Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor

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Tiempo, memoria y truco mental

La frase «cualquier tiempo pasado fue mejor» engancha porque mezcla nostalgia, memoria selectiva y algo de miedo a lo nuevo. Sin embargo, los datos dibujan una realidad bastante distinta: nunca antes tanta gente vivió tanto tiempo, con tanta salud y con tantas oportunidades educativas como ahora. La paradoja es que, mientras las condiciones materiales mejoran, la percepción subjetiva de empeoramiento se mantiene muy extendida en casi todos los países. Quizá el pasado nos parece dorado no porque lo fuera, sino porque el cerebro edita lo incómodo, como un editor maniático borrando errores de una maqueta hasta que solo quedan los titulares bonitos.

La nostalgia tiene truco: solemos comparar un presente complejo con un pasado simplificado, muchas veces asociado a nuestra juventud. No se compara 1975 con 2025, sino tener veinte años con tener cincuenta, y eso es hacer trampas con la escala. Además, tendemos a infravalorar cuánto han cambiado las cosas: mucha gente sobreestima la esperanza de vida de hace décadas y subestima la actual, como si el tiempo no hubiera hecho su trabajo silencioso. Conviene, por tanto, levantar la vista de la pantalla, poner sobre la mesa algunos datos básicos de salud, pobreza o educación, y ver si esa añoranza se sostiene o es solo un buen eslogan generacional.

Más años de vida y menos pobreza

Si alguien del siglo XIX se despertara hoy en mitad de una ciudad cualquiera, pensaría que ha aterrizado en una novela de ciencia ficción optimista. A comienzos del siglo XX, la esperanza de vida media mundial rondaba los 32 años; hoy se sitúa alrededor de los 73, más del doble en apenas un siglo, gracias sobre todo a vacunas, antibióticos, agua potable y sistemas sanitarios mucho más eficaces. La mortalidad infantil, que hundía esa media y convertía cada nacimiento en una ruleta peligrosa, se ha desplomado de forma espectacular en casi todas las regiones del planeta. Sigue habiendo desigualdades brutales entre países, pero ninguna generación anterior ha tenido, de media, tantas probabilidades de llegar a vieja como la actual.

La mejora no se limita a vivir más tiempo, sino también a vivir mejor. La pobreza extrema, esa en la que prácticamente no hay margen para elegir nada, se ha reducido de forma drástica durante las últimas décadas. Hace doscientos años, más del 80% de la población mundial vivía en pobreza extrema; hoy es una minoría, aunque muy numerosa y nada desdeñable, pero lejos de ser la norma inevitable de la especie. Eso se traduce en más acceso a alimentos, vivienda, energía y bienes básicos que en otro tiempo hubieran parecido lujos reservados a una élite mínima.

En el terreno de la educación el salto es igual de contundente. Las tasas de analfabetismo se han desplomado y el número de años que una persona pasa en la escuela ha aumentado casi en todos los países, incluso en los de menor renta, donde la escolarización primaria y secundaria se ha convertido en objetivo político y social prioritario. Desde 1990, el promedio de años de escolarización ha pasado de poco más de siete a más de nueve a nivel global, lo que significa millones de personas con más herramientas para entender el mundo, acceder a mejores empleos y participar en la vida pública. Frente a la idea de que «antes la gente estaba mejor», los datos cuentan una historia de progreso lenta, desigual y llena de tropiezos, pero progreso al fin y al cabo.

La trastienda oscura del progreso

Aceptar que muchas cosas han mejorado no significa ponerse unas gafas de color rosa y negar la parte oscura del cuadro. El mismo desarrollo que ha alargado vidas y reducido la pobreza ha venido acompañado de un consumo masivo de combustibles fósiles, una urbanización acelerada y un uso desmedido de recursos naturales que han dejado huellas profundas en la atmósfera, los océanos y la biodiversidad. El resultado es un planeta más cálido y más inestable, con olas de calor extremo, fenómenos climáticos intensificados, pérdida de especies y cambios en los ecosistemas que empiezan a sentirse en la mesa, el trabajo y la salud. Hablar de progreso sin mencionar esta factura ambiental sería como presumir de maquetación impecable en una revista que nadie puede leer porque se ha quedado sin luz.

Además, el crecimiento demográfico y la concentración en grandes ciudades han creado nuevas vulnerabilidades. Aunque la población mundial acabará estabilizándose, lo hace sobre un suelo de más de ocho mil millones de personas, muchas de ellas hacinadas en megaciudades con infraestructuras tensadas al límite. En algunas regiones, la sobrepoblación relativa se mezcla con desigualdad, desempleo y falta de servicios básicos, impulsando migraciones, conflictos y tensiones políticas que alimentan esa sensación de que «todo va a peor». La globalización conecta, pero también amplifica los shocks: una crisis sanitaria o económica viaja hoy más deprisa que cualquier rumor en una plaza de pueblo del pasado.

La tecnología añade otra capa de ambivalencia. Permite avances increíbles en medicina, energías renovables o comunicación, pero también facilita la desinformación masiva, la vigilancia intrusiva y la posibilidad de daños a escala nunca vista, desde ciberataques a conflictos armados con herramientas cada vez más destructivas. Algunos análisis señalan incluso que el riesgo de autodestrucción colectiva por malas decisiones tecnológicas no es despreciable en las próximas décadas, lo cual convierte la gestión ética y política de la innovación en una tarea tan urgente como fascinante. No se trata de renegar del progreso, sino de asumir que viene con un manual de instrucciones complejo que aún estamos aprendiendo a leer.

Cien años hacia adelante: ¿utopía, distopía o algo entre medias?

Cuando se intenta imaginar cómo será la vida dentro de cien años, aparecen dos guiones posibles: uno digno de portada luminosa y otro más cercano a una portada apocalíptica. En el primero, la humanidad consigue reducir de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero, despliega masivamente energías renovables y reconfigura ciudades y sistemas de transporte para que sean más eficientes, verdes y habitables. Eso permitiría limitar el calentamiento global y evitar los escenarios más extremos de sequías, inundaciones y pérdidas irreversibles de ecosistemas, conservando un margen razonable para seguir mejorando la calidad de vida sin quemar la casa común. No sería un mundo perfecto, pero sí uno donde la frase «vivimos mejor que hace un siglo» seguiría teniendo sentido.

En el guion pesimista, las políticas climáticas llegan tarde y mal. La temperatura global supera con holgura los dos grados adicionales, las olas de calor se vuelven más letales, los eventos extremos se multiplican y millones de personas se ven obligadas a desplazarse por la subida del nivel del mar o la falta de agua y alimentos. En ese contexto, las tensiones por recursos, las crisis humanitarias y las fracturas sociales pueden intensificarse, y el supuesto avance tecnológico queda al servicio de la supervivencia inmediata más que de la creatividad o el bienestar. La nostalgia, curiosamente, ganaría enteros incluso entre quienes nunca convivieron con ese pasado idealizado.

Lo más probable es que la realidad se sitúe entre ambos extremos. La capacidad de innovación que ha permitido duplicar la esperanza de vida y reducir la pobreza puede volcarse en soluciones para la crisis climática, la salud global o la gestión de ciudades hiperconectadas. Al mismo tiempo, los riesgos de desigualdad, colapso ambiental localizado y conflictos seguirán presentes, exigiendo instituciones más robustas y una ciudadanía mejor informada. Si dentro de cien años alguien repite «cualquier tiempo pasado fue mejor», convendría que esa frase sonara, una vez más, más a truco de memoria que a diagnóstico real.

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