The Dink, una comedia sin demasiada puntería

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La primera pelota cruza la red con un sonido de plástico hueco. Al otro lado, alguien la devuelve sin demasiada fuerza. No parece el comienzo de una epopeya deportiva, y quizá ahí estaba la oportunidad de «The Dink»: hacer una comedia pequeña sobre un deporte que todavía provoca sonrisas condescendientes entre quienes consideran que una pista solo es seria cuando se juega al tenis.

La película elige un camino más conocido. Dusty Boyd fue una promesa juvenil, perdió ante Andy Roddick, arrastra una lesión y ahora enseña tenis a niños en el club de su padre. Chuck Boyd contempla aquella carrera malograda como una ofensa personal. Cuando el pickleball empieza a ocupar pistas, socios y conversaciones, padre e hijo encuentran un enemigo cómodo. El deporte nuevo representa todo lo que ellos desprecian: menos velocidad, menos prestigio y demasiada gente pasándolo bien sin pedir permiso.

Apple estrenó la película el 24 de julio de 2026. Josh Greenbaum dirige un guion de Sean Clements, con Jake Johnson como protagonista y productor. Ben Stiller figura entre los productores y aparece en un papel breve. El reparto incluye a Mary Steenburgen, Ed Harris, Aaron Chen, Chloe Fineman, Patton Oswalt y Chris Parnell, además de Andy Roddick y John McEnroe interpretándose a sí mismos. Sobre el papel, hay talento suficiente para levantar varias películas. Aquí apenas consigue mantener una en movimiento.

Una pelota más blanda, un guion conocido

«The Dink» pertenece a esa familia de comedias deportivas donde un perdedor arrogante debe aprender humildad, descubrir una comunidad y enfrentarse a la figura que convirtió su fracaso en una condena. Cambian el uniforme y el tamaño de la pista; el recorrido permanece casi intacto. La película no oculta esa familiaridad y, durante algunos tramos, incluso parece confiar en ella como quien se agarra a una barandilla.

Dusty empieza siendo desagradable de una forma calculada. Presume de una carrera que nunca llegó a existir, aburre a sus alumnos y confunde la fidelidad a su padre con una personalidad propia. Jake Johnson conoce bien este tipo de personaje: hombres que han desarrollado una coraza de ironía porque reconocer el fracaso exigiría demasiado trabajo. Su mejor recurso no es la caída aparatosa ni el gesto exagerado, sino esa manera de pronunciar una frase absurda como si acabara de ganar una discusión.

El problema aparece cuando el guion le entrega situaciones cómicas sin terminar de desarrollarlas. Algunas funcionan por acumulación, otras dependen de una insinuación sexual bastante perezosa y varias desaparecen justo cuando podrían volverse extrañas. La dirección de Greenbaum mantiene un tono amable, pero rara vez aprieta. Hay escenas que piden un poco más de descaro y conflictos que se resuelven antes de incomodar a nadie. Esa moderación convierte la película en una experiencia fácil de ver y también fácil de olvidar.

No es exactamente aburrida. Tiene ritmo, una duración razonable de 102 minutos y suficientes intérpretes capaces de encontrar una gracia donde el texto apenas dejó una indicación. La crítica ha coincidido menos en su calidad que en su ligereza: Associated Press la consideró previsible pero disfrutable; «Variety» la describió como más alegremente liviana que verdaderamente divertida; otras reseñas han señalado que sus momentos amables rara vez dejan una huella duradera. Esa dispersión encaja bastante bien con la sensación final. Hay quien encontrará una comedia simpática y quien verá un reparto excelente buscando una película mejor.

Jake Johnson juega en su terreno

Johnson sostiene «The Dink» porque nunca intenta convertir a Dusty en un héroe demasiado pronto. Conserva su ego, su resentimiento y esa expresión de hombre que cree haber recibido instrucciones equivocadas para vivir. Incluso cuando empieza a disfrutar del pickleball, el cambio no lo transforma de inmediato en alguien admirable. Sigue siendo Dusty, solo que ha encontrado una actividad donde su fuerza bruta resulta menos útil que la paciencia.

La película acierta al construir la comedia alrededor de esa inadaptación física. Dusty quiere golpear cada pelota como si todavía pudiera demostrar algo. El dink, ese toque suave que cae cerca de la red, exige justo lo contrario. La idea es sencilla y bastante transparente, pero funciona: un hombre educado para aplastar al adversario tiene que aprender a bajar la fuerza. La metáfora no necesita que nadie la explique, aunque el guion se acerque peligrosamente a hacerlo.

Mary Steenburgen aporta la serenidad que falta alrededor. Candace no aparece como una recompensa para el protagonista ni como una entrenadora espiritual disfrazada de interés romántico. Tiene ironía, deseo y una vida que la película apenas alcanza a mostrar. Steenburgen le da una presencia concreta con muy poco material. Su relación con Dusty introduce una diferencia de edad poco habitual en una comedia comercial, aunque el guion prefiere rodearla antes que observarla con verdadera curiosidad. Peter Bradshaw señaló precisamente esa timidez: la película plantea la relación y después evita casi todo lo que podría hacerla más interesante.

Aaron Chen, como PJ, entiende que un secundario puede vivir en una frecuencia distinta sin romper la película. Su devoción por Dusty es tan exagerada que termina revelando la necesidad de afecto de ambos. Chloe Fineman aparece como una antigua pareja escrita desde la caricatura, pero consigue que sus escenas tengan una electricidad que el resto echa de menos.

Patton Oswalt, Chris Parnell y Ben Stiller entran y salen con eficacia desigual. Stiller aprovecha su consulta médica; Parnell parece invitado a una fiesta que termina antes de que pueda quitarse el abrigo. John McEnroe convierte la intensidad del comentario deportivo en un pequeño número cómico, mientras Andy Roddick acepta ser el fantasma profesional que Dusty lleva décadas culpando de todo.

Ed Harris permanece completamente serio

La presencia de Ed Harris cambia la temperatura de la película. Chuck Boyd podría haber sido un padre gruñón de manual, una máquina de desprecio colocada junto a la pista para que el protagonista tuviera algo que superar. Harris lo interpreta como si la decepción de Chuck fuese una disciplina profesional. No busca la simpatía del público ni subraya los chistes. Mira a su hijo con la severidad de quien sigue evaluando un partido terminado hace veinte años.

Ese compromiso resulta especialmente divertido porque Harris no parece estar visitando la comedia desde fuera. Su personaje pertenece al mismo mundo que el resto, pero se niega a reconocer sus reglas. Chuck dirige el club, protege la jerarquía del tenis y considera el pickleball una invasión cultural. Cada pala de plástico le recuerda que su autoridad ya no organiza por completo el lugar. La película apenas explora esa pérdida de poder, aunque Harris la deja asomar en la rigidez del cuerpo y en una irritación que parece anterior a la primera escena.

Su carrera ha estado marcada por personajes de enorme autoridad, obsesión o dureza. Sus trabajos en «Apollo 13», «El show de Truman», «Pollock» y «Las horas» recibieron nominaciones al Óscar. Ese equipaje acompaña inevitablemente a Chuck: basta con que Harris entre en plano para que una discusión sobre pistas de pickleball adquiera una gravedad desproporcionada. La gracia procede de la fricción entre el actor y el material, no de verlo hacer muecas para demostrar que sabe reírse de sí mismo.

También aporta algo que el guion necesita desesperadamente: consecuencias. Dusty puede resultar patético, Candace puede señalar sus defectos y PJ puede adorarlo sin medida, pero Chuck representa la herida que mantiene al protagonista inmóvil. El padre convirtió el talento del niño en una deuda y el fracaso del adulto en una humillación compartida. «The Dink» toca esa relación con guantes demasiado acolchados. Cuando llega el momento de afrontar años de desprecio, prefiere una solución emocional comprensible y rápida.

Harris hace que imaginemos una película algo más incómoda. Una donde Chuck no fuese únicamente el obstáculo final, sino un hombre envejecido dentro de una idea del éxito que ya no sirve ni al club ni a su hijo. No es la película que tenemos. Aun así, sus escenas con Johnson ofrecen el peso dramático necesario para que la historia no se reduzca a una sucesión de golpes blandos y chistes sobre lesiones.

Un partido agradable que termina pronto

«The Dink» se deja ver porque sabe qué clase de tarde quiere ocupar. No exige atención absoluta, no castiga al espectador con una duración hinchada y ofrece suficientes momentos eficaces para evitar la sensación de tiempo perdido. Nos ha parecido entretenida, aunque difícilmente buena. Es una comedia regulera con actores bastante mejores que sus personajes y un argumento que llega a cada estación cuando ya sabemos qué habrá en el andén.

Podría haber sido más incisiva con la guerra cultural entre el tenis y el pickleball, más valiente con la relación entre Candace y Dusty o más cruel con la obsesión masculina por conservar un prestigio que nadie alrededor reconoce. También podía haber aprovechado mejor a un reparto secundario casi obsceno para una historia tan modesta. Prefiere no arriesgar demasiado. Incluso sus rarezas aparecen rodeadas de una estructura tranquilizadora.

Esa falta de ambición no la vuelve inútil. Hay películas que fracasan intentando ser memorables y otras que ni siquiera se presentan a ese torneo. «The Dink» entra en la segunda categoría. Cumple como entretenimiento doméstico, deja algunas escenas graciosas y permite ver a Ed Harris defender con enorme seriedad una batalla absurda contra un deporte jugado con una pelota perforada.

Al terminar, la pista queda libre enseguida. No recordamos el marcador, aunque tampoco lamentamos haber visto el partido.

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