero que, casi sin darse cuenta, acaba convertido en espejo incómodo de un sistema que ya no se puede representar de la misma forma ingenua que hace treinta años.

De la cancelación al efecto consuelo

La trayectoria industrial de la serie también tiene algo de guion bien hilado: en 2018, la cadena Fox la cancela tras cinco temporadas, y la reacción del público en redes sociales es tan ruidosa que, al día siguiente, NBC decide rescatarla y darle continuidad. Esa resurrección televisiva dice mucho del vínculo emocional que «Brooklyn Nine-Nine» había construido con su audiencia, una mezcla de fans de la comedia clásica de oficina y espectadores que buscaban un espacio seguro donde la diversidad no fuera un discurso, sino una realidad cotidiana. No hablamos sólo de representación racial o LGTBIQ+, sino de la forma en que la serie normaliza la vulnerabilidad emocional masculina, la ansiedad, las rarezas sociales y las familias elegidas que se sostienen más por bromas internas que por genética. De repente, el despacho del capitán Holt y el bullpen se convierten en una especie de salón compartido en el que mucha gente se siente menos rara, menos sola, un poco más comprendida.

Ahí entra en juego lo que podríamos llamar “efecto consuelo”: esa capacidad de acompañar al espectador sin exigirle nada más que dejarse llevar por el ritmo de gags y miradas cómplices. Las comedias de lugar de trabajo siempre han tenido algo de eso —de «Cheers» a «The Office»—, pero en «Brooklyn Nine-Nine» se mezcla con un optimismo que bordea peligrosamente la fantasía, como si el mundo real hubiera sido filtrado por un algoritmo que elimina a los verdaderos monstruos pero mantiene conflictos lo bastante serios como para que el chiste no sea completamente hueco. Es legítimo preguntarse si esa mirada amable al cuerpo policial no contribuye a suavizar una institución que, fuera de la pantalla, genera miedo y desconfianza para muchas personas; la propia serie hace guiños a esa crítica en algunos diálogos. Sin embargo, negar el confort que ofrece sería igualmente tramposo: hay noches en las que uno necesita ver cómo Jake y Amy discuten por quién hace mejor los informes, y el mundo parece algo menos cortante durante veintidós minutos.

Por qué sigue funcionando más allá del último caso

Con ocho temporadas y 153 episodios, «Brooklyn Nine-Nine» podría haberse desinflado como tantas sitcoms alargadas, pero mantiene una estabilidad sorprendente en el tono y en la calidad del reparto, que se lleva un Globo de Oro a mejor serie de comedia en 2014 y varios premios más a lo largo del camino. Más allá de reconocimientos, lo que la mantiene viva en plataformas como Netflix años después de su final es esa mezcla precisa de humor absurdo, personajes profundamente queribles y la sensación de estar visitando una pandilla que ya conoces, como quien vuelve siempre al mismo bar aunque la carta no cambie demasiado. Cada personaje, incluso los teóricamente secundarios como Hitchcock y Scully, termina teniendo su propio momento de dignidad ridícula, su pequeño arco de crecimiento o, al menos, un chiste perfecto que lo justifica todo. El equilibrio entre lo coral y lo íntimo es lo que permite pasar de un cold open delirante con un lineup cantando Backstreet Boys a una escena silenciosa en la que un personaje sale del armario ante su familia de trabajo.

A la hora de revisitarla, lo que sorprende no es tanto lo que cuenta como cómo envejece tu propia relación con la serie; la ves con ojos distintos según la etapa vital en la que estés, y de pronto te descubres empatizando con Holt cuando antes sólo te hacían gracia los gestos de Jake. Puede que la serie no resuelva el debate sobre la representación de la policía en la ficción, ni pretenda ofrecer una radiografía sociológica impecable, pero sí deja algo más tangible: la demostración de que todavía se puede hacer comedia de oficina que no suene a repetición automática, siempre que se recuerde que, detrás de cada chiste, hay personajes que sienten, se equivocan y, a veces, cambian. Tal vez por eso, cuando suena el «Nine-Nine!» a coro en pantalla, uno tenga la extraña impresión de estar respondiendo por dentro, como quien contesta un grito de guerra compartido con desconocidos al otro lado del mundo.