Spider-Noir: crimen, humo y telarañas

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Un Spider-Man desencajado, con gabardina y pistola, pasea por una Nueva York en blanco y negro mientras la voz de Nicolas Cage resuena como si hubiese fumado demasiadas noches de lluvia seguidas. No es el héroe optimista de siempre, sino un detective cansado, atrapado entre mafiosos, conspiraciones y la sensación permanente de que todo llega tarde.

Una Nueva York en blanco y negro… o en color extremo

«Spider-Noir» sitúa al Hombre Araña en una versión alternativa de los años 30, con rascacielos envueltos en niebla, callejones húmedos y farolas que parecen interrogatorios en sí mismas. La serie, producida por Sony en colaboración con MGM+ y disponible en Prime Video, decide jugar fuerte: cada episodio puede verse tanto en blanco y negro como en una versión a color con un toque deliberadamente retro. No cambia la historia, pero sí el modo en que la ciudad te mira.

El blanco y negro digital está diseñado para abrazar el espíritu del cine negro clásico, con fuertes contrastes, sombras duras y una atmósfera moralmente turbia, más cercana a Chandler que a los blockbusters actuales. La opción a color, bautizada como estilo True-Hue en algunas piezas promocionales, empuja los tonos hasta casi el tecnicolor, creando un look pulp que recuerda tanto a viejos cómics como a carteles de serie B rescatados de un videoclub fantasma. El resultado es una experiencia dual: la misma trama, dos sensibilidades distintas, como si eligieras entre escuchar un vinilo con ruido de aguja o un remaster cristalino.

Visualmente, la serie se recrea en el grano, la lluvia, el humo y los neones que casi crujen. Las calles de Nueva York parecen decorados de un estudio clásico, pero llenos de trucos digitales: planos picados sobre los tejados, sombras de telaraña proyectadas sobre paredes desconchadas y encuadres que se toman su tiempo, más interesados en sugerir que en exhibir. La cámara se mueve como un detective que sospecha de todos, sin prisas, pero sin perder el pulso.

Un Spiderman que fuma Bogart y maldice a lo Cage

Nicolas Cage interpreta a Ben Reilly, aquí un detective privado que también es Spider-Man, y construye el personaje mezclando referentes del noir clásico con su propia excentricidad. Él mismo ha explicado que se inspiró en la cadencia de actores como Humphrey Bogart y en el ritmo de diálogo de las películas de crimen de los años 30 y 40, pero filtrado por su estilo exagerado, casi caricaturesco. El resultado es un héroe áspero, irónico, con frases que suenan a monólogo interior de novela barata, pero que se clavan como un puñetazo en mitad de la madrugada.

La voz de Cage, grave y rota, se convierte en una pieza central de la serie, subrayando el tono crepuscular del relato. Sus monólogos sobre la ciudad, la culpa y la violencia funcionan como una banda sonora paralela, casi un instrumento más. Este Spider-Noir no es un chico de instituto ni un genio despistado: es un adulto que arrastra fracasos, decisiones cuestionables y una telaraña de deudas morales que amenazan con ahogarlo. Hay humor, sí, pero siempre salpicado de cinismo, como si cada chiste fuese una forma de aplazar un desastre inevitable.

El reparto que lo acompaña refuerza este tono híbrido entre pulp, policíaco y cómic retorcido. Li Jun Li interpreta a Cat Hardy, una cantante de club nocturno con vibra de femme fatale que mezcla glamour, vulnerabilidad y secretos peligrosos. Lamorne Morris da vida al periodista Robbie Robertson, que aporta contrapunto moral y también humor a base de diálogos rápidos, mientras Karen Rodriguez y Brendan Gleeson completan el núcleo de personajes recurrentes, cada uno con su propio historial de sombras, favores y balas perdidas.

Sonidos de jazz, golpes secos y telarañas

La banda sonora de «Spider-Noir» se mueve entre el jazz oscuro, el swing de club clandestino y pinceladas contemporáneas que evitan que la experiencia se convierta en simple pastiche. El tema de apertura, «Saving Grace», interpretado por Kirby, marca el tono desde el primer segundo: percusión contenida, arreglos elegantes y una melodía que suena a redención imposible. No es el típico tema heroico, sino una mezcla de deseo y amenaza que encaja como un guante con la silueta de Cage caminando bajo la lluvia.

A lo largo de los episodios aparecen piezas vocales cuidadosamente elegidas, como una versión de «Dream a Little Dream of Me» que suena a caricia peligrosa, o la canción original «The Devils You Know», escrita por Oak Felder y Sebastian Kole e interpretada por Li Jun Li, que aprovecha su rol de cantante dentro de la propia trama. La música diegética —la que suena dentro del universo de la serie— convierte los clubes en pequeños escenarios de confesión y traición, donde cada nota puede estar comprada. Entre medias, la partitura instrumental juega con metales apagados, contrabajos reptantes y silencios que pesan tanto como los disparos.

El diseño sonoro amplifica esa sensación de noir contemporáneo: pasos sobre charcos, sirenas lejanas, el chasquido de una telaraña lanzada en la penumbra, golpes secos y respiraciones contenidas. Cada pelea parece más un choque entre cuerpos cansados que una coreografía perfecta, lo que refuerza el aire de thriller sucio, de lucha desesperada por llegar vivo al siguiente callejón. Si se ve en blanco y negro, la banda sonora domina el espacio; en la versión a color, dialoga con los tonos saturados y crea un contraste casi psicodélico entre el oído y la retina.

Canción recomendada para acompañar el visionado: «Feeling Good» en la versión de Muse, que encaja con el tono oscuro, teatral y ligeramente excesivo que despliega la serie.

Nicolas Cage y sus héroes rotos

«Spider-Noir» no aparece de la nada en la carrera de Nicolas Cage: es casi la culminación lógica de su romance con personajes extremos, antiheroes y tipos que se toman a puñetazos con lo sobrenatural. En el terreno superheroico, Cage ya había interpretado a Big Daddy en «Kick-Ass», una especie de Batman vengativo y obsesivo que entrenaba a su hija como un arma viviente, y al motociclista maldito de «Ghost Rider», condenado a convertirse en un esqueleto llameante con chupa de cuero. Su voz también había dado vida previamente a Spider-Man Noir en «Spider-Man: Into the Spider-Verse», allanando el camino para esta versión expandida y más compleja del personaje.

Pero su relación con la aventura va mucho más allá del spandex: títulos como «The Rock», «Con Air» o «Face/Off» definieron durante los 90 un tipo de héroe de acción excéntrico, capaz de mezclar vulnerabilidad, locura y explosiones en una misma escena. En «National Treasure» abrazó el género de búsqueda de tesoros históricos, mientras que «Season of the Witch» y «The Sorcerer’s Apprentice» lo acercaron a la fantasía oscura y al pulp mágico. Incluso cuando se ha alejado del género, su inclinación por personajes que viven al límite —como en «Mandy» o «Pig»— ha reforzado su imagen de actor dispuesto a jugarse todo por un tono, una mirada o un grito memorable.

Dentro del espectro de superhéroes y aventuras, su filmografía relevante incluiría, al menos, «Kick-Ass», «Kick-Ass 2» (cameos y herencia del personaje), «Ghost Rider», «Ghost Rider: Spirit of Vengeance», «Spider-Man: Into the Spider-Verse», «The Rock», «Con Air», «Face/Off», «National Treasure» y su secuela, «The Sorcerer’s Apprentice» y «Season of the Witch». «Spider-Noir» funciona casi como un resumen de todo eso: un héroe con pasado complicado, rodeado de balas y conspiraciones, pero visto a través de un prisma estilizado que le permite exagerar su propia leyenda sin perder cierta melancolía. Da la sensación de que Cage, por fin, ha encontrado un superhéroe a su medida exacta: raro, excesivo, cansado y, sin embargo, imposible de ignorar.

Cómo ver «Spider-Noir» sin arruinarte la experiencia

La serie llega a Prime Video con todos los episodios disponibles de golpe, algo poco habitual en un panorama cada vez más obsesionado con el estreno semanal. Esa decisión encaja bien con el tono de thriller enrevesado: invita a maratones nocturnos, a encadenar capítulos como quien devora una vieja novela de kiosco que se está deshaciendo en las manos. Lo más interesante, sin embargo, es la posibilidad de elegir cómo verla: puedes optar por el blanco y negro más purista, por el color hipersaturado o incluso alternar versiones para jugar con tu propia percepción de la historia.

Si te gusta el cine negro clásico, probablemente el blanco y negro sea tu puerta de entrada natural: ahí destacan las sombras, la textura de los interiores y la sensación de fatalismo que envuelve a Ben Reilly. Si vienes del cómic, del anime o de los videojuegos, la opción a color te resultará quizá más familiar, con su estética pulp, sus tonos extremos y ese aire de mundo ligeramente irreal, como un póster de los años 40 que alguien ha reimpreso con tinta fluorescente. En cualquier caso, conviene llegar sabiendo poco: la serie juega con giros, traiciones y revelaciones que pierden fuerza si se explican demasiado, y lo mejor es dejar que sea la propia ciudad —y la voz de Cage— quien te vaya contando dónde te has metido.

El cielo ya no es lo que era: la explosión silenciosa de la basura espacial

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Era el 4 de octubre de 1957. En algún lugar de la estepa kazaja, un cohete soviético perforaba la atmósfera y dejaba en órbita una esfera metálica del tamaño de una pelota de playa. Se llamaba Sputnik 1 y medía apenas 58 centímetros de diámetro. Pitaba. Solo pitaba, pero ese pitido cambió la historia. Aquel humilde artefacto no era solo un hito tecnológico; era el primer ladrillo de una construcción que, décadas más tarde, amenaza con convertirse en el mayor problema medioambiental que nunca veremos con nuestros propios ojos.

Hoy, poco más de sesenta años después, el espacio que rodea la Tierra ya no es ese vacío inmaculado que tanto inspiró a los escritores de ciencia ficción. Es, también, un vertedero.

De la Guerra Fría a la era Musk: cómo llegamos hasta aquí

El Sputnik 1 orbita la Tierra durante noventa y dos días antes de desintegrarse en la atmósfera el 3 de enero de 1958. Casi un juguete, en comparación con lo que vendrá después. Pero ese primer satélite artificial de la historia desata una carrera entre superpotencias que en pocas décadas convierte el espacio cercano en una autopista concurrida, sin señales de tráfico ni límite de velocidad. Los soviéticos lanzan el Sputnik 2 con la perra Laika a bordo; los estadounidenses responden con el Explorer 1. Empieza la era espacial y, con ella, la acumulación silenciosa de lo que nadie quiso llamar «basura» durante demasiado tiempo.

Durante décadas, el ritmo de lanzamientos es intenso pero manejable. Los grandes actores son los estados: la NASA, la agencia espacial soviética, más tarde la ESA europea. El problema crece de forma gradual. Cada misión deja algo atrás: una etapa de cohete que ya no se necesita, un satélite que dejó de funcionar, fragmentos de alguna explosión accidental en órbita. La Oficina de Desechos Espaciales de la ESA publica periódicamente informes que durante años casi nadie lee fuera de los círculos especializados. Pero los números van aumentando, silenciosamente, como la presión en una caldera.

El punto de inflexión llega en la segunda mitad de la década de 2010, cuando una nueva generación de empresas privadas, con SpaceX a la cabeza, rompe todas las reglas establecidas. Elon Musk no quiere lanzar un satélite; quiere lanzar miles. Su proyecto Starlink tiene un objetivo tan ambicioso como desconcertante: cubrir el planeta entero con internet de banda ancha mediante una constelación de decenas de miles de satélites en órbita baja. A finales de 2025, SpaceX ha superado con holgura los 10.000 satélites Starlink lanzados, convirtiéndose en la mayor constelación desplegada por una sola empresa en toda la historia. A comienzos de 2026 ya hay alrededor de 9.000 satélites Starlink activos orbitando la Tierra, y la compañía tiene luz verde para desplegar hasta 15.000 unidades de segunda generación, con solicitudes en marcha que apuntan a cerca de 30.000 satélites adicionales.

Pero SpaceX no está sola. Amazon, con su proyecto de megaconstelación conocido hoy como Amazon Leo, planea desplegar 3.236 satélites en órbita baja, obligada por la FCC a tener al menos la mitad operativa antes de mediados de 2026. OneWeb opera con unos 648 satélites centrados en clientes corporativos y gubernamentales, mientras que China impulsa constelaciones como GuoWang, con planes que rondan los 13.000 satélites. La órbita baja terrestre, ese corredor entre unos 400 y 1.200 kilómetros de altitud, se ha convertido en el nuevo campo de batalla comercial y geopolítico del siglo XXI.

El inventario del desastre: qué hay ahí arriba exactamente

Hagamos el recuento, porque los números son, por sí solos, difíciles de digerir. Según el informe del entorno espacial de la ESA, en 2024 se seguía la pista a casi 35.000 objetos en órbita terrestre, de más de 10 centímetros de tamaño. De ellos, unos 11.000 son cargas útiles activas —satélites que todavía prestan servicios— y el resto son etapas de cohetes, satélites muertos y fragmentos de colisiones o explosiones. Sin embargo, los modelos de la propia agencia estiman que hay más de 1,2 millones de fragmentos entre 1 y 10 centímetros, lo bastante grandes como para causar daños catastróficos, y más de 130 millones de partículas aún más pequeñas.

La masa total de esta chatarra supera las 14.500 toneladas, repartidas en distintas altitudes y planos orbitales. El detalle inquietante es la velocidad: en la órbita baja, estos objetos se desplazan a unos 28.000 kilómetros por hora, aproximadamente 8 kilómetros por segundo. A esa velocidad, incluso un tornillo tiene más energía cinética que una bala. Un fragmento de apenas un centímetro, si impacta frontalmente con un satélite, puede liberar una energía comparable a la de un explosivo militar, abriendo cráteres, perforando blindajes y desintegrando paneles solares.

La zona más congestionada es la órbita baja, especialmente el corredor situado entre 500 y 1.000 kilómetros de altitud. Más de dos tercios de los satélites activos operan ya en esta franja, que coincide con la mayor densidad de desechos. Un análisis reciente del entorno orbital identifica decenas de grandes etapas de cohetes y satélites inactivos considerados «objetos críticos»: si colisionan, generarían miles de nuevos fragmentos. Para añadir una cifra concreta: solo la colisión accidental entre los satélites Iridium 33 y Cosmos 2251 en 2009 produjo más de 1.600 fragmentos rastreables, muchos de los cuales seguirán en órbita durante décadas.

Esta contaminación no es únicamente física. Existe también un componente lumínico y electromagnético. Un estudio del Instituto Holandés de Radioastronomía, usando el radiotelescopio LOFAR, mostró que los satélites Starlink emiten radiación de radio «involuntaria» que contamina las bandas destinadas a la radioastronomía, dificultando el estudio de fenómenos cósmicos débiles. Otros trabajos recientes advierten de que el creciente número de satélites brillantes amenaza tanto las observaciones desde tierra como las realizadas por telescopios espaciales: se estima que, si se completan las megaconstelaciones previstas, al menos una de cada tres imágenes del Hubble contendrá trazas de satélites.

Un astronauta veterano resumía en una entrevista el cambio con una frase incómoda: «Mirar hacia abajo sigue siendo impresionante, pero mirar hacia arriba, desde la órbita, ya no se parece al cielo que conocíamos». Lo dijo al referirse a las cadenas de luces de Starlink recorriendo la negrura, tan brillantes como algunos de los planetas visibles a simple vista.

El síndrome de Kessler: cuando los escombros se multiplican solos

En 1978, el ingeniero de la NASA Donald Kessler y su colega Burton Cour-Palais publicaron un artículo que describía un escenario apocalíptico para la órbita baja. Planteaban que, si la densidad de objetos en esa región superaba cierto umbral crítico, podría desencadenarse una reacción en cadena: un choque genera fragmentos; esos fragmentos chocan con otros objetos, creando aún más fragmentos; y así sucesivamente, hasta convertir el entorno orbital en una nube de metralla intransitable. Es lo que hoy se conoce como síndrome de Kessler.

Durante años, aquello sonó más a argumento de novela que a riesgo tangible. Pero el 10 de febrero de 2009, a unos 776 kilómetros de altitud sobre Siberia, la teoría dio un paso incómodo hacia la realidad. El satélite de comunicaciones Iridium 33, operativo, chocó con el viejo satélite militar ruso Cosmos 2251, ya inactivo. La colisión, a una velocidad relativa de más de 11 kilómetros por segundo, fue la fragmentación accidental más severa registrada hasta la fecha: se catalogaron más de 1.600 restos de más de 10 centímetros y se estima que el número real de fragmentos milimétricos fue mucho mayor.

Desde entonces, los incidentes se han multiplicado. Pruebas de misiles antisatélite, explosiones de etapas de cohetes mal pasivadas y fallos estructurales han añadido miles de nuevos objetos al inventario global. Informes recientes advierten de que el ritmo actual de fragmentaciones, combinado con la llegada de decenas de miles de nuevos satélites de megaconstelaciones, estrecha cada vez más el margen de maniobra antes de acercarnos al umbral de Kessler.

Un trabajo de la Universidad de Princeton ha añadido otro elemento inquietante a esta historia: modeliza qué ocurriría si una gran tormenta solar interrumpiera los sistemas de prevención de colisiones que usan los satélites para maniobrar. La conclusión es demoledora: bastarían unos 2,8 días de fallo generalizado para que se produjera una colisión en cadena capaz de comprometer buena parte de la órbita baja durante años. No haría falta una guerra ni un saboteador; bastaría con un mal día del Sol.

Las consecuencias de un escenario de este tipo irían mucho más allá del ámbito espacial. Gran parte de la infraestructura crítica del planeta depende de satélites: comunicaciones, posicionamiento GNSS, sincronización de redes eléctricas, navegación aérea y marítima, meteorología, observación de cultivos, gestión de emergencias. Una cascada de colisiones que inutilizara un porcentaje significativo de estos sistemas podría desencadenar apagones de internet, fallos en cadenas logísticas, errores en sistemas financieros y, en el extremo, comprometer la seguridad de vuelos y operaciones marítimas.

El escenario más extremo dibuja un futuro en el que la órbita baja queda, durante décadas, prácticamente vedada a nuevos lanzamientos. La humanidad quedaría, de facto, encerrada bajo una cúpula de chatarra generada por sus propios éxitos tecnológicos. La ironía es dolorosamente evidente.

Lo que se puede hacer: tecnologías, regulaciones y tiempo que se agota

La parte menos deprimente de esta historia es que el problema no ha pillado por sorpresa a todo el mundo. Agencias espaciales, universidades y empresas llevan años proponiendo soluciones de lo más variado para frenar la crisis antes de que sea irreversible. El problema es que el ritmo de las propuestas es mucho más lento que el de los lanzamientos.

En el plano tecnológico, una de las iniciativas más emblemáticas es ClearSpace-1, la primera misión de retirada activa de desechos espaciales contratada por una agencia pública. La ESA firmó un acuerdo de 86 millones de euros con la startup suiza ClearSpace SA para capturar y desorbitar un objeto concreto: el adaptador Vespa de un cohete Vega, de unos 112 kilogramos, que quedó orbitando tras un lanzamiento en 2013. El plan era lanzarla a mediados de esta década, aunque el calendario se ha ido ajustando y actualmente la misión se espera para 2028, todavía con la idea de usar un lanzador Vega-C. El objetivo no es solo limpiar un pedazo de chatarra, sino demostrar que el negocio de «limpieza orbital» puede ser rentable.

No es la única propuesta sobre la mesa. La empresa japonesa Astroscale desarrolla vehículos capaces de aproximarse, acoplarse y deorbitar satélites al final de su vida útil, usando brazos robóticos y sistemas de guiado avanzados. Otros conceptos exploran redes desplegables, arpones que clavan sus puntas en cuerpos inertes para arrastrarlos hacia la atmósfera, o láseres desde tierra y desde órbita capaces de modificar ligeramente la trayectoria de pequeños fragmentos para forzar su reentrada. También han ganado terreno las llamadas velas de arrastre (Dragsail): superficies ligeras que un satélite despliega al final de su misión para aumentar la resistencia atmosférica y reducir su vida orbital sin gastar combustible.

Pero todo esto sirve de poco si se sigue llenando el cielo más deprisa de lo que se vacía. Ahí entra la parte incómoda: la regulación. La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos aprobó en 2022 una normativa que obliga a desorbitar los satélites de órbita baja en un plazo máximo de cinco años tras el fin de su vida útil, frente a los 25 años que se recomendaban antes. Es un paso significativo, aunque limitado al ámbito estadounidense. La ONU, a través de la Oficina para Asuntos del Espacio Ultraterrestre, lleva años emitiendo directrices no vinculantes sobre mitigación de desechos. Funcionan como buenas prácticas, pero no hay un mecanismo global que obligue a todos los actores —incluidas potencias como China y Rusia, o la multitud de nuevas startups— a cumplirlas.

Las voces que piden un tratado internacional específico para los desechos espaciales son cada vez más numerosas. Proponen medidas como tasas por objeto lanzado, fianzas reembolsables solo si se demuestra una desorbitación segura, o cuotas máximas por operador para limitar el tamaño de las megaconstelaciones. Son ideas razonables, pero chocan con un contexto geopolítico poco inclinado a ceder ventajas estratégicas en la órbita terrestre.

Mientras tanto, las proyecciones más prudentes estiman que, si todos los proyectos de constelaciones se materializan, podríamos pasar de los actuales 11.000 satélites activos a más de 100.000 en apenas unos años. Imagina multiplicar por casi diez el tráfico en una autopista ya congestionada, sin ampliar carriles ni imponer límites estrictos. Eso es, a grandes rasgos, lo que se está haciendo en el cielo.

El cielo que inspiró a Verne, Clarke o Asimov ya no es un lienzo vacío salpicado de estrellas, sino un ecosistema frágil que sostiene buena parte de nuestra vida cotidiana y que estamos llevando al límite. Desde la superficie todo parece igual, pero ahí arriba, a unos cientos de kilómetros, millones de fragmentos metálicos orbitan a ocho kilómetros por segundo. No les importa quién tenga razón en la siguiente cumbre internacional; obedecen solo a la mecánica orbital. La pregunta ya no es si el problema existe, sino si seremos capaces de reaccionar a tiempo para evitar que el espacio cercano deje de ser la próxima frontera y pase a ser, simplemente, el vertedero más inaccesible del planeta.

Barcelona Supercomputing Center, templo de cúbits

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El nuevo ordenador cuántico del Barcelona Supercomputing Center (BSC) es un sistema analógico diseñado por Qilimanjaro Quantum Tech, integrado en MareNostrum 5 y financiado con 9,8 millones de euros para reforzar la investigación y la soberanía tecnológica europea. Aporta una tercera pieza cuántica al ecosistema de la capilla de Torre Girona y se conectará a la red europea de computación cuántica EuroQCS-Spain.

Una capilla llena de cúbits

La capilla de Torre Girona tiene algo de escenario cyberpunk: vitrales, piedra y, entre las columnas, armarios metálicos llenos de cables y tuberías criogénicas donde viven cúbits a temperaturas cercanas al cero absoluto. Hace dos décadas allí rugía el MareNostrum original; ahora, el silencio solo lo rompe el zumbido de los sistemas de refrigeración que mantienen con vida la parte más experimental del superordenador MareNostrum 5. En ese espacio, que parece pensado para ceremonias antiguas, lo que se oficia hoy son experimentos con algoritmos cuánticos, modelos de inteligencia artificial híbridos y simulaciones de fenómenos imposibles de abordar con máquinas clásicas en tiempos razonables.

A finales de mayo de 2026, el BSC ha encendido su tercer computador cuántico, un sistema analógico desarrollado por la startup barcelonesa Qilimanjaro Quantum Tech dentro de la iniciativa europea EuroQCS-Spain. No es una simple pieza nueva de hardware, sino un ladrillo más en una estrategia de país y de continente: la Estrategia Española de Tecnologías Cuánticas y el programa EuroHPC buscan que Europa no dependa de terceros países para calcular el futuro. Y el BSC, que ya era un actor central en supercomputación clásica, se ha convertido en uno de los nodos donde esa ambición empieza a tomar forma concreta, cúbit a cúbit.

Qué tiene de especial el nuevo ordenador

El recién llegado se inscribe en la partición cuántica de MareNostrum 5, conocida como MareNostrum Ona, y completa un tríptico de máquinas de naturaleza distinta: dos computadores cuánticos digitales instalados en 2025 y, ahora, un sistema analógico de tipo annealer. Mientras que los digitales se comportan como procesadores programables para ejecutar algoritmos cuánticos paso a paso, el annealer está pensado para atacar problemas de optimización dejándose caer, por decirlo rápido, hacia el mínimo de energía de un paisaje cuántico diseñado a medida. No hay puertas lógicas clásicas al uso, sino un sistema físico que evoluciona hasta una configuración que representa la mejor solución encontrada.

La máquina ha sido diseñada y construida por Qilimanjaro Quantum Tech, una startup barcelonesa especializada en arquitecturas de cúbits superconductores y en soluciones de optimización cuántica a medida. El contrato, firmado con la empresa conjunta europea EuroHPC, fija la entrega de un annealer analógico para MareNostrum Ona, con una primera generación que parte de al menos una decena de cúbits físicos y una hoja de ruta de ampliación progresiva. En paralelo, el programa Quantum Spain ha impulsado la integración de un procesador de 35 cúbits en el ecosistema del BSC, reforzando el mensaje de que la capacidad cuántica no va de “un único aparato mágico”, sino de una colección de recursos que crecen por capas. El resultado es una plataforma experimental en la que se puede comparar cómo se comportan diferentes tecnologías para un mismo problema, sin salir de la misma capilla.

Un laboratorio para IA, biomedicina y naturaleza

El tercer ordenador cuántico no vive aislado: se integra con el resto de MareNostrum 5, un superordenador capaz de combinar cómputo clásico, aceleradores para inteligencia artificial y recursos cuánticos a través de MareNostrum Ona. Esa mezcla permite experimentar con flujos de trabajo híbridos donde una parte del cálculo se delega a los cúbits y el resto se queda en CPUs y GPUs tradicionales. La idea no es enviar todo al mundo cuántico, sino usarlo como un co-procesador muy especializado que puede aportar ventaja en tareas concretas.

Entre las aplicaciones que el BSC y las instituciones implicadas señalan como prioritarias destacan la investigación biomédica, la simulación de fenómenos de la naturaleza y el desarrollo de una inteligencia artificial más eficiente energéticamente. En biomedicina, los algoritmos de optimización y los métodos de simulación cuántica pueden ayudar a explorar espacios de moléculas y proteínas que hoy resultan prohibitivos, reduciendo el tiempo necesario para encontrar candidatos prometedores. En física y ciencias de la tierra, un annealer cuántico permite atacar problemas de logística, planificación o calibración de modelos climáticos donde hay que elegir la mejor combinación posible entre millones de alternativas. Además, al integrarse en la red europea de computación cuántica, el sistema será accesible para grupos de investigación de toda Europa, que podrán ejecutar experimentos remotos desde sus instituciones usando la infraestructura del BSC como si fuera una extensión de sus propios laboratorios.

Soberanía tecnológica en modo cúbit

La cifra de 9,8 millones de euros que ha costado este tercer ordenador cuántico no es un capricho presupuestario, sino una apuesta estratégica compartida entre la Comisión Europea y la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. La lógica es sencilla: si los futuros algoritmos de optimización, de criptografía poscuántica o de inteligencia artificial dependen de hardware cuántico, resulta peligroso que ese hardware esté solo en manos de un puñado de empresas privadas fuera de Europa. Al instalar el sistema en el BSC y conectarlo a la red EuroQCS, la Unión Europea refuerza su capacidad de decidir qué se investiga, cómo se usa y bajo qué reglas de juego se comparten los resultados.

En España, el ordenador del BSC se encuadra dentro de la Estrategia de Tecnologías Cuánticas y del programa Quantum Spain, que ya había colocado en Barcelona el primer ordenador cuántico del sur de Europa. Esa continuidad importa: significa que no se trata de un proyecto aislado que sale en las noticias y luego se apaga, sino de una hoja de ruta que incluye formación de talento, colaboración con la Red Española de Supercomputación y apoyo a empresas como Qilimanjaro que aportan tecnología propia. En la práctica, cada nuevo cúbit instalado en la capilla de Torre Girona es también una inversión en personas que aprenderán a programarlo, a mantenerlo y a imaginar usos que aún no se han escrito en ningún plan estratégico.

Qué significa para quienes nunca pisarán el BSC

A primera vista, todo esto suena lejanísimo del portátil en el que trabajas o del móvil con el que lees estas líneas, pero la distancia es engañosa. El BSC ya ofrece acceso remoto a sus recursos de supercomputación, y la partición cuántica no será una excepción: la comunidad investigadora podrá reservar horas de cálculo y lanzar trabajos experimentales que combinen código clásico y cuántico desde cualquier punto de la red académica. De hecho, las dos primeras máquinas cuánticas puestas en marcha en 2025 acumulan ya miles de horas de uso, una señal clara de que hay hambre de probar ideas más allá de los simuladores.

Para quien no va a reservar tiempo de cúbits, el impacto llegará de forma indirecta. A medida que los prototipos actuales vayan madurando, es probable que empecemos a ver algoritmos desarrollados y testeados en entornos como el BSC integrarse en herramientas de IA, en sistemas de optimización logística, en modelos climáticos o en técnicas de diseño de fármacos que luego se traducen en servicios, aplicaciones y decisiones políticas. No será un salto de ciencia ficción donde un “superordenador cuántico” lo cambie todo de un día para otro, sino una serie de mejoras discretas que, acumuladas, harán que muchas cosas funcionen un poco mejor y consuman bastante menos energía. Que el BSC tenga ya tres computadores cuánticos operativos significa que esa transición no se está preparando en abstracto, sino en un lugar muy concreto de Barcelona, con gente tocando hardware muy real.

Tabla: el ecosistema cuántico del BSC

ElementoTipo y tecnologíaRol principal
Primer ordenador cuántico BSCCuántico digital (Quantum Spain)Primer sistema cuántico del sur de Europa, enfocado a I+D en IA y algoritmos.
Segundo ordenador cuántico BSCCuántico digital (EuroHPC)Integrado en red europea, refuerza capacidad de cómputo programable.
Tercer ordenador cuántico BSCCuántico analógico tipo annealerOptimización y simulación analógica, diseñado por Qilimanjaro.
MareNostrum 5 / MareNostrum OnaSupercomputación clásica + IA + cuánticaOrquestar recursos híbridos para aplicaciones científicas y tecnológicas.
Red EuroQCS / EuroHPCInfraestructura cuántica paneuropeaCompartir acceso, reforzar soberanía y competitividad tecnológica.