La fascinación por la cultura japonesa: Un viaje entre tradición y modernidad

Japón, un archi­pié­la­go de con­tras­tes, ha cau­ti­va­do la ima­gi­na­ción occi­den­tal duran­te déca­das. Su cul­tu­ra, una mez­cla úni­ca de tra­di­cio­nes mile­na­rias y van­guar­dia tec­no­ló­gi­ca, nos atrae como un imán, desa­fian­do nues­tras per­cep­cio­nes y esti­mu­lan­do nues­tra curio­si­dad. Pero, ¿qué hace que la cul­tu­ra japo­ne­sa sea tan irre­sis­ti­ble­men­te fas­ci­nan­te?

El equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo

En Japón, el pasa­do y el pre­sen­te coexis­ten en una armo­nía sor­pren­den­te. Imagina cami­nar por las calles de Tokio, don­de ras­ca­cie­los futu­ris­tas se alzan jun­to a tem­plos cen­te­na­rios. Esta yux­ta­po­si­ción no es acci­den­tal; refle­ja la capa­ci­dad úni­ca de los japo­ne­ses para abra­zar la inno­va­ción sin aban­do­nar sus raí­ces.

Los jar­di­nes zen, obras maes­tras de sere­ni­dad, con­tras­tan con la fre­né­ti­ca vida urba­na. Estos espa­cios de con­tem­pla­ción nos recuer­dan la impor­tan­cia de la paz inte­rior en medio del caos moderno. Mientras tan­to, la tec­no­lo­gía de pun­ta se inte­gra sua­ve­men­te en la vida coti­dia­na, des­de inodo­ros high-tech has­ta robots de ser­vi­cio en res­tau­ran­tes.

La profundidad de las tradiciones

Las tra­di­cio­nes japo­ne­sas están impreg­na­das de sig­ni­fi­ca­do y ritual. El «giri», un con­cep­to de honor y obli­ga­ción, rige las rela­cio­nes inter­per­so­na­les, crean­do una socie­dad don­de el res­pe­to y la cor­te­sía son fun­da­men­ta­les. Esta eti­que­ta social, aun­que a veces com­ple­ja para los extran­je­ros, nos fas­ci­na por su ele­gan­cia y pro­fun­di­dad.

La cere­mo­nia del té, el arte del ori­ga­mi, y la prác­ti­ca del sumo no son meras cos­tum­bres; son ven­ta­nas a una filo­so­fía de vida que valo­ra la pre­ci­sión, la pacien­cia y la dedi­ca­ción. Estas prác­ti­cas nos invi­tan a refle­xio­nar sobre nues­tros pro­pios valo­res y rit­mos de vida.

Una estética única

La esté­ti­ca japo­ne­sa, con su énfa­sis en la sim­pli­ci­dad y la apre­cia­ción de la belle­za imper­fec­ta (wabi-sabi), ofre­ce un con­tra­pun­to refres­can­te al con­su­mis­mo occi­den­tal. Los jar­di­nes japo­ne­ses, por ejem­plo, son obras maes­tras de mini­ma­lis­mo, don­de cada ele­men­to tie­ne un pro­pó­si­to y un sig­ni­fi­ca­do.

La moda japo­ne­sa, des­de los ele­gan­tes kimo­nos has­ta las extra­va­gan­tes sub­cul­tu­ras de Harajuku, demues­tra una crea­ti­vi­dad sin lími­tes. Esta diver­si­dad esté­ti­ca nos recuer­da que la belle­za pue­de encon­trar­se en lo tra­di­cio­nal y en lo van­guar­dis­ta por igual.

Gastronomía como arte

La coci­na japo­ne­sa es un fes­tín para los sen­ti­dos. Más allá del sushi, ofre­ce una varie­dad de sabo­res, tex­tu­ras y pre­sen­ta­cio­nes que ele­van la comi­da a la cate­go­ría de arte. La aten­ción al deta­lle en la pre­pa­ra­ción y pre­sen­ta­ción de los ali­men­tos refle­ja un res­pe­to pro­fun­do por los ingre­dien­tes y el comen­sal.

Los japo­ne­ses han con­ver­ti­do actos coti­dia­nos, como comer ramen o beber té, en expe­rien­cias casi ritua­les. Esta apre­cia­ción por los peque­ños pla­ce­res de la vida nos ense­ña a encon­trar ale­gría en lo coti­diano.

Una sociedad de contrastes

La socie­dad japo­ne­sa es un enig­ma fas­ci­nan­te. Por un lado, es cono­ci­da por su con­for­mi­dad y estruc­tu­ra jerár­qui­ca. Por otro, pro­du­ce algu­nas de las expre­sio­nes cul­tu­ra­les más van­guar­dis­tas del mun­do, des­de el ani­me has­ta la moda de calle.

Esta dua­li­dad se refle­ja en con­cep­tos como «hon­ne» y «tate­mae», que dis­tin­guen entre los sen­ti­mien­tos ver­da­de­ros y la facha­da social. Tal com­ple­ji­dad nos intri­ga y nos hace cues­tio­nar nues­tras pro­pias nor­mas socia­les.

Un espejo cultural

La fas­ci­na­ción por la cul­tu­ra japo­ne­sa va más allá de la sim­ple admi­ra­ción por lo exó­ti­co. Nos atrae por­que nos ofre­ce un espe­jo en el que pode­mos refle­xio­nar sobre nues­tras pro­pias cul­tu­ras y valo­res. En un mun­do cada vez más homo­ge­nei­za­do, Japón nos recuer­da la impor­tan­cia de man­te­ner nues­tras tra­di­cio­nes mien­tras abra­za­mos el futu­ro.

La cul­tu­ra japo­ne­sa nos desa­fía a encon­trar belle­za en la sim­pli­ci­dad, res­pe­to en las inter­ac­cio­nes dia­rias, y pro­fun­di­dad en las expe­rien­cias coti­dia­nas. Nos invi­ta a un via­je de des­cu­bri­mien­to no solo de Japón, sino tam­bién de noso­tros mis­mos.

El Tamagotchi de los huevos

En noviem­bre de 1996, la com­pa­ñía Bandai pre­sen­tó el Tamagotchi (たまごっち) en Japón.

Era un peque­ño dis­po­si­ti­vo elec­tró­ni­co en for­ma de hue­vo que simu­la­ba tener una mas­co­ta vir­tual.

En Europa, tuvi­mos que espe­rar has­ta mayo de 1997 para poder com­prar­lo.

Yo me lo com­pré el mis­mo día que salió a la ven­ta por­que tenía mucha curio­si­dad por ver cómo fun­cio­na­ba ese apa­ra­to y qué podía hacer.

Jugué con él duran­te unos meses pero des­pués lo dejé por­que resul­ta­ba bas­tan­te com­pli­ca­do man­te­ner­lo «vivo».

La ver­dad es que no era nada diver­ti­do cuan­do la mas­co­ta vir­tual se moría.

El Tamagotchi de los huevos

El último/nuevo Tamagotchi está hecho con cás­ca­ras de hue­vo de ver­dad y ya se pue­de reser­var por 30 dóla­res.

Bandai ha lan­za­do un nue­vo mode­lo de Tamagotchi, y en reali­dad está hecho con autén­ti­cas cás­ca­ras de hue­vo reci­cla­das.

La mas­co­ta digi­tal Original Tamagotchi Celebration tie­ne inclu­so el color de un hue­vo marrón, con dise­ños ver­des y blan­cos jun­to con deta­lles y boto­nes rosas.

Tamagotchi pro­vie­ne de las pala­bras japo­ne­sas «hue­vo» (tama­go) y «reloj» (uot­chi) y el jugue­te tie­ne una incon­fun­di­ble for­ma de hue­vo.

El mode­lo vie­ne envuel­to en papel reci­cla­do, y Bandai afir­ma que el mode­lo está en con­so­nan­cia con su misión de «pro­mo­ver un futu­ro más eco­ló­gi­co».

Tamagotchi ya no es solo otro jugue­te de los años 90 que los millen­nials recuer­dan con cari­ño de su juven­tud. En los últi­mos años ha resur­gi­do dis­cre­ta­men­te, y tan­to los juga­do­res vete­ra­nos como los niños han con­tri­bui­do a su reno­va­da popu­la­ri­dad.

En mayo, la empre­sa reedi­tó el Tamagotchi Connection, que los vie­jos fans recor­da­rán como el mode­lo con ante­na de imi­ta­ción, para cele­brar su 20º ani­ver­sa­rio.

El año pasa­do, Bandai lan­zó el Tamagotchi Uni con Wi-Fi que da a los usua­rios acce­so al Tamaverse, un patio de recreo vir­tual don­de los juga­do­res pue­den cono­cer a otros, via­jar jun­tos y ves­tir a sus per­so­na­jes.

El Original Tamagotchi Celebration no pare­ce tener las carac­te­rís­ti­cas más moder­nas del Uni, pero sí vie­ne con la juga­bi­li­dad bási­ca del Tamagotchi.

Los juga­do­res ten­drán que criar a su Tamagotchi has­ta que sea adul­to, ali­men­tar­lo dar­le medi­ci­nas lim­piar su des­or­den, jugar con él e inclu­so rega­ñar­lo si se por­ta mal.

Está dis­po­ni­ble exclu­si­va­men­te en Amazon, don­de se pue­de reser­var por 30 dóla­res.

Startups, unicornios y zombies

La revo­lu­ción tec­no­ló­gi­ca, que una vez pare­cía inter­mi­na­ble, enfren­ta un desa­fío sin pre­ce­den­tes. Startups que algu­na vez recau­da­ron sumas colo­sa­les aho­ra se encuen­tran al bor­de del colap­so, una señal de la dura reali­dad que enfren­ta la indus­tria. En un esfuer­zo por evi­tar la quie­bra masi­va, muchas de estas empre­sas recor­ta­ron cos­tos duran­te los últi­mos dos años, pero, a pesar de sus esfuer­zos, se que­da­ron sin opcio­nes, ali­men­tan­do una hogue­ra de efec­ti­vo que ha deja­do a inver­so­res y fun­da­do­res en una encru­ci­ja­da.

WeWork, una vez valo­ra­da en más de 11 mil millo­nes de dóla­res y sobre la que se pue­de ver una serie estu­pen­da en Apple TV+ don­de narra de mane­ra fic­cio­na­da lo ocu­rri­do con esta star­tup, se suma a la lis­ta de empre­sas que sucum­bie­ron a la cri­sis. Olive AI, Convoy y Veev, con recau­da­cio­nes millo­na­rias, se decla­ra­ron en quie­bra en las últi­mas seis sema­nas, mar­can­do una ten­den­cia que algu­nos inver­so­res pre­di­je­ron, pero que muchos no anti­ci­pa­ron por com­ple­to.

Después de un perío­do en el que las pro­me­sas atraían inver­sio­nes masi­vas, los inver­so­res aho­ra han cam­bia­do de enfo­que. Ya no están intere­sa­dos en las pro­me­sas vacías, sino en empre­sas via­bles que pue­den gene­rar resul­ta­dos tan­gi­bles. La reduc­ción de cos­tos, estra­te­gia adop­ta­da por muchas star­tups, resul­tó insu­fi­cien­te para garan­ti­zar la super­vi­ven­cia a lar­go pla­zo.

Este pano­ra­ma ha dado lugar a lo que se ha deno­mi­na­do como empre­sas “zom­bi”, aque­llas que, aun­que sobre­vi­ven, no pue­den cre­cer. Con un mer­ca­do cada vez más exi­gen­te, estas empre­sas podrían enfren­tar difi­cul­ta­des para recau­dar más fon­dos, lo que pone en duda su sos­te­ni­bi­li­dad a lar­go pla­zo.

El caso de Hopin, que recau­dó más de 1.600 millo­nes de dóla­res, pero ven­dió su nego­cio prin­ci­pal por solo 15 millo­nes, refle­ja la mag­ni­tud de la cri­sis. Zeus Living, Plastiq y Bird son ejem­plos adi­cio­na­les de empre­sas que, a pesar de recau­dar can­ti­da­des sig­ni­fi­ca­ti­vas, no pudie­ron resis­tir la tor­men­ta.

Los inver­so­res, aun­que reco­no­cen que el fra­ca­so es par­te del jue­go, temen que las pér­di­das sean más drás­ti­cas esta vez. La inver­sión masi­va en nue­vas empre­sas, que se mul­ti­pli­có por ocho entre 2012 y 2022, ha crea­do una bur­bu­ja que final­men­te pare­ce estar esta­llan­do. Empresas que expe­ri­men­ta­ron éxi­to en las redes socia­les y apli­ca­cio­nes móvi­les no garan­ti­zan el mis­mo resul­ta­do para las nue­vas olea­das de star­tups, que han apos­ta­do por mode­los de nego­cios no pro­ba­dos.

Las cifras mues­tran una reali­dad impac­tan­te: apro­xi­ma­da­men­te 3.200 empre­sas esta­dou­ni­den­ses res­pal­da­das por capi­tal de ries­go han cerra­do este año, recau­dan­do pre­via­men­te 27.200 millo­nes de dóla­res. Estos datos, aun­que pro­ba­ble­men­te sub­es­ti­ma­dos, pro­por­cio­nan una visión som­bría de la situa­ción. Empresas que recau­da­ron gran­des sumas aho­ra están cerran­do silen­cio­sa­men­te, ale­ján­do­se del bri­llo que algu­na vez las rodeó.

La adver­ten­cia de inver­so­res y exper­tos es cla­ra: la indus­tria tec­no­ló­gi­ca se enfren­ta a tiem­pos difí­ci­les, y más fra­ca­sos podrían estar en el hori­zon­te. La inver­sión indis­cri­mi­na­da ha lle­ga­do a su fin, y aho­ra se impo­ne una era de selec­ti­vi­dad y cau­te­la. El cie­rre de empre­sas y el auge de las “zom­bis” son recor­da­to­rios de que, en este cam­bian­te mun­do tec­no­ló­gi­co, la super­vi­ven­cia es para aque­llos que pue­den adap­tar­se y ofre­cer resul­ta­dos con­cre­tos.

El tes­ti­mo­nio de fun­da­do­res que han deci­di­do cerrar empre­sas antes de que­dar­se sin efec­ti­vo des­ta­ca la com­ple­ji­dad de las deci­sio­nes que enfren­tan. Devolver el dine­ro a los inver­so­res se ha con­ver­ti­do en una opción más común, y el mer­ca­do ha vis­to sur­gir empre­sas espe­cia­li­za­das en ayu­dar a cerrar ope­ra­cio­nes de mane­ra orde­na­da.

En resu­men, lo que algu­na vez fue un boom tec­no­ló­gi­co aho­ra enfren­ta su inevi­ta­ble decli­ve. El mer­ca­do ha cam­bia­do, y las empre­sas que no pue­den adap­tar­se están pagan­do el pre­cio. Este no es solo el fin de un capí­tu­lo, sino el ini­cio de una nue­va era en la que la inno­va­ción y la sos­te­ni­bi­li­dad son más impor­tan­tes que las pro­me­sas vacías.