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De Beautiful Freak a Extreme Witchcraft: el viaje sonoro de Eels
El mundo conoció a Eels en 1996, pero la historia de esta banda no comienza ahí. Mark Oliver Everett, conocido como Mr. E, ya había dejado señales de su inquietud compositiva en dos álbumes solistas, «A Man Called E» y «Broken Toy Shop», que no presagiaban la densidad emocional de lo que vendría. E eligió la música por pura necesidad vital, una brújula incierta en una vida marcada por la tragedia. Eels no es un grupo al uso: es una formación hecha a la medida de Everett, con músicos rotando en torno a un centro de gravedad emocional donde lo personal y lo artístico nunca han estado separados.
Su debut, «Beautiful Freak», no tardó en llamar la atención. Una extrañeza dulce, casi naíf, con canciones como «Novocaine for the Soul» y «Susan’s House» que se deslizaron por la radio como si fuera fácil hablar del aislamiento y la búsqueda de sentido. Pero el verdadero punto de inflexión llegó, abrupto, con el álbum «Electro-Shock Blues». El suicidio de su hermana y la enfermedad terminal de su madre convirtieron este disco en un refugio lírico para todo aquel que ha conocido el dolor profundo. Aquí es donde la música de Eels se distancia de cualquier etiqueta: las letras de Everett se vuelven confesión, exorcismo y bálsamo para cicatrices que nunca llegarán a cerrarse del todo.
A partir de ahí, la evolución estilística de la banda parece moverse al compás de la vida de E. Cada disco es distinto pero reconocible, como un diario personal con el tiempo reconstruido entre teclas y guitarras. «Daisies of the Galaxy» mostró su cara más luminosa; «Souljacker» abrazó la distorsión y la crudeza; «Blinking Lights and Other Revelations» fue su obra magna, doble álbum, lleno de detalles y colaboraciones, una especie de testamento sobre el asombro constante ante la vida y la muerte. Y, sin embargo, quienes le siguen saben que cada regreso de Eels es inesperado y, a la vez, exactamente lo que se necesita para respirar otro poco.
Los años 2000 trajeron la trilogía formada por «Hombre Lobo», «End Times» y «Tomorrow Morning», obras donde el deseo, el desengaño y la tímida esperanza emergen y retroceden como las mareas. ¿Se puede tener sentido del humor en medio del naufragio? Eels responde siempre con un sí resignado, pero convencido. Tras varias giras y experimentos en el directo ‑como la Eels Orchestra o grabaciones en vivo tan descarnadas como «With Strings: Live at Town Hall»- Everett siguió explorando rutas sonoras: el optimismo camuflado de «Wonderful, Glorious» y la mirada hacia el pasado en «The Cautionary Tales of Mark Oliver Everett».
El paso de las décadas no ha restado inquietud al proyecto. Álbumes recientes como «The Deconstruction», «Earth to Dora» y «Extreme Witchcraft» demuestran que, lejos de agotarse, la creatividad de Eels florece en ese punto exacto entre extrañeza, melancolía y desapego. Hay algo profundamente humano en su manera de conjugar lo trivial y lo existencial; una banda sonora para los que todavía no se han resignado a dejar de sentir.

Mark Oliver Everett: duelos, demonios y canciones que arden
La música de Eels es un espejo de carne, vulnerable y extraño. Tras ese espejo está Mark Oliver Everett, el gran narrador de lo cotidiano atravesado por la pérdida. Su biografía es, sin exagerar, una de las más ásperas del rock alternativo: hijo del físico teórico Hugh Everett III ‑creador de la interpretación de los «universos múltiples»-, Mark encontró pronto el abismo en casa. La muerte súbita de su padre, primero; el suicidio de su hermana y el cáncer terminal de su madre, después. A Everett no le quedó más remedio que convertir los peores capítulos de su vida en canciones, a menudo desgarradoras y siempre honestas.
La relación entre su historia personal y sus discos es indisoluble. «Electro-Shock Blues» es directamente una carta de amor y rabia a su familia perdida, donde temas como «Elizabeth on the Bathroom Floor» y «Dead of Winter» retratan la angustia sin filtros, y aun así dejan espacio a la belleza. El propio E reconoce en entrevistas que la música le ha servido para salvarse de sí mismo, pero también para reírse de todo aquello que hiere. No hay artificio en sus letras; sí, en cambio, un humor seco, casi cínico, que desarma la solemnidad y convierte el dolor en resistencia.
Everett no se ha reservado nada: tanto en sus letras como en sus memorias, «Cosas que los nietos deberían saber», narra sus derrotas familiares como si fueran la materia prima de cualquier vida bien vivida. Los dramas no se exhiben como trofeos, más bien aparecen como sombras que acompañan cada composición. Esta sinceridad, lejos de convertir sus discos en experiencias lúgubres, los dota de una autenticidad pocas veces igualada. No hay pose, solo una extensa crónica sobre lo que significa sobrevivir, reírse o rendirse por un rato.
En directo, Mr. E transmite esta mezcla de distancia y calidez: bromea, se despista, a veces no parece saber muy bien dónde está. Y sin embargo, cuando coge la guitarra el escenario se convierte en una segunda casa donde cualquier herida nueva queda atendida, aunque solo sea durante tres minutos y medio. Mark Oliver Everett es, y sigue siendo, un superviviente que ha hecho del pop un espacio de expiación y alegría anómala.

Un legado donde el dolor tiene ritmo y cura
Hablar de la influencia de Eels es hablar de la capacidad de sus discos para funcionar como consuelo improbable, banda sonora de días grises y noches insomnes. Pocos grupos alternativos pueden presumir de un catálogo tan permeable al paso del tiempo y a los vaivenes de su autor. A través de 14 álbumes de estudio y decenas de directos, rarezas y recopilatorios, Eels ha sabido adaptarse y desafiar cualquier etiqueta definitiva: tienen alma de indie, corazón de pop y trastienda de songwriter devastado.
Parte de esta vigencia radica en no tener miedo al cambio ni a la imperfección. Como cuenta el propio Everett, grabar en directo suele deparar errores y momentos incómodos, pero la suma de todo eso es la verdad del grupo. Hay discos grabados en una noche y obras a fuego lento; canciones compuestas en la euforia y otras como único salvavidas. Eels ha influido en toda una generación de músicos y oyentes por esa mezcla de honestidad, sentido del humor y una ternura que atraviesa cada recoveco de su discografía.
Su sombra es alargada, aunque siempre escurridiza: Mark Everett cita como influencias a Ray Charles y a músicos contemporáneos tan dispares como Father John Misty, pero nunca ha querido pertenecer a una escena. Eels es y será siempre un territorio propio, donde el dolor y la ironía bailan juntos. El legado de la banda trasciende formatos y modas porque sabe habitar el presente sin nostalgia ni impostura. No hay redención instantánea, pero sí la posibilidad de acompañar, de recordarnos que reímos y lloramos igual en cada idioma.
En un mundo cada vez más dado al disfraz, Eels brillan por la franqueza de sus cicatrices. Su música no promete salvarte, pero sí hacerte sentir visto en tu rareza, en tus derrotas, en el consuelo inesperado de una melodía que nos sobrevive siempre un poco más.
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