«Estado eléctrico»: entre luces y sombras en el retrofuturismo de Netflix

«Estado eléc­tri­co», la adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fi­ca de la nove­la grá­fi­ca homó­ni­ma de Simon Stålenhag, ha lle­ga­do a Netflix con un des­plie­gue visual impre­sio­nan­te y un pre­su­pues­to que la con­vier­te en la pro­duc­ción más cara de la pla­ta­for­ma. Dirigida por los her­ma­nos Russo, cono­ci­dos por éxi­tos como «Avengers: Endgame», la pelí­cu­la pro­me­tía una expe­rien­cia épi­ca en el retro­fu­tu­ris­mo de los años 90. Pero, ¿cum­ple con las expec­ta­ti­vas?

La res­pues­ta es com­ple­ja. Por un lado, encon­tra­mos ele­men­tos que des­ta­can, como el dise­ño visual ins­pi­ra­do en la obra ori­gi­nal de Stålenhag, y por otro, una narra­ti­va que se que­da cor­ta fren­te a las posi­bi­li­da­des del mate­rial fuen­te.

Simon Stålenhag: el alma que no se tra­du­jo al cine

Simon Stålenhag es un artis­ta sue­co cuya obra ha revo­lu­cio­na­do el géne­ro retro­fu­tu­ris­ta. Su nove­la grá­fi­ca «Estado eléc­tri­co» (2018) retra­ta una América alter­na­ti­va en la que los robots con­vi­ven con los huma­nos tras una rebe­lión falli­da. Con un esti­lo visual que mez­cla melan­co­lía y tec­no­lo­gía deca­den­te, Stålenhag logra crear una atmós­fe­ra úni­ca que invi­ta a refle­xio­nar sobre temas como la sole­dad, el aban­dono y las con­se­cuen­cias del pro­gre­so.

Sin embar­go, la pelí­cu­la diri­gi­da por los Russo pare­ce haber dilui­do esa esen­cia. Aunque los dise­ños de los robots y pai­sa­jes son fie­les al uni­ver­so crea­do por Stålenhag, la pro­fun­di­dad emo­cio­nal y filo­só­fi­ca de su obra se pier­de en favor de una narra­ti­va más con­ven­cio­nal. La crí­ti­ca ha seña­la­do que el guion, escri­to por Christopher Markus y Stephen McFeely, care­ce de la sol­ven­cia nece­sa­ria para cap­tu­rar el espí­ri­tu inquie­tan­te del libro.

Los acto­res prin­ci­pa­les: ¿un repar­to des­apro­ve­cha­do?

El elen­co de «Estado eléc­tri­co» es uno de sus pun­tos fuer­tes en teo­ría. Millie Bobby Brown inter­pre­ta a Michelle, una ado­les­cen­te huér­fa­na que empren­de un via­je para encon­trar a su her­mano des­apa­re­ci­do. Su actua­ción es sóli­da, pero no logra tras­cen­der debi­do a las limi­ta­cio­nes del guion. Chris Pratt, quien da vida a Keats, un con­tra­ban­dis­ta que acom­pa­ña a Michelle en su tra­ve­sía, cum­ple con su papel aun­que sin apor­tar mati­ces memo­ra­bles.

Por otro lado, el talen­to detrás de las voces de los robots es impre­sio­nan­te: Anthony Mackie como Herman y Alan Tudyk como Cosmo des­ta­can en sus inter­pre­ta­cio­nes voca­les. Sin embar­go, inclu­so este aspec­to pare­ce insu­fi­cien­te para com­pen­sar las caren­cias narra­ti­vas del fil­me.

Un espec­tácu­lo visual sin alma

Si algo sobre­sa­le en «Estado eléc­tri­co», es su apar­ta­do visual. Los dise­ños ins­pi­ra­dos en Stålenhag son impre­sio­nan­tes y están per­fec­ta­men­te inte­gra­dos con los efec­tos espe­cia­les. Los robots tie­nen per­so­na­li­dad y están car­ga­dos de deta­lles que evo­can nos­tal­gia y futu­ris­mo al mis­mo tiem­po. Este aspec­to demues­tra el com­pro­mi­so del equi­po artís­ti­co con la obra ori­gi­nal.

Pero aquí sur­ge el pro­ble­ma prin­ci­pal: aun­que visual­men­te atrac­ti­va, la pelí­cu­la care­ce de un sen­ti­do de mara­vi­lla o pro­fun­di­dad emo­cio­nal. El guion se sien­te más como una fór­mu­la mate­má­ti­ca que como una his­to­ria viva; algo que varios crí­ti­cos han atri­bui­do al enfo­que exce­si­va­men­te comer­cial de Netflix.

Luces apa­ga­das en el retro­fu­tu­ris­mo

«Estado eléc­tri­co» es una pelí­cu­la que bri­lla por momen­tos pero nun­ca alcan­za su ver­da­de­ro poten­cial. Aunque los dise­ños visua­les son fie­les al uni­ver­so crea­do por Simon Stålenhag y el repar­to cuen­ta con gran­des nom­bres, la narra­ti­va super­fi­cial impi­de que esta adap­ta­ción sea memo­ra­ble. Es una mues­tra más de cómo un gran pre­su­pues­to no garan­ti­za un buen pro­duc­to final.

Para los fans del libro ori­gi­nal, esta pelí­cu­la pue­de resul­tar decep­cio­nan­te; para quie­nes bus­can entre­te­ni­mien­to lige­ro con toques retro­fu­tu­ris­tas, pue­de ser sufi­cien­te. En cual­quier caso, deja cla­ro que adap­tar obras tan ricas como las de Stålenhag requie­re algo más que efec­tos espe­cia­les y estre­llas reco­no­ci­das.

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