Un Mac que repite por nosotros

Tiempo de lectura:
±6 minutos

Para escuchar mientras lees:

Hay una clase de trabajo que no parece trabajo hasta que se acumula. Cuatro fotografías llegan como HEIC, hay que pasarlas a JPEG, reducirlas, ponerles nombres comprensibles y guardarlas en la carpeta correcta. Ninguno de esos pasos exige talento, pero todos reclaman atención. Cinco minutos aquí, tres minutos mañana y, al cabo de unas semanas, una pequeña colección de decisiones idénticas.

Atajos resulta interesante precisamente en ese terreno poco heroico. No hace falta pedirle que controle una casa, redacte un informe y encienda música ambiental al mismo tiempo. Puede limitarse a recibir unos archivos seleccionados en el Finder, ejecutar cuatro acciones previsibles y devolver un resultado. La ganancia está en que el procedimiento deja de depender de nuestra memoria y aparece donde hace falta: al pulsar con Control sobre un archivo.

El botón derecho como lugar de trabajo

Finder ya incluye acciones rápidas capaces de convertir imágenes, reducir su tamaño o crear un PDF. Para una operación ocasional, son suficientes y sería absurdo reconstruirlas por afición a la maquinaria. Atajos empieza a justificar su presencia cuando repetimos siempre la misma variante: JPEG a una anchura concreta, nombres con numeración estable, una estructura fija de carpetas o un PDF guardado con una denominación determinada.

La mecánica general es sencilla. Se crea un atajo nuevo, se abre su panel de detalles y se activa «Usar como acción rápida». Después se indica qué puede recibir: imágenes, archivos, carpetas o PDF. Esa elección limpia el menú contextual, porque macOS oculta los atajos que no sirven para el contenido seleccionado. Si uno recibe imágenes, no tiene por qué aparecer al pulsar sobre una hoja de cálculo.

Apple permite ejecutar estos flujos desde el Finder, el menú Servicios, la barra de menús, el Dock, un widget, el Centro de control o una combinación de teclado. La abundancia de entradas puede despistar. Para las cuatro tareas de este artículo, la acción rápida del Finder es la más lógica: el material ya está delante y la selección actúa como entrada. Si el atajo no aparece, suele bastar con activarlo en Ajustes del Sistema, dentro de Privacidad y seguridad, Extensiones y Finder.

Antes de automatizar archivos conviene trabajar con copias. Atajos puede renombrar, mover y guardar con una obediencia impecable, incluida la parte en la que nuestra idea estaba mal planteada. Una carpeta de prueba con cinco documentos resulta más instructiva que una explicación solemne sobre la prudencia.

Imágenes listas para publicar

El primer atajo recibe una o varias imágenes y entrega copias preparadas para una web, un correo o una presentación. En sus detalles configuramos la entrada como «Imágenes» y marcamos Finder y «Usar como acción rápida». Dentro del editor añadimos «Solicitar entrada», elegimos el tipo Número y escribimos una pregunta como «Anchura máxima en píxeles». Un valor predeterminado de 1600 evita escribirlo cada vez, aunque sigue siendo modificable al ejecutar el flujo.

La salida de esa pregunta pasa a «Redimensionar imagen». Se fija la anchura con el número recibido y se deja que la altura se calcule automáticamente, de modo que la proporción original no cambia. A continuación, «Convertir imagen» genera un JPEG. Una calidad cercana al 85 % puede ser un punto de partida razonable para pantalla sin convertir cada cielo en una escalera de bloques, aunque el ajuste dependerá del tipo de imagen y del destino.

El último paso es «Guardar archivo». Para la primera versión merece la pena mantener activada la pregunta sobre la ubicación. Añade un clic, pero evita que el atajo mezcle originales y copias o sobrescriba algo mientras todavía estamos comprobando su comportamiento. Cuando el flujo ya resulte fiable, puede guardarse siempre en una carpeta concreta, por ejemplo «Exportaciones web».

Este atajo no impresiona durante la demostración: seleccionamos doce imágenes, elegimos una anchura y una carpeta. La diferencia aparece después, cuando todas tienen el mismo límite, el mismo formato y un criterio de compresión repetible. Vista Previa también permite convertir imágenes a HEIC, JPEG, PNG, TIFF y otros formatos, además de regular la calidad del JPEG, pero exige abrirlas y recorrer un cuadro de exportación. Aquí la operación queda adherida a los archivos.

Nombres y carpetas sin improvisación

Finder posee una herramienta competente para renombrar varios ítems. Puede sustituir texto, añadirlo o aplicar un formato con índice, contador o fecha. Conviene usarla cuando el cambio es puntual. El atajo merece el esfuerzo si la convención vuelve cada semana, por ejemplo «proyecto-01.jpg», «proyecto-02.jpg» y así sucesivamente, conservando la extensión de cada archivo.

El flujo recibe «Archivos» desde Finder y comienza con «Filtrar archivos», ordenados por nombre ascendente. Este paso no transforma nada; establece un orden conocido antes de numerar. Después, «Solicitar entrada» pide el nombre base. «Repetir con cada uno» recorre la selección y proporciona dos variables muy útiles: el archivo actual y el índice de repetición, que empieza en 1 y aumenta en cada vuelta.

Dentro del bucle, «Dar formato a número» presenta el índice con dos dígitos: 01, 02, 03. «Obtener detalles de los archivos» recupera la extensión del ítem actual. Una acción «Texto» compone el nombre base, un guion, el número y la extensión. Por último, «Renombrar archivo» aplica el resultado al ítem actual. Si la selección contiene nombres que podrían chocar con los nuevos, la prueba previa deja de ser una recomendación decorativa.

Crear la estructura de un proyecto requiere una pequeña excursión fuera de las acciones más evidentes. El atajo recibe una carpeta, pregunta el nombre del trabajo, obtiene la fecha actual y compone algo como «2026-07-16_Informe». Después reúne la carpeta seleccionada y ese nombre en una lista, y los entrega a «Ejecutar script de shell», configurado para recibir la entrada como argumentos.

El contenido del script es breve:

base="$1"
project="$2"
root="$base/$project"

mkdir -p \
"$root/01_Originales" \
"$root/02_Trabajo" \
"$root/03_Exportaciones" \
"$root/04_Entregas"

Las comillas protegen las rutas que contienen espacios y mkdir -p crea las carpetas sin protestar si alguna ya existe. No hace falta aprender más lenguaje de shell para cambiar esos cuatro nombres por «Textos», «Imágenes», «Contratos» o la estructura que cada trabajo necesite.

Atajos puede pedir que activemos la ejecución de scripts en sus ajustes avanzados. Apple mantiene esa opción separada por una razón sensata: el código amplía bastante las posibilidades, pero también puede provocar pérdida de datos cuando ejecutamos algo que no comprendemos. El pequeño bloque anterior se puede leer entero; esa debería ser una condición básica antes de pegar cualquier script encontrado en internet.

Automator continúa incluido en macOS y ofrece otra puerta para esta tarea. Permite crear un flujo con la acción «Ejecutar script de shell» y después importarlo en Atajos, donde se convierte en un atajo normal siempre que sus acciones sean compatibles. Es un puente curioso entre dos generaciones de automatización del Mac, y también una salida útil cuando una acción antigua todavía resuelve mejor un problema concreto.

La gracia no está en esas cuatro carpetas concretas. Está en que el proyecto número treinta no empiece con una arquitectura improvisada a las once de la noche.

Un PDF con orden previo

El cuarto atajo reúne PDF e imágenes en un solo documento. Configuramos la entrada para aceptar esos tipos desde Finder, ordenamos los archivos por nombre y los pasamos a «Crear PDF». Después solicitamos un nombre, lo aplicamos al documento resultante y guardamos el archivo. Si los originales se llaman «01_portada», «02_informe» y «03_anexos», el orden alfabético se convierte en una manera visible de controlar la secuencia.

macOS ya puede combinar archivos desde «Acciones rápidas > Crear PDF» y respeta el orden en que se hayan seleccionado. La versión construida en Atajos aporta algo distinto: puede imponer una ordenación, pedir un nombre coherente y enviar siempre el resultado al lugar previsto. Es una mejora pequeña, justo el tamaño adecuado para una automatización que no debería necesitar mantenimiento semanal.

Conviene llamar documentos a lo que realmente puede procesar. PDF e imágenes funcionan bien; un archivo de Pages, Word o una aplicación especializada puede necesitar una exportación previa. Atajos conecta acciones, pero no sustituye los motores de conversión que no existen. Cuando un flujo comienza a llenarse de excepciones, diálogos y ramas para cada formato posible, quizá ya estamos construyendo una aplicación mediocre dentro de una aplicación sencilla.

Los mismos atajos pueden ejecutarse desde Terminal mediante el comando shortcuts run y recibir documentos, imágenes o texto como entrada. Esto permite incorporarlos a scripts mayores o guardar su resultado en un archivo, aunque no hace falta acercarse a la línea de comandos para aprovecharlos. El verdadero cambio ocurre antes: una secuencia que vivía en la cabeza pasa a tener nombre, icono y un lugar estable en el Finder.

Después de usar estos flujos durante un tiempo, el Mac no parece más inteligente. Sigue sin saber por qué una imagen debe medir 1600 píxeles o por qué las entregas van en la cuarta carpeta. Simplemente deja de preguntarlo. En el escritorio quedan menos archivos llamados «final», «final-bueno» y «final-ahora-si», que tampoco es una revolución, pero se le parece durante unos minutos.

Feynman, física cuántica y croquetas de chiringuito

Tiempo de lectura:
±8 minutos

Para escuchar mientras lees:

El método de Feynman para elegir restaurante en vacaciones consiste, básicamente, en explorar mucho al principio del viaje y después “bajar el listón” poco a poco hasta quedarte con tu favorito para el resto de noches. Vamos a convertir esa idea matemática en una especie de “truco mental” divertido y útil para sobrevivir a la selva de restaurantes turísticos.

Una libreta, un Nobel y el hambre de probarlo todo

Imagina a Richard Feynman, premio Nobel de Física, mirando una carta interminable de platos o un mapa lleno de restaurantes con cara de “esto también se puede convertir en una ecuación, ¿no?”. De hecho, eso fue exactamente lo que hizo: con su amigo Ralph Leighton se planteó cómo decidir cuántos platos nuevos probar antes de casarse con su favorito, intentando maximizar el placer total acumulado a lo largo de varias comidas.

La idea original surgió con platos dentro de un mismo restaurante, pero hoy se ha generalizado al típico problema de vacaciones: tienes un número limitado de noches en una ciudad nueva y una cantidad absurda de sitios donde cenar. Si te quedas siempre en el primer restaurante decente, te pierdes joyas ocultas; si cambias cada noche, nunca repites el mejor y te quedas con una colección de experiencias “normales” que no terminan de explotar el potencial del viaje.

Décadas después, un grupo de científicos ha rescatado y descifrado las notas de Feynman, confirmando que su intuición daba con una estrategia prácticamente óptima para equilibrar la curiosidad con el miedo a perderse algo mejor. Lo más interesante es que no se trata de memorizar fórmulas complicadas, sino de entender el truco: establecer un umbral de calidad, probar cosas nuevas hasta encontrar algo que lo supere y, a partir de ahí, decidir cuándo tiene sentido dejar de explorar.

La fórmula sin fórmulas: cómo funciona el método

La versión “friki” del problema tiene pinta de ejercicio de teoría de decisiones: cada restaurante tiene una calidad entre 0 y 1, tú comes un número finito de noches y quieres maximizar la suma de satisfacciones. Feynman planteó que lo racional es ir comparando lo mejor que has encontrado hasta ahora con un umbral que va bajando a medida que se te acaban las noches de vacaciones.

En la práctica, el método se puede explicar sin ecuaciones. Al principio del viaje, con muchas noches por delante, te conviene ser exigente: rechazas sitios que están bien pero no te vuelan la cabeza, porque aún tienes tiempo para seguir probando. A medida que se acerca el final, tu margen de maniobra se reduce y vas relajando el criterio: ya no buscas el restaurante perfecto del universo, sino uno suficientemente bueno como para no malgastar las últimas cenas.

Los investigadores que han analizado sus notas hablan de una estrategia de “explorar primero, explotar después”, que encaja con otros problemas clásicos como el del “secretario” o el de elegir una casa. En estos modelos, existe un punto a partir del cual dejar de buscar candidatos nuevos y quedarse con el mejor que has visto hasta ese momento es la jugada ganadora a largo plazo. Lo bonito del enfoque de Feynman es que la frontera no es fija: el umbral se desplaza con el tiempo, reflejando una cosa muy humana que todos hacemos sin pensar, solo que aquí con el respaldo de matemáticas serias.

Además, estudios recientes han probado su intuición con miles de participantes, constatando que la mayoría, de forma intuitiva, se comporta más o menos como la estrategia que Feynman había derivado en una hoja llena de garabatos. Paradójicamente, ese toque de racionalidad extrema acaba describiendo bastante bien nuestro caos mental cuando intentamos decidir sitio viendo reseñas, fotos y recomendaciones cruzadas.

Aplicar el método en vacaciones sin volverse loco

Llevar este enfoque a tus vacaciones no requiere calculadora: basta con decidir cuántas noches tienes, qué nivel de calidad consideras “wow” y cuánta energía quieres invertir en la búsqueda. La regla general derivada de la investigación es clara: cuanto más largo es el viaje, más merece la pena alargar la fase de exploración; en escapadas cortas, conviene encontrar algo que encaje y repetir sin remordimientos.

La lógica de los científicos que han reinterpretado la fórmula es que establezcas un umbral de calidad subjetivo, basado en lo que más te importa: comida auténtica, ambiente tranquilo, buena música, precio razonable o esa mezcla personal que llamas “sitio con encanto”. Cada noche pruebas un restaurante distinto, lo puntúas mentalmente y lo comparas con ese listón; si no lo supera, sigues buscando, pero si lo hace, queda coronado como favorito provisional.

A partir de ese momento empieza la verdadera gracia del método. Con las noches que te quedan, el umbral se va relajando y entras en un modo en el que alternas la tentación de volver al favorito con la curiosidad de probar uno nuevo solo si esperas que pueda superarlo. Si, en una noche cualquiera, el nuevo restaurante no iguala al que ya tenías en el podio, lo lógico según Feynman es que vuelvas al campeón el resto del viaje, aprovechando lo que ya sabes en lugar de seguir tirando los dados al azar.

Curiosamente, el análisis matemático también muestra que la calidad media de los restaurantes de la zona influye en cuán exigente deberías ser. Si el destino está lleno de sitios mediocres con unas pocas joyas, te conviene aguantar más rato en modo exploración para tener opciones de encontrar una de esas rarezas sobresalientes. En cambio, si la mayoría de restaurantes son decentes y el nivel es bastante homogéneo, el umbral óptimo es más bajo: no hace falta volverse loco con la búsqueda, porque casi cualquier elección va a estar bien.

El algoritmo mental: de la teoría a la calle

Traducir todo esto a algo utilizable cuando tu estómago ruge pasa por construir un pequeño algoritmo mental que puedas ejecutar sin revisar papers científicos entre tapa y tapa. Lo primero es decidir desde casa tu actitud general: si eres de los que disfrutan tanto buscando sitios nuevos como comiendo, seguramente estirarás más la exploración; si prefieres encontrar un lugar cómodo y repetir, tu “Feynman interior” se moverá hacia el lado conservador del espectro.

En una ciudad nueva, los primeros días son tu laboratorio. Caminas, husmeas terrazas, miras cartas pegadas en la puerta y vigilas cómo sale la comida de la cocina mientras decides si merece la pena sentarte. La información que recojas, tanto de tus experiencias como del paisaje general, se convierte en la materia prima con la que ajustar tu umbral mental: si los platos sorprenden, mantienes el listón alto; si todo es aceptable pero nada memorable, quizá decides que la batalla real estará en detalles como el trato o el ruido.

Conforme avanza el viaje, se impone el pragmatismo. Sabes cuántas noches quedan y cuánto te apetece repetir un sitio que te ha gustado. El método de Feynman propone que, sin necesidad de nombrarlo así, vayas bajando ligeramente tus exigencias: un restaurante que el primer día habrías descartado por “demasiado normal” puede convertirse en una opción sensata si tu prioridad pasa a ser cenar bien sin dar diez vueltas a la manzana.

Los estudios recientes apuntan a que la gente, incluso sin conocer la teoría, ya se comporta de manera parecida: exploran mucho al principio de las vacaciones, luego se enamoran de uno o dos locales y los convierten en su base de operaciones gastronómica. Lo que aporta el enfoque de Feynman es una especie de validación matemática de ese instinto, y una excusa perfecta para justificar tu obsesión por encontrar “el sitio” mientras tus acompañantes se desesperan.

Mucho más que restaurantes: decisiones, FOMO y vida cotidiana

Aunque la historia haya saltado a los titulares por el lado más jugoso —la fórmula para elegir el mejor restaurante en vacaciones—, el problema encaja dentro de una familia de dilemas mucho más amplia. En teoría de decisiones se habla de “problemas de parada óptima”, situaciones en las que tienes que decidir cuándo dejar de buscar alternativas y comprometerte con una opción, sabiendo que las oportunidades futuras son inciertas.

El mismo esquema se puede aplicar a elegir piso de alquiler, a buscar un bar donde trabajar con el portátil o incluso a ciertas decisiones de pareja, siempre con las debidas cautelas y con sentido del humor. Empiezas con estándares altos, pruebes unas cuantas opciones, te haces una idea del paisaje y luego vas ajustando el listón según el tiempo y la energía que te quedan para seguir buscando.

Parte del encanto de esta historia está en cómo conecta con algo muy actual: el FOMO permanente que nos crean las redes de reseñas y recomendaciones. Saber que existe una estrategia razonable para decir “basta, me quedo con este restaurante y dejo de buscar el siguiente nivel” es casi un alivio mental, una forma de ponerle freno a la sensación de que siempre hay una opción mejor esperando al otro lado de la calle.

Los investigadores que han puesto a prueba las ideas de Feynman señalan que lo más potente del enfoque es que brinda un método simple que la gente puede aproximar sin esfuerzo y que funciona bastante bien incluso si no se aplica al milímetro. En otras palabras: no necesitas ser un Nobel para sacarle partido a esta pequeña joya de racionalidad aplicada a algo tan cotidiano como decidir dónde sentarte a cenar en un lugar donde todavía no sabes pronunciar ni el nombre de la calle.

El extraño caso de Tom Cruise coreano

Tiempo de lectura:
±5 minutos

Para escuchar mientras lees:

En los últimos días ha circulado un pequeño “truco” de Google que parece magia barata: si escribes el galimatías “xnazmfnwm” en el buscador, uno de los primeros resultados que aparece es… Tom Cruise.. No es una conspiración de Hollywood, ni un complot de la Cienciología, ni un algoritmo enamorado de «Top Gun: Maverick», sino algo mucho más prosaico: tu teclado y la forma en que Google intenta entender lo que escribes aunque lo teclees “torcido” en otro idioma..

La historia la ha popularizado un vídeo del youtuber Shloop, que se puso a probar combinaciones absurdas de letras y descubrió que varias de ellas llevaban de cabeza a actores muy concretos.. “xnazmfnwm” acaba en Tom Cruise, una cadena todavía más larga lleva a Leonardo DiCaprio y otra da como resultado a Winona Ryder, y en todos los casos los resultados se llenan de páginas coreanas que hablan de ellos.. Lo curioso es que esas cadenas no son palabras en coreano, ni falta que hace: el truco está en cómo se relacionan los teclados QWERTY con los teclados coreanos modernos y en lo fonético que es el idioma coreano..

QWERTY, hangul y un malentendido muy productivo

Para entender qué está pasando, hay que mirar primero al sospechoso número uno: el teclado QWERTY de toda la vida, ese que llevas bajo los dedos desde que aprendiste a escribir en un ordenador.. La mayoría de teclados del mundo, incluso los pensados para otros alfabetos, siguen usando la misma distribución física de teclas, aunque cada una muestre símbolos distintos.. Un teclado coreano, por ejemplo, usa el alfabeto hangul, pero debajo de esos caracteres sigue habiendo una matriz QWERTY muy reconocible si miras solo la posición de cada tecla..

El coreano, además, es un idioma totalmente fonético, lo que significa que cualquier sonido que puedas pronunciar se puede “dibujar” con sus caracteres, aunque sea una palabra extranjera.. Por eso los nombres de estrellas de Hollywood se escriben en hangul como se pronuncian: Tom Cruise pasa a ser “톰 크루즈”, Leonardo DiCaprio se convierte en una versión fonética adaptada, y así sucesivamente con prácticamente cualquier actor famoso que tenga fans en Corea del Sur.. Esto se combina con una costumbre de Internet: mucha gente, incluso viviendo en Corea, sigue escribiendo consultas en Google usando fonética coreana pero desde un teclado que a veces está configurado en inglés o viceversa, generando cadenas que solo tienen sentido si las miras desde las dos distribuciones de teclado a la vez..

Ahora viene la parte jugosa. Si con un teclado coreano pulsas la secuencia física de teclas que en un teclado latino escribiría “xnazmfnwm”, lo que en realidad estás tecleando en hangul es precisamente “톰 크루즈”, o una transliteración muy cercana.. Google, que intenta ser más listo que nadie, ve esa combinación de caracteres coreanos, la interpreta fonéticamente, la asocia con el nombre del actor y, cuando se la vuelves a mandar en forma de galimatías latino, hace el camino inverso: asume que querías buscar a Tom Cruise y prioriza resultados relacionados con él.. El buscador incluso te “corrige” y te muestra la búsqueda interpretada en coreano, como si le hubieras hablado en hangul desde el principio, aunque lo que veas en tu pantalla sea una ristra de letras que parecen el nick de alguien en un MMO..

Google, los teclados y el multiverso de las consultas raras

Este efecto no se limita al coreano. El mismo youtuber muestra que algo parecido puede ocurrir con otros sistemas de escritura, como el taiwanés, o incluso al revés: escribir una secuencia de caracteres coreanos que, si se mapean físicamente sobre un teclado latino, terminan formando un nombre como Keanu Reeves.. Si escribes “ㅏㄷ우ㅕ ㄱㄷㄷㅍㄷㄴ” en Google, no estás componiendo ninguna frase coherente en coreano, pero lo que tus dedos han marcado sobre la matriz QWERTY corresponde al nombre del actor, de modo que el buscador decide mostrarte resultados sobre él como si nada.. En esencia, es un cruce de cables entre el idioma que “dice” tu teclado y el idioma que Google cree que estás intentando escribir, con el algoritmo tratando de sacar sentido de todo ello a la desesperada..

Lo más llamativo es que esta rareza es muy específica de Google.. Otros navegadores y buscadores, como Microsoft Edge (cuando usa Bing) o Brave, no reproducen el mismo comportamiento con estas cadenas exactas, y simplemente muestran páginas aleatorias o resultados sin relación con actores de Hollywood.. Eso pone sobre la mesa hasta qué punto Google apuesta por adivinar la intención del usuario incluso cuando la entrada parece un error garrafal de teclado, cambiando al vuelo entre posibles teclados y alfabetos para intentar recuperar algo con sentido..

En el fondo, este “Tom Cruise coreano” es una consecuencia lógica de tres cosas que se cruzan: la distribución histórica del teclado QWERTY, la manera fonética de escribir nombres extranjeros en idiomas como el coreano y la obsesión de Google por encontrar siempre una interpretación razonable de lo que escribes, aunque teclees con el teclado equivocado o con el idioma mal configurado.. Lo que para nosotros es un galimatías es, para el algoritmo, una pista ruidosa de que quizá estabas intentando buscar al protagonista de «Misión imposible» desde un cibercafé de Seúl, medio dormido y con el teclado cambiando de disposición por tercera vez en cinco minutos.. Y, al final, el buscador prefiere equivocarse contigo hacia algo que millones de personas sí buscan cada día —Tom Cruise, Leonardo DiCaprio, Winona Ryder o Keanu Reeves— antes que tratar tu entrada como puro ruido..