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Esta es una de esas películas que te ries antes incluso de que saliera el logo del estudio, como si llevaras ensayando años para ese momento. La pantalla se iluminó y ahí estaba Liam Neeson, con cara de no saber muy bien si iba a repartir hostias o chistes, heredando el apellido Drebin como quien recibe un traje demasiado grande y brillante. A su alrededor, una galería de rostros conocidos prometía convertir el reboot de «Agárralo como puedas» en algo más que un simple gesto nostálgico. Pamela Anderson entraba en escena envuelta en neón y perfume de femme fatale, mientras Paul Walter Hauser se movía por el cuadro con la torpeza precisa del compañero leal. La película arrancaba con ese equilibrio extraño entre parodia reconocible y acción autoconsciente, como si todo el mundo supiera que el chiste ya se contó, pero aun así mereciera una nueva vuelta. Durante buena parte del metraje, esa mezcla es justo lo que sostiene la propuesta, a veces por pura inercia cómica y otras por la energía del reparto, que parece decidido a pasárselo bien incluso cuando el gag llega tarde.
La sensación de estar asistiendo a un relevo generacional se refuerza desde el primer plano en el que se menciona al viejo Frank Drebin, con Leslie Nielsen convertido en fantasma amable que lo observa todo desde el imaginario colectivo. El personaje de Neeson, rebautizado como Frank Drebin Jr., no intenta copiar los gestos de Nielsen, sino que los descoloca mediante su propio registro serio, casi marcial, que de repente se rompe con un gesto torpe o una frase ridículamente solemne. Esa tensión entre la gravedad del actor y el caos del universo ZAZ funciona como motor cómico más eficaz que muchos chistes explícitos. Al mismo tiempo, el resto del elenco entra y sale de escena como satélites que orbitan alrededor de ese centro algo desconcertado, aportando texturas distintas de humor. El resultado es una especie de circo controlado en el que cada payaso lleva décadas entrenando en géneros diferentes.

Ecos del absurdo y guiños a la saga original
Las referencias a la trilogía original y a «Police Squad!» están por todas partes, pero rara vez se presentan como copia directa. Hay planos que replican encuadres míticos solo para desmontarlos con un remate nuevo, más autoconsciente, casi paródico de la propia parodia. En una persecución de manual, el coche de policía atraviesa escenarios cada vez más surrealistas, recordando a las locuras visuales de «The Naked Gun», pero con un acabado visual propio del blockbuster de 2025, mucho más pulido y luminoso. Esa combinación de slapstick y estética moderna convierte algunas secuencias en pequeños híbridos extraños, a medio camino entre el homenaje cariñoso y la burla juguetona del cine de acción reciente. A veces funciona como un reloj, otras amenaza con reventar el tono, aunque incluso en sus tropiezos conserva cierto encanto de juguete que se desmonta.
No faltan los guiños al humor referencial más descarado, incluyendo chistes sobre reboots, universos compartidos y el agotamiento de las franquicias, lanzados con la tranquilidad de quien sabe que forma parte del problema y de la solución. La película salpica el metraje con pequeños huevos de Pascua visuales y sonoros que hablan tanto de la saga original como del cine policíaco de las últimas décadas, desde los thrillers serios hasta las buddy movies más despendoladas. Quien llegue con la lección cinéfila estudiada encontrará un buffet libre de detalles, aunque el guion se asegura de que el espectador ocasional no se quede fuera de la broma. El absurdo ya no es tan salvaje como en los noventa, pero sigue presente en gags que juegan con las expectativas del espectador actual, acostumbrado a la ironía constante. Por momentos, la película parece preguntarse si todavía es posible sorprender con un plátano en el suelo cuando todo el mundo espera un giro meta, y esa duda se convierte, curiosamente, en parte del chiste.

Liam Neeson y un elenco en modo juego
Liam Neeson lleva años viviendo en esa intersección extraña entre el prestigio dramático y la acción vengativa en piloto automático, y aquí la película aprovecha justo ese contraste. Su Frank Drebin Jr. habla como si estuviera en «Taken», pero se mueve en un mundo donde las balas rebotan en carteles absurdos y las puertas nunca se abren en la dirección correcta. Esa seriedad exagerada crea un eco raro de sus papeles intensos en «Venganza» o «Retribution», que aquí se deforman en comedia involuntaria perfectamente calculada. Neeson no imita a Nielsen, sino que monta su propio número: un hombre que se toma demasiado en serio en un universo que no se toma en serio nada. En algunos momentos, se le ve disfrutar del ridículo contenido, como si hubiera esperado años para poder resbalar sin abandonar del todo la pose de tipo duro.
Frente a él, Pamela Anderson recoge un papel que recuerda a las femmes fatales de la saga original, aunque con una biografía mucho más larga a sus espaldas. Su Beth Davenport aparece como figura icónica, consciente de que el público la asocia todavía a «Baywatch» y a su pasado como símbolo sexual de los noventa. Sin embargo, el guion se atreve a jugar con esa imagen, conectándola con la carrera reciente de Anderson, desde su documental «Pamela, a Love Story» hasta su reivindicación como actriz dramática en «The Last Showgirl», donde llegó a rozar la temporada de premios. En este contexto, su presencia funciona como un espejo perfecto del propio reboot: un rostro conocido que decide reescribirse con cierta ironía, sin renegar de lo que fue. Anderson se pasea por la película con una mezcla de autoparodia y vulnerabilidad medida, aportando un contraste interesante al hieratismo de Neeson, y demostrando que sabe reírse tanto de la cultura pop como de sí misma.

Hauser, Durand, Huston y compañía: secundarios con historial
Si Neeson y Anderson sostienen el cartel, Paul Walter Hauser se encarga de robar planos a base de humanidad torpe. Como Ed Hocken Jr., el compañero de Drebin, hereda uno de los roles más queridos de la saga original y lo adapta a su propio registro, mezcla de bonachón despistado y cómico con timing quirúrgico. Su carrera reciente lo avala: pasó de secundarios memorables en «I, Tonya» o «BlacKkKlansman» a un protagonista devastador en «Richard Jewell», y remató con un giro oscuro en la miniserie «Black Bird», que le valió Globo de Oro y Emmy. Aquí, su capacidad para parecer perdido y lúcido al mismo tiempo encaja de maravilla con el tono del reboot, convirtiéndolo en una especie de brújula emocional en medio del caos. Cuando el humor se inclina demasiado hacia el chiste fácil, Hauser lo aterriza con una mirada sincera que evita que todo se convierta en pura caricatura vacía.
En el bando de los villanos, Kevin Durand y Danny Huston juegan un partido que conocen muy bien. Durand aparece como Sig Gustafson, antagonista con mandíbula de tebeo y energía de matón de blockbuster, en línea con su historial de personajes intensos en sagas como «El reino del planeta de los simios» o thrillers de género donde suele aportar presencia física y un punto inquietante. Huston, por su parte, lleva años perfeccionando ese aire de poder elegante y ligeramente siniestro, desde sus apariciones en «Yellowstone» hasta sus villanos en superproducciones y dramas televisivos. Ambos entienden que están dentro de una comedia absurda y se permiten exagerar gestos y miradas, sin perder del todo la credibilidad de amenaza necesaria para que los gags tengan algo contra lo que chocar. No son los antagonistas más memorables de la historia del cine, pero sí funcionan como sparring perfecto para la torpeza heroica de Drebin Jr.
Koshy, Pounder, Rhodes y Busta Rhymes: guiños generacionales
Más allá del núcleo central, el reparto se abre hacia públicos distintos con fichajes muy calculados. Liza Koshy, que arrancó como estrella de YouTube antes de saltar a series como «Liza on Demand» o «Freakish», interpreta a la detective Barnes con una energía hiperactiva que rompe la rigidez de algunas escenas policiales. Su comedia física y su capacidad para pasar del gesto exagerado al comentario rápido en un segundo aportan un ritmo distinto, más cercano al humor de internet que al slapstick clásico. CCH Pounder, con una carrera sólida que abarca desde «The Shield» hasta la saga «Avatar» o «NCIS: New Orleans», presta su autoridad natural al personaje de la jefa Davis. Cada vez que aparece en pantalla, la película gana cierta gravedad, lo cual hace todavía más divertidos los momentos en los que el guion decide torpedear esa solemnidad con algún gag absurdo. Pounder demuestra que se puede mantener la dignidad incluso cuando el decorado alrededor se derrumba de forma cómica.
La presencia de Cody Rhodes y Busta Rhymes funciona casi como guiño directo a la cultura pop contemporánea. Rhodes llega desde el ring como campeón indiscutido de la WWE y se cuela en el reparto como barman con más bíceps que diálogo, aportando una fisicidad desbordante que el director aprovecha en un par de set pieces tan ridículos como vistosos. Busta Rhymes, con historial en «Halloween: Resurrection», «Narc» o series como «Master of None», aparece como atracador de banco con actitud de videoclip, llevando el tono de la película a un terreno casi cartoon durante sus breves pero intensas apariciones. Completan el mosaico nombres como Eddie Yu, en rol de detective Park, y pequeñas intervenciones que van construyendo la sensación de universo coral donde cada actor aporta un pequeño chiste o gesto memorable. Esa acumulación de cameos y perfiles diversos subraya la vocación de espectáculo ligero que abraza sin complejos su condición de entretenimiento veraniego.

Entre nostalgia, reinvención y currículo acumulado
Al juntar tantas trayectorias distintas en una sola película, el reboot de «Agárralo como puedas» se convierte también en una especie de exposición ambulante sobre cómo ha cambiado el star system en las últimas décadas. Tienes a Neeson arrastrando prestigio y venganzas, a Anderson resignificando su propia imagen, a Hauser demostrando que un actor de carácter puede sostener tanto drama como comedia, y a Koshy recordando que las nuevas generaciones llegan del móvil a la pantalla grande sin escalas. Esa mezcla podría haber quedado en simple casting guiado por algoritmos, pero la película consigue, en sus mejores momentos, que cada biografía juegue un papel dentro del chiste colectivo. Cuando Drebin Jr. suelta una frase de héroe cansado, el público recuerda «Taken»; cuando Beth entra en cuadro con vestido imposible, aparecen flashes de «Baywatch» y «Barb Wire»; cuando Ed se derrumba en un gag físico, se intuye la precisión que Hauser demostró en «Richard Jewell».
El resultado final sigue siendo irregular, como suele pasar cuando se intenta bailar con varios géneros a la vez, pero el trabajo del reparto aporta una solidez que el guion, por sí solo, no siempre alcanzaría. No todo chiste entra, no toda referencia se justifica, y hay secuencias que parecen existir solo para encajar a un actor concreto, sin que la historia lo pida con fuerza. Sin embargo, la química entre intérpretes y el peso de sus carreras previas acaba inclinando la balanza hacia el lado amable, ese en el que uno sale del cine pensando que no ha visto una obra maestra, pero sí ha pasado un buen rato en compañía de gente con oficio. La película no pretende jubilar a la trilogía original ni competir con su pirotecnia absurda, sino abrir una nueva etapa en la que el apellido Drebin sea excusa para seguir mezclando disparates y balas de fogueo. Y mientras haya actores dispuestos a reírse de su propio currículum, ese experimento tendrá sentido.






