Dos hombres corriendo hacia el mismo abismo

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Hay películas que no se limitan a envejecer: se quedan resonando en el fondo de la cultura, como un eco incómodo que vuelve cada vez que la televisión se pasa de frenada. «The Running Man» es una de ellas, y la nueva versión de 2025 parece rodada precisamente para recordarnos que el eco ya casi se ha convertido en realidad. Volver a ver ese juego mortal, ahora filtrado por la mirada de Edgar Wright, tiene algo de déjà vu y de bofetada: el mismo programa, las mismas reglas básicas, pero una puesta en escena que habla el lenguaje de las plataformas, los realities y los trending topics. Y en medio de todo ello, dos figuras se miran a través del tiempo: el Ben Richards de Arnold Schwarzenegger, tallado en hierro ochentero, y el de Glen Powell, moldeado con dudas, sarcasmo y un mundo mucho más cínico alrededor. Ver las dos versiones seguidas es como ver a la misma pesadilla probarse dos cuerpos distintos.

El nuevo espectáculo, Wright afila el reality

La versión de 2025 asume desde el primer plano que conocemos el juego, y por eso se preocupa más por la maquinaria que lo sostiene que por explicar las reglas otra vez. Wright convierte el programa en una especie de monstruo omnipresente: pantallas en todas partes, cámaras imposibles, cortes de montaje que nos lanzan del plató a la sala de edición, del despacho del productor a las reacciones en directo del público. La idea de que “todo es contenido” está incrustada en la puesta en escena, como si el propio film estuviera constantemente a punto de convertirse en highlight para redes.

En esa ciudad-plató, cada calle parece diseñada por un director de arte que ha visto demasiados realities de supervivencia y demasiados anuncios de tecnología a la vez. La paleta de colores y la fotografía de Chung Chung-hoon juegan con esa mezcla de distopía y videoclip, de neón y hormigón, hasta que el futuro cercano se siente sospechosamente familiar. Todo está calibrado para que la violencia se vea espectacular, pero también para que se note la coreografía: se ve el artificio, se ve la mano del showrunner, se nota que nada es espontáneo aunque parezca en directo. Y mientras tanto, la película introduce pequeños desajustes —cortes bruscos, reacciones incómodas, silencios— que dejan claro que el espectáculo se alimenta tanto de sangre como de nervios ajenos.

Glen Powell, un fugitivo hecho de dudas

Glen Powell se coloca en el centro de ese circo con una presencia que no intenta competir en volumen con Schwarzenegger, sino en matices. Su Ben Richards no es un coloso moral, sino un hombre agotado al que el sistema ha arrinconado y que entra en el juego casi como última carta para salvar algo que le importa, con una motivación más íntima y menos heroica en el sentido clásico. Se le nota el peso del mundo en los hombros, pero también esa especie de ironía defensiva de quien ya no cree del todo en nada, ni siquiera en el propio gesto de rebelión.

Lo interesante es cómo Powell juega con el carisma: no es el tipo que entra en plano y llena la pantalla solo con el cuerpo, sino el que gana terreno a base de miradas, de silencios, de frases cortas que parecen improvisadas a la defensiva. Cuando corre, parece que huya tanto de los cazadores como del papel que el programa le está obligando a interpretar; cuando se planta, lo hace con la sensación de que está negociando con la cámara, no solo con sus enemigos. Eso hace que su Ben funcione muy bien en un contexto donde el espectáculo no se sostiene solo con músculo, sino con narrativa: es un personaje que entiende que lo están montando, que lo están editando, y que intenta torcer el guion desde dentro aunque el tablero esté amañado.

Reparto 2025: villanos de despacho, cazadores de portada

La película se apoya mucho en su reparto secundario, que funciona como un mapa de cómo se articula el espectáculo. Josh Brolin, como Dan Killian, abandona el registro del showman histérico para convertirse en un productor frío, midiendo cada palabra, cada pausa, con el cálculo de alguien que sabe que su verdadero poder no está en la cara bonita, sino en los contratos y las audiencias. Colman Domingo, por su parte, llena de electricidad cada aparición de Bobby Thompson, un presentador que brilla tanto que casi parece creer de verdad en el juego que está vendiendo; y esa mezcla de entusiasmo y crueldad le da al film un filo muy incómodo.

En el frente físico, Lee Pace encarna a Evan McCone con un aire de campeón deportivo elevado a icono nacional: más atleta-estrella que villano caricaturesco, alguien que sabe que su fama depende de la sangre que derrama. Emilia Jones, Michael Cera, William H. Macy o Jayme Lawson dan cuerpo a ese entorno de cómplices, víctimas y figuras grises que orbitan alrededor del show, y que completan la sensación de ecosistema, de industria total. Frente a la estructura casi de cómic del 87, donde cada cazador era un personaje larger-than-life, aquí la violencia se integra más en un tejido social: son trabajadores, estrellas, ejecutivos, técnicos, todos engrasando la máquina del espectáculo.

El clásico del 87… músculo, chistes y rabia fluorescente

Volver al film de 1987 después de la nueva versión es como abrir una revista de los ochenta y que se te caigan encima hombreras, neones y una rabia muy concreta. Paul Michael Glaser rodó una historia que, aunque nace del mismo texto de Stephen King, se toma libertades enormes para abrazar el cine de acción de la época: escenarios que parecen parques temáticos, cazadores que rozan el cartoon y un tono que oscila entre el cinismo y el puro divertimento. El reality-show es aquí un circo sin demasiados matices, pero con una claridad admirable: el sistema es corrupto, la televisión miente, el público traga, y el héroe tiene que abrirse paso a puñetazos y frases lapidarias.

La estructura es más lineal, más directa: Richards entra en el juego, sobrevive a una serie de niveles cada vez más extremos, y poco a poco convierte la huida en una revancha. No hay tanta exploración del backstage como en la versión moderna; la magia sucede sobre todo en el plató y en los pasillos donde los cazadores se pasean como gladiadores patrocinados. El resultado es una película que funciona como artefacto de entretenimiento puro y duro, pero que deja claros sus dardos contra la televisión basura y la manipulación de masas, a su manera directa y algo gruesa.

Schwarzenegger vs Powell, dos formas de ocupar el mismo mito

Comparar a Arnold Schwarzenegger y a Glen Powell en el mismo personaje es comparar dos formas de entender lo heroico en el cine de acción. Schwarzenegger llega al papel desde la mitología del cuerpo: su Ben Richards es prácticamente un símbolo, un hombre convertido en arma que atraviesa el programa como un bulldozer moral. Es un héroe que no duda, que encarna la justicia de manera casi física, y cuya relación con el espectáculo es la de alguien que irrumpe para romperlo, para desmontar las luces a base de golpes.

Powell, en cambio, hereda un mundo en el que el héroe ya no puede ser tan simple sin sonar falso: su Richards se sabe observado, editado, juzgado; se mueve como alguien consciente de que la batalla se libra tanto en el campo físico como en la narrativa. Donde Schwarzenegger imponía distancia —era el tipo que uno nunca sería— Powell se acerca más al espectador contemporáneo, con su mezcla de agotamiento, miedo y humor defensivo. El primero representaba una fantasía de fuerza pura; el segundo, el intento de conservar una cierta integridad personal mientras todo alrededor se convierte en contenido.

Dos tiempos, una misma incomodidad

Al final, las dos versiones de «The Running Man» funcionan como espejos colocados en distinto ángulo sobre la misma inquietud. La de 1987, con su neón y su músculo, gritaba contra una televisión que empezaba a coquetear con el espectáculo extremo; la de 2025, con su estética de plataforma y su sátira afilada, habla de un ecosistema donde la frontera entre ficción, entretenimiento y vida real casi ha desaparecido. Lo que cambia son los códigos, los tonos, las formas de interpretar al héroe y a los villanos, pero la pregunta que late debajo es la misma: ¿cuánto estamos dispuestos a aceptar como “normal” mientras haya una pantalla de por medio?

Verlas seguidas es como ver la evolución de nuestra tolerancia: lo que en el 87 parecía exageración, hoy suena a aviso que no hemos querido escuchar del todo. Y quizá por eso la nueva versión, con sus virtudes y sus fallos, se siente tan pertinente: no viene a sustituir al original, sino a recordarnos que el juego sigue en marcha, que el decorado ha cambiado, pero que seguimos corriendo dentro del mismo show.

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