Cómo se infla la burbuja IA

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La esce­na, a estas altu­ras, resul­ta fami­liar: cada gran pre­sen­ta­ción tec­no­ló­gi­ca gira alre­de­dor de la inte­li­gen­cia arti­fi­cial, cada tri­mes­tre de resul­ta­dos se ven­de como una prue­ba de que “la IA lo cam­bia todo” y cada star­tup que aña­de dos letras mági­cas a su pitch ve cómo sube su valo­ra­ción, aun­que lo que haga por den­tro no sea muy dife­ren­te de antes. El rela­to domi­nan­te insis­te en que esta­mos ante una trans­for­ma­ción equi­pa­ra­ble a la lle­ga­da de Internet o la elec­tri­ci­dad, solo que más rápi­da, más pro­fun­da y con más ceros en las dia­po­si­ti­vas. Sin embar­go, a poco que se ras­ca, apa­re­cen sig­nos de algo cono­ci­do: una mez­cla de entu­sias­mo genuino, inver­sión des­bo­ca­da y pro­me­sas a futu­ro que toda­vía no cua­dran con los núme­ros actua­les.

En el cora­zón de esta posi­ble bur­bu­ja hay un fenó­meno muy con­cre­to: una éli­te tec­no­ló­gi­ca que invier­te en sí mis­ma. Grandes empre­sas com­pran chips a otras gran­des empre­sas, con­tra­tan capa­ci­dad en cen­tros de datos de sus riva­les y fir­man acuer­dos mul­ti­mi­llo­na­rios con pro­vee­do­res con los que, al mis­mo tiem­po, com­pi­ten en el mer­ca­do. Es un cir­cui­to cerra­do don­de el dine­ro cir­cu­la a gran velo­ci­dad entre un puña­do de acto­res, inflan­do las cifras de ingre­sos y crean­do la sen­sa­ción de que la deman­da es ili­mi­ta­da. Mientras tan­to, en el mun­do real, muchas orga­ni­za­cio­nes que han des­ple­ga­do pro­yec­tos de IA gene­ra­ti­va a toda pri­sa reco­no­cen en pri­va­do que los retor­nos de nego­cio son modes­tos o difí­ci­les de medir.

Los mer­ca­dos finan­cie­ros han com­pra­do el rela­to con entu­sias­mo. Empresas vin­cu­la­das a la IA han vis­to mul­ti­pli­car­se sus valo­ra­cio­nes en poco tiem­po, con múl­ti­plos que recuer­dan a otras épo­cas de exu­be­ran­cia en tec­no­lo­gía. El sim­ple anun­cio de un “giro hacia la IA” ha bas­ta­do para dis­pa­rar la coti­za­ción de com­pa­ñías que hace un año ape­nas apa­re­cían en titu­la­res, aun­que sus bene­fi­cios sigan sien­do frá­gi­les o inexis­ten­tes. Se ha ins­ta­la­do la idea de que la mejor for­ma de no que­dar­se atrás es pagar hoy por un futu­ro aún nebu­lo­so, empu­jan­do a fon­dos e inver­so­res mino­ris­tas a entrar en la carre­ra por mie­do a per­der “la ola de su vida”.

A este con­tex­to se suma un ele­men­to psi­co­ló­gi­co que se repi­te en cada bur­bu­ja: la sen­sa­ción de inevi­ta­bi­li­dad. La idea de que “esto va a suce­der sí o sí” fun­cio­na como un sedan­te fren­te a cual­quier duda razo­na­ble. Casi todo el mun­do coin­ci­de en que la IA ten­drá un impac­to impor­tan­te a medio y lar­go pla­zo, lo que se con­vier­te en una espe­cie de che­que en blan­co para jus­ti­fi­car casi cual­quier apues­ta a cor­to. El matiz cla­ve —qué valor con­cre­to apor­ta cada pro­yec­to, en qué pla­zos y con qué ries­gos— que­da dilui­do en una narra­ti­va gran­di­lo­cuen­te en la que bas­ta con estar en la foto correc­ta para que el mer­ca­do pre­mie la osa­día.

Mientras tan­to, la infra­es­truc­tu­ra nece­sa­ria para sos­te­ner este boom cre­ce a un rit­mo fre­né­ti­co. Centros de datos dedi­ca­dos a IA, con­tra­tos ener­gé­ti­cos a lar­go pla­zo, plan­tas de fabri­ca­ción de chips y redes de comu­ni­ca­cio­nes se expan­den sobre la base de pre­vi­sio­nes que asu­men un uso cada vez más inten­si­vo de mode­los gene­ra­ti­vos en prác­ti­ca­men­te todos los sec­to­res. No es solo una apues­ta finan­cie­ra: es una apues­ta físi­ca, con hor­mi­gón, ace­ro, terre­nos, con­su­mo de agua y elec­tri­ci­dad. Algunos infor­mes aler­tan de que el con­su­mo ener­gé­ti­co aso­cia­do al auge de la IA podría dupli­car el uso actual de cier­tos clús­te­res de cen­tros de datos en pocos años si se man­tie­ne la ten­den­cia.

Paradójicamente, esa carre­ra por esca­lar se pro­du­ce en un entorno macro­eco­nó­mi­co que no acom­pa­ña el rela­to eufó­ri­co. Aunque la IA ya se usa en ofi­má­ti­ca, pro­gra­ma­ción, mar­ke­ting o aten­ción al clien­te, los gran­des indi­ca­do­res de pro­duc­ti­vi­dad y cre­ci­mien­to no mues­tran aún un sal­to equi­va­len­te al entu­sias­mo del dis­cur­so. Algo pare­ci­do ocu­rrió en otros momen­tos de eufo­ria tec­no­ló­gi­ca: los cam­bios estruc­tu­ra­les tar­dan más en con­so­li­dar­se de lo que tar­da el capi­tal en entu­sias­mar­se. La bre­cha tem­po­ral entre la pro­me­sa y el impac­to medi­ble es, jus­ta­men­te, el espa­cio don­de se for­man las bur­bu­jas.

Qué podría hacerla estallar

Las bur­bu­jas rara vez explo­tan por una sola cau­sa. Más bien, se pin­chan cuan­do dema­sia­das ten­sio­nes se acu­mu­lan y un even­to apa­ren­te­men­te mane­ja­ble hace de chis­pa. Uno de los deto­nan­tes posi­bles es la cons­ta­ta­ción, por par­te de gran­des clien­tes, de que muchos pro­yec­tos de IA no alcan­zan los aho­rros o los incre­men­tos de ingre­sos que se habían pro­me­ti­do. Si las empre­sas empie­zan a revi­sar con­tra­tos, retra­sar reno­va­cio­nes o recor­tar pre­su­pues­tos de “trans­for­ma­ción con IA” por­que el retorno no está cla­ro, el flu­jo de dine­ro que sos­tie­ne la fies­ta se ralen­ti­za. En la prác­ti­ca, esto se tra­du­ce en menos pedi­dos de hard­wa­re, menos uso de ser­vi­cios en la nube y una revi­sión a la baja de expec­ta­ti­vas que se refle­ja inme­dia­ta­men­te en las valo­ra­cio­nes bur­sá­ti­les.

Otro ele­men­to cla­ve son los lími­tes físi­cos y ener­gé­ti­cos. La esca­la­da de tama­ño de los mode­los y de la capa­ci­dad de cómpu­to se ha basa­do en la idea de que será posi­ble seguir aña­dien­do más chips, más cen­tros de datos y más ener­gía casi sin fric­ción. Sin embar­go, estu­dios recien­tes advier­ten de que el con­su­mo eléc­tri­co de las infra­es­truc­tu­ras dedi­ca­das a IA podría ten­sar redes ya de por sí exi­gi­das, espe­cial­men­te en regio­nes don­de la gene­ra­ción reno­va­ble no cre­ce al mis­mo rit­mo. Si la opi­nión públi­ca y los regu­la­do­res per­ci­ben que la IA com­pro­me­te obje­ti­vos cli­má­ti­cos o enca­re­ce la ener­gía para otros usos, es pro­ba­ble que apa­rez­can lími­tes admi­nis­tra­ti­vos o cos­tes adi­cio­na­les que fre­nen el mode­lo de cre­ci­mien­to actual.

El entorno regu­la­to­rio es otro can­di­da­to a des­en­ca­de­nan­te. Gobiernos y orga­nis­mos inter­na­cio­na­les tra­ba­jan ya en nor­mas que afec­tan a la pro­tec­ción de datos, la pro­pie­dad inte­lec­tual, la res­pon­sa­bi­li­dad ante erro­res y los ses­gos en sis­te­mas de IA. Si estas regu­la­cio­nes se endu­re­cen y obli­gan a inver­tir más en cum­pli­mien­to, audi­to­ría y redi­se­ño de mode­los, los már­ge­nes de muchas empre­sas se verán pre­sio­na­dos. Además, la impo­si­ción de requi­si­tos más estric­tos pue­de ralen­ti­zar el des­plie­gue de nue­vas apli­ca­cio­nes, redu­cien­do la velo­ci­dad a la que se incor­po­ran casos de uso ren­ta­bles y enfrian­do el entu­sias­mo de quie­nes espe­ra­ban una adop­ción masi­va casi auto­má­ti­ca.

El pro­pio mer­ca­do finan­cie­ro pue­de con­ver­tir­se en juez impla­ca­ble. En cuan­to se acu­mu­len unos cuan­tos tri­mes­tres de resul­ta­dos por deba­jo de las expec­ta­ti­vas, o se enca­de­nen noti­cias de pro­yec­tos emble­má­ti­cos can­ce­la­dos, los inver­so­res pue­den pasar de la eufo­ria al escep­ti­cis­mo con sor­pren­den­te rapi­dez. La his­to­ria mues­tra que cuan­do se rom­pe el hechi­zo de “esto solo pue­de subir”, los movi­mien­tos de sali­da sue­len ser brus­cos, por­que muchos acto­res han entra­do a últi­ma hora y con poco mar­gen para aguan­tar caí­das. Un cam­bio en la narra­ti­va —de “revo­lu­ción ase­gu­ra­da” a “qui­zá se ha exa­ge­ra­do”— bas­ta para que se replan­teen posi­cio­nes, se ven­dan accio­nes y se cor­ten líneas de finan­cia­ción.

No hay que olvi­dar el fac­tor social y labo­ral. A medi­da que se amplían los usos de la IA en ámbi­tos sen­si­bles —edu­ca­ción, sani­dad, con­tra­ta­ción, ges­tión públi­ca— cre­cen tam­bién las resis­ten­cias de colec­ti­vos pro­fe­sio­na­les y de la ciu­da­da­nía. Si se ins­ta­la la per­cep­ción de que la IA des­tru­ye más empleo del que crea, pre­ca­ri­za cier­tas tareas o se usa de for­ma opa­ca para tomar deci­sio­nes impor­tan­tes, la pre­sión polí­ti­ca para limi­tar su des­plie­gue pue­de aumen­tar. Cambios en leyes labo­ra­les, requi­si­tos de super­vi­sión huma­na o res­tric­cio­nes a cier­to tipo de auto­ma­ti­za­ción pue­den afec­tar direc­ta­men­te al atrac­ti­vo eco­nó­mi­co de muchos pro­yec­tos.

Por últi­mo, el pro­pio rela­to de la inevi­ta­bi­li­dad pue­de vol­ver­se en con­tra del sec­tor. Si la gen­te empie­za a per­ci­bir que la “revo­lu­ción per­ma­nen­te” de la IA no se tra­du­ce en mejo­ras cla­ras en su vida coti­dia­na, sino en ser­vi­cios algo más cómo­dos pero tam­bién más caros, inva­si­vos o frus­tran­tes, el entu­sias­mo se enfría. Ese des­gas­te de la narra­ti­va afec­ta a la dis­po­si­ción de empre­sas y con­su­mi­do­res a pagar por nue­vas solu­cio­nes, lo que a su vez pone en cues­tión las pre­vi­sio­nes de ingre­sos con las que se han levan­ta­do inver­sio­nes enor­mes. Cuando el rela­to deja de sos­te­ner las cifras, la dife­ren­cia tie­ne que ajus­tar­se por algún lado.

Qué queda en pie tras el pinchazo

Si la bur­bu­ja IA explo­ta, no se lle­va­rá por delan­te a la inte­li­gen­cia arti­fi­cial como cam­po tec­no­ló­gi­co. Lo que sue­le des­apa­re­cer cuan­do una bur­bu­ja esta­lla no es la tec­no­lo­gía sub­ya­cen­te, sino las capas de exce­so que se han acu­mu­la­do a su alre­de­dor. Tras una correc­ción fuer­te, es pro­ba­ble que vea­mos menos anun­cios gran­di­lo­cuen­tes, menos pro­yec­tos pura­men­te espe­cu­la­ti­vos y una lim­pie­za de empre­sas que vivían más de la pro­me­sa que del pro­duc­to. Quedarán en pie las orga­ni­za­cio­nes que hayan con­se­gui­do inte­grar la IA en pro­ce­sos con­cre­tos, con bene­fi­cios medi­bles y mode­los de nego­cio razo­na­bles, aun­que sin titu­la­res tan espec­ta­cu­la­res.

En tér­mi­nos de infra­es­truc­tu­ra, el lega­do será enor­me. Los cen­tros de datos cons­trui­dos segui­rán exis­tien­do, las redes de alta capa­ci­dad segui­rán des­ple­ga­das y el hard­wa­re ins­ta­la­do no des­apa­re­ce­rá por­que se corri­jan las expec­ta­ti­vas finan­cie­ras. Es muy pro­ba­ble que, igual que suce­dió con la fibra ópti­ca tras la bur­bu­ja pun­to­com, bue­na par­te de esa capa­ci­dad se apro­ve­che des­pués a cos­tes mucho más bajos, per­mi­tien­do ser­vi­cios y apli­ca­cio­nes que hoy aún no ima­gi­na­mos. La dife­ren­cia es que, des­pués del pin­cha­zo, los pro­yec­tos se some­te­rán a una dis­ci­pli­na más estric­ta: menos fe en pro­me­sas abs­trac­tas y más énfa­sis en prue­bas pilo­to, métri­cas de impac­to y sos­te­ni­bi­li­dad eco­nó­mi­ca.

En el mer­ca­do labo­ral, la resa­ca tam­bién ten­drá mati­ces. Es razo­na­ble anti­ci­par recor­tes en equi­pos sobre­di­men­sio­na­dos y menos ficha­jes moti­va­dos solo por el mie­do a que­dar­se sin talen­to, pero eso no sig­ni­fi­ca que des­apa­rez­ca la deman­da de per­fi­les de IA. Al con­tra­rio, es posi­ble que el valor de quie­nes saben conec­tar estas tec­no­lo­gías con nece­si­da­des reales —en indus­tria, sani­dad, admi­nis­tra­ción, logís­ti­ca o cul­tu­ra— aumen­te, pre­ci­sa­men­te por­que el sec­tor se verá obli­ga­do a demos­trar uti­li­dad y no solo capa­ci­dad téc­ni­ca. Las com­pe­ten­cias híbri­das, que com­bi­nan enten­di­mien­to tec­no­ló­gi­co con visión de nego­cio y sen­si­bi­li­dad social, sal­drán refor­za­das.

A nivel social, un esta­lli­do de la bur­bu­ja pue­de apor­tar algo que aho­ra esca­sea: pers­pec­ti­va. La con­ver­sa­ción públi­ca podría pasar de la dico­to­mía “uto­pía vs. apo­ca­lip­sis” a deba­tes más sere­nos sobre dón­de tie­ne sen­ti­do apli­car IA, con qué con­di­cio­nes y con qué lími­tes. Esto abri­ría espa­cio para regu­la­cio­nes más infor­ma­das, para mode­los de gober­nan­za com­par­ti­da y para pro­yec­tos que invo­lu­cren de for­ma real a usua­rios, tra­ba­ja­do­res y comu­ni­da­des afec­ta­das. En lugar de un des­plie­gue dic­ta­do por la urgen­cia de “ser los pri­me­ros”, se impon­drían diná­mi­cas más gra­dua­les, con más mar­gen para eva­luar ries­gos y bene­fi­cios.

Desde un pun­to de vis­ta eco­nó­mi­co, la fase pos­te­rior al pin­cha­zo será menos espec­ta­cu­lar, pero pro­ba­ble­men­te más salu­da­ble. Es de espe­rar una con­cen­tra­ción del mer­ca­do: menos pla­ta­for­mas de mode­los fun­da­cio­na­les, más gran­des, esta­bles y regu­la­das, y un eco­sis­te­ma más peque­ño de acto­res espe­cia­li­za­dos que cons­tru­yan solu­cio­nes sobre ellas. La IA pasa­ría a com­por­tar­se como otras infra­es­truc­tu­ras esen­cia­les: no aca­pa­ra titu­la­res cada sema­na, pero sos­tie­ne silen­cio­sa­men­te infi­ni­dad de ser­vi­cios. Dejaría de ven­der­se como magia y se nor­ma­li­za­ría como un com­po­nen­te más de la caja de herra­mien­tas digi­tal.

Para empre­sas, admi­nis­tra­cio­nes y pro­fe­sio­na­les, el reto es lle­gar a ese esce­na­rio con algo sóli­do entre manos. Eso impli­ca, hoy, huir de pro­yec­tos que se jus­ti­fi­can solo por moda y cen­trar­se en casos de uso don­de la IA ten­ga un papel cla­ro, con obje­ti­vos, cos­tes y lími­tes bien defi­ni­dos. Significa tam­bién no fiar toda la estra­te­gia a pro­vee­do­res opa­cos, sino cons­truir capa­ci­da­des inter­nas para enten­der qué se está usan­do y con qué ries­gos. Quienes adop­ten esa mira­da crí­ti­ca y, al mis­mo tiem­po, curio­sa, esta­rán mejor posi­cio­na­dos tan­to si la bur­bu­ja se des­in­fla sua­ve­men­te como si explo­ta de for­ma abrup­ta.

En últi­ma ins­tan­cia, la cues­tión no es si exis­te o no una bur­bu­ja —las diná­mi­cas de exce­so están bas­tan­te a la vis­ta— sino qué tipo de pai­sa­je que­re­mos cuan­do se reor­de­ne el sec­tor. La his­to­ria de otras tec­no­lo­gías sugie­re que, des­pués del rui­do, lo que que­da pue­de ser muy valio­so: infra­es­truc­tu­ras bara­tas, cono­ci­mien­to con­so­li­da­do y un uso más madu­ro y res­pon­sa­ble de las herra­mien­tas. El desa­fío es atra­ve­sar la fase de exu­be­ran­cia sin per­der de vis­ta que, detrás de cada dia­gra­ma espec­ta­cu­lar y cada pro­me­sa de revo­lu­ción, debe­ría haber algo tan sim­ple como esto: resol­ver pro­ble­mas con­cre­tos mejor que antes. Si la IA pue­de hacer eso de for­ma sos­te­ni­ble, segui­rá aquí mucho des­pués de que la bur­bu­ja se haya ido.

Cae la noche digital: nadie está a salvo

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El peligro acecha tras cada clic

La vida está pla­ga­da de ries­gos, pero nin­guno tan omni­pre­sen­te —ni tan invi­si­ble— como los fallos de segu­ri­dad en inter­net. Cuando pul­sas “acep­tar” en cual­quier app o com­pras con un clic, te for­mas par­te de una rule­ta en la que los datos nun­ca están del todo segu­ros. No solo los ban­cos: tu hos­pi­tal, tu tien­da favo­ri­ta, has­ta tu ayun­ta­mien­to o la app don­de has cha­tea­do hoy. El mie­do a la oscu­ri­dad digi­tal se jus­ti­fi­ca cada día: lo que no ves pue­de des­truir­te, robar tu dine­ro, tu iden­ti­dad, has­ta tus rela­cio­nes. ¿Exagerado? Ojalá. Cada año, y sin que pue­das hacer mucho para evi­tar­lo, tus datos pue­den estar volan­do en algún pen­dri­ve per­di­do, subien­do en la nube menos segu­ra, cam­bian­do de manos entre cri­mi­na­les. No eres para­noi­co: debe­rías estar ate­rra­do.

Era miér­co­les y WhatsApp, el supues­to for­tín de nues­tra pri­va­ci­dad, dio un tras­piés que bas­tó para poner en la calle 3.500 millo­nes de núme­ros de telé­fono. Imagínate: tu móvil expues­to, mez­cla­do con los de famo­sos, des­co­no­ci­dos, polí­ti­cos y empre­sas. Una mina de oro para esta­fa­do­res y extor­sio­na­do­res, una pesa­di­lla para cual­quie­ra que crea que la pri­va­ci­dad exis­te en inter­net. Fue un “sim­ple fallo” y la noti­cia se per­dió entre memes. ¿Aprendimos algo? Por supues­to que no.

Avancemos. En 2025, una sim­ple vul­ne­ra­bi­li­dad per­mi­tió que 16.000 millo­nes de com­bi­na­cio­nes de usua­rios y con­tra­se­ñas que­da­ran dis­po­ni­bles en la web oscu­ra. Sí, has leí­do bien: die­ci­séis mil millo­nes. Nombres, cla­ves, tokens, coo­kies, lis­tas para ser usa­das por pro­gra­mas auto­má­ti­cos que pue­den vaciar­te la cuen­ta, apo­de­rar­se de tu Instagram o hacer­se pasar por ti en segun­dos. No son datos de hace años: son fres­cos, recién reco­pi­la­dos por malwa­re que se cue­la con una sola des­car­ga o un correo abier­to por error. Esto ya no va de hac­kers genios: va de inyec­cio­nes auto­má­ti­cas que cual­quie­ra pue­de adqui­rir por poco dine­ro.

¿Clientes de un ban­co? En 2025, ING des­cu­brió que más de 21.000 per­so­nas vie­ron su infor­ma­ción via­jar por la red tras un ata­que al pro­vee­dor de ser­vi­cios de fac­tu­ra­ción, externo al ban­co y fue­ra de con­tro­les habi­tua­les. Esto demues­tra que da igual cuán­to invier­tan las empre­sas: un des­cui­do en cual­quier esla­bón hace que sus mayo­res esfuer­zos sean humo. La ola de frau­des pos­te­rio­res no se hizo espe­rar. Si depo­si­tas tu con­fian­za en “la segu­ri­dad del sis­te­ma”, solo nece­si­tas un ejem­plo así para replan­tear­te todo.

La lis­ta es inter­mi­na­ble: fil­tra­cio­nes en hos­pi­ta­les que expu­sie­ron los datos de millo­nes de pacien­tes; robo de infor­ma­ción de pasa­je­ros en aero­lí­neas; ven­tas de bases de datos con nom­bres, DNIs y has­ta his­to­ria­les médi­cos. El peor terror es que muchas veces ni te avi­san, ni lo sabrás has­ta que un extra­ño use tu nom­bre. O peor: el núme­ro de tu hijo o tus fotos fami­lia­res.

La tec­no­lo­gía avan­za y los erro­res tam­bién. La inte­li­gen­cia arti­fi­cial guar­da y, a veces, suel­ta datos que nun­ca debe­rían haber sali­do a la luz. Tu pro­pia con­ver­sa­ción con un chat­bot pue­de ser­vir para entre­nar a sis­te­mas leja­nos, y si no se audi­ta cui­da­do­sa­men­te, tus con­fi­den­cias pue­den fil­trar­se cuan­do menos lo espe­ras. El inter­net inmu­ta­ble no per­do­na: lo que ha sali­do, ya no vuel­ve.

Nadie te va a proteger por ti

No hay un héroe digi­tal que ven­ga a res­ca­tar­nos. Las redes socia­les, los ban­cos y las admi­nis­tra­cio­nes públi­cas son obje­ti­vos cons­tan­tes. Los ata­ques no dis­tin­guen entre una gran empre­sa o el modes­to ayun­ta­mien­to de tu ciu­dad. Si hay datos, hay boti­nes posi­bles. Cuando cie­rras una sesión, no des­apa­re­ces de la Red: tu ras­tro pue­de per­ma­ne­cer años, espe­ran­do a que alguien lo reco­ja.

Algunos dicen que exa­ge­ra­mos, pero los ejem­plos te qui­tan el sue­ño: 26.000 millo­nes de cuen­tas expues­tas, hos­pi­ta­les y uni­ver­si­da­des blo­quea­dos por ran­som­wa­re, empre­sas for­za­das a pagar res­ca­tes para recu­pe­rar datos, emplea­dos que ven­den tu infor­ma­ción al mejor pos­tor. La preo­cu­pa­ción no es “qué” pue­den saber de ti, sino “cuán­do” y “cómo” lo usa­rán en tu con­tra.

La para­noia está jus­ti­fi­ca­da. Hay ser­vi­cios espe­cí­fi­cos para com­prar infor­ma­ción roba­da. Tu telé­fono es obje­ti­vo. ¿Has reci­bi­do una lla­ma­da extra­ña? Puede que quien te hable sepa per­fec­ta­men­te con quién hablas, cuán­to gas­tas y cuál es tu via­je soña­do. Todo por­que un pro­vee­dor per­dió pre­cau­cio­nes o por­que caís­te en un enla­ce fal­so. La inge­nie­ría social, los ata­ques de phishing, el secues­tro de tus cuen­tas son el pan de cada día. Nadie está segu­ro. Nadie.

Lo más atroz: muchos ata­ques ni siquie­ra requie­ren que hagas nada mal. Un ter­ce­ro, una caja de ser­vi­do­res en otra ciu­dad o un beca­rio que deja una lap­top sin cifrar en un taxi pue­den con­de­nar tu pri­va­ci­dad de por vida. Ni las leyes de pro­tec­ción de datos pue­den devol­ver­te la tran­qui­li­dad.

¿Cómo no perder la fe (ni los datos)?

No es posi­ble alcan­zar pro­tec­ción total, pero sí poner muchas obs­tácu­los. Empieza asu­mien­do la ver­dad incó­mo­da: tus datos pue­den estar, aho­ra mis­mo, a la ven­ta en la dark web. Lo plano: nun­ca uses la mis­ma con­tra­se­ña en varias webs. Si tu cla­ve de hace tres años apa­re­ce en la red, la usas hoy para el ban­co y la repi­tes para Netflix, un sis­te­ma auto­má­ti­co pue­de tomar el con­trol de tu vida digi­tal en minu­tos. No pon­gas con­tra­se­ñas obvias ni per­so­na­les.

Los ges­to­res de con­tra­se­ñas son uno de tus pocos ami­gos fie­les: gene­ra cla­ves lar­gas, dis­tin­tas para cada sitio y recuer­da cam­biar­las cada cier­to tiem­po. Activa la auten­ti­ca­ción en dos pasos siem­pre que pue­das, aun­que dé pere­za. Es tu últi­ma trin­che­ra si alguien se apo­de­ra de tu con­tra­se­ña. Hay apps y ser­vi­cios que te aler­tan si tu correo o usua­rio apa­re­ce en una fil­tra­ción: úsa­los. Borra cuen­tas anti­guas y eli­mi­na apps que no uses jamás.

Nunca des­car­gues archi­vos de remi­ten­tes des­co­no­ci­dos, ni sigas enla­ces de men­sa­jes sos­pe­cho­sos, ni creas rega­los o heren­cias mági­cas que lle­gan por WhatsApp. Actualiza tus dis­po­si­ti­vos: muchas vul­ne­ra­bi­li­da­des se corri­gen, pero si no ins­ta­las los par­ches, sigues con la ven­ta­na abier­ta. Usa anti­vi­rus y man­ten­te aten­to a cual­quier acce­so extra­ño.

Lee la letra peque­ña. Y sobre­to­do, des­con­fía: el que se rela­ja, pier­de.

Recuerda siem­pre: tu pri­va­ci­dad no es solo tuya, tam­bién pro­te­ge a la gen­te que quie­res. Cada dato reco­pi­la­do suma, y los cri­mi­na­les no des­can­san. Así que no lo hagas tú tam­po­co.


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Referencias

  • Martínez, J. (2025). «Ciberterror: manual de super­vi­ven­cia moder­na». Editorial Hex. Un repa­so feroz y rea­lis­ta a los mayo­res inci­den­tes de ciber­se­gu­ri­dad de la era digi­tal, con tes­ti­mo­nios de víc­ti­mas de bre­chas de datos reales.
  • Greenberg, A. (2024). «This Is How They Tell Me the World Ends». Bloomsbury. La mejor inves­ti­ga­ción perio­dís­ti­ca sobre ciber­gue­rra, ata­ques masi­vos y el inevi­ta­ble des­en­la­ce de una socie­dad digi­tal sin pro­tec­ción.
  • Timerman, S. (2022). «Guía prác­ti­ca para sobre­vi­vir a la pró­xi­ma fil­tra­ción». Digital Books. Consejos úti­les escri­tos des­de la expe­rien­cia per­so­nal de un hac­ker éti­co y orien­ta­dos a usua­rios de cual­quier edad.
  • Smith, A. (2024). «El fin de la pri­va­ci­dad». Turner. Análisis divul­ga­ti­vo de los erro­res más comu­nes en la ges­tión de datos per­so­na­les y cómo pre­ve­nir­los a esca­la domés­ti­ca.
  • Hernández, L. (2023). «Los nue­vos espías: cómo los datos nos dela­tan». Editorial Tecnos. Crónica de los méto­dos de inge­nie­ría social y mani­pu­la­ción a par­tir de datos fil­tra­dos, con ejem­plos des­de redes socia­les has­ta ban­cos.

Diciembre resucita: perfumes, pelis y villancicos

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Un diciembre que huele a estreno

La Navidad ate­rri­za en 2025 con más fuer­za aún. Los anun­cios de colo­nias se adue­ñan de la tele­vi­sión y el paseo por cual­quier cen­tro comer­cial se con­vier­te en una mara­tón de aro­mas y luces. Entre el clá­si­co jaleo de com­pras, la indus­tria del per­fu­me se rein­ven­ta y lan­za estu­ches irre­sis­ti­bles, edi­cio­nes limi­ta­das y cam­pa­ñas visua­les que hip­no­ti­zan tan­to como un árbol de Navidad ante la ven­ta­na. Loewe, Valentino y muchos más bus­can el estre­lla­to, sabien­do que un buen per­fu­me es la lla­ve para revi­vir recuer­dos fes­ti­vos en un solo soplo.​

¿Quién se resis­te a unos cal­ce­ti­nes con renos o a ese jer­sey impo­si­ble reser­va­do para las cenas en fami­lia? Esta vuel­ta a la nos­tal­gia des­ca­ra­da, deco­ra­da con memes y situa­cio­nes vira­les, rein­ven­ta tra­di­cio­nes. El fon­do de arma­rio navi­de­ño nun­ca estu­vo tan vivo ni las reunio­nes tan impreg­na­das de his­to­ria com­par­ti­da y nue­vos ritos.

Michelle Pfeiffer lidera la magia navideña

Este año, el gran even­to audio­vi­sual vie­ne con la son­ri­sa píca­ra de Michelle Pfeiffer, pro­ta­go­nis­ta total de «¡Vaya Navidad!» (títu­lo ori­gi­nal «Oh. What. Fun.»). Prime Video la estre­na­rá el 3 de diciem­bre, y la his­to­ria roza lo hila­ran­te: Claire Clauster se has­tía del peso de ser la «mamá navi­de­ña per­fec­ta» y plan­ta a su fami­lia, obli­gan­do a todos a des­cu­brir —o per­der— el sen­ti­do real de las fies­tas. Pfeiffer des­plie­ga caris­ma en una come­dia que mez­cla iro­nía y ter­nu­ra, fir­ma­da por Chandler Baker y diri­gi­da por Michael Showalter. El cas­ting (Felicity Jones, Chloë Grace Moretz, Denis Leary…) refuer­za el con­tras­te entre caos fes­ti­vo y redes­cu­bri­mien­to fami­liar. La misión: sobre­vi­vir al diciem­bre más hones­to de la tele­vi­sión.

Villancicos a ritmo de pop y Kylie Minogue

La ban­da sono­ra navi­de­ña de 2025 tie­ne nom­bre pro­pio. Kylie Minogue vuel­ve diez años des­pués de su míti­co álbum navi­de­ño con una reedi­ción: «Kylie Christmas (Fully Wrapped)». El 5 de diciem­bre ate­rri­zan cua­tro temas nue­vos («Hot In December», «This Time Of Year», «Office Party» y «XMAS») y la reco­pi­la­ción de todos sus clá­si­cos (“Santa Baby”, “It’s The Most Wonderful Time of the Year”, “100 Degrees”, “At Christmas”) en for­ma­tos para todos los gus­tos. Las play­lists se rin­den ante Kylie, jus­to cuan­do lo que ape­te­ce es dejar­se lle­var y bai­lar entre envol­to­rios y brin­dis. Siendo sin­ce­ros, ¿qué sería de la Navidad sin una melo­día pega­di­za y un estri­bi­llo que nos conec­te con el niño (o la estre­lla pop) que lle­va­mos den­tro?.